Alrededor del año 1200 a.d.C., tras la caída de Troya, todos los registros de las civilizaciones principales de la Edad de Bronce, a excepción de los egipcios, desaparecieron súbitamente. Micénicos, hititas, el reino Mitani, Ugarit… En no más de una generación de hombres simplemente parecieron evaporarse del Mediterráneo y Asia Menor. De repente, los ricos asentamientos mediterráneos, las populosas ciudades, fueron abandonadas, y una población drásticamente menguada decidió buscar nuevos asentamientos en las montañas de las islas, en lugares accesibles desde el interior, pero terriblemente inaccesibles viniendo desde el mar, y fácilmente defendibles por un puñado de hombres.
Durante años, este cambio en los registros arqueológicos fue un misterio, hasta que se puso en relación con los textos tallados en las paredes del templo egipcio de Medinet Habu. En él, se encontraron una serie de bajorrelieves y textos conmemorativos, que contaban una terrible historia. En ellos se vieron representados unos extraños guerreros con exóticos cascos y armaduras, escudos redondos y pequeños y largas espadas, demasiado largas para ser de bronce. Estos guerreros atacaron Egipto desde Libia, aliándose con ellos, y desde el mar, pero ya habían pasado por toda la costa de las islas griegas, Asia Menor y Siria, y parecía que habían ido destruyendo todo a su paso. Estos guerreros, en realidad una confederación de tribus, enumeradas en los textos de Medinet Habu, fueron bautizadas por el único pueblo que resistió su poderoso embate, aunque a duras penas. Fueron llamados los Pueblos del Mar.
En realidad sabemos muy poco de estas tribus, salvo que establecieron una coalición temporal. Entre las tribus encontramos los Sherden, los Lukka, los Peleset, etc. En algunas fuentes he encontrado unidas también los dorios, que invadieron Grecia por esta época, llegando hasta el Peloponeso (los espartanos de la época clásica eran estos dorios invasores), pero los dorios recorrieron otra ruta, quedándose como decía en el Peloponeso y algunas islas cercanas. Pues bien, los pueblos del mar surgieron, aparentemente, de algún lugar de Anatolia, y no se sabe si fueron los causantes o bien la consecuencia de la caía de los pueblos hititas y el reino de Troya. En algún momento aprendieron, al parecer de los propios hititas, la metalurgia del hierro, que exigía más calor que la del bronce. Con estos conocimientos, los pueblos del mar se equiparon de una manera para la el resto de civilizaciones no estaba preparada. En efecto, la guerra típica de la época se luchaba básicamente sobre carros ligeros, con apoyo de infantería poco entrenada. Las tácticas de los pueblos del mar, si bien incluían cierto número de carros, se basó en un soldado de infantería bien equipado con armadura de cuero, cascos con cuernos o un llamativo tocado de cuero vuelto hacia arriba, escudos redondos, dos jabalinas y espadas largas de acero. Este tipo de tropa tenía cierta libertad de movimientos para absorber las cargas de los carros, y al mismo tiempo, una potencia en combate cerrado que las armas de bronce no podían batir. El bronce simplemente se quebraba si era golpeado por las armas de acero. Con el carro trabado en combate, el auriga, siempre fuertemente acorazado pero sin libertad de movimientos, era presa fácil de estos guerreros.
Una vez establecida la coalición, las tribus se pusieron en marcha llevando todas sus pertenencias y familias con ellos, en grandes carromatos tirados por bueyes, buscando nuevos territorios donde asentarse. Por lo tanto, los grandes ejércitos basados en carros fueron vencidos con facilidad. Además, los pueblos del mar destruyeron importantes ciudades, y se piensa que desarrollaron una tecnología verdaderamente avanzada en los asedios. En un momento dado, se echaron al mar y avanzaron de isla en isla, destruyendo ciudades y palacios. Se piensa que en Creta establecieron una pequeña ciudad, una vez que los pobladores micénicos se refugiaron en las montañas de la isla. Como testimonio del terror que llegaron a causar, debe citarse el texto encontrado en una tablilla de arcilla, escrito por un joven rey de Ugarit, pidiendo ayuda a su padre: “Padre mío, siete naves han sido avistadas, y ya han causado grave daño a los míos. Os ruego me asistáis en esta hora funesta”. La tablilla se encontró en un horno de arcilla donde se cocía, y de donde no llegó a salir, ya que el palacio fue destruido en un ataque de los pueblos del mar antes de que el mensaje pudiera ser enviado. Mientras, en Egipto, un joven y valiente rey llamado Ramsés III comenzaba a escuchar preocupantes noticias.
Poco a poco se perdía contacto con las antiguas ciudades y civilizaciones micénicas, hititas. Los enclaves comerciales desaparecían, y había rumores: rumores de unos temibles y extraños guerreros que destruían todo a su paso. Rumores de unas tribus extranjeras, embajadoras de una nueva época de oscuridad. Y Ramsés supo prever que tarde o temprano, su propio pueblo se vería sometido a una dura prueba, porque la ruta llevada hasta entonces por las tribus las acabaría llevando hasta Egipto. El primer contacto con dichos pueblos fue con la tribu de los Sherden. Éstos se adelantaron al resto de las tribus y navegaron hasta Libia, donde fueron contratados como mercenarios en el ejército libio para atacar Egipto, en el 1179 a.d.C. Ramsés III reunió el mayor ejército que pudo, y les presentó batalla con lo que tenía. Los libios habían sido vencidos anteriormente, pero los Sherden inflingieron un duro castigo a los egipcios. Sin embargo, los números se impusieron, y, aunque con grandes bajas, Ramsés ganó la batalla. Pero supo que frente a un número mayor de enemigos, estaría perdido. Aquel extraño metal de sus espadas simplemente era demasiado para sus tropas. El faraón, no obstante, no se amilanó, y, previendo una futura invasión por mar, se preparó para elegir él su mejor campo de batalla. La decisión de Ramsés fue crucial. Sabía que en batalla campal estaría perdido, pero para que se produjera dicha batalla, los pueblos del mar debían desembarcar. Y Egipto tenía muchos barcos. Finalmente, la batalla tuvo lugar en el 1176 a.d.C.
En mi opinión, la batalla contra los pueblos del mar en la desembocadura del Nilo fue el épico fin de una edad. Fue una batalla desesperada en la que la última gran civilización mediterránea se jugó su existencia y su historia. No debemos olvidar, que, por ejemplo, la caída de los hititas fue tan brutal que no se encontraron restos de ellos hasta el siglo XX. Las patrullas marítimas egipcias avistaron la gran flota de los pueblos del mar y dieron la voz de alarma. El resto de la flota egipcia navegó con presteza por entre los múltiples canales de las bocas del Nilo. Los pueblos del mar no era navegantes expertos, y la guerra marítima les era ajena. Siendo navegantes más experimentados, a los egipcios no les fue difícil maniobrar entre sus naves y comenzar a lanzar andanada tras andanada de flechas con sus excelentes arqueros embarcados para diezmar a las tripulaciones enemigas antes de que tocaran tierra. El ataque fue tan furioso y cogió a los pueblos del mar tan de improviso que sus barcos se fueron quedando aislados rodeados de enemigos, y pocos llegaron a desembarcar. Ramsés III eligió correctamente el terreno de la batalla y triunfó.
En las escenas del temblo de Medinet Habu se ve a los soldados enemigos saltar al agua atravesados con flechas, o hundirse con sus barcos y su equipo. Los pocos que llegaban a la orilla eran rápidamente capturados. La derrota fue tan total que la coalición de tribus desapareció, y la amenaza de los pueblos del mar se extinguió para siempre, ahogada en la mezcla de agua, sedimentos y sangre de las bocas del Nilo. Egipto esclavizó y utilizó a los soldados capturados como guardianes para sus fronteras. Así, los Peleset, por ejemplo, fueron asentados en Palestina. Algunos años después, con Egipto en plena crisis, se independizaron establecieron un reino propio, que tal vez os suene más: se les llamó filisteos, los de la Biblia.
Aunque la amenaza despareció, el mundo ya había cambiado. Las civilizaciones de los palacios, es decir, micénicos e hititas, así como Ugarit, desaparecieron. En efecto, el palacio era en centro de la vida y del gobierno. Con los palacios destruidos, los reinos de desarticularon. Aunque surgieron nuevos reinos, fueron pequeños y en cierta medida miserables comparados con los anteriores. Además, se habían perdido muchos conocimientos, y comenzó por lo tanto una primera Época Oscura, que duraría hasta el siglo VII a.d.C., con el resurgir de las polis griegas y las grandes civilizaciones de oriente (medos, asirios y posteriormente, persas). Por otro lado, la guerra también cambió, comenzando a evolucionar hacia una guerra en la que predominaba el soldado de infantería sobre la lucha desde carros, que quedó prácticamente abandonada. Por otro lado, la tecnología del acero comenzó a extenderse, eliminando a las antiguas armas de bronce.
La lista de DBA que representa a los pueblos del mar es la I/28. En ella se ve el general, que puede ir en carro o a pie, como Bd (soldados preparados para luchar con armas de mano y escudos). Tened en cuenta que un general Bd lucha con un +6/+4, ya que suma +1 al resultado del combate. Es un auténtico carnicero. Luego hay ocho elementos más de Bd. Es decir, de 12 peanas, 9 pueden ser Bd, que son la infantería más bestia del juego. Luego hay una opción para meter auxiliares o psilois. Este ejército se considera uno de los más duros de pelar de DBA. Contra infantería no tienen rival, y contra caballería, pueden disponer de algunos psilois que apoyen a los Bd frente a dichas tropas montadas. En dicha lista podemos ver a los enemigos que hemos nombrado en este artículo: I/26, micénicos tardios; I/24, Imperio Hititia; I/22, Nuevo imperio Egipcio (el de Ramsés III), y I/20, tropas sirio cananitas y ugaríticas. Todos estos fueron los ejércitos contra los que lucharon los pueblos del mar. Se pueden encontrar minis para este ejército en los catálogos de Venexia miniaturas y Magister Militum, que yo sepa. Las de Magister militum son bonitas. Las otras, a mí no me parecen malas, pero he leído a gente que las tiene y dicen que son algo feas.
Los Pueblos del Mar: la primera Edad Oscura
jueves, 20 de septiembre de 2007
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Etiquetas: egipcios, historia, pueblos del mar
Cayo Mario I. Las nuevas legiones y la campaña de Numidia
A finales del siglo I a.d.C, el senado y el pueblo romano no parecía pasar graves apuros que amenazaran su supervivencia. Cartago había sido destruida hacía 30 años por Escipión Emiliano, al igual que Numancia, el último bastión de resistencia celtíbera. Las fronteras de la Galias, que mantenían una franja de territorio costero suficiente para comunicar por tierra la península itálica con la hispánica parecían estables y los pactos con los restantes pueblos itálicos eran respetados. Sin embargo, dos nuevos frentes a los que no se prestaba demasiada atención atenazaban a Roma, poniéndola al borde de su destrucción: por un lado, el conflicto sucesorio de Numidia, reino vecino de la provincia africana romana, y por otro, un misterioso pueblo que apareció de la nada desde el norte de Europa, llamados germanos.
