El imperio asirio, parte VI

jueves, 20 de marzo de 2008


8. Nínive

8.1: Una ciudad antigua.
Nínive (del nombre asirio Ninua) constituyó una de las ciudades asirias más importantes de toda la historia del reino. Descrita en la Biblia como una “ciudad grande sobremanera”, Nínive se alzaba en la confluencia de los ríos Tigris y Khosr, extendiéndose al lado de la orilla este del Tigris a lo largo de unos 50 kilómetros, y con una anchura media de 20 kilómetros o más desde el río hasta las colinas del este. Hoy en día, toda esa zona es una inmensa área en ruinas, fácilmente visibles desde la vecina ciudad de Mosul (Irak).
Los primeros documentos conservados que hacen referencia a Nínive datan de en torno al 1800 a.C. la mencionan como un gran templo dedicado a la diosa Ishtar, quizás una importante razón que explicaría el temprano auge que experimentó la ciudad. Sabemos que durante el Periodo Asirio Antiguo la capital Assur era el centro del gobierno y el comercio, mientras que Nínive desempeñaba el rol de núcleo del control agrícola y ganadero. De todas formas, el comercio y el tránsito de mercancías siempre jugaron un papel importante en la vida de la ciudad, lo que se extrae de su estratégica posición en el mapa, ocupando un lugar privilegiado como punto de paso de las rutas comerciales que cruzaban el Tigris.

8.2: Ascenso como capital del reino.
Cuándo a finales del siglo VIII a.C., el monarca asirio Senaquerib decidió trasladar la capitalidad desde la vecina Dur-Sharrukin a Nínive, se dio cuenta de que la ciudad necesitaba un lavado de cara importante. Así, se acometieron grandes reformas, incluyendo la construcción de amplias calles y plazas, fortificación y agrandado de sus murallas y además la construcción de un grandioso acueducto y un complejo sistema de 18 canales que surtían de agua a la población.

Pero sin duda la mayor de las obras de Senaquerib es su omnipresente “palacio sin rival”, cuyo plano original ha sido recuperado en su mayor parte. Sabemos con precisión de la increíble grandeza y dimensiones de esta gran construcción, que probablemente ocupaba un área de más de 40000 metros cuadrados y poseía hasta 80 grandes habitaciones, bastantes de ellas repletas de esculturas y con las paredes cubiertas de relieves escultóricos y crónicas acerca de las grandes victorias militares de su constructor. Las entradas al complejo real estaban flanqueadas por grandes estatuas de toros con alas y cabezas humanas. Sin duda, debía de resultar impresionante a la vista.
A parte del gran palacio de Senaquerib, la otra gran construcción que destaca en Nínive es la famosa biblioteca del palacio del rey Assurbanipal, uno de los tesoros arqueológicos más valiosos del mundo antiguo. En los restos de la gran estancia se han encontrado más de diez mil tablillas en escritura cuneiforme en las que se describían las leyes, historia y religión de Asiria. Así mismo, la biblioteca contaba con un archivo de antiguos documentos en el que se hallaron antiguos textos acadios, que probablemente se remonten incluso a la época del imperio de Sargón de Akkad, lo que los convierte en los documentos existentes más antiguos jamás encontrados.

Y sin embargo, a pesar de su grandeza, mientras otras importantes ciudades de la antigüedad se mantienen (a duras penas) en pie, de Nínive tan sólo conservamos sus ruinas y cimientos. La gran ciudad y capital asiria fue olvidada muy pronto tras su violenta caída a manos de Medas y Babilonios, hasta el punto de que cuándo el historiador griego Jenofonte pasa cerca de su emplazamiento con los famosos 10.000 soldados helenos, ni siquiera la menciona. Habría que esperar incluso a la época moderna para volver a desenterrar sus secretos.


9. El Gran Imperio Asirio

9.1: Expansión del Imperio.
En 681 a.C., Senaquerib es finalmente víctima de una conspiración palaciega (de las que tanto se había precavido) y se desata una corta guerra civil en la que finalmente se impone el hijo del monarca, Assarhadón. A diferencia de su extremadamente violento padre, Assarhadón resultará ser un monarca menos cruel y devastador con los conquistados, aunque igualmente inflexible con sus enemigos. Para dar muestras de buena voluntad a la población de Babilonia, que estaba constantemente al borde de la revuelta, ayuda a reconstruir la ciudad santa y repara en gran medida los daños provocados por su antecesor.

Sin embargo, otro asunto es el que de verdad inquietaba a Assarhadón. Una vez pacificado el sur de Mesopotamia y sus habitantes tranquilizados (al menos en parte) la mirada del soberano más poderoso del mundo se posa sobre Egipto, un rival antiguo de Asiria al que ninguno de los soberanos asirios anteriores había conseguido castigar severamente.

