Alejandro. Capítulo III. Hacia los confines de la tierra.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Le ordenó conducir sus tropas al centro enemigo porque estaba el rey. “Si le damos muerte a él -afirmó-, el resto está hecho”.

La mañana del 29 de septiembre del 331 a.d.C., este pasaje de de la “Anábasis” no paraba de dar vueltas en la cabeza de Alejandro mientras se estiraba en el camastro de su tienda. El sol llevaba un buen rato en el cielo, iluminando la llanura de Gaugamela. Parmenio y sus hombres entraron en la tienda con las armaduras puestas. “Mi señor- le dijeron.- El ejército os aguarda”.
Alejandro se vistió sin prisa, y sus ayudantes el trajeron su armadura y su yelmo. Colgó su afilado kopis del cinto y salió al exterior. Parpadeó ligeramente deslumbrado por el sol. Ante él, su ejército de cuarenta mil guerreros abandonaba el campamento en perfecto orden y comenzó a desplegar según sus instrucciones del día anterior. Montó a Bucéfalo y salió con ellos. A los pocos kilómetros se detuvo. Darío ya había formado su ejército al otro extremo de la llanura. No le sorprendió, ya que había conseguido hacer creer al Gran Rey que atacaría de noche, y éste había mantenido en vela a la mayoría de sus tropas. Por otro lado, era el ejército más inmenso que había visto en su vida. Pero era lo que él quería. En lugar de una guerra de pequeños enfrentamientos, Alejandro dejó que Darío reuniera todas las tropas que le quedaban para intentar vencer de una vez por todas.

Alejandro había retornado desde Egipto con sus tropas en los meses anteriores, buscando un lugar adecuado para cruzar el Eúfrates. Darío había intentado enfrentarse con él en Cunaxa, donde el ejército de Ciro el Joven había sido derrotado por Artajerjes, tal y como describía la Anábasis. Sin embargo, Alejandro se movió más al norte, hacia Carrhae. Finalmente, Darío movió su inmenso ejército hasta las proximidades de la ciudad de Arbela, hacia la llanura de Gaugamela. Alejandro había aceptado la tácita invitación al enfrentamiento. Darío tuvo tiempo de rellenar la llanura, dejando el camino expedito para su caballería y sus carros falcados. Era el lugar ideal para aprovechar su superioridad numérica. Su caballería era 10 a 1 superior en número a la de Alejandro. El macedonio estaba perdido. En la llanura, Darío desplegó toda la caballería bactriana y escita en su flanco izquierdo, al mando del sátrapa Bessos. Su centro lo ocupó con una primera fila de carros falcados, y luego el grueso de la infantería: mercenarios griegos, kardakes, takabara… Una guardia de Inmortales le protegía directamente, mientras él, desde su carro, daba órdenes. En su flanco derecho puso a su numerosa caballería persa y meda, y arqueros a caballo de diferentes provincias. Desde su posición, Darío pudo ver el despliegue macedonio. De repente, una pequeña figura sobre un caballo negro recorrió el frente. Debía ser Alejandro arengando a sus tropas. Luego, la pequeña figura se reunió con el resto de sus escasos jinetes, y comenzaron a galopar. Pronto se levantó una nube de polvo que indicaba la dirección de su movimiento. Darío murmuró sus primeras órdenes, y así comenzó la batalla que decidiría el destino de todo el imperio persa.

Al anochecer, Alejandro volvía a entrar en su tienda, y sus sirvientes comenzaron a quitarle la armadura. Pero él apenas se percató de su presencia. Sus ojos tenían el brillo febril de la victoria, y su mirada andaba perdida en su memoria. Repasaba mentalmente el desarrollo de la batalla una y otra vez, cada movimiento, cada orden… “… y el resto está hecho”, murmuró para sí.
Había tomado el mando del ala derecha macedonia, donde situó todos los escuadrones de Hetairoi y el grueso de los jinetes tesalios. A la izquierda de estos, desplegó todos sus hoplitas mercenarios y caballería ligera agriana. A continuación, en el centro, desplegó a los piqueros. Pero como su frente era mucho más pequeño que el persa, tuvo que desplegarlos en media falange, reduciendo a la mitad el fondo de la formación. Y detrás del frente, dispuso otra media falange, con objeto de proteger la retaguardia. Sabía que si la batalla se prolongaba, terminarían rodeados, y era vital que aguantaran. En el extremo izquierdo, con Parmenio al mando, dispuso lo que le quedaba de falange y las tropas auxiliares de tracios y tribalos. Había dado a Parmenio la misión más delicada: darle tiempo para conseguir la victoria.