En el reino de Numidia, que se había formado al haber sido destruida Cartago, con ayuda de Roma, se planteaba una disputa sucesoria entre los descendientes legítimos del primer rey númida Masinisa, y su nieto bastardo, el brillante Yugurta, que se las había apañado para conseguir el trono. Los demás herederos habían viajado a Roma y, sobornando a los senadores adecuados, habían conseguido que el senado se inmiscuyera en la cuestión sucesoria. Yugurta había viajado a Roma también, pero no consiguió sobornar a los adecuados, así que tuvo que huir rápidamente de vuelta a su país, y comenzó a preparar su ejército, ya que el Senado Romano le declaró la guerra. Pero esta vez, habiendo luchado codo con codo con Roma contra los celtíberos, comenzó a preparar sus númidas con tácticas y equipos al modo de las legiones, dispuesto a no ceder fácilmente y a vender caro su pellejo. Además, buscó ayuda de su suegro, el rey Boco o Bogus, de los mauritanos (lo que es actualmente Marruecos).
Los germanos ya habían destruido dos enormes ejércitos romanos. Estos ejércitos, formados por legiones tradicionales, se organizaban a partir de reclutamiento de propietarios romanos y de los aliados itálicos, pues eran los únicos con dinero suficiente para pagarse el equipo de soldado de la época, que consistía en sandalias, cota de maya, casco, un escudo grande y oval, lanza y/o gladius más una jabalina arrojadiza llamada “hasta” (que daba nombre a un cuerpo del ejército, los hastatii). Estos ejércitos, por lo tanto, se nutrían de un estrato social sumamente productivo, que mientras durara la campaña, dejaban de trabajar en sus negocios. Sorprendentemente, los germanos giraron grupas y retrocedieron después de destrozar a cada ejército, por lo que no parecían una amenaza inmediata. Al menos, eso pensaba la mayoría de los senadores, y, sobre todo, los patricios del senado, los nobles, que nunca llegaron a apreciar el terrible daño que la pérdida de cientos de miles de propietarios plebeyos suponía para Roma. Sin embargo, en el senado había un senador de origen plebeyo, pero muy rico, proveniente de los territorios itálicos, al que parecía haber pasado la edad para ser nombrado uno de los cónsules que se elegían cada año y dirigir ejércitos. Se llamaba Cayo Mario, y aunque ya había demostrado ser uno de los mejores soldados y líderes militares de Roma a lo largo de una vida dedicada al ejército, su falta de sangre patricia le había mantenido apartado de los principales puestos políticos.
Pero Cayo Mario sí vio el peligro que amenazaba a Roma. En el peor momento, tras perder cientos de soldados y equipos, dos frentes simultáneos se abrían. Cayo Mario se casó en segundas nupcias con una hija de Cayo Julio César, (el abuelo de “la criatura”, no el Julio César que todos conocemos) y así, consiguió ser incluido en el ejército del cónsul Quinto Cecilio Metelo, un patricio enemigo de Mario, que reunió tropas de propietarios suficientes para embarcarse hacia Numidia. Mario se encargaría de funciones logísticas, lo que se le daba muy bien. Además, contó con la ayuda de su amigo Publio Rutilio Rufo, también asignado a la campaña númida. Metelo comenzó la campaña pero pronto demostró no estar a la altura de Yugurta, cuyos movimientos siempre fueron por delante de él, y sólo la presencia de Mario y Rufo evitó el desastre del ejército consular. La guerra se estancó y Metelo pidió los poderes proconsulares para el año siguiente, ya que su mandato de cónsul terminaba en pocos meses. Mientras, en Roma, apoyado por la facción de Julio César, el nombre de Mario comenzó a sonar con fuerza para ser elegido cónsul el siguiente año. Metelo se enteró, y trató de retener a Mario en Numidia el tiempo suficiente para no llegar a presentar su candidatura, aunque no lo consiguió.
Mario fue elegido cónsul, y en una maniobra sin precedentes, consiguió que la Asamblea de la Plebe (el otro organismo que regía Roma, contrapuesto al Senado) censurara el mandato de Metelo al frente del ejército. Esto era grave, ya que normalmente el Senado se reservaba los poderes sobre las guerras externas. Metelo tuvo que volver a regañadientes, pero trató de fastidiar a Mario. Como las levas estaban a su nombre, tenía derecho a traer el ejército consular de vuelta a Roma, con lo que Mario, que pretendía seguir la campaña y terminarla rápidamente, se vio de súbito sin tropas que comandar. El ejército de Metelo fue reasignado a la defensa de las fronteras del norte, contra otra posible invasión germana. Sin embargo, Mario era un tipo muy especial. Todo esto ya había sido previsto por él. Conocedor de que ya no había propietarios suficientes en toda la península para organizar más legiones, comenzó una reforma histórica que levantaría ampollas entre los patricios, pero que salvaría a Roma e iniciaría el camino que conduciría a Roma a la conquista del mundo. Lo primero que hizo fue enrolar no a propietarios, sino a la clase más baja, improductiva y despreciada de Roma, el censo por cabezas (o proletarios, aunque no lo confundáis con “proletario” en su sentido actual): chulos, matones, bandidos, ociosos, aventureros… Malvivían en los arrabales y barrios populares de Roma de las migajas que el senado les daba, y sólo eran tenidos en cuenta cuando faltaba trigo, pues los senadores sabían que eran capaces de formar terribles revueltas, porque eran decenas de miles. Imaginaos la que se formó en el Senado cuando Mario reveló sus intenciones. Como esta clase no tenía dinero para pagarse el equipo, Mario aprovechó el tesoro de Roma para comprarlo y entregarlo a los soldados, junto a una paga como soldados profesionales, de la que se descontaba poco a poco el equipo suministrado.
El equipo, además, se estandarizó para toda las legiones. Desaparecieron los Princeps y triarii como cuerpo de lanceros. Todos los legionarios se equiparon con casco, cota de malla, gladius, escudo, pilum, puñal y capa para la lluvia. Es decir, Mario creó la figura del legionario profesional. Además, tendrían derecho a una parte el botín que se capturara. Y por si no fuera poco, el ejército se hacía cargo, mediante un fondo de compensación que salía de las pagas de los soldados, de los funerales de legionarios no muertos en batalla. Por lo tanto, Mario consiguió que enrolarse fuera atractivo, de modo que en un tiempo récord, consiguió reunir y entrenar a seis legiones totalmente nuevas.
También aprovechó la inexperiencia de los soldados para cambiar la estructura de mando. El manípulo, formado por dos centurias, se había quedado demasiado pequeño para ser efectivo contra la masa enloquecida y compacta de tribus bárbaras celtas y germanas, que habían sido los últimos enemigos de Roma, y desapareció, quedando como unidad táctica la cohorte, formada por seis centurias. Los mandos de adaptaron a esta nueva estructura. Las señales de mando tuvieron que ser modificadas, porque la mayoría de legionarios no sabían leer ni reconocer números, y se simplificaron. Además, Mario en persona diseño un estandarte que serviría de punto de reunión, portado por el mejor soldado del grupo: un águila de plata, (a que os suena), portada por el “aquilifer”. Por otro lado, Mario también previó el tipo de guerra que tendría que luchar en Numidia, una guerra de movilidad en un territorio inmenso, en el que Yugurta no sería encontrado si no deseaba serlo. Sistematizó la logística de su ejército, de manera que, si era necesario, las legiones podían organizarse de manera especial para marchar ligero. Cuando tal cosa ocurría, cada soldado cargaba con su cota, colgando de la cintura para distribuir su peso en la cadera; su gladius y puñal; el casco, que se había simplificado eliminando el penacho de crines de caballo; el escudo, que seguía siendo oval pero se había acortado hasta medir alrededor de un metro, con el único fin de poder cargarlo a la espalda y que no estorbara en los pies ni las piernas, y un palo con un hatillo en el que se disponían raciones para tres días de camino, productos para el cuidado de las armas y algunas herramientas. Los legionarios iban cargados pero el peso iba bien distribuido. Entre ellos, comenzaron a llamarse “las mulas de Mario”. Además, a cada grupo de ocho hombres se le asignó una mula, en la que llevaban los pila, más raciones de comida y ocho estacas, una de cada soldado, ya cortada y afilada para preparar el campamento cada noche. Además, cada centuria (ochenta combatienes y veinte no combatientes) recibió un carro de mulas con más equipo: tiendas, etc. Esta estructura dotó a la legión de una movilidad de la que carecía antes, ya que el transporte, al no estar organizado, dependía mucho de los medios personales que cada legionario pudiera aportar.
Por fin Mario invadió Numidia. Yugurta lo conocía bien y sabía que en una batalla campal no podría vencerle, así que, contando con la excelente caballería ligera de los gétulos, se dedicó a lanzar ataques sorpresas a las zonas habitadas donde los romanos pudieran abastecerse. Mario, a su vez, también fue atacando las ciudades númidas que fueran reservas de grano para el ejército de Yugurta. Los esfuerzos tácticos, políticos y estratégicos de Mario tuvieron como objetivo que el rey Boco de Mauritania se aliara con Yugurta. Aunque parezca absurdo, sólo esta alianza daría suficiente confianza a Yugurta para presentar batalla campal, el tipo de batalla rápida y definitiva que precisaba Mario. Al fin, Boco traicionó a Roma y se alió con Yugurta, y la batalla tuvo lugar. Las legiones marchaban hacia Cirta. Había anochecido y los romanos estaban terminando de construir su campamento, y de la nada surgieron Yugurta y Boco con sus terribles jinetes, que no usaban silla siquiera, y cargaron con sus jabalinas y largas y finas espadas, y asaltaron el campamento. Al principio, la batalla fue desfavorable para los romanos, pero una vez se hicieron con suficientes teas, la organización romana permitió reagrupar filas y cerrar huecos, y luego contraatacar. Al amanecer, los númidas se retiraron con bastantes bajas, pero sin perder el orden. Mario había sufrido muy pocas bajas, no obstante. Cuatro días después, volvieron a atacar por sorpresa, pero esta vez Mario ya lo esperaba. Ejecutando un despliegue de filas impecable a partir de una formación defensiva en cuadro, los romanos presentaron un formidable frente contra el que se estrellaron los númidas. Yugurta, desesperado, trató de mantener el combate más tiempo del adecuado antes de dar orden de retirada, y su ejército fue destruido, aunque Yugurta y Boco huyeron.
Desde ese momento, Mario, que había evaluado correctamente a Boco, contactó con él para que le entregara a Yugurta a cambio un tratado de paz con él. Boco accedió, y traicionó al rey númida, que terminó encadenado destino a Roma. Mario llegó a Roma victorioso, pero su mandato como cónsul no sería más que el primero de siete.
Sobre como Mario tuvo que marchar al norte a luchar contra los germanos tratará la segunda parte de este artículo.
