Grandes batallas III. Cannae, 216 a.d.C.

jueves, 10 de enero de 2008

Saludos. Hoy hablaremos de la gran batalla de Aníbal: Cannae, nombre que en los años siguientes, sólo provocaría pavor a los romanos.

Recordemos del post de Aníbal y la segunda guerra púnica. A modo de resumen, Amílcar Barca y su hijo, Aníbal, se habían lanzado a la conquista de Iberia tras la derrota de su ciudad, Cartago, en la primera guerra púnica contra Roma. Iberia era un territorio lleno de recursos minerales y de fieros guerreros que, una vez conquistados, podrían usar para marchar contra Roma. Amílcar murió durante la conquista, pero Aníbal tomó las riendas de la campaña, y en poco tiempo llegó hasta la ribera del Ebro, límite con la zona de influencia romana. Aníbal había reunido ya un ejército de unos 40.000 guerreros (cartagineses, libios, íberos, celtíberos y más tarde celtas) y 38 elefantes para invadir la península itálica. Sabía que Cartago no podría mover dicho ejército hasta allí desde Iberia, así que ideó un plan, que enseñaría a Roma el verdadero significado de la palabra “voluntad”. Cruzó el Ebro, los Pirineos, el Ródano y luego los Alpes en pleno invierno, con su ejército. Si alguna vez habéis recorrido un sendero de montaña, probad a imaginar que os siguen 40.000 soldados y 38 elefantes, mientras nieva y hace viento, y tratáis de convencerlos para que sigan adelante.

En la primavera del 218 a.d.C., Aníbal y su ejército, que había perdido muchos guerreros y la mayoría de los elefantes, descendieron hasta las fértiles tierras del norte de la península itálica. El senado romano rápidamente envió un ejército para interceptarlo en Trevia, pero Aníbal, que fue el general más alucinante de su época, lo desmontó rápidamente. Luego enviaron otro, pero Aníbal los engañó el las orillas del frío lago Trasimene, y miles de romanos se arrojaron al agua durante la batalla, absolutamente aterrados. El general cartaginés se dedicó entonces a recorrer la península, arrasando las tierras de los romanos, e intentando poner de su lado a los aliados itálicos de Roma, tanto celtas (del norte de Italia) como antiguos rivales de Roma (samnitas, etc.), con éxito fluctuante. El senado romano, mientras Aníbal campaba a sus anchas por Italia, cambió su política y nombró a un dictador, Fabio Máximo, para que dirigiera la guerra. La estrategia de Fabio consistió en no combatir con Aníbal a campo abierto. Fabio pensaba que en batalla, Aníbal era invencible, y no quería arriesgarse a otra confrontación abierta. En cambio, sí utilizó las tropas que tenía para limitar los suministros de Aníbal y acotar su libertad de movimientos, pues, después de todo, la línea de suministros de los cartagineses era demasiado larga, a través de los Alpes, y éste dependía en gran medida de las aportaciones de sus nuevos aliados itálicos. Hay que decir que esta política no gustaba al senado ni a los romanos, quienes difícilmente diferenciarían entre la cobardía y la inteligencia y prudencia del plan de Fabio.

Aníbal, que comprendió la estrategia del dictador, y que se veía apurado y sin refuerzos, trató de forzar una gran batalla, un enfrentamiento definitivo tras el cual Roma se viera obligada a capitular. Se dirigió hacia el Samnio y Campania, las regiones más ricas de la península, y donde muchos senadores romanos poseían importantes latifundios, y redujo los territorios a cenizas. De esta manera, provocó que los senadores más ricos clamaran por la deposición de Fabio Máximo, que después de seis meses, tuvo que abandonar su cargo. Inmediatamente, el senado romano organizó el ejército más grande formado hasta la fecha: 80.000 soldados, propietarios romanos (las legiones de esta época eran legiones manipulares de propietarios libres), con el único fin de aplastar a Aníbal de una vez por todas. El senado eligió dos cónsules para que comandaran el ejército, cada uno un día alterno. Puede parecer raro, pero la política del senado era evitar que una sola persona acumulara demasiado poder. Estos cónsules fueron Gaio Terencio Varro y Lucio Emilio Paulo .

Cuando las noticias de dicho ejército llegaron a Aníbal, se alegró, porque llevaba a los romanos a su terreno. Él disponía sólo de 30.000 soldados que hablaban una multitud de lenguas distintas, pero él era un líder extraordinario, y había sangrado con sus hombres. Todos y cada uno de aquellos soldados era un curtido veterano. Aníbal, aunque corto de recursos, confiaba plenamente en la victoria.
El general cartaginés esperó a los romanos en la llanura de Apulia, cerca de Cannae, una importante ciudad romana. Así se aseguró que no saldrían suministros de esta ciudad hacia el ejército consular, por lo que los forzaba a atacarles. Cuando el ejército romano se acercó a la posición de Aníbal, vio que éste los esperaba en la margen izquierda del río Efido. Aquel día comandaba Lucio Emilio Paulo, quien, observando a Aníbal, decidió que la posición no les favorecía, y no ordenó atacar. Sin embargo, al día siguiente comandaba Terencio Varro, cuyo carácter era bastante más arrojado e insensato, y aceptó la batalla que planteaba Aníbal. Comenzó así un día aciago para Roma.