Entonces Alejandro inició la marcha. Toda la caballería comenzó a galopar abriéndose hacia la derecha, alejándose del campo de batalla. Los tesalios iban por delante, y los Hetairoi, detrás, y entre ellos, el escuadrón de Alejandro, que cabalgaba manteniendo un tenso trote observando a los persas. Desde su caballo, Alejandro vio como toda la caballería del ala izquierda persa se lanzaba hacia ellos, separándose del ejército, y el corazón le comenzó a latir en las sienes cuando vio lo que había estado buscando: en su movimiento de interceptación, la caballería dirigida por el sátrapa Bessos había abierto un hueco en el frente persa, y se podía trazar una línea directa hacia la posición de Darío. Porque ése era su plan. “…hacia el centro enemigo porque ahí estaba el rey…”-pensó.

Mientras, los carros falcados persas habían iniciado su mortífera carga. Precedidos de jinetes persas que arrastraban ramas para levantar polvo, la falange macedonia apenas tenía tiempo para maniobrar. Alejandro había adiestrado a sus tropas para que se abrieran. Según la Anábasis, los caballos se metían por los corredores creados entre la falange inofensivamente. Lamentablemente, el polvo impidió que todo el frente reaccionara igual. La mayoría de los carros pasaron por los pasillos que abrieron los piqueros, pero muchos otros se estrellaron contra las líneas y segaron cientos de vidas con sus guadañas. No obstante, los aurigas fueron rápidamente neutralizados, a tiempo para que la falange absorbiera el grueso del ataque de la infantería persa.
Al mismo tiempo, la caballería persa y meda del ala derecha persa se estrelló contra el frente de Parmenio, y como eran muchos más, superó el frente y un gran número de jinetes avanzó hacia el campamento macedonio. Sus órdenes eran, como comprendió Parmenio entonces, rescatar a la familia real. Movilizó entonces a su última reserva de jinetes tesalios para interceptarlos, pero aun así, los persas arrasaron y saquearon el campamento. Parmenio estaba en apuros, y envió un mensaje a Alejandro para que acudiera en su ayuda.

El tiempo pareció detenerse cuando la caballería escita y bactriana de Bessos cargó contra los tesalios. El corazón de Alejandro batió como un martillo cuando dio la orden: en una impresionante conversión, los Hetairoi de Alejando giraron a la izquierda casi al unísono y se lanzaron a un desesperado galope, pasando como una exhalación por el flanco de la caballería de Bessos. Aferrándose a su plan, Alejandro cargaba directamente al centro del frente persa, donde estaba Darío. “Si le damos muerte…”.

El frente macedonio aguanta una enorme presión, pero aguantó. La caballería de Bessos expuso su flanco derecho a los aliados griegos, que cargaron en falange, trabándoles durante largo tiempo. Parmenio, no obstante, y todo el frente de picas, a media falange, había agotado sus reservas y comenzaba a peligrar. Entonces Alejandro cargó como la furia de los dioses contra los Inmortales que protegían a Darío. Por doquier se escuchaba el terrible crujido de los xystoi al romperse en las cargas, y los gritos, ahogados en sangre, y los golpes secos, sordos, y el terrible crujido de los huesos rotos. En la confusión, Alejandro quedó a pocos metros de Darío. Si la Muerte hubiera querido elegir un rostro para aterrorizar a los hombres, podría sin duda haber escogido el de Alejandro en aquel momento. Consiguió empuñar una jabalina e irguiéndose sobre su montura, armó el brazo y la lanzó directamente hacia el Gran Rey. “el resto está hecho…”.
Durante los dos segundos, que parecieron una eternidad, en los que la jabalina recorrió la distancia de Alejandro al carro de Darío, éste palideció. Al fin, el proyectil se desvió, atravesando el corazón de su auriga. Esto fue demasiado para el Gran Rey, que de nuevo dio media vuelta al carro y huyó, dejando su ejército atrás. Aquello fue el fin de la resistencia persa. Bessos se enteró y dio orden de retroceder para cubrir la retirada del Rey. Por otro lado, la caballería persa y meda, al mando de Mazeius, que había llegado al campamento persa, se encontró con la súbita aparición de refuerzos macedonios provenientes del río. Rápidamente se replegaron, pero al retroceder, se encontró con Alejandro en persona y sus Hetairoi. Tras la huída de Darío, el mensajero de Parmenio le advirtió del peligro del flanco izquierdo, y decidiendo en segundos entre ganar un imperio o salvar su ejército, dio media vuelta y se lanzó a auxiliar a Parmenio.