Los ejércitos descritos en esta historia son: II/40 Númidas y moros tempranos, y la II/49, Romanos de Mario (nunca mejor dicho). La lista de Numidia consta de un gran número de elementos de caballería ligera, incluso para el general., y luego tropas ligeras armadas con jabalinas, que pueden ser representados por Ax o bien por Ps. Por último, hay una opción para incluir 1 elefante, y también un Bd. Esta peana representan los esfuerzos de Yugurta por entrenar en el modo romano a su ejército. Es un ejército de baja agresividad y terreno montañoso. Con los Ax puede dominar un campo con mucho terreno difícil, y la LH puede aprovechar los espacios abiertos que haya. Es un ejército muy bonito para pintar y jugar con él, por su alta movilidad. La lista de Mario es muy interesante si se compara con los ejércitos anteriores romanos, los Polybian Roman (II/33). Lo que vemos es que los Sp del polibian han desaparecido. Todos los legionarios de Mario son Bd. Por cierto, estas tropas lanzaban el pilum al enemigo antes de cargar con las espadas. Por ellos, las miniaturas podemos encontrarlas con pilum o gladius, pero tened en cuenta que los legionarios con pilum no se consideran Sp, sino Bd, su arma principal. Por otro lado, los equites alares (Cv) sigue estando presente, así como los Ps. Sin embargo, existe la opción para formar al general como Bd (un Bd general tiene +6/+4, una máquina de matar), y además puedes meter caballería ligera, que puede representar a aliados africanos en una época posterior a la campaña de Numidia. El alto número de Bd hace de este ejército una apisonadora, aunque contra ejércitos de mucha caballería y elefantes, puede llegar a pasarlo mal, ya que no es muy móvil. No obstante, cuanta con algunos Ps para apoyar a los Bd frente a montados enemigos. Corvus Belli tiene una gama EXCELENTE de miniaturas para representar a estos ejércitos. Y además, los soldados “Marian Roman” existen como tales, en una gama distinta a los Early Imperial Roman. Para que los reconozcáis, los Marian roman llevan cotas de malla y escudos ovalados
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Batalla por Delfos
lunes, 17 de septiembre de 2007
Corre el año 279 a.C. y toda Grecia contiene el aliento.
El año pasado los celtas asentados en la zona de los Balcanes han sometido a los panonios y los dárdanos y han matado en batalla a dos reyes macedonios: Ptolomeo Keraunos y, más tarde, el héroe Sóstenes.
No contentos con estas hazañas han continuado su implacable avance derrotando a los tracios, los getas y los tribalos.
Los griegos toman conciencia de la terrible amenaza que se cierne sobre ellos y se preparan para detener al invasor, una vez más, en el legendario paso de las Termópilas. Allí se reúne una alianza de Beocia, Focidia, Megara, Etolia y Atenas junto a contingentes mercenarios macedonios y seleucidas. Los helenos, apoyados desde el mar por la flota ateniense, actúan con heroísmo y consiguen poner en desbandada a los celtas. Ante esta situación Breno, el general celta, pretende repetir la artimaña de rodear a las tropas griegas a través de un paso de montaña pero, en esta ocasión, los helenos se han cubierto las espaldas poniendo en guardia una guarnición de 500 hombres bajo el mando del seleucida Telesarco que consigue frustar los planes de los invasores, aunque el propio Telesarco fallece en la escaramuza luchando con bravura.
Escamado con la inquebrantable situación Breno decide enviar un poderoso contingente para atacar a la Liga Etolia, con la esperanza de que estos retiren sus tropas de la alianza para defender sus propios territorios.
El plan tiene éxito en un primer momento, las tropas celtas arrasan la región cometiendo horribles crímenes y destrozos, pero las fuerzas etolias consiguen regresar y enfrentarse al invasor con éxito. Los celtas se repliegan a sus posiciones iniciales pero la población etolia, llena de odio a causa de las atrocidades cometidas por los invasores, atacan masivamente a los hombres en retirada diezmándolos y obligándolos a huir a la desesperada.
Al mismo tiempo que esto sucedía Breno vuelve a intentar la treta de rodear a los griegos de las Termópilas aprovechando una densa niebla. Esta vez el plan tiene más éxito y consiguen desbordar a un pequeño contingente focidio. Superados ampliamente en número los hombres de Focidia, tras una desesperada defensa, no tienen otra opción que descender a la carrera y avisar a los aliados de lo que se les viene encima. Por fortuna la flota ateniense consigue embarcar a los hombres a tiempo pero ahora, asustados con lo alarmante de la situación, cada contingente pide ser devuelto a su polis para ocuparse de su propia defensa.
Frustrado por la huida de los griegos Breno decide aprovechar la situación y dirigir a sus hombres contra el santuario de Delfos, rebosante de riquezas aportadas durante siglos por las polis helenas y, últimamente, por los diádocos europeos y asiáticos. La perspectiva debía ser indescriptiblemente seductora para los bárbaros y no se lo piensan dos veces.
Los focidios se dan cuenta de que la situación es ahora realmente desesperada y reunen cuantas tropas pueden para la protección del santuario. Allí llegaron hombres de todas las polis de la liga encontrándose con unos cuantos etolios y unos 400 hoplitas de Amphisa.
Cuando contaron sus efectivos una desagradable sensación debió extenderse entre los griegos; había allí alrededor de 40.000 hombres de la liga viendo acercarse a unos 100.000 celtas entre infantes y jinetes. Pero entonces sucedió el milagro.
Era un crudo invierno, las laderas del monte estaban cubiertas de nieve, soplaba un fuerte viento y amenazaba tormenta cuando, de pronto, se desencadenó un pequeño terremoto al mismo tiempo que una fuerte tormenta eléctrica se desataba sobre Delfos. Los celtas detuvieron su avance asustados... estaba sucediendo lo único que temían: ¡el cielo se caía sobre sus cabezas!
Por su parte, los griegos también interpretaron rápidamente el prodigio: ¡los dioses se ponían de su parte, Apolo defendía su templo y Zeus lanzaba sus rayos sobre los invasores!
La convergencia de ambas interpretaciones dio lugar a una situación asombrosa: los celtas se retiraban horrorizados ante la mayor de sus pesadillas mientras los griegos se lanzaban montaña abajo henchidos de fe y arrojo realizando actos de increíble heroísmo.
Por aquel entonces Filomelo y 1.500 refuerzos etolios llegaban a tiempo para presenciar aquel asombroso espectáculo no pudiendo hacer más que quedarse fascinados ante la épica escena que tenía lugar ante ellos.
Los celtas, más mal que bien, consiguieron replegarse hasta su campamento pero, al llegar la mañana, la situación se les había vuelto totalmente en contra. Ahora estaban rodeados por los exultantes defensores de Delfos y por las tropas ligeras que ocupaban el monte Parnaso.
A un tiempo las tropas del santuario cargaron contra ellos mientras los peltastas y psilois de su retaguardia los castigaban terriblemente con proyectiles de todo tipo. Los celtas intentaron presentar una defensa pero, tras resultar herido el propio Breno en combate, se batieron en una huida caótica mientras los etolios los cazaban como animales. Sólo la noche salvó a los invasores de la total aniquilación.
Inspiradas por los gloriosos hechos acontecidos todas las polis griegas enviaron cuantas tropas pudieron para enfrentarse a los hombres de Breno que, junto a las fuerzas de otro chieftain celta de nombre Acicorio, abandonaban a toda prisa sus posiciones en Heraclea y se disponían a cruzar el Esperqueo. Cual sería su sorpresa al descubrir que melios y tesalios defendían la otra orilla. La batalla fue una auténtica masacre y tan solo unos cuantos lograron sobrevivir.
Años más tarde, lo que quedaba de la población celta en la región de Peonia se dividió y, mientras unos se asentaban en Tracia y otros cuantos conseguían regresar hasta la Galia, una parte de ellos cruzaron a Asía, se adentraron en Anatolia y fundaron un reino llamado Galatia. Aquellos hombres vivieron allí durante largos años, realizaron hazañas asombrosas y llegaron a servir como mercenarios en el lejano Egipto de los Ptolomeos, pero eso ya es otra historia...
La Batalla de Delfos en DBA
Orden de Batalla
- II/5 (f) Hoplitas Griegos Tardíos. Focenses.
- II/31 (a) Gálatas.
Terreno
Para simular la escabrosa región de Delfos deberán situarse tres colinas en el campo de batalla. Esos serán los únicos elementos de escenografía ocupando cada una un cuadrante hasta tener tres cubiertos (el cuadrante libre representará la llanura hacia la Argólida). Una de esas colinas será escarpada, deberá situarse un templo sobre ella y será el campamento griego. Los celtas deberán tener una colina detrás de su propio campamento.
Despliegue
Los celtas despliegan en un segmento de formado por una superficie rectangular de 600 y 800 pasos desde su borde del tablero, con una colina a sus espaldas.
Los griegos despliegan con normalidad en la zona de la colina escarpada con el templo, que será su campamento. Pero, además, pueden situar hasta dos elementos de psiloi o auxilia en la colina tras los celtas.
Reglas Especiales
Los griegos piensan que los dioses luchan a su lado, cualquier resultado de "huida" se sustituirá por un "retroceso".
Los celtas creen que el cielo se cae sobre sus cabezas, cualquier tropa que que se vea forzada a "huir" deberá retirarse y considerarse una baja más, ya que estos hombres habrán escapado como puedan del campo de batalla.
Pasajes de la Guerra del Peloponeso III. El asedio de Siracusa
miércoles, 12 de septiembre de 2007
Saludos. Continuamos aquí el relato iniciado en el episodio anterior. Recordemos que, tras un intento infructuoso de atacar Siracusa desde el Olimpeio, al sur de la ciudad, los atenienses decidieron probar suerte desde las Epípolas, la elevación al norte de Siracusa. Habíamos dejado a los atenienses en la cima de las Epípolas, observando la ciudad. Pues bien, lo primero que hicieron los atenienses a continuación fue construir una serie de fortificaciones: el fuerte de Lábdalo al norte de las Epípolas, y un fuerte circular en el lado sur, en un emplazamiento llamado Sica.

La construcción de realizó en muy pocos días, de modo que aunque desde Siracusa se intentó asaltar Sica pronto, los atenienses estaban listos para rechazarlos. Entonces, Nicias y Lámaco pudieron desarrollar la estrategia de asedio ateniense clásica: la circunvolución de ciudades enemigas. El objetivo de dicha estrategia era aislar al enemigo en su ciudad cortando sus vías de aprovisionamiento. Combinando esto con el uso de la flota ateniense, confiaban en que Siracusa no tardaría en caer. Dice Tucídides que además, localizaron y destruyeron los conductos de abastecimiento de agua subterráneos que llegaban a Siracusa (al loro con el equipamiento de las polis griegas de la época).
El caso es de desde el fuerte circular de Sica, los atenienses comenzaron a construir un muro doble (es decir, por un lado se encaraba a Siracusa, y por el otro se encaraba a cualquier intento de ayuda exterior que intentara entrar en Siracusa), ambos hacia el sur. Con los artesanos y constructores que habían llevado los atenienses a la expedición, los muros avanzaban rápidamente.