El ejército romano ordenó en varias líneas sus legiones manipulares: al frente las tropas ligeras, seguidas de los hastati y los prínceps, legionarios equipados con gladius, escudo, cota de malla y jabalinas. La última línea era la de los Triari, los más veteranos. El fondo de la formación se aumentó mucho, de manera que los soldados acabaron conformando un cuadro enorme, con un frente relativamente reducido, similar al presentado por Aníbal. A ambos flancos situaron la caballería. El río quedó en su flanco derecho. Varro intentaba presionar el centro cartaginés, pues sabía que durante la batalla de Trebia, las legiones ya habían conseguido romper la línea cartaginesa por ahí.

Aníbal, que contaba con menos de la mitad de soldados, ideó un plan verdaderamente brillante. Formó en una delgada línea. En el centro, él, a pie, se situó entre los íberos, celtíberos y celtas. Eran tropas fieras, pero con menos capacidad de mantener la lucha que los legionarios romanos. En los extremos de su línea situó a sus lanceros cartagineses y libios, la verdadera infantería pesada cartaginesa. Finalmente, su caballería también se colocó repartida a ambos lados de la formación, enfrentada a las dos alas de caballería romana. Luego, Aníbal curvó el su línea de tropas auxiliares hacia delante, en forma de media luna, y adelantó a los hostigadores.
Al fin dio comienzo la batalla. Los hostigadores de ambos ejércitos se enzarzaron en una lluvia de proyectiles, hasta que las tropas ligeras romanas fueron repelidas. A continuación, el cuadro romano entre avanzó. La tierra temblaba con el paso uniforme de ochenta mil legionarios avanzando hacia los cartagineses. Aníbal gritó las últimas instrucciones en los segundos inmediatamente anteriores a la carga romana, y por fin, miles de gargantas rugieron y se lanzaron al combate.


Los frentes colisionaron. Las jabalinas de los legionarios silbaban mientras la primera fila acuchillaba sistemáticamente. Fue entonces cuando los legionarios descubrieron la terrible hoja de las espadas íberas. Las tropas del centro cartaginés buscaban pegarse a los escudos de los legionarios, y entonces los legionarios veían como la punta de una corta espada de acero terriblemente duro les entraba por los riñones. Esta espada, el gladius ibérico, sería adoptada por el ejército romano hasta la época imperial, pero eso es otra historia.
El combate se recrudecía, pero el mejor equipamiento de los romanos se hacía notar. Entonces llegó el momento de Aníbal. Las dos alas de la caballería cartaginesa se lanzó hacia la caballería romana de cada flanco enemigo. Los númidas eran excelentes jinetes, y sus rápidas monturas los mantuvieron a distancia de los jinetes romanos mientras los hostigaban con jabalinas y lanzas, mientras que la caballería pesada cartaginesa se lanzó hacia la romana de manera imparable. Los romanos no tenían por entonces una caballería de mucha calidad, y no fueron rivales para unos guerreros que, en su mayoría, habían aprendido a montar antes que a andar.

La huída de la caballería romana había dejado los flancos romanos desprotegidos. Entonces, Aníbal dio la orden de replegar su línea. Paso a paso, sus mercenarios íberos y celtas mantuvieron la formación mientras su frente convexo se curvaba hacia tras, formando de nuevo una media luna, pero invertida. Así, el cuadro romano se lanzó hacia delante, creyendo que los cartagineses cedían terreno porque estaban siendo vencidos. En su impetuoso avance, las formaciones comenzaron a abrirse y a estorbarse unos a otros. Y Aníbal reveló su golpe maestro: los lanceros cartagineses y libios, su infantería pesada de élite, que estaba en los flancos de la infantería cartaginesa, comenzó a avanzar superando el curvado frente romano, llegando así a contactar con los dos flancos enemigos. Así bloqueado por el flanco, mientras el centro romano seguía estirándose, los legionarios comenzaron a sentir verdadera presión, porque Aníbal ya no ordenó retroceder más, sino avanzar, avanzar y presionar por todo el frente. Los romanos comenzaron a flaquear cuando entre la formación se fue corriendo la voz de que estaban rodeados. Atrapadas, las formaciones intentaban retroceder, pero se entorpecían mutuamente. El espacio entre los soldados se fue cerrando y cerrando, mientras el sol los calentaba, el polvo los asfixiaba y cegaba y la sangre de sus compañeros les hacía resbalar. El pánico se propagó rápidamente, pero ya era demasiado tarde, porque la caballería cartaginesa, que se había reagrupado, volvió a aparecer en la retaguardia romana, y cargó. El cuadro estaba cerrado por todos sus lados, y de allí ya no saldría ningún romano vivo. Los gritos de dolor y de miedo fueron aumentando y pronto superaron a las órdenes que los oficiales chillaban en vano. Ya no eran soldados, sino simples ciudadanos aterrados. Eran niños que lloraban llamando a sus madres mientras intentaban en vano despertar de una sangrienta pesadilla, que se arrancaban los cabellos con sus manos y cavaban en el suelo para introducir la cabeza en un vano intento de dejar de ver el horror a su alrededor. Se aplastaban unos contra otros, pisoteaban a sus propios amigos si caían al suelo, mientras las espadas, lanzas y hachas de los soldados de Aníbal se iban abriendo paso golpe a golpe, vida a vida. Mientras, Aníbal, el primero entre sus hombres, no dejaba de gritar y de animar a sus soldados. No habría prisioneros. Roma debía ser derrotada aquel día, derrotada y humillada para que nunca volviera a levantarse. Tardaron horas en matar a espada a los legionarios uno a uno.

