Crisis de la República Romana I: La Guerra de los Aliados

miércoles, 1 de abril de 2009

Esta semana nuestro compañero Xoso inicia una serie de artículos sobre el colapso de la República romana.

Demasiados césares.
Octavio Augusto, justificando la ejecución de Cesarión (hijo de Cleopatra y Julio César).

Este artículo pretende ser el primero de una serie dedicada a ese periodo tumultuoso, frenético y (desde mi punto de vista) apasionante que constituye la Crisis de la República en Roma durante el siglo I a.C. Tomando como punto de partida los excelentes artículos de Caliban sobre Cayo Mario (que finalizaban aproximadamente en torno al 100 a.C., tras la victoria en Vercellae sobre los cimbrios), intentaré trazar un completo y ameno relato que cubrirá entre el citado año 100 a.C. y el 30 a.C., fecha del triunfo definitivo de Octavio sobre Marco Antonio y Cleopatra que supuso el fin de las guerras civiles y el ascenso de Augusto a imperator.

Para una mejor comprensión de lo que vendrá a continuación, recomiendo gratamente la lectura de los ya mencionados artículos de Caliban: Las nuevas legiones y la campaña de Numidia, La amenaza perfecta y El mundo para el vencedor. Las campañas de Cayo Mario, y especialmente las reformas militares y sociales acometidas tanto por él mismo como por los tribunos de la plebe a él allegados, condicionaron e influyeron notablemente en los sucesos y acontecimientos posteriores que transformarían la antigua República romana en el Imperio de Octavio Augusto.

Causas generales de la crisis.

Los historiadores antiguos cuyas obras han llegado hasta nosotros (Livio, Salustio, Plutarco... etc) ofrecían ya diversas perspectivas y opiniones sobre las múltiples causas que habían desencadenado la caída de la República. De todas formas, y a grandes rasgos, puede extraerse una serie de argumentos bastante comunes a todos ellos. La mayoría son elementos que aparecen y cobran notable fuerza durante el s. II a.C.

- La falta de un ‘gran enemigo’ externo (tras la destrucción definitiva de Cartago) había ocasionado la relajación de la entera sociedad romana, provocando la aparición de continuas disputas internas tanto entre estamentos sociales como figuras políticas enfrentadas.
- La excesiva afluencia de riquezas a Roma, producto especialmente de las grandes victorias y conquistas en Asia. Estos tesoros, obviamente, se habían distribuido de forma muy irregular, siendo los más beneficiados determinados sectores de las clases altes.
- El progresivo y creciente acaparamiento del poder político por destacadas figuras militares. “Éxito militar” y “auge político” habían estado ligados durante toda la historia de Roma, pero a partir de Mario (y especialmente Sila) la situación se volverá excesiva. El punto de ‘no retorno’ suele situarse con el establecimiento del llamado Primer Triunvirato entre Pompeyo, César y Craso.
- El conflicto social eterno entre la nobilitas y la plebe. El prestigio de la nobleza se había devaluado enormemente tras los numerosos fracasos e incompetencias de la guerra en África contra Yugurta, y sin embargo la nobilitas seguía ocupando la mayoría de cargos públicos importantes, además de mostrarse enormemente reticente a los cambios sociales que favorecían a la plebe.

Reformas de Saturnino.

Situémonos ahora en el año 100. Mario ha emergido victorioso, una vez más, contra el enemigo externo que amenazaba Roma e Italia entera (en este caso, cimbrios y teutones). A su regreso a Roma, aprovecha su enorme popularidad para presentarse exitosamente a su sexto consulado. Como buen popularis (recordemos que la clase política romana durante los últimos siglos de la República se dividía en optimates y popularis), Mario se apoya en tribunos de la plebe afines para impulsar determinadas reformas.