La respuesta siracusana fue trazar a su vez una empalizada de contrabloqueo hacia el oeste, transversal a los muros atenienses, de modo que si rebasaban a los atenienses, éstos ya no podrían cerrar el paso a la ciudad. Como el muro avanzaba por el llano, lo construyeron más rápido que el ateniense. Una vez acabado dispusieron una guarnición. Pero los atenienses observaron durante algunos días el movimiento de las tropas que protegían el muro, y a su debido momento, escogieron 300 hoplitas (es un número épico) y se lanzaron a la carrera contra el muro, cogiendo a los siracusanos por sorpresa. Antes de que pudieran responder, ya estaban trepando por encima y lanzándose contra los defensores, poniéndolos en fuga. Luego, demolieron el muro y se llevaron numerosas estacas de madera y otros materiales para su propio muro en construcción.
Los siracusanos no se rindieron de todas maneras. Al día siguiente iniciaron otra empalizada que atravesaba las tierras pantanosas al sur de Siracusa, transversal a los muros atenienses. Además, cavaron en paralelo un foso delante de la empalizada, para dificultar otro asalto. Pero también los atenienses respondieron: mientras construían el muro de contrabloqueo siracusano, los atenienses localizaban los pasos más firmes a través del pantano. Coordinando un ataque de la flota, de madrugada, los trescientos hoplitas atenienses descendieron de las Epípolas al pantano y con puertas y pasarelas y construyeron un camino firme por el pantano mientras avanzaban. Al amanecer se lanzaron contra el segundo muro. Esta vez los siracusanos sí respondieron mejor, y habían reunido suficientes tropas para hacer frente a los atenienses. La batalla que tuvo lugar fue corta y desesperada. Sin espacio para maniobrar, a lo largo del foso y la empalizada, los trescientos atenienses se batieron con furia contra un enemigo más numeroso, y lo puso de nuevo en fuga. La mitad de los siracusanos corrió hacia la ciudad, y la otra mitad a lo largo del río Anapo, hacia un puente que les permitiría cruzar hacia el campamento del Olimpeio, donde los siracusanos habían plantado a su caballería.

Como los atenienses intentaron cortar el paso del puente a los siracusanos, la caballería del Olimpeio se lanzó contra ellos, y esta vez fue la línea ateniense, formada a toda prisa, la que cedió. Lámaco, desde la recién tomada empalizada, vio lo que pasaba y tomando un puñado de hoplitas árgivos y algunos arqueros trató de llegar hacia la desesperada posición ateniense, pero la tragedia se cebó sobre este valiente guerrero. Quedó atrapado en el fondo el foso y aislado con otros seis hoplitas, y allí, rodeado de enemigos, se batió con fiereza hasta que, sangrando por numerosas heridas, se desplomó muerto.
Como la batalla se complicaba en la empalizada y se extendía a todo el llano ante Siracusa, el resto de los atenienses descendió de las Epípolas hacia la empalizada de contrabloqueo, y los siracusanos que acababan de llegar a la polis tras huir de la empalizada, animados por el aparente cambio en los acontecimientos, esperaron a que bajaran todos los atenienses y se lanzaron contra el casi vacío fuerte de Sica, donde Nicias, que ya había caído enfermo, y un puñado de guerreros y sirvientes, tuvo una idea desesperada. Lanzaron toda la madera disponible (escalas, antorchas, estacas, etc.) que tenían en el fuerte hacia fuera, y le prendieron fuego. Los siracusanos tuvieron que detenerse al llegar allí. Esto dio tiempo al resto del ejército ateniense, ya reagrupado, para subir hacia el fuerte y atacar a los siracusanos. En ese momento, la flota ateniense, según el plan, hizo su aparición en el Puerto Grande y lanzó un ataque de distracción. Los siracusanos que estaban en las Epípolas lo vieron, y tuvieron que bajar a toda prisa hacia la ciudad. De este modo, los atenienses tomaron la segunda empalizada, y la demolieron. Los siracusanos salieron tan mal parados que ya no pudieron lanzar más ataques a los muros atenienses, que en los días siguientes cruzaron el pantano y llegaron hasta el mar. Ahora sólo les quedaba cerrar el cerco con un muro desde Sica hacia el norte. Los estrategos de Siracusa fueron destituidos, pero el principal problema es que no tenían a nadie mejor para sustituirlos. La misma mañana en la que la asamblea de Siracusa se reunía para decidir la manera de poner fin a la guerra, una rápida trirreme adornada con los emblemas de la flota corintia se coló en el puerto pequeño. Su trierarco bajó llevando un mensaje a la asamblea: “Resistid.- dijo.- Gilipo de Esparta está en camino.”.
Gilipo había llegado a Sicilia algunas semanas antes con sus cuatro naves, y había invertido el tiempo en recabar más tropas aliadas y más equipo tanto en la Magna Grecia como en otras ciudades de Sicilia, armando a todos los tripulantes de sus barcos, reuniendo unos 800 guerreros en total. De camino a Siracusa tomó algunas fortalezas de los sículos, aliados de los atenienses, y por fin, tras fijar el día e informar a los siracusanos, éstos hicieron una salida hacia el muro norte de los atenienses, que iba de Sica hacia Trógilo, todavía inacabado, al mismo tiempo que aparecía en las Epípolas Gilipo y sus tropas, por el ascenso del Eurelio, el mismo punto por donde subieron los atenienses. Gilipo cruzó rápidamente el muro inacabado para reunirse con los siracusanos, y trató de negociar con los atenienses su retirada de Siracusa, afirmando que aquella era su última oportunidad para irse en paz, pero no obtuvo respuesta. Entonces, Gilipo organizó el ejército siracusano y el resto de las tropas frente al incompleto muro ateniense, para evitar que pudieran salir. Mientras, envió un destacamento al fuerte ateniense de Lábdalo, tomándolo rápidamente, mientras estaban fuera de la vista de los atenienses. Las cosas de repente empezaron a cambiar, porque Gilipo demostró estar a la altura de los estrategos atenienses, y pronto se hizo con el fervor y la admiración de los siracusanos, que aprendieron a ver en él el líder que les faltaba.De modo que al día siguiente de estos hechos, Gilipo dio instrucciones para que los siracusanos comenzaran un tercer muro de contrabloqueo hacia el norte, paralelo al muro de los atenienses, que todavía no habían acabado el cerco de Siracusa. El retraso de los atenienses les costaría muy muy caro.

Nicias empeoró. Su enfermedad hizo salir las mayores debilidades de su carácter. El súbito cambio en el curso de los acontecimientos le fue sumiendo en un lento proceso depresivo que fue haciendo desaparecer la iniciativa del ejército ateniense.. No obstante, ordenó fortificar el Plemirio, desembarcando allí muchos pertrechos, que con la flota ateniense serían sencillos de llevar al fuerte de Sica. Mientras, ambos muros crecían en paralelo, pero Gilipo observaba atentamente a los atenienses y atacaba los puntos débiles, distrayéndolos. Finalmente lanzó a los siracusanos a una primera batalla, pero el reducido espacio entre ambos muros, la experiencia de la falange ateniense se impuso. No obstante, en una segunda intentona, la caballería y las tropas ligeras siracusanas sobrepasaron la línea ateniense por el borde. Los atenienses se vieron obligados a retroceder y entonces, Gilipo derribó lo que estaba construido del muro ateniense, y se llevó todos los materiales apilados para el muro ateniense para completar el siracusano. Esa noche, el tercer muro de contrabloqueo siracusano sobrepasó al ateniense, y así se esfumaba la última oportunidad de Nicias de cercar Siracusa. Con sólo unos días más lo hubiera conseguido, pero la falta de iniciativa de Nicias en los momentos cruciales provocó el cambio de su expedición. El resultado fue que, al empezar el invierno del 414 a.d.C., el ataque a Siracusa se estancó. Siracusa estaba segura, pero los atenienses contaban con buenas fortificaciones para resistir. Nicias escribió una carta contando sus dificultades. Mientras, ambos bandos hicieron sus preparativos para la siguiente primavera. Cuando llegó la carta a Atenas, decidieron enviar a Demóstenes con otra gran expedición (sólo un poco más pequeña que la primera), y a dos estrategos más, para relevar a un Nicias enfermo y agotado.
En marzo de 413 a.d.C., con los refuerzos atenienses en camino, Gilipo decidió una nueva intentona por mar y tierra. La flota distraería a los barcos atenienses y a las tropas de los fuertes del Plemirio, y mientras, él se acercaría a los mismos desde el sur, para tomarlos por sorpresa. La flota de Siracusa fue derrotada (las tácticas atenienses para batallas navales merecen un artículo exclusivo sobre el tema), pero los fuertes del Plemirio cayeron rápidamente, y con ellos gran parte del bagage ateniense: armas, provisiones, aparejos, etc. Hay que tener en cuenta que en Plemirio se almacenaban los suministros que enviaban los aliados sicilianos. Desde aquel día, todos los suministros tenían que entrar en la bahía por barco, y nunca llegó uno sin que los barcos tuvieran que luchar contra los siracusanos. Gilipo demostró así tener una cualidad importantísima: la paciencia. Sabía que los atenienses eran todavía muy fuertes, así que su estrategia consistió en dar pasos pequeños estratégicos hasta que la balanza se inclinara a su favor. Y la pérdida del Plemirio fue un golpe muy fuerte para los atenienses, cuya moral empezó a flaquear.
Por fin hizo su entrada la flota de Demóstenes en la bahía del Puerto Grande, aunque los extremos de la bahía (Siracusa al norte y el Plemirio al sur) estaban en manos enemigas. La entrada tenía un kilómetro y medio, de modo que pudieron pasar sin problemas. Sus setenta y tres barcos y más de seis mil nuevos guerreros sorprendieron incluso a Gilipo. Atenas parecía no agotarse nunca. Demóstenes, a quien ya conocimos durante los sucesos de Esfacteria, era consciente de todas maneras de la difícil posición ateniense, de modo que elaboró un plan sencillo: esa misma noche, aprovechando la sorpresa en el bando siracusano, atacarían el tercer muro de contrabloqueo para poder cerrar el asedio a Siracusa. Si aquello salía mal, sería el momento de salir de allí, puesto que, debido a las nuevas naves, volvían a tener la supremacía naval.