Así, retomando el proyecto de su padre, Assarhadón se prepara con calma y precisión. Para empezar, marcha sobre la costa fenicia (tradicional aliada de Egipto) y va sometiendo una a una a todas las ciudades-estado que se le oponen. Cabe destacar quizás el asedio de Sidón, que se prolongó durante tres largos años. En 671 a.C., una vez conquistada toda Fenicia, Assarhadón invade la península del Sinaí y, sin detenerse, cruza el delta del Nilo. Los ejércitos asirios se enfrentan a los defensores egipcios y los derrotan en dos grandes batallas consecutivas. El ejército del Faraón se reagrupa en Menfis, donde decide plantar cara al invasor. Pero sus esfuerzos son en vano: una vez más, la victoria corresponde a Assarhadón. Como consecuencia, la ciudad milenaria de Menfis es saqueada y destruida. Lejos de detenerse, el ejército asirio avanza hasta Tebas, que se ve obligada a rendirse ante la imposibilidad de resistir el asalto inmediato que se avecina. El Faraón, mientras tanto, escapa hacia el sur y se refugia en Nubia.

La conquista de la mayor parte de Egipto se había completado. La “tierra de los faraones” fue dividida en 22 provincias, cada una con un gobernador asirio, siguiendo el clásico esquema del sistema de gobierno de los reyes asirios. Sin embargo, no tardará demasiado en rebelarse y en el 668 a.C. Assarhadón en persona se ve obligado a regresar al delta del Nilo para sofocar la revuelta. Sin embargo, el monarca morirá durante el viaje, lo que hará respirar de satisfacción a los rebeldes. Craso error, ya que todavía no sabían lo que les esperaba.

9.2: El reinado de Assurbanipal.
Tras la muerte de Assarhadón, el cetro de Asiria pasa a manos de su hijo y heredero Assurbanipal, que se convertirá en una de las figuras más extrañas e interesantes de la historia antigua. Los monarcas asirios anteriores a él habían tratado de dejar un recuerdo imperecedero de su reinado levantando cada uno un grandioso palacio, suntuosamente decorado e impresionante a todas luces por sus dimensiones; y así hicieron en Assur, Nimrud, Khorsabad y Nínive. Sin embargo, aunque el de Assurbanipal en Nínive no desmerece en absoluto a los anteriores como monumento, destacaba sobremanera por su riquísima y extensa biblioteca.

El propio Assurbanipal se interesó, durante todo su reinado, en llevar a cabo una gran recopilación de textos y documentos por toda Mesopotamia, lo que le permitió reunir una colosal colección de tablillas que constituye el mayor archivo de documentos de toda la Antigüedad. De la biblioteca de Nínive proceden documentos incluso en la lengua antigua de Sumer, grandes relatos épicos (como el poema de Gilgamesh) y otros muchos tipos de textos que vienen a confirmar que el gusto literario del monarca era diverso y variado. El número total de tablillas encontradas en la biblioteca alcanza la increíble cantidad de treinta mil ejemplares, lo que demuestra un enorme interés por la escritura y la literatura.

Sin embargo, aunque el hecho de ser un gran príncipe bibliófilo le hace merecer el respeto de la posteridad, su gusto por la literatura no convierte a Assurbanipal en un ser demasiado distinto a los monarcas asirios anteriores. Teniendo en cuenta los relatos de sus crónicas, este gran monarca resulta ser tan cruel como Tiglath-Pileser I. Han pasado quinientos o seiscientos años desde la época de conquistas de este soberano y el rey de Asiria sigue sin dar una sola muestra de piedad. En los escritos y crónicas de Assurbanipal se dice claramente: Yo teñí los ríos del color de la sangre y saqueé todo el país. Los rebeldes egipcios, aliviados inicialmente por la muerte de Assarhadón, pronto comprenderán el significado de la palabra “miedo”.



Assurbanipal no se limita a aplastar violentamente la revuelta (como venía siendo habitual) sino que además desata toda su ira y crueldad sobre los vencidos. Los soldados enemigos son despellejados y sus pieles clavadas en las murallas de las ciudades como recordatorio, otras víctimas son empaladas cruelmente y dejadas pudrirse al sol. En uno de los relieves de su palacio en Nínive, Assurbanipal aparece en su jardín, comiendo con su esposa la reina y sirviéndole los esclavos bebidas y manjares, en tanto que de la rama de un árbol cercano cuelga la cabeza de un jefe rebelde que uno de sus generales le había enviado como trofeo.

Tras restaurar el orden en Egipto, Assurbanipal dirige sus pasos hacia el otro gran foco rebelde que se resiste a la dominación asiria: el Elam, al este de Mesopotamia. No hace falta abundar en detalles: los ejércitos asirios invaden el Elam, derrotan a los defensores, destruyen su capital Susa y se ceban violentamente con la población. En este momento, el Imperio Asirio es más grande, poderoso y extenso de lo que ha sido antes y será jamás. Los dominios de Assurbanipal se extienden desde Tebas y Menfis al suroeste hasta Susa en el extremo oriental del Imperio, pasando por toda Fenicia, el sureste de Anatolia y Mesopotamia al completo. Los ejércitos asirios llegan a realizar incursiones incluso en Arabia, aunque no con ánimo de conquista sino por puro espíritu de saqueo y devastación.