El Tribunado de la Plebe era una magistratura surgida ya en los comienzos de la República que servía como ‘contrapunto plebeyo’ al Consulado inicialmente copado por los patricios, si bien el marcado carácter plebeyo y patricio de uno y otro cargo se había ido diluyendo con el paso del tiempo (en tanto que los plebeyos habían terminado accediendo al consulado e incluso algunos patricios habían abandonado su gens original para volverse plebeyos y poder presentarse al tribunado de la plebe). En el año 100, es elegido tribuno (entre otros) L. Apuleyo Saturnino, individuo con ganas de dar guerra. Su primera iniciativa, que fracasa, es una nueva ley frumentaria con la que pretendía rebajar notablemente el precio del trigo. Contraataca después con una ley agraria para repartir lotes de tierra itálica entre los veteranos de Mario y fundar algunas colonias fuera de Italia, que sí fructifica pese a las fuertes protestas de parte del senado. Una ley posterior se inmiscuirá incluso en asuntos del gobierno de las provincias asiáticas, asunto hasta entonces competencia exclusiva del senado.

Al año siguiente, las crecientes tensiones entre parte de la oligarquía y los partidarios de Saturnino terminaron conduciendo a violentos tumultos en la propia Roma. El senado aprovechó la ocasión para ‘repescar’ el senatus consultum ultimum, la medida extraordinaria empleada para deshacerse de Cayo Graco años atrás. Es entonces cuándo se produce la traición de Mario hacia sus antiguos aliados popularis. Sin nuevas guerras a la vista que hiciesen indispensables sus dotes militares, Mario no dudó a la hora de ganarse el favor de la oligarquía armando a algunas de sus tropas y persiguiendo y cercando a Saturnino y sus partidarios en el Capitolio. Saturnino decidió rendirse ante la promesa de que se le perdonaría la vida; promesa que no se cumplió pues una multitud anónima lo linchó hasta matarlo pocas horas después, sin que Mario hiciese nada por evitarlo.

La Guerra de los Aliados.

Las relaciones entre Roma y buena parte de sus aliados itálicos habían comenzado a deteriorarse ya durante la segunda mitad del siglo II, especialmente con las reformas agrarias gracanas que redistribuían buena parte del ager publicus romano, una medida que sin duda perjudicaba a las oligarquías de diversas ciudades amigas o sometidas a Roma. La situación continúa empeorando tras el año 100, en especial por la actitud arrogante e intransigente de Roma ante las crecientes demandas de sus aliados, cuyas tropas habían cooperado fielmente en la expansión del dominio romano pero se veían privadas de los privilegios y recompensas que recibían los soldados estrictamente ‘romanos’. Otro aliciente notable era el rencor latente entre algunas poblaciones por las represalias (a menudo excesivas) que Roma había aplicado contra los ‘traidores’ tras la II Guerra Púnica, así como los notables abusos que los magistrados romanos solían cometer cuándo visitaban poblaciones aliadas.

El detonante definitivo del conflicto debemos buscarlo, no obstante, en una nueva disputa interna romana. Las leyes reformistas de un nuevo tribuno de la plebe, Marco Livio Druso, habían ofrecido a los aliados la posibilidad de obtener la ciudadanía romana a cambio de aceptar nuevas redistribuciones del famoso ager publicus. No se trataba de una medida revolucionaria en tanto que iniciativas de corte similar ya se habían impulsado durante la época de los Graco, pero el rechazo contundente mostrado por el senado romano (que abolió las leyes de Druso) sí resultó determinante de cara al inminente conflicto armado. El propio Druso terminó siendo asesinado en su casa en extrañas circunstancias.

La Guerra de los Aliados, también denominada Guerra Itálica o Guerra Social (de socii = aliados, no confundir con la connotación moderna de la palabra ‘social’), supuso no sólo el primer enfrentamiento armado en Italia desde Aníbal, sino también la primera guerra civil que Roma habría de padecer durante su historia. Los pueblos sublevados pertenecían a ámbitos y territorios bastante distintos: sabelios y picentinos al norte, samnitas y lucanos al sur, e incluso algunas ciudades oscas (Pompeya) y una latina (Venusia). Etruscos y Umbrios, no obstante (y también la mayoría de los latinos), se mantuvieron al lado de Roma.