Los atenienses aguardaron a la noche y salieron de los muros hacia el oeste, para rodear las Epípolas y subir por el Aurelio. Aquella fue la batalla nocturna más grande de toda la guerra. Los atenienses subieron a la carrera, asaltando y tomando las pequeñas fortificaciones que habían hecho los siracusanos, y luego se dirigieron con el mismo ímpetu hacia el muro. Tomados por sorpresa, los siracusanos retrocedieron, y los atenienses comenzaron a demoler el muro. Sin embargo, lo que pasó después no está claro. Parece que los atenienses se desorganizaron, y como había muchos aliados entre ellos, tuvieron dificultad en reconocerse. Los siracusanos se rehicieron y fueron aislando a grupos de enemigos. Los hoplitas atenienses que vencían avanzaban, sin saber que estaban rodeados. Los que huían se topaban con amigos que los confundían y los atacaban. Al final, cuando los siracusanos se enteraron del santo y seña ateniense, les causaron mucho daño, y éstos tuvieron que retirarse. La última oportunidad ateniense se había evaporado en unas pocas horas.Los estrategos atenienses se reunieron. Demóstenes, el más inteligente de todos ellos, abogó por la retirada. Sin embargo, Nicias, había estado manteniendo contactos con disidentes dentro de Siracusa, y todavía quiso aguantar, esperando que Siracusa fuera entregada por estos traidores. A los pocos días, tras nuevos ataques, cambiaron de opinión y Nicias aceptó la retirada, pero esa noche hubo un eclipse de luna. Nicias era muy supersticioso, y consideró que no debían retirarse hasta pasados tres veces nueve días. Fueron estos veintisiete días los que sellaron el destino de los atenienses.
Gilipo fue dirigiendo ataque tras ataque sin dar cuartel a los atenienses. No pudieron así aprovechar su momentánea ventaja naval, que fue poco a poco desintegrada. Entonces, llegó el momento decisivo. Los siracusanos bloquearon la entrada de la bahía, con la intención de hacer prisioneros a todos los atenienses. Ahora que éstos habían decidido embarcar y salir de allí, tendría lugar la última batalla, la más desesperada, y todos los atenienses lo sabían.
Demóstenes dejó a todos los heridos en la fortaleza, y con el resto consiguió equipar ciento diez trirremes, tanto con hoplitas como con arqueros y lanzadores de jabalinas. Los siracusanos equiparon otras tantas, y además, uniendo mercantes con cadenas, cerraron la entrada de la bahía. La flota ateniense tenía que romper el cerco para poder escapar.
Sin espacio para maniobrar, la batalla comenzó rápidamente. Las dos flotas se lanzaron en línea una contra la otra, y se produjeron numerosas y terribles embestidas. Con frecuencia una nave que embestía era embestida por otra a continuación, y poco a poco se formó una gran masa de barcos trabados unos con otros. El combate que se luchó sobre ellos fue terriblemente desesperado. Sin orden, las tropas de ambos bandos abordaban barcos enemigos y luego retrocedían para repeler otros abordajes, El aire se llenó con el zumbido de los proyectiles y los gritos de los heridos. Los hoplitas y epibatai tropezaban con los bancos y los remos, o resbalaban sobre las maderas llenas de sangre y vísceras. El mar se tiñó de sangre y los golpes de los remos parecían hacerlo hervir con espumas y burbujas sanguinolentas, entre las que flotaban los cadáveres. Finalmente, agotados y vencidos, los atenienses tuvieron que retroceder. Su última oportunidad se había perdido. Atenas había perdido.
Lo que queda de esta historia es como sigue: los atenienses se retiraron por tierra hacia las polis sicilianas aliadas, pero los siracusanos habían bloqueado el camino en numerosos puntos. Derrotados, desanimados y hambrientos, los atenienses sufrieron muchas emboscadas, y finalmente, dividieron su ejército por la mitad, cada una al mando de Demóstenes y Nicias, respectivamente. Demóstenes fue rodeado y capituló para evitar la matanza de sus hoplitas, quienes fueron llevados a Siracusa como prisioneros. Pero con Nicias, los siracusanos se cebaron. Fue atrapado en el río Asínaro y rodeado, y hubo una gran matanza. Finalmente Nicias se rindió. Demóstenes y Nicias fueron ejecutados en Siracusa a los pocos días. Los pocos soldados supervivientes fueron hacinados en una estrecha prisión: el sol los quemaba y de noche se helaban. En terribles condiciones higiénicas, sus deposiciones, los heridos, los cadáveres de los que morían y los que seguían vivos coexistieron durante setenta infernales días. Luego, los supervivientes fueron vendidos. Sólo un puñado de los que salieron el Piero volvieron a casa años después.Atenas ya no se recuperó de este desastre humano, económico y militar. Fortalecidos y aliados con los siracusanos, los espartanos rompieron la tregua con la extremadamente debilitada Atenas y atacaron sin cesar, hasta que pocos años después consiguieron tomar los muros largos de la polis, poniendo fin momentáneamente a las Guerras del Peloponeso. No obstante, la hegemonía espartana no duró mucho. Las polis se enzarzaron en cruentas guerras en las que el poder fue tomado por unas u otras sucesivamente: Focea, Tebas, etc, a lo largo la primera mitad del siglo IV a.d.C.. Serían Filipo II y su hijo Alejandro, de Macedonia, los que finalmente de impondrían, tomando las riendas de la política de las polis griegas. Pero eso, como suele decirse, es otra historia.
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Pasajes de la Guerra del Peloponeso II. La invasión ateniense de Sicilia.
jueves, 6 de septiembre de 2007
Invierno del año 416 a.d.C. Han pasado siete años desde los acontecimientos de Esfacteria. Atenas y Esparta llevan cinco años en paz, desde la firma de la llamada Paz de Nicias, o la Falsa Paz que dio a ambos contendientes un necesario respiro en la guerra para poner en orden sus propios asuntos internos. Atenas intentó una invasión de Sicilia durante los primeros años de la guerra, pero fallaron. Ahora, con sus territorios más o menos pacificados y bastante recuperados de la guerra con Esparta, los atenienses fijan su atención de nuevo en la isla. Sicilia, aunque lejana, estaba llena de recursos tanto materiales como humanos. Además, los atenienses planeaban su ataque como el primero de una larga serie, que permitiría, con el tiempo, atacar desde allí Cartago y llegar hasta Hispania. En aquella época, Sicilia tenía ciudades helenas tanto dorias (Siracusa, por ejemplo) como de helenos procedente de Calcidea y Eubea. También había tribus bárbaras autóctonas.
El hecho que desencadenó el ataque fue la visita de los emisarios de Egesta, una de las polis de griegos calcídeos que se alió con Atenas en la primera invasión. Los egesteos pidieron una flota a Atenas y tropas de tierra para que los asistieran en su guerra contra los selinuntios, aliados de los siracusanos. Los egesteos argumentaron frente a la Asamblea ateniense que si los siracusanos, que eran dorios, se imponían junto a los selinuntios y llegaban a imperar en toda la isla, se aliarían con los espartanos, también dorios, aportando barcos y guerreros que permitirían al enemigo de Atenas imponerse finalmente. Además, los egesteos afirmaron tener suficiente dinero para costear la expedición de los atenienses. Éstos enviaron emisarios a Egesta para que se aseguraran de que el tesoro existía. Volvieron afirmando que así era, de modo que la Asamblea rápidamente votó iniciar la expedición, nombrando como estrategos a Lámaco, un magnífico militar; Alcibíades, un rico aristócrata ateniense a quien no le faltaban enemigos que lo acusaran de aspirar a la tiranía, y Nicias, el veterano estratego que había conseguido el tratado de paz con Esparta cinco años atrás.
El entusiasmo de los emprendedores atenienses parecía cegarles, o eso pensaba Nicias, el más experimentado y prudente de todos, y tomó la palabra para intentar que la Asamblea reconsiderara la decisión. Argumentaba que los atenienses estaban demasiado seguros de la paz con Esparta, y les recordó que si los lacedemonios se habían visto obligados a firmar la paz con Atenas había sido por necesidad y porque la situación les era muy desfavorable. Pero si Atenas se exponía a quedar desprotegida alejando sus tropas y gastando sus recursos en una guerra lejana, sus enemigos, que eran muchos, romperían el tratado y les atacarían. Demás, según él, las sesenta trirremes serían insuficientes. Necesitarían además de hoplitas, albañiles, cocineros, carpinteros. Si les iba mal, sería muy difícil enviar refuerzos o comunicarse siquiera con Atenas. Además, aprovechó para atacar a Alcibíades, a quien acusó veladamente de tener intereses personales en la expedición.
Alcibíades se levantó entonces y argumentó brillantemente en sentido contrario. Además, aprovechó el espíritu emprendedor que dominaba la polis ateniense. Lejos de arredrarse con las dificultades, los atenienses se animaron más aun. Finalmente, decidieron reunir cuarenta trirremes más con impedimenta, trabajadores no combatientes, etc. Las trirremes más anticuadas se reformaron para poder transportar más soldados. Y se pidió a los aliados que enviaran más barcos y tropas.
Se consiguió así reunir una cantidad de medios nunca vista antes entre los griegos de aquella guerra: 100 trirremes atenienses (60 de combate y 40 de transporte de tropas) y 34 quíotas y lesbias más dos pentecónteros rodios; 5100 hoplitas (2000 atenienses y el resto aliados, entre los que había 500 argivos y 250 de Mantinea) y 600 epibatai (hoplitas “de marina”, en número de 10 por cada trireme de combate); 30 jinetes (los caballos los conseguirían en Sicilia de sus aliados); 480 arqueros,80 de los cuales eran mercenarios cretenses; setecientos honderos rodios y otros 120 megareos otras armas ligeras, además de cocineros, albañiles, carpinteros. Para los pueblos de la Hélade, el esfuerzo de planificación y logística no dejó de causar admiración en unos, y preocupación entre otros, porque una expedición así estaba fuera del alcance de cualquier otra polis. Debemos tener en cuenta que este tipo de guerra de invasión y ocupación a través del mar era algo novedoso para los griegos. Así que a su debido momento, la flota ateniense fue despedida por miles de emocionados ciudadanos reunidos en el puerto del Pireo. Atenas envió lo mejor que tenía a una de las acciones más audaces de su época, y cuyo resultado sería decisivo en la última fase de la guerra de Atenas y Esparta.
Los rumores volaron sobre las olas del Mediterráneo y llegaron a Siracusa. Se producían debates en la Asamblea que no llegaban a ninguna decisión firme. Por un lado, Hermócrates de Siracusa fue el más previsor y el que más crédito otorgó a los rumores, y se esforzó por que sus conciudadanos se preparasen. Cuando las primeras naves atenienses fueron avistadas en la costa sur de la Magna Grecia (el sur de Italia), ya no pudieron seguir con los ojos cerrados, de modo que se prepararon para lo peor, pero no sabían cuánto tiempo tendrían antes de que los atenienses se les echaran encima.
La flota ateniense se encontró pronto con las primeras dificultades. Habían enviado una avanzadilla de tres naves que llegaron a Egesta y regresaron con la noticia de que el tesoro que los egesteos les habían prometido para costear la expedición no existía. Los emisarios atenienses habían sido víctimas de una simplísima estafa. Entonces, los estrategos deliberaron: Nicias propuso forzar a Egesta y a los leontinos a firmar la paz, ya que en teoría, ése era el motivo de su expedición, y a regresar cuanto antes para que Atenas no se arruinara. Lámaco propuso atacar inmediatamente Siracusa antes de que se prepararan. Alcibíades, en cambio, abogó por solicitar ayuda y buscar aliados entre los pueblos de Sicilia para reunir más fuerzas y entonces, atacar Siracusa. Lámaco se unió al final a esta opinión, y Nicias tuvo que resignarse. Entonces llegó una nave de Atenas reclamando la presencia de Alcibíades para ser juzgado en la ciudad, acusado de sacrilegio cometido contra unas estatuas de Hermes. Alcibíades había dejado muchos enemigos en Atenas y exigió regresar en su propio barco, abandonando la expedición. Por supuesto, sabiendo lo que le esperaba en Atenas, en cuanto pudo despistó a su escolta ateniense y dirigió su trirreme hacia el Peloponeso, donde los espartanos, los enemigos de su ciudad, le esperaban ya con los brazos abiertos.