La victoria en Gaugamela valía el imperio persa. Con Darío huido, Alejandro ya no tuvo oposición. Entró en Babilonia, que lo recibió como a un libertador, siguió hasta Susa, Ecbatana, Persépolis. Allí quemó el palacio de Darío en una tormentosa noche de borrachera y antorchas, aunque la destrucción de Persépolis (una de las pocas ciudades que Alejandro destruyó) parecía tener otras implicaciones políticas. Persiguió a Darío, no obstante, hacia oriente. Al final lo encontró moribundo, traicionado por sus generales. Alejandro los capturó y ajustició por traidores, y a Darío le dio el funeral de un rey.
Ahora era el nuevo Gran Rey. Sus tropas comenzaron a descubrir cómo era realmente Alejandro. Porque él no llegó como un conquistador. A diferencia de sus tropas, Alejandro no consideraba bárbaros a los persas, ni a ningún otro pueblo de los que conquistaría. Siempre encontró motivos de admiración en cada uno de los pueblos que dominaba. Su conquista le permitía poner en práctica el gobierno que tenía en mente. Un gobierno que uniera a los pueblos por encima de sus religiones y costumbres. Alejandro no aspiraba al dominio tiránico, sino a la universalidad, y dio muchas muestras de ello. Se tomó unos meses para organizar su imperio, dedicándose a asignar nuevos gobernadores y sátrapas a sus territorios, y los designó según su proceder o su fama, usando tanto a macedonios como medos, persas o egipcios. Alejandro buscaba la valía de cada persona. Este trato de igualdad, que incluso hizo que Alejandro adoptara algunas costumbres persas, era visto con repulsión por parte de los sectores más reaccionarios de su ejército, que consideraban a los derrotados como meros bárbaros indignos de ningún honor o reconocimiento. No obstante, le seguían con el mismo fervor. Era su rey, combatía con ellos, sangraba con ellos, y no había sido jamás derrotado. Además, los botines de guerra superaban todo lo que hubieran soñado jamás. Cada soldado llegó a tener la fortuna de un pequeño rey.

Poco después Alejandro inició si siguiente campaña. El mundo no parecía ser suficiente para él. Se dirigió hacia el río Indo, siguiendo los legendarios pasos del dios Dionisos, otra de las figuras míticas admiradas por él. Según la leyenda, Dionisos nació mortal, y llegó a adquirir condición divina a lo largo de sus viajes a La India. Por aquella época, estos territorios se estaban articulados por fortalezas aisladas donde vivían tribus enteras, y el resto de la tierra estaba vacía. Alejandro siguió fundando ciudades en lugares elegidos por él mismo. Por el camino atravesó Bactriana y la tierra de los Sogdianos. Tuvo que asediar y vencer a cada tribu y fortaleza, pero su voluntad era inflexible. En una de esas fortalezas, cuando se entregaron, le ofrecieron un espectáculo de danza. Entre las bailarinas estaba la hija del jefe de la tribu, Roxana, y Alejandro se enamoró de ella. Ante la indignación de los nobles macedonios, se casó con la hija de un bárbaro. Si le daba hijos, aquella salvaje sería la reina del Imperio de Alejandro. Esto los incomodaba más todavía. Sin embargo, Alejandro estaba muy seguro de su política de unión de pueblos. Incluso después de que se desbaratara una conspiración entre algunos de los Hetairoi más jóvenes para matarle. Finalmente, Calístenes, que educaba a los nuevos Hetairoi, fue hallado culpable de la conspiración. También le costó el pellejo a Filotas, hijo de Parmenio, ya que se había enterado de la conspiración pero no advirtió a Alejandro. Esto también obligó a Alejandro a tomar una terrible decisión. Parmenio se había quedado en Babilonia y se encargaba de los suministros. La muerte de su hijo Filotas podría hacer que también les traicionara, dejándoles en una situación muy precaria. Aquella misma noche, Alejandro mandó asesinar a Parmenio. Así comenzaba el lento despertar del sueño de Alejandro.