Para asegurarse de no repetir el fracaso de la rebelión de Fregellae (125 a.C.), los sublevados se prepararon a conciencia. Nada más conocerse la muerte de Druso realizaron un intercambio de rehenes entre las diversas ciudades para asegurarse de que todos se unirían a la revuelta una vez se iniciasen las hostilidades. La organización interna consistió en establecer una confederación con capital en Corfinium, constituyendo además un senado de unos 500 miembros, la elección de dos cónsules y dos pretores (a imitación del modelo romano) e incluso la acuñación de moneda propia para pagar a sus soldados (con inscripciones que mostraban al toro itálico corneando a la loba romana). El objetivo inicial de los confederados era obtener la ciudadanía romana (además de otras reclamaciones) mediante las armas, en vistas del fracaso de las iniciativas de negociación de los tribunos de la plebe en Roma. Sin embargo, a medida que la guerra fue avanzando y recrudeciéndose, parece muy posible que los sectores más radicales entre los sublevados (como los samnitas) llegasen a aspirar a una completa independencia de Roma.

Oficialmente la guerra duró unos tres años (desde finales del 91 hasta el 89 a.C.) si bien todo hace pensar que en algunas regiones se alargó durante más tiempo. El estallido abierto de las hostilidades se desencadenó después de que el senado romano, habiendo notado las crecientes tensiones entre sus aliados, enviase delegaciones a diversos puntos de Italia para intentar calmar los ánimos. En Asculum, sin embargo, sus habitantes interpretaron esto como una amenaza y, tal vez creyéndose descubiertos, pasaron a cuchillo a la delegación e iniciaron además una brutal persecución contra todo lo ‘romano’ presente en su ciudad.

El inicio de la guerra marchó bastante bien para los rebeldes, que capturaron el enclave romano de Aesernia y ocuparon casi todo el sur de Campania. En este orden de acontecimientos, los dos cónsules romanos del 90 a.C. cayeron en sendas emboscadas y fueron muertos a principios de año. Mario, ejerciendo como legado consular, consiguió rechazar las incursiones de los marsios, lo que permitió a Cneo Pompeyo Estrabón (cónsul al año siguiente) abrirse camino hacia Asculum y sitiar la ciudad. Pese a el éxito de este contraataque, Roma se vio obligada a conceder su ciudadanía a todos los aliados que no se habían sumado a la revuelta, probablemente por temor a que etruscos y umbrios terminasen uniéndose a la confederación.

En todo caso, la medida resultó eficaz y Roma pudo tomar ya la iniciativa al comenzar el año 89 a.C. Relegado Mario de su cargo sin que hayan trascendido los motivos, el protagonismo recayó de nuevo sobre Pompeyo Estrabón (padre del famoso Pompeyo del primer triunvirato) y una joven y emergente figura que ya había servido a las órdenes de Mario contra Yugurta y los germanos: Lucio Cornelio Sila. Los romanos tomaron importantes enclaves rebeldes tras feroces combates (incluida la capital, Corfinium) y los sublevados intentaron pedir ayuda a Mitrídates del Ponto para que interviniese en Italia, sin éxito.

En todo caso, el resultado de la Guerra de los Aliados fue sin duda una paradoja de lo más interesante, en la cual el vencedor (Roma) se vio obligado a ceder a las reclamaciones de los vencidos, llegando a otorgar la ciudadanía de forma masiva a los sublevados a cambio de que estos rindiesen sus armas. La extensión de la ciudadanía romana por Italia impulsó una importante y progresiva homogeneización cultural y de costumbres, convirtiendo prácticamente toda Italia en una gran unidad social y política. Se mantuvieron, no obstante, algunos focos de tenaz resistencia contra Roma, especialmente entre las poblaciones samnitas, final y brutalmente sometidas por Sila varios años después.

2 comentarios:

Angel Omar Diaz dijo...

DISCULPA, CON TU PERMISO TOMARE UNA IMAGEN DE TU POST... - MUCHAS GRACIAS

Respublica noesvacas dijo...

Hola, compartire tu post en un blog, obviamente indicando la fuente y el autor. gracias