Aquel día, entre cincuenta mil y setenta mil romanos perdieron la vida, en una de las batallas más sangrientas de la Antigüedad. No sólo murieron ciudadanos. Ochenta senadores, el cónsul Emilio Paulo, dos cuestores y veintinueve tribunos, además de los cientos de experimentados centuriones. Desde Roma se elevó un lamento como nunca antes se había conocido. Aníbal sería recordado como uno de los mejores generales de la Historia, aunque poco después sería vencido por su mejor alumno: el general romano Escipión, uno de los pocos supervivientes de Cannae, y el único romano que reconoció el genio de Aníbal, y que se dedicó en serio a estudiarle para aprender de él. El destino haría que Escipión se enfrentara a Aníbal en la batalla de Zama, pero eso es otra historia.

LA BATALLA DE CANNAE PARA DBA.
Debo decir que esta batalla es la más compleja de simular para todos los juegos que conozco. Hacer este escenario es un verdadero reto, y como dato, os diré que en el foro de FoG, hay un largísimo post sobre cómo podría explicarse Cannae con las reglas de FoG, y no hay verdaderas conclusiones. En DBA y DBM puede parecer lo mismo. El caso es que la curva que presenta el frente cartaginés y su evolución durante la batalla es extremadamente difícil de simular, ya que se trata de un movimiento durante el combate. Sin duda, Aníbal debía ejercer un liderazgo verdaderamente singular para ser capaz de controlar su línea mientras los soldados tratan de mantenerse con vida. Esta singularidad en el talento del general cartaginés es la que no queda más remedio que obviar en un conjunto de reglas coherentes que traten de simular una batalla genérica.
No obstante, y no sin cierta aprensión, por no decir pánico, voy a intentar la simulación.
Los ejércitos para esta batalla son:
a) II/32, cartagineses tardíos. No se podrán coger elefantes en ninguna opción. El general será una peana de Aux o Wb claramente identificada, en lugar de la peana de Cv (esta peana de Cv estará, pero no contará como general).
b) II/33, Romanos de Polibio. (Polibio fue el historiador que narró la segunda guerra púnica). Este ejército se usará tal cual.

Los cartagineses serán los defensores, aunque se usará el terreno de los romanos. Sin embargo, el elemento obligatorio será un WW que se desplegará en un lado de la mesa, y que será el río Efiso. Se colocará el mínimo de escenografía opcional.
El borde cartaginés será el que tenga en río a la izquierda, y el romano será el borde opuesto.
Aplican todas las reglas habituales de DBA, además de la siguiente.

Regla especial:
- Enemigo de Roma: los ciudadanos romanos esperan ansioso el enfrentamiento con Aníbal. Los elementos Bd romanos son “impetuosos” (como Wb, Kn o Sch).
- El genio de Aníbal.- Aníbal es el general más alucinante de su época. Las tácticas romanas no eran más que un juego de niños para él. Además, es capaz de sacar de sus tropas lo mejor de sí. Por todo ello, Aníbal genera 1D6+1 PIPs. Además, mientras Aníbal viva, puede guardar PIPs no empleados en su fase de movimiento para utilizarlos en mover elementos amigos que, al principio del turno cartaginés, formaran grupo con él o estuvieran en contacto esquina frontal con esquina frontal con elementos que formaran grupo con él, una vez que hayan terminado todos los combates del turno cartaginés.


Y ya está. Os aseguro que me he comido el coco bastante rato para crear reglas que puedan simular Cannae, algunas bastante peregrinas, pero al final me he dado cuenta que lo especial de Cannae es que Aníbal era capaz de mantener a sus tropas ordenadas mientras evolucionaban y combatían al mismo tiempo. Por ello creo que esta regla permite no sólo simular los acontecimientos de Cannae, sino probar otras tácticas basadas en la evolución controlada de un frente formado por cualquier tipo de elementos. A priori, la regla parece dar mucha ventaja, pero hay que pensar que no usar PIPs en la fase de movimiento para reservarlos es una decisión táctica muy difícil, ya que puede estancar tropas vitales para la victoria cartaginesa.
Por último, recomiendo de nuevo que los jugadores intercambien los papeles una vez jugada la partida.