Alejandro IV. El fin del Sueño y el amanecer helenístico.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

El camino por la costa desde La India hasta Persia se convirtió en la marcha más amarga. Primero se agotaron las provisiones. Llegaron a los desiertos costeros y apenas había agua. Las provisiones se agotaron, y se perdió el contacto con la flota que bordeaba la costa. Primero mataron a los caballos para poder comer. Luego, arrojaron los botines y mataron a los mulos de carga.
Alejandro y su caravana se vio sometida a la prueba más dura, y las personas que emergieron de aquel desierto cerca de las Puertas Pérsicas parecían más cadáveres que vivos.
Mientras, Nearco también pasaba muchas dificultades. Su viaje por la costa estuvo jalonado de enormes peligros, y también de grandes prodigios. Escribió una detallada crónica del trayecto, y en ella mencionó un misterioso pueblo semitroglodita comedor de pescado crudo.

Por fin retornó Alejandro a Persia. Se dedicó entonces a organizar su imperio. Se casó con Estatira, hija de Darío, al mismo tiempo que miles de sus soldados con otras mujeres persas. Quería fundir a los pueblos. Por aquel tiempo licenció a los veteranos macedonios y reorganizó los ejércitos con las incorporaciones de nuevas tropas persas adiestradas al modo helenístico. Eligió nuevos sátrapas y gobernadores allí donde los anteriores se habían portado incorrectamente, y comenzó a recibir embajadas de todo el mundo conocido, incluso de Occidente. Además, Roxana quedó embarazada.

Hefestión murió de fiebres tifoideas y Alejandro casi enloqueció. El ambiente entre sus generales se fue enrareciendo conforme se hacían más ricos y poderosos. Envió a Crátero a Macedonia como gobernador para sustituir a Antípatro, y comenzó entonces a elaborar sus planes para las futuras conquistas. Sabía que Darío I había construido un canal que unía el Mar Rojo y el Mediterráneo, por lo que su siguiente objetivo sería construir un puerto en Babilonia, desde el que saldría una flota que bordearía Arabia, estableciendo puertos y ciudades por todo el camino hasta el Mar Rojo, y así recuperar en canal de Darío para llegar al Mediterráneo, hasta Alejandría. Luego, tendría que avanzar hacia Italia y dominar a los romanos, y luego, seguir al oeste, hacia las Columnas de Hércules.

Un día, Alejandro contrajo fiebres. Las viejas heridas, sobre todo la flecha india que había perforado su pulmón, y el extraordinario esfuerzo que había realizado a lo largo de sus campañas le acabó pasando factura. A pesar de su enfermedad, siguió gestionando su próxima campaña en Arabia hasta que ya no pudo levantarse. En sus últimas horas, los soldados veteranos que se quedaron en Babilonia quisieron despedirse de él. Para cada uno de ellos, Alejandro tuvo un gesto o unas palabras. Después, se consumió en pocos días, abrasado por el mismo fuego divino que alimentaba su alma. En sus últimos instantes de vida, sus generales velaban alrededor de su lecho, suplicándole que nombrara un sucesor, un regente que gobernara el imperio hasta que su hijo nonato pudiera reinar. Fue Pérdicas quien finalmente recibió el sello real. Lo que el Gran Rey macedonio no sabía es que aquel anillo sellaba la sentencia de muerte de Pérdicas.
Alejandro murió en el año 323 a.d.C. Algunos dicen que le envenenaron sus propios generales, lo cual tampoco es descabellado. Otros dicen que ayudaron a su deterioro durante su enfermedad. Estaban agotados. La personalidad de Alejandro era incansable. Nunca se detendría, nunca daría marcha atrás en su política de fusión cultural. Iría ascendiendo cada vez más y más, y la envidia, no olvidemos, envenenaba los sueños de sus compañeros.
En sus treinta y tres años de vida conquistó un imperio que se extendía desde Macedonia a Egipto y desde Grecia hasta el Indo. Había sido aclamado como un dios, adorado por sus soldados, admirado por sus enemigos y amado por sus amantes.

En cuanto expiró, los acontecimientos se sucedieron rápidamente. Roxana ordenó el asesinato de Estatira. Sisigambis, madre de Darío y que había adoptado a Alejandro, dejó de comer y beber, abandonándose a la muerte, que tardó cinco días en tomarla. Para entonces, los generales ya se habían peleado y formado bandos. Pérdicas siguió siendo el regente, pero no llegó a los dos años en el cargo. Murió asesinado.
Los generales de Alejandro tenían cada uno su ejército, y tras el asesinato de Pérdicas se dedicaron a combatir unos con otros por el poder. A estos generales se les conoció como los Diadocos, los Sucesores, y durante algunos años, las guerras entre ellos llegaron a todos los confines del Imperio de Alejandro.
Algunos de ellos murieron, y otros consiguieron prevalecer y establecer una serie de reinos helenísticos que perduraron hasta la formación del imperio romano. Dichos reinos estaba dirigido por una nobleza helenística, aunque el pueblo seguía siendo básicamente el mismo que en el imperio persa. Sin embargo, a través de estos dirigentes, las bases del pensamiento helenístico se fue infiltrando lentamente. Se fundaron más ciudades al nuevo estilo, y las llenaron de obras maravillosas y prodigios de la ingeniería. Nos quedan maravillosos ejemplos como Pérgamo y su imponente teatro de acústica impecable. Los cultos griegos fueron importados, y coexistieron pacíficamente con los locales por todos los reinos. El griego clásico se convirtió en el idioma universal de la diplomacia. Hasta los romanos aprendían griego para hablar con otros países.