Mientras, la flota ateniense ignoraba el destino de Alcibíades, y prosiguieron camino hacia Sicilia. Según su plan, pasaron por Egesta y comenzaron a recorrer en barco polis tras polis, buscando apoyos. Unas les cerraban las puertas y sólo les dieron aguada para sus naves. Otras, deseosas de imperar sobre los siracusanos, les apoyaban con tropas y caballos. Por su ubicación costera al norte de Siracusa, el aliado más importante de los atenienses fueron los de los habitantes de Catana. Tras un periplo de algunas semanas, los atenienses reunieron sus fuerzas en la costa de esta polis, y trazaron un plan para atacar ya directamente a Siracusa.
Durante este periodo, los siracusanos se sintieron muy asustados al principio, pero al ver que no les atacaban, cobraron ánimos, y, guiados por Hermócrates, comenzaron también a buscar aliados contra Atenas, consiguiendo muchos apoyos. Cada vez se sentían más optimistas, y así, como si el destino les confirmara que Siracusa prevalecería, entró en la ciudad uno de los ciudadanos notables de Catana, conocido entre los siracusanos. Pidió ser recibido por Hermócrates, y le informó de que representaba a un grupo de ciudadanos de Catana que estaba en contra de los atenienses, y que venía a darle una valiosa información: los atenienses pasarían la noche en la ciudad, y dejarían su campamento con una guarnición reducida. Si los siracusanos salían a amanecer, el emisario y sus amigos se comprometían a cerrar las puertas de la ciudad encerrando a los atenienses y a quemar sus naves en el puerto, lo que daría tiempo a los siracusanos de tomar el campamento. Los siracusanos aceptaron la propuesta de los disidentes cataneos, e hicieron los preparativos para salir al amanecer.
El ejército se puso en marcha antes de que saliera el sol. Salieron en columna a paso rápido, pues no tenían que cargar con ninguna impedimenta. Además, se envió a la caballería por delante para que observara las posiciones atenienses. Los generales siracusanos, que en aquel momento eran muchos, ya que el mando estaba muy fragmentado, siguieron dirigiendo sus tropas hasta que poco antes del mediodía, cuando ya estaban cerca de Catana, un jinete se acercó al galope, bajó del caballo de un salto y como un relámpago buscó a los estrategos siracusanos. Portaba importantes noticias: los atenienses no estaban allí.
Nicias y Lámaco reían desde su barco imaginando la cara de los siracusanos al enterarse del engaño. No había ningún grupo de disidentes en Catana. El supuesto emisario era un fiel ciudadano de Catana que había convencido a los estrategos de que sacara a todo el ejército de Siracusa y se dirigieran al norte. Mientras, la flota ateniense en su totalidad había embarcado en Catana, y navegaba hacia el sur, hacia Siracusa. Habían localizado un lugar óptimo para establecer un campamento muy cerca de los muros de la ciudad, el Olimpeio, bien protegido por accidentes de terreno para que la caballería siracusana, su principal preocupación, no pudiera amenazarles. Estableciendo la cabeza de playa en el Olimpeio podrían lanzar ataque tras ataque a Siracusa y siempre resguardarse a salvo. El plan había salido a la perfección.
Mientras los siracusanos se daban cuenta y regresaban a toma marcha, los atenienses tuvieron tiempo para desembarcar y fortificar una zona de playa para proteger sus barcos. Pero por fin las tropas de Hermócrates regresaron a su ciudad, para encontrar con sorpresa que los atenienses les esperaban formados en falange. Los siracusanos nunca habían visto una acción tan audaz. No tenían tanta experiencia en la guerra como los atenienses. Incluso sus hoplitas tenían problemas a veces para mantener la formación. Y ahora habían sido engañados. Comenzaba así la batalla del Olimpeio.
La mitad de los atenienses formó de a ocho. Los argivos y manteneos en el ala derecha, los atenienses en el centro y el resto de aliados en la izquierda. La otra mitad del ejército formó un cuadro con el bagaje en el centro, protegiéndolo de cualquier ataque relámpago de la caballería siracusana. Éstos, mientras, habían formado con 16 de fondo. Los hoplitas en el centro y ala izquierda, y la caballería y tropas ligeras en el ala derecha siracusana. La batalla comenzó con las habituales escaramuzas de las tropas ligeras, que sin decidirse terminaron bruscamente.
De repente, el frío viento del este arreció, el cielo se nubló, los truenos retumbaron sobre las cabezas de los guerreros y la lluvia comenzó a repiquetear violentamente sobre los yelmos y escudos de bronce. Estalló una terrible tormenta que atenazó aun más los corazones de los bisoños hoplitas siracusanos. Con la lluvia deslizando en cascadas por sus yelmos, los estrategos atenienses ordenaron cargar a sus hoplitas. Los relámpagos iluminaban el campo de batalla mientras la veterana falange tomaba velocidad manteniendo el orden. Los siracusanos cerraron filas, pero mantuvieron muy a duras penas su formación. El rugido de las gargantas de los hoplitas por encima de los relámpagos precedió al terrible choque de las falanges. Luego hubo gritos, escudos que se abollaban, guerreros aplastados y lanzas que se quebraban, y las filas de guerreros que se curvaban y se retorcían con los empujes en ambas direcciones. Los aliados argivos del flanco derecho ateniense hicieron retroceder a la falange siracusana, y los atenienses hicieron lo propio en el centro, y así se rompió el ejército de Hermócrates. Las filas posteriores huyeron y la falange se desintegraba rápidamente mientras los atenienses comenzaban la persecución. Lo único que les salvó de la aniquilación total fue la reacción de la caballería siracusana, que se dedicó a atacar a los perseguidores que se iban separando del resto de las tropas. De este modo, el bando ateniense tuvo que detener la persecución y reagruparse. Nicias y Lámaco ordenaron entonces retroceder ordenadamente hacia el campamento.
Los siracusanos habían sido vencidos, pero los peores temores de los estrategos se habían hecho realidad. La caballería siracusana era como una espada de Damocles sobre sus cabezas, y no tenían nada para hacerle frente. Aunque en el Olimpeio podrían aguardar, no podrían salir a campo abierto cuando marcharan hacia Siracusa. Por lo tanto, esa misma noche los atenienses volvieron a embarcar hacia Naxos, dispuestos a pasar en invierno allí.
La batalla del Olimpeio tuvo importantes consecuencias. Los siracusanos decidieron reestructurar su ejército reduciendo los mandos. Además, solicitaron ayuda a otras ciudades, y enviaron un emisario a Esparta. Los espartanos eran hermanos de raza doria de los de Siracusa, y enviaron una propuesta para que les ayudaran contra los atenienses. A cambio, los siracusanos aportarían sus tropas para continuar la guerra contra Atenas en Grecia una vez fueran vencidos en Sicilia. Los espartanos se mostraron reacios, pero Alcibíades tomó la palabra e informó con pelos y detalles de los planes de Atenas de usar Sicilia como base para lanzarse después contra Cartago e Ibera, y por fin, contra Esparta, con una fuerza incontestable. Argumentó también que si Esparta conseguía destruir el ejército ateniense en Sicilia, Atenas quedaría prácticamente a merced de Esparta. De modo que los espartanos reconsideraron la situación y decidieron enviar un ejército al mando de Gilipo, con fuerzas combinadas de Esparta y Corinto, y barcos corintios.
Mientras, los atenienses pidieron refuerzos: jinetes a Atenas y caballos para ellos a los aliados sicilianos, amén de más dinero para seguir costeando la expedición. Y así pasó el invierno.
A la primavera siguiente, los atenienses se sentían con fuerza para atacar de nuevo Siracusa, esta vez con la intención de someterla a asedio. Los siracusanos, mientras, habían preparado también las defensas. No obstante, no pensaron en un asedio. Existía al noreste de Siracusa una meseta elevada unos 60 metros sobre el nivel del mar, llamada las Epípolas. Dicho promontorio sólo era accesible desde el norte y el oeste, pues era muy escarpado en la cara que miraba a Siracusa. Gracias a las Epípolas, los siracusanos pensaban que cercar la ciudad sería imposible. No obstante, destacaron 600 hoplitas para vigilar la zona.
Pero desde luego no contaban con la audacia ateniense. Los atenienses embarcaron de nuevo y desembarcaron en una pequeña península al norte de Siracusa, cerca de las Epípolas. Fortificando la península para proteger los barcos, la fuerza de hoplitas comenzó un rápido avance rodeando las Epípolas por el norte, en dirección al oeste, hacia el mejor ascenso a su cima. Mientras el destacamento siracusano hacía maniobras en un prado cercano, los hoplitas atenienses se lanzaron a la carrera (pero con equipo completo, por supuesto) durante unos kilómetros fuera de su vista, y ascendieron a las Epípolas, posición independida en aquellos momentos. Cuando los siracusanos vieron a las tropas atenienses, ya era tarde. Estaban lejos del camino de ascenso, y desesperaron. Aun así, reunieron arrestos suficientes para seguir subiendo y atacar sin llegar a formar la falange, en un desesperado y futil intento, pero fueron fácilmente derrotados.
Desde la retaguardia, Nicias y Lámaco avanzaron entre sus soldados hasta quedar al borde de la meseta, y observaron en silencio. Siracusa se extendía al pie de las Epípolas, hacia el sureste, a sus pies. Observaron la disposición de sus calles y sus murallas. Observaron el puerto Grande y el Puerto Chico, uno a cada lado de la ciudad. Abajo, un grupo de soldados vencidos corría en desorden buscando protección tras los muros de su ciudad. Los estrategos se miraron, y supieron que ambos pensaban lo mismo: nada podía pararles.
De cómo tuvo lugar el asedio de Siracusa y del destino de la expedión ateniense tratará el siguiente capítulo de esta serie.
Los ejércitos implicados en esta fase son, en teoría, los II/9 Later Hoplite, en su variante ateniense y la Italiota/Siciliota. Sin embargo, en las operaciones iniciales los atenienses no contaban con caballería, de manera que están mucho mejor representados por la II/52 en su variante ateniense temprana, donde aparece incluso una peana de Bw.
Nótese que aunque Siracusa posee una lista propia, estos acontecimientos tienen lugar a finales del siglo V a.d.C., periodo incluido en la lista II/9. Siracusa no tiene la importancia ni la capacidad de influencia que tendría más tarde, a partir del siglo III a.d.C., periodo en el que sí desarrolla su propia lista de ejército.