Tras una travesía difícil, llegaron a La India bordeando por la ladera sur las montañas del Himalaya. Lo primero que encontraron fueron las fortalezas de los estados montañeses hindúes. Alejandro fue sometiéndolas una a una. Frecuentemente, una vez tomada la fortaleza, la devolvía su anterior líder para que la siguiera gobernando si le habían jurado lealtad. Su política parecía decir: “ Por encima de ti y de mí, de tus dioses y de los míos, hay algo que nos une. Eso es lo que yo represento, y si me juras lealtad, si aceptas esta visión del mundo y respetas al resto de los pueblos, podrás seguir con tus costumbres y modo de vida.”. Sin embargo, si una vez juramentados le traicionaban, Alejandro no mostraba piedad.
Poco a poco llegó a las tierras bajas que circundaban el Indo. A cada paso descubrían nuevos animales y plantas. Allí había cientos de pequeños estados en estado perpetuo de lucha, y esto fue lo que él aprovechó. Aliándose con algunos reyes, luchó contra otros y los venció.

Uno de sus aliados fue el rey indio Onfis, al que juró apoyar en su lucha contra el rey Poros. Tomando un pequeño ejército de unos ocho mil soldados, se dirigió al río Hidaspes para trabar batalla contra Poros. Éste había formado sus tropas al otro lado. Tenía pesados carros de guerra, una nutrida caballería a las órdenes del hijo de Poros, miles de arqueros armados con enormes espadas a dos manos y contaba además con animales que los macedonios no habían visto en combate: elefantes de guerra.
Alejandro simuló durante quince días maniobras con gran estruendo de trompas y tambores, e hizo creer a Poros que esperaría a la estación seca para cruzar el río. Sin embargo, en una noche de tormenta, cruzó con su caballería y buena parte de la infantería, y dejó a Crátero en el campamento para que aguantara la posición. Poros se enteró y envió a su propio hijo a atacar, pero los Hetairoi destrozaron a los indios. Poros entonces formó para enfrentarse. El resto de su caballería la puso en ambos flancos, y en el centro, sus pesados carros y detrás, los elefantes. Mientras la caballería macedonia hacía frente a la india en ambos flancos, la falange se enfrentó al centro indio. Los carros de guerra se quedaron atascados en el barro, pero los elefantes cargaron enloquecidos contra los piqueros. Muchos macedonios murieron aplastados bajo los paquidermos, pero también acertaron a abrir pasillos para que los elefantes pasaran, y luego la caballería ligera y los hostigadores los rodearon, asaeteando a los conductores. Los elefantes perdieron el control, y salieron en estampida, causando daño tanto a macedonios como indios. Por fin, Alejandro y la caballería derrotó a la india, y cargaron contra los flancos del centro indio, decidiendo la batalla. La batalla de Hidaspes era la primera gran batalla campal después de Gaugamela, y Alejandro la ganó de nuevo brillantemente. Se dice que cuando el elefante de Poros se dio cuenta de que su dueño estaba herido, se agachó y con su trompa lo depositó en el suelo, e incluso intentó, para asombro de los macedonios, extraerle la jabalina que lo había herido. Finalmente, Alejandro reconoció en él a un gran hombre. Se juraron amistad eterna, y Poros siguió gobernando la zona. Regaló a Alejandro un gran número de elefantes de guerra, que acabarían usando, aunque con prudencia.