Seleuco se quedó con Persia, Media, Asiria, Bactriana y Siria, el corazón del imperio. La política exterior se centró en recuperar la unidad del imperio. Seleuco fue un gran general. Sus ejércitos incluían tropas indias, elefantes, Xystophoroi persas, piqueros persas o “Pantodapoi” y otros auxiliares al nuevo estilo, los thureophoroi. La dinastía seleúcida se mantuvo en el trono hasta el 146 a.d.C., momento en el que, ante la presión de Roma en Oriente Próximo y los partos desde Bactriana, en el este, se desintegró.

Ptolomeo consiguió la corona de Egipto, iniciando la famosa dinastía ptolemaica, que tuvo su capital en la Alejandría de la desembocadura del Nilo. Si bien los nobles ptolemaicos eran helenos, adoptaron la dignidad y las costumbres de los faraones. Mantuvieron sus fronteras con gran esfuerzo ante la presión de los seleúcidas. Sus ejércitos estaban formados por fuerzas mercenarias de piqueros y caballeros. En general, el pueblo egipcio se excluyó de los ejércitos.
En Alejandría construyeron, además del Faro, la maravillosa Biblioteca. Desde allí se dedicaron a atesorar todos los conocimientos de los libros que llegaban a la ciudad. Por orden real, todos los barcos que llegaban debían declarar los libros que llevaban, y obligatoriamente, éstos eran llevados a la biblioteca para ser copiados. Además, ésta fue el centro de avanzados estudios. Realmente nunca podremos evaluar el desastre que supuso el que ardiera en el siglo V de nuestra era. En palabras del insigne Carl Sagan, podemos decir que si no se hubiera quemado la biblioteca, la primera nave que llegara a la Luna tendría un nombre escrito con el alfabeto griego. También este autor nos dice que en Europa, en el siglo XV, justo antes de la “invención” de la imprenta (mecanismo que ya existía en China desde el siglo V de nuestra era), la suma de todos los libros que había en todos los países, era la décima parte de todos los libros que había en la Biblioteca de Alejandría. Y aunque podríamos escribir un libro con lo que suponemos que había en la biblioteca, sólo os daré algunos ejemplos de lo que se hacía allí, ya que no sólo se acumulaban libros, sino que allí había laboratorios, aulas, etc., y se desarrollaron todas las ciencias.
Herón escribió un tratado llamado “Autómata”. En el se describían numerosos automatismos mecánicos. Se trataba de un compendio de mecanismos (servomotores, bielas, transmisiones diferenciales) que usamos hoy en día.
Eratóstenes midió el radio terrestre mediante una geometría tan simple que nos daría vergüenza no haberlo pensado antes. Sólo necesito medir la longitud de la sombra de un palo en dos sitios distintos el mismo día, y conocer la distancia que había entre dichos puntos. Tuvo un error de un 2%, y por supuesto se debió al modo de contar la distancia entre dos ciudades: el paso de un batallón de soldados.
Los movimientos de los planetas fueron perfectamente descritos, basándose en mediciones empíricas y no en la representación de las esferas de Aristóteles (que era un gran naturalista y filósofo pero como físico dejaba mucho que desear). Teniendo en cuenta que las órbitas de los planetas son elípticas, hay de destacar el gran acierto de la observación. También hay que tener en cuenta que los egipcios eran grandes astrónomos, y esta tradición fue absorbida por los sabios helenísticos. Hypatia de Alejandría fue una de las últimas grandes astrónomas y filósofas de la escuela de Alejandría, y fue desollada viva por fanáticos cristianos en el siglo V de nuestra era.

Me gustaría destacar que tras la caída del imperio romano, todos esos conocimientos se perdieron. No hubo una descripción adecuada del sistema solar hasta Copérnico, mil años después. ¡Se perdieron mil años de conocimientos!
Y es más. Ya estaban experimentando con el vapor. Herón construyó una rueda que funcionaba con presión de vapor. Las piezas móviles se construían con bronce fundido. Las artes de fundición del bronce habían avanzado tanto que permitía el montaje de válvulas y grifos con estanqueidad necesaria. Si no hubo una revolución industrial como la del siglo XVIII en Europa ya en aquella época fue porque la economía de esclavos hacía innecesario el desarrollo de esa tecnología. La mano de obra era muy barata.
El reinado ptolemaico murió con Cleopatra, que fue amante de Julio César y de su rival Marco Antonio. Luego Egipto pasó a ser provincia romana.