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Artillería Romana
lunes, 3 de septiembre de 2007
Este fin de semana hemos podido ver un onagro romano en funcionamiento durante las jornadas de Guerras Cántabras en Corrales de Buelna, Cantabria.
El modelo está realizado por el grupo de Pretorianos de Corrales de Buelna y es plenamente funcional. Resulta espectacular verlo en directo y es especialmente llamativo el sonido que produce al disparar.
La verdad es que, cuando menos, sirve para entender un poco mejor como deberían actuar en el campo de batalla y, desde luego, no sería ser una experiencia demasiado agradable ver venir uno de esos proyectiles hacia tu unidad.
La calidad de la imagen no es la más deseable, porque lo grabé con mi cámara de fotos que en cuestiones de videos tiene sus limitaciones, pero creo que podréis ver todo el funcionamiento sin problemas.
Sabemos que los onagros romanos eran armas de asedio que utilizaban la tecnología de torsión y que, según los escritos de la época, eran capaces de lanzar rocas hasta 800 metros. No es el caso de este onagro en particular, pero es un excelente ejemplo gráfico.
Este tipo de artillería con tecnología de torsión comenzó siendo utilizada por los griegos, heredada por los romanos y, tras la Edad Oscura posterior a la caída del Imperio Romano, fue recuperada en la Edad Media hasta terminar derivando en el mangonel. Así que hay varios ejércitos de DBA en los que podemos ver este tipo de arma.
En la imágen podemos ver dos tipos de artillería helenística de la marca Xyston, en este caso torsión a la izquierda y tensión a la derecha.
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Etiquetas: artillería, romanos
El imperio persa
jueves, 30 de agosto de 2007
La historia del imperio persa comienza a mitad del siglo VI a.d.C. Los persas eran un pueblo ario (ojo, no confundir "ario" con rubios de ojos azules. Eso era pura propaganda), es decir, hablaban una lengua indoeuropea (árabes, judios, por contra, eran pueblo semitas, que usaban una familia de lengua semíticas). Los persas ocupaban, desde el siglo VII a.d.C., una zona árida llamada Parsua, y estaban sometidos a los medos. Entonces, Ciaxares, el rey medo, entregó su hija Mandane al lider persa Astiages, y de su unión nació Ciro el Grande, el primer "Rey de Reyes". Herodoto en su "Historia" nos cuenta numerosos detalles sobre los persas, mezclando datos históricos con otros mitológicos. Según Herodoto, a los persas se les enseñaba sólo tres cosas: a disparar con arco, a montar a caballo y a no mentir. Los persas se mostraron muy capaces en las labores de ingeniería. Excavando canales subterráneos, llamados "qanats", irrigaron su yerma tierra hasta convertira en una tierra fértil. De hecho, inventaron unos jardines llamados "Paradaizos" (En efecto, nuesta palabra paraíso tiene origen persa), en los que soltaban animales para la caza, para disfrute del rey. Desarrollaron los pesos y medidas y las transacciones comerciales (nuestra palabra "cheque" también es de origen persa, por ejemplo). La expansión persa derivaba en una pacificación sumamente rentable para el comercio, lo que hizo que tanto los mercaderes fenicios de la costa de Oriente Próximo hasta las grandes familias de banqueros como los Egibi, de Babilonia, recibieran el dominio persa con sumo agrado.
Además, se difundieron también los conocimientos de Matemáticas, Astronomía y Arquitectura procedentes de lugares tan dispares como Egipto, Mesopotamia y las ciudades griegas de Jonia.
La sociedad persa se estableció de manera estamental: nobles, sacerdotes (magos), funcionarios y hombres libres. Todas las tierras pertenecían en teoría al rey, pero éste las regalaba a sus nobles para su explotación. Los trabajadores eran en su mayoría hombres libres asalariados, aunque también había cierto número de esclavos.
Por otro lado, se desarrolló una muy rica artesanía del metal y textil, con empleados asalariados en ambos ámbitos.
La administración persa se organizó en veintitrés satrapías, al mando de un sátrapa, que dirigía el territorio, y un representante del rey que dirigía al ejército. Esta división de poderes dificultaba las revueltas de los sátrapas. Los persas fueron muy flexibles y tolerantes, gobernando territorios muy distintos: prósperas ciudades, fértiles valles, desiertos habitados por pueblos nómadas. El gran respeto mostrado a las costumbres locales y la política de pacificación daban estabilidad al gobierno. Se estableció así durante un tiempo una "Pax pérsica" por todo Oriente.
El modo de batalla persa fue evolucionando conforme su imperio se extendía. Al principio, contaban con poca caballería, e, influenciados por el entonces extinto imperio elamita, desarrollaron tácticas basadas en los arqueros a pie. Éste era el modo tradicional de lucha en oriente, pero los persas lo refinaron hasta hacer aparecer la mítica figura del "Sparabara". La formación clásica persa consistía en una primera fila de soldados con lanza corta y un gran escudo de mimbre, el spara, o guerro, con el que formaban un parapeto. Detrás de ellos, había nueve filas más de arqueros. Además, el spara podía mantenerse erguido con un soporte adicional, por lo que la primera fila también podía disparar.
De este modo, los persas eran capaces de mantener densos intercambio de proyectiles, siendo especialmente dañinos para las tropas de caballería enemigas. Por lo demás, no tenían mucho equipo. Algunos disponían de corazas de escamas, que llevaban bajo la ropa, y cuchillos llamados "Akinakes" a lo largo del muslo. Más tarde, los persas incorporaron caballería a sus filas, de magníficos caballos niseanos de negro pelaje. El jinete persa clásico estaba armado igual que la infantería, aunque sin escudo. Eran capaces de cargar o bien de mantenerse a distancia disparando con los arcos. Entre los nobles persas, era una deshonor ser vistos a pie.
Este modo de batalla les llevó a ampliar su imperio muy rápidamente. Tras la toma de Babilonia, liberó a los judios a los que dejó volver a su tierra (habían sido deportados por Nabucodonosor), por lo que Ciro figura en el Libro de los Justos de los judíos. Ciro llevó a los persas y aliados victoriosos hasta Lidia y Jonia (en la actual costa mediterránea de Turquía). No obstante, Ciro murió durante la campaña contra los Maságetas, un pueblo escita. La reina de los maságetas buscó el cadáver de Ciro y metió su cabeza en un saco lleno de sangre, pues tras la muerte de su hijo, juró que Ciro moriría ahogado en sangre. Le sucedió Cambises, que conquistó Egipto, parte de Libia y parte de Kush, llegando en su expansión hasta el mítico reino de los Etíopes de Larga Vida. Luego Cambises se volvió loco, y tras algunos años caóticos, Darío ascendió al trono.
Darío, entre otras cosas, construyó un canal que unía el Nilo con el Mar Rojo, y coincidía en algunos tramos con el actual Canal de Suez. Imaginad la cara de los trabajadores del Canal de Suez cuando excavando, encontraron una piedra que, traducida decía. "Por orden de Darío, Rey de Reyes, se excavó este canal, etc."
Los persas incorporaron a su ejército tropas de los reinos conquistados. Algunos adoptaron el modo persa y otros mantuvieron el suyo propio. Darío también avanzó hacia la India, incorporando a sus filas muchos magníficos arqueros. Entonces llegó la revuelta jonia.
Las ciudades jonias (Halicarnaso, Mileto, etc.) de la costa de Turquía habían sido colonias de las polis griegas. Culturalmente eran helenas, y científicamente mucho más avanzadas. Los jonios conquistados ayudaron a Darío con sus barcos a cruzar el Danubio en su fallida campaña contra los escitas. Histieo, un general Jonio, fue el favorito de Darío mucho tiempo, y lo llevó a su capital, Susa. No obstante, Histieo deseaba volver a su tierra, y sabía que el camino pasaba por hacer defección de los persas. Rapó la cabeza de un esclavo y tatuó el mensaje. Luego esperó a que le creciera el pelo y lo envió a Aritágoras de Mileto, que entendió el mensaje. Entonces, éste viajó a Esparta y Atenas, buscando apoyo para sus tropas. A Cleómenes, rey de Esparta, le enseñó algo prodigioso: un mapa grabado en bronce del imperio persa, para convencerle de que era fácil llegar hasta su capital. Los griegos no habían visto nada igual nunca. Como he dicho, los jonios eran mucho más avanzados. No obstante, Cleómenes no le ayudó. Sí lo hicieron, sin embargo, los atenienses, que enviaron veinte trirremes equipadas. Las ciudades jonias se rebelaron y tuvieron un gran éxito inicial.
Atacaron Sardes, la antigua capital lidia y ahora, la favorita de Darío, y la incendiaron. Dicen que Darío lloró amargas lágrimas, y tuvo la primera noticia de quienes eran los atenienses, que habían ayudado en la quema. En ese momento comenzó a odiarlos, y encargó a un criado suyo que todos los días le dijera: "Señor, acuérdate de los atenienses". No obstante, los jonios no pudieron mantener su revuelta mucho tiempo y fueron aplastados por los persas. Entonces, Darío decidió atacar la misma Grecia y quemar Atenas, en venganza de los acontecimientos de Sardes.
LA PRIMERA GUERRA MÉDICA
Darío envía a Mardonio por tierra, haciendo un puente de barcos sobre el Helesponto, para llegar a Grecia por tierra. Éste avanza hasta la península calcídica conquistando a diversas tribus de Tracia, pero pierde la flota en una tormenta en el monte Atos, y vuelve. Entonces Darío envía una flota para tomar Eretria y Atenas. Eretria es tomada con facilidad, pero para llegar a Atenas, desembarcan en Maratón. Los atenienses, asistidos por los plateos, marchan contra ellos.
En aquel tiempo, el ejército ateniense estaba formado casi exclusivamente por hoplitas, infantería pesada armada con lanza y escudo, con coraza metálica y yelmo cerrado, que luchaba en formación compacta llamada "falange". En Maratón, con Milcíades como estratego, desplegaron con un centro de menos filas de profundidad pero más largo, y dos flancos con más filas. Los persas, mientras, tenían los sparabara en el centro, y flancos más débiles de caballería. Era la primera vez que los griegos y los persas se encontraban en el campo de batalla. Entonces, los griegos hicieron algo que los persas consideraron estúpido: cargaron a la carrera, ¡desde 1600 metros y armados hasta los dientes!. Los sparabara comenzaron a disparar, pero las ligeras flechas persas y las armaduras griegas, así como su velocidad inicial, les permitieron salir más o menos indemnes. En efecto, los griegos querían estar expuestos el mínimo posible a los disparos persas. Así, se llegó al combate cerrado. Los persas apenas tenían armaduras y armas apropiadas,
así que, aunque en el centro superaron a los griegos, sus flancos cayeron, y desde ahí, los griegos terminaron de rodear a los persas. Éstos huyeron entonces hacia sus barcos, pero Milcíades supo prever lo que pasaría. En efecto, si los persas embarcaban, podrían terminar de navegar alrededor de la Ática y llegar a Atenas, que estaba vacía de soldados en aquel momento. Así que, después de la batalla y sin dar un respiro a sus hombres, comenzaron una durísima marcha de 40 km., todavía armados, para llegar antes que los barcos persas, y lo consiguieron. Así terminó la Primera Guerra Médica.