Y siguió adelante. Su ejército, la corte y la impedimenta conformaban una enorme columna. Sin embargo, aunque Alejandro no se cansaba, y se había fijado como objetivo llegar al Ganges, a las tierras gobernadas por los brahmanes, pero sus agotados soldados, que lo habían seguido por casi medio mundo, comenzaron a mostrar deseos de regresar. Alejandro les habló en distintas asambleas, y se dio cuenta de que les estaba perdiendo. Los macedonios habían dejado familias en su tierra, y tenían botines que gastar. Los monzones les atacaban los nervios. Morían de mordeduras de serpientes, de fiebres, de agotamiento…Aunque ahora disponía de muchas tropas persas entrenadas al modo macedonio, el joven Gran Rey tuvo que claudicar amargamente. Con el corazón roto por no poder llegar hasta el confín del mundo, decidió regresar, bajando el Indo hasta la costa, hasta el Océano Circundante. Según la Geografía que le había enseñado Aristóteles, dicho mar se comunicaba con el Nilo. Por el camino todavía quedarían ciudades que tomar y ejércitos que vencer. En el punto más oriental al que llegó, Alejandro erigió doce altares como testimonio de su paso. El camino hacia el mar fue a partes iguales emocionante y peligroso. Alejandro sufrió una grave herida de flecha mientras asaltaba una muralla que casi lo mató. Sus tropas, que durante unas horas lo dieron por muerto, cuando tomaron la ciudad mataron a todos, incluidos mujeres y niños. Ya no luchaban igual. Se habían vuelto impacientes y despiadados. Y por fin, llegaron al mar, donde Nearco construyó una flota. Ésta era insuficiente para transportar a todos, de modo que la expedición se dividió en dos. Así comenzó la penosa marcha de regreso a Babilonia.

Los ejércitos de Alejandro tras la conquista del imperio persa y La India cambiaron en cuanto a origen de las tropas. Aunque siguió recibiendo refuerzos de Macedonia, Alejandro mandó adiestrar tropas persas al modo macedonio, tanto para caballería como para infantería. Usó las magníficas cuadras persas de caballos niseanos, más grandes que los caballos griegos. También llegó a emplear elefantes. Por ello, en DBA tienen una lista diferente. Se trata de la II/15, alejandrinos imperiales. Hay dos peanas de Kn, que representan a los Hetairoi, aunque la segunda bien podría representar a los Xystophoroi persas, es decir, jinetes persas entrenados al modo de los Hetairoi. Hay una peana de caballeria ligera, que puede ser bactriana o agriana o de otra provincia del imperio. Luego encontramos las clásicas seis peanas de Pk. Entre estas peanas debemos encontrar piqueros persas. Se distinguen estas miniaturas porque llevan pantalones, al estilo medo, aunque llevan armadura de lino y yelmo helenístico. Los piqueros macedonios no llevan pantalones. Luego hay una opción para meter un elefante o bien, artillería como la que usó en sus numerosos asedios nuestro protagonista. El resto de las peanas son Ax y Ps, procedentes de cualquier región del imperio. Los Ax pueden tracios o incluso montañeses indios. Los Ps pueden ser arqueros caspios, que marchan junto a Darío, o de cualquier otra tribu conquistada por Alejandro.
También encontramos en DBA listas de todos los ejércitos indios a los que se enfrentó Alejandro. Son las listas II/1, Estados Republicanos Hindúes, que responden al ejército de Onfis, por ejemplo. Tienen carros pesados, caballería y algún Bd, y el resto son arqueros hindúes.
También está la II/2, montañeses indios, que representan a los ejércitos de las laderas de la cordillera del Himalaya. Tienen el mismo núcleo de generales sobre carros y caballería, y luego Ax y Ps hindúes.
Por último, II/3 Indios Clásicos, que tienen un montón de elefantes (¡tres peanas de elefantes!), carros pesados y algunos arqueros y auxiliares. Este ejército puede representar al del rey Poros.
Todas las marcas tienen tropas para los alejandrinos imperiales, pero Xyston tiene las mejores sin duda para los ejércitos indios y tardíos alejandrinos.