Tracia era gobernada por Lisímaco cuando murió Alejandro. Se independizó bajo su gobierno, y mantuvo su reinado de manera tiránica.

Macedonia quedó al mando regente de Antípatro. Su hijo Casandro mató a Olimpia, Roxana y al único hijo e Alejandro cuanto éste tenía catorce años. La familia de Alejandro se extinguió. Mantuvieron el control de la Grecia helenística, aunque no sin lucha. Finalmente, la expansión hacia el este del imperio romano cristalizó en la batalla de Cinoscéfalos, que marcó el ocaso del dominio militar helenístico. Un nuevo poder, las legiones de Roma, tomaban la hegemonía en el campo de batalla.

Otro general que merece la pena nombrar es Demetrio Poliorcetes, es decir, el Asediador. Tomó numerosas ciudades griegas que intentaron independizarse, pero su asedio más famoso fue en el que fracasó, el de Rodas, aunque para ello construyó algunas de las máquinas y torres de asedio más espectaculares y avanzadas jamás concebidas.

Hubo otros generales y otras batallas: Antígono Monoftalmos (es decir, el Tuerto), Eumenes, etc… Seleuco, Lisímaco y Tolomeo derrotaron a Casandro y Demetrio en la batalla de Ipsos. Luego sus alianzas se rompieron de nuevo. Poco a poco nacieron nuevos reinos más pequeños procedentes de la desintegración de los Estados Sucesores originarios. Bitinia, Capadocia, el Ponto, Armenia, Bactriana… Cada reino tuvo su historia, sus gobernantes, sus guerras. Los reyes helenísticos tenían una carrera difícil, pues su legitimidad se basaba en su competencia y habilidad, muchas veces demostradas mediante la guerra y el éxito en distintas campañas. Sin leyes sucesorias definidas, la muerte de un rey era seguida de numerosos asesinatos entre parientes.
La era helenística fue violenta, pero también florecieron las ciencias y las artes. Fue la era de Arquímedes, de Herón, de Aristarco, de Eratóstenes, de Demócrito, etc. Las ciencias de la observación avanzaron enormemente. Las ciudades recibieron cada vez dotaciones más avanzadas en cuanto a servicios. La construcción naval alcanzó cotas que no fueron superadas hasta el Renacimiento. La Europa del medievo no fue más que una tristísima sombra que lo que la Antigüedad Clásica había sido, y cuando salió de la oscuridad, lo hizo mirándose en el espejo de la misma época clásica.

En DBA, los ejércitos de sucesores están representados por cinco listas distintas: II/16 Sucesores asiáticos tempranos, que incluye las opciones de los ejércitos de Demetrio, Alketas, Eumenes y Antígono Monoftalmos.
II/17 Lisímaco, que incluye los ejércitos del gobernador de Tracia tras la muerte de Alejandro.
II/18 Sucesores macedonios tempranos, con las opciones de ejército de Antípatro, Casandro, Poliperconte, Ptolomeo Cerauno y Antígono Gónatas.
II/19 Seleúcidas, que incluye las opciones para hacer ejércitos de toda la historia del reino seleúcida.
II/20 Ptolemaicos, con los ejércitos de toda la historia de la disnastía ptolemaica.


La extensión de la cultura helenística influyó en muchos otros ejércitos. Los modos de guerra macedonios se extendieron por Oriente. Hay otras listas que se consideran de ejércitos helenísticos, herederos de la tradición militar implantada por Alejandro: II/36 Greco-Bactrianos y Greco–hindúes. II/34, Átalo de Pérgamo, II/27 Pirro de Epiro, II/31 Grecia helenística. Hay ejércitos posteriores con rasgos en común, como los mitridiátricos, o Comagene, pero los dejaremos fuera de este listado de momento.

Los ejércitos helenísticos listados tienen un núcleo común: de 4 a 6 peanas de Pk, la falange al estilo macedonio. Luego hay un número variable de elementos montados. Kn, ya como xystophoroi o bien incluso catafractos en el caso de los seleúcidas, Cv para los griegos, hindúes y tracios; El, disponibles desde que Alejandro llegara a la India, y un número variable de Ax y Ps. Por último, hay algunos elementos minoritarios: Sp, que son hoplitas, de cualquier procedencia; Bd, que son legionarios de imitación que algunos reinos helenísticos comenzaron a desarrollar tras las primeras guerras con Roma, y unas curiosas peanas de Wb. Éstos son celtas. Son gálatas, del reino que los celtas europeos fundaron a las bravas en Asia Menor tras ponerse en marcha. Con frecuencia, los gálatas sirvieron de mercenarios en muchos ejércitos. Por último, algunos tienen opciones para meter artillería y WWg, que representan torres de asedio.