Hasta entonces, los griegos temían a los persas, pero la victoria de Maratón significó un cambio de mentalidad. Los griegos descubrieron que podían vencer. No obstante, para los persas, esta derrota no supuso más que un pequeño revés, ya que no perdieron muchas tropas, y se trataba de una expedición casi de tanteo. Lo grande vendría en la Segunda Guerra Médica, 10 años después.
LA SEGUNDA GUERRA MÉDICA
Los persas esperaron algunos años haciendo preparativos para invadir de nuevo Grecia. Darío murió, y su hijo Jerjes le sucedió, conservando las pretensiones de conquista sobre los helenos. Finalmente, se cruzó de nuevo el Helesponto con puentes hechos con barcos uno junto a otro, y un ejército de 1.000.000 de efectivos marchó de nuevo contra Grecia. Dicho ejército estaba compuestos por tropas persas y medas, indios, mesenios, paflagonios, macrones, asirios, fenicios, libios y etíopes, entre otros. Herodoto los describe con bastante detalle. Además, iban los Inmortales, que no son demonios ninja, como sugiere "300", la peli, sino la élite regular de los sparabara persas. Se llamaban así porque siempre eran 10.000. Sólo entraban nuevos soldados en el regimiento para sustituir bajas. Eran ricos y lucían mucho oro en el campo de batalla. También les acompañaba una enorme flota que abastecía al ejército, que avanzaba por la costa.
Por el camino, los tebanos y los tesalios se les unieron contra los propios griegos (tened en cuenta que Tebas y Tesalia eran helenas). Esto puede parecernos traición, pero por aquel entonces, las polis eran lo más importante. Nunca existió una nación griega en sí. Sólo alianzas temporales entre estados independientes, con una lengua común, fragmentada en diversos dialectos. Otras polis fueron partidarias de los persas: Argos, vecina de los espartanos, etc. Los atenienses y espartanos se aliaron, y muchas otras polis griegas fueron con ellos contra los persas.
La primera batalla fue Las Termópilas. 5000 hoplitas, entre los que se encontraban los 300 espartanos de Leónidas, detuvieron a los persas en un estrecho desfiladero. Era el terreno perfecto para el estilo de lucha griego. No obstante, Epialtes de Tesalia informó a los persas de otro camino que rodearía a los griegos. Cuando éstos supieron que serían rodeados, Leónidas despidió a todos y se quedó con sus 300 para aguantar el máximo tiempo posible, y, desde luego, murieron, pero entraron en la Historia a lo grande. Luego, la flota aliada griega venció a la persa en la batalla de Salamina. Los griegos no se ponían de acuerdo para atacar o retirarse, pero el ateniense Temístocles, a escondidas, envió un mensaje a Jerjes con información falsa para que se decidiera a atacar, de manera que los griegos no tuvieron más remedio que presentar batalla. Fue arriesgado, pero funcionó, y los persas se quedaron sin flota para abastecerse.
Entonces, Jerjes, que ya había quemado Atenas, se volvió, y su general Mardonio se quedó con 300.000 hombres, invernando en Tesalia, al norte de Atenas. En la primavera del 479 a.d.C., persas y griegos se volvieron a enfrentar en la batalla de Platea. Los mejores guerreros persas se colocaron frente a los espartanos. Luego formaron los otros pueblos. La batalla empezó con la caballería persa hostigando al flanco izquierdo griego, a los atenienses y mesenios, cortando el apoyo a los espartanos. Entonces, éstos marcharon contra los sparabara persas. Cuenta Herodoto que mientras el muro frontal de escudos de los sparabara aguantó, los espartanos se llevaron la peor parte, debido al enorme volumen de disparo que podían lanzar los persas. Pero los espartanos, con mejor armadura y lanzas más largas, eran imbatibles en combate cerrado. La primera fila de los sparabara se rompió, y los hoplitas espartanos consiguieron meterse entre los arqueros persas, y aquello se convirtió en una carnicería. Con gran descalabro, los persas se retiraron. Aquello fue el comienzo del fin de los sparabara. Los persas se dieron cuenta de que los arqueros estaban demasiado desprotegidos para el combate cuerpo a cuerpo, y en los años siguientes se comenzó a equipar a cada uno con un escudo individual más pequeño, en forma de luna creciente. Las formaciones de arqueros se hicieron más flexibles, y se introdujeron más tropas aptas para el combate cuerpo a cuerpo.
Las lista para representar el ejército persa en su primera época, incluido las Guerras Médicas y hasta 20 años después, es la I/60, que presenta 3 variantes: la b) representa el ejército que Jenofonte describe, aunque con dudoso acierto histórico, en su libro "Ciropedia", o "La educación de Ciro". La a) y la c) son más históricas, y en ellas podemos ver fielmente representadas, una vez más, las tropas que ya hemos comentado. En la variante "a", vemos peanas de Cv, es decir, caballería persa clásica, 1 de LH, caballería ligera, de la descrita por Herodoto, una muy peculiar: jinetes laceros de Sagartia. Luchaban acercándose a sus enemigos y enredándolos con un lazo corredizo, y espoleando el caballo para descoyuntar a su víctima. Luego hay 4 peanas de 8Bw, que representan a los sparabara, tanto Inmortales como otros sparabara más humildes. A continuación, tropas conquistadas: 3Bw que representan a los indios, 1 de Ax, que representan a los tracios o a los peonios o a los marines fenicios, Ps que representan a los libios y etíopes, Sp, que representan hoplitas jonios o lanceros egipcios, y Hd, que representa a la masa de otros pueblos como macrones, sin mucha experiencia ni equipo para la guerra. En la variante "c", que representa otra etapa más tardía, posterior a las Guerras Médicas se ve la progresiva desaparición de los sparabara. En lugar de 4 peanas obligatorias, pasan a ser 2 obligatorias y otras dos que son opciones para meter Bw con escudos en forma de luna creciente, o Ax, que representan una evolución del peltasta en Persia, el Takabara, armado con escudo y jabalinas, más preparado para el combate cuerpo a cuerpo. El ejército persa se desenvuelve tanto en terrenos accidentados como en campo abierto. Los Bw no se ven perjudicados por combatir en terreno difícil, y contra caballería, forman un formidable frente, ya que la mitad del ejército está formado por Bw de uno u otro tipo, al menos en su variante "a". Sin duda, su némesis con los ejércitos de infantería pesada luchando en campo abierto (como los hoplitas griegos, compuestos en su mayor parte por Sp). Y esto es muy real, desde el punto de vista histórico. Los Bw lo pasan mal luchando contra infantería competente.
EL EJÉRCITO PERSA AQUEMÉNIDA TARDÍO
Realmente, el hecho que obliga a hacer esta distinción entre periodos aqueménidas es la paz que firmaron con los griegos, la Paz de Kalias. Por este tratado, los griegos renunciaban a atacar el Imperio Persa, y el Gran Rey se comprometía a no llevar su ejército más al oeste del río Halys. Esto obligó a que las satrapías o provincias más occidentales del imperio (al de Asia Menor, la actual Turquía), tuvieron que defenderse solas. Los sátrapas tuvieron acceso entonces a parte del tributo que las provincias mandaban a la capital para mantener un ejército mercenario. Además, a pesar de los esfuerzos,el imperio carecía de una base social apropiada para la aparición de soldados de tipo hoplita, y no tenían equipo ni entrenamiento para combatir cuerpo a cuerpo. Por ello, se aumentó el potencial de la caballería persa, añadiendo coraza, pantalones y bardas acorazadas a jinetes y monturas respectivamente, y se desarrollaron las primeras tácticas de choque de caballería, estableciendo las bases de la caballería pesada posterior. Además, se buscaron soldados mercenarios en las regiones no pacificadas por los persas: Escitia, Grecia, etc. En este periodo, numerosos mercenarios griegos combatieron junto a los persas, y distinguidos generales griegos ascendieron hasta convertirse en hombres de confianza de los reyes persas.
Gran parte de los esfuerzos bélicos de este periodo estaban dirigidos a aplacar las continuas revueltas en Egipto. Los persas, viendo que su infantería carecía de tropas de calidad, recurrieron a soldados y generales griegos mercenarios. Estos mercenarios introdujeron nuevas tácticas y tropas en el ejército, como los peltastas ificratenses. También hubo otras reformas, como la de Datamanes, que creó un cuerpo de 120.000 hoplitas regulares llamados kardakes.
También fue una época de revueltas intestinas. Los sátrapas, que ya tenían ejército, y los nobles, se aliaban a veces para derrocar al rey. Una de estas revueltas es el comienzo de la maravillosa autobiográfica obra de Jenofonte, la "Anábasis", de la que os hablaré otro día. Los reyes persas se las arreglaron desde el corazón de su imperio para mantener a los griegos en lucha constante unos contra otros, y mediante el soborno y la diplomacia pudieron mantener sus fronteras. Pero, hacia el año 330, un joven rey macedonio, Alejandro, que sería llamdo el Magno, fijó su ojos en Asia. Alejandro conquistaría el imperio más grande jamás conocido, pero esa, es otra historia. El ejército de DBA de este periodo es el II/7, Later achaemenid Persian. Vemos grandes diferencias con el del periodo anterior: los Bw han desaparecido, y se ha incrementado la presencia de Cv y LH. Hay una opción para introducir carros falcados, como los que lucharon contra Alejandro en la batalla de Gaugamela. También hay más hostigadores, y hasta 4 peanas en las que pueden distribuirse Sp, que representan mercenarios griegos, o Aux, que representan más Takabara persas o auxiliares "ificratenses", que fueron una tropa experimental creada por el general mercenario griego Ifícrates para la expedición persa que iba a reconquistar Egipto. Eran tropas ligeras, peltastas (es decir, con escudo pequeño en forma de luna creciente, o "pelta") , pero con una lanza de más de 4 metros. La expedición falló, pero estas tropas funcionaron muy bien. Poster
iormente, se extendió por Grecia, y Filipo, padre de Alejandro Magno, la adoptó y perfeccionó hasta convertirla en los famosos piqueros macedonios. Este ejército está pensado para luchar a campo abierto (los persas siempre buscaron luchar a campo abierto contra Alejandro Magno), aunque los hostigadores y Aux le permiten cierta capacidad de capturar y mantener al menos algo de terreno difícil. Hay que usar combinadamente sus elementos, porque hay pocas tropas de choque, y son lentas, y las más rápidas no son decisivas. Sin embargo, su movilidad es una gran ventaja.
Sobre las miniaturas, Xyston tiene una magnífica gama de persas tardíos, con una caja con todas la opciones del Late Achaemenid. Sólo hay que comprar una bolsita de lanzas, que siempre vienen bien. Para las de Early, que yo sepa, sólo tienen Essex y Chariot (también conocido como Magister Militum).
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