Y sin embargo, pese a su gran extensión, el Imperio Asirio es tan sólo militar. Asiria no daba nada a cambio de sus conquistas o de los tributos que se ven obligadas a pagar las naciones sojuzgadas. Su economía basa su fuerza en los botines e impuestos que se imponen a los vencidos. Ni siquiera las frecuentes deportaciones en masa servían para mucho, ya que aunque un pueblo sea trasladado de su tierra y trate de anularse su identidad nacional, seguirá siendo hostil a Asiria. Todo esto, unido a un sistema de sucesiones dinásticas poco claro y seguro, harán que el gran Imperio construido por los reyes asirios no resultará ser algo duradero.

10. Decadencia y Final

A finales del reinado de Assurbanipal comenzó a hacerse patente una situación de crisis y pérdida de poder por parte de Asiria. Y tras la muerte del monarca en el año 627 a.C., estalló una nueva revuelta en la corte, lo que condujo a un estado de guerra civil. En medio de las luchas internas entre las distintas casas nobiliarias, los territorios pertenecientes al gran reino comenzaron a sublevarse unos detrás de otros y a proclamarse independientes.

En Babilonia, la dinastía caldea encabeza una gran revolución que se salda con la expulsión del gobernador de Asiria y el ascenso al trono de la ciudad santa del rey Nabopolasar. En Egipto, viendo claramente la debilidad de los asirios, el Faraón regresa de Nubia, reconquista Tebas y aprovecha la situación para incitar a la rebelión a todas las poblaciones del delta del Nilo, con lo que muy pronto todo Egipto se independiza. Y, para colmo de males, al noreste de los territorios originales asirios los medas recobran ánimos y comienzan de nuevo a hostigar a Asiria.

La crisis del Imperio Asirio aumenta por momentos. El Faraón egipcio, lejos de conformarse con independizar sus territorios del delta, recupera también la península del Sinaí y más tarde invade y emancipa Siria y Palestina. Mientras tanto, Nabopolasar consigue arrebatar a Asiria todas las tierras del sur de Mesopotamia que antes habían pertenecido a los babilonios. Además, el rey caldeo presta su apoyo a los rebeldes elamitas que consiguen expulsar también a sus dominadores asirios.

La situación ha dado un vuelco tan espectacular que el Faraón egipcio, viendo con recelo el creciente poder de la dinastía caldea en Babilonia, decide cambiarse de bando y pasar a apoyar a Asiria. Pero el destino está ya sellado para los asirios, y Nabopolasar comienza a hostigar peligrosamente, al tiempo que el rey Ciaxares de la Media ataca desde el norte. Las incursiones de los medas (que asimismo cuentan con el apoyo de los nómadas escitas) cada vez se hacen más ambiciosas, hasta el punto de que en 614 a.C. Ciaxares avanza saqueando el interior de Asiria hasta llegar a las puertas de Nínive, donde es rechazado por las altas murallas y la obstinación de los defensores asirios. Sin embargo, el ejército meda no regresa a sus tierras, sino que continúa su campaña de saqueo y destrucción y toma la antigua ciudad de Assur, reduciéndola a escombros.

Es en ese mismo momento cuándo desde el sur llega Nabopolasar con su ejército babilónico. Sobre las ruinas de Assur, ambos líderes rubricarán la alianza entre los dos pueblos. En 612, ambos ejércitos avanzan unidos hacia Nínive y ponen sitio a la ciudad. Durante el largo y penoso asedio se emplearán todo tipo de tácticas, desde desviar el caudal del río Khosr hasta atacar la ciudad por varios frentes a la vez para minar la resistencia asiria. Tras varios meses de asedio, se realiza el asalto final, probablemente a través del curso seco del Khosr. Nínive, la grandiosa capital de Asiria, cae en manos de sus enemigos y es saqueada, incendiada y arrasada hasta los cimientos. Los asaltantes tampoco se toman la molestia de hacer esclavos y cautivos: la población al completo, incluido el rey Sin-shar-ishkun, es pasada a cuchillo sin el menor miramiento.

En esa época, y contando con el apoyo de Egipto, un general del ejército asirio accede al trono adoptando el nombre de Assur-Uballit II, y se atrinchera con su ejército en Harrán para esperar los refuerzos que le ha prometido el Faraón. Alertados, Ciaxares y Nabopolasar vuelven a reunir sus ejércitos y marchan sobre Harrán rápidamente en el 610 a.C. Pese a contar con tropas aliadas egipcias, la moral del ejército asirio está por los suelos y la mayor parte de los soldados comienza a huir nada más iniciarse la batalla. La victoria es total para medas y babilonios. Y la derrota es también completa para Asiria.

Durante los próximos años, Mesopotamia vivirá el auge del Imperio Neo-babilónico durante el reinado de Nabucodonosor II, hijo de Nabopolasar. Finalmente, y tras una serie de cruentas guerras, el bisnieto de Ciaxares, conocido como Ciro II el Grande, establecería el gran imperio persa aqueménida. Mientras tanto, nadie llora la suerte de Asiria.