Alejandro. Capítulo II. La conquista de las satrapías occidentales.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Saludos. Nuestro joven rey acababa de desembarcar en Asia Menor, en suelo del imperio persa, con una fuerza de unos cuarenta mil soldados aproximadamente. La infantería por sí sola sumaba treinta mil efectivos, incluyendo los pezetairoi macedonios, seis mil hoplitas griegos y auxiliares montañeses ilirios y tracios. La caballería, además de los Hetairoi macedonios, contaba con caballería tesalia y caballería ligera mercenaria que servía básicamente de exploradores. Pero Alejandro no era un mero conquistador. En su expedición incluyó un enorme número de ingenieros capacitados para tender puentes y construir máquinas de guerra. También llevaba numerosos médicos. Cada guerrero macedonio era enormemente valioso y no podía permitirse perderlos por falta de asistencia. Enroló igualmente a filósofos, naturalistas e historiadores para que llevaran un cuidadoso registro de todo lo que descubrieran y encontraran en sus viajes. Entre ellos llevó a Calístenes, sobrino de Aristóteles e historiador personal de Alejandro. Además, encargó un enorme tambor, “El trueno de Queronea”, que hacía sonar durante la batalla al paso de su infantería.

Merece la pena que nos detengamos a analizar qué tipo de liderazgo ejercía sobre su ejército Alejandro. Desde que empezó su formación militar, compartió todas las incomodidades, fatigas y privaciones con sus soldados. Era capaz de llamar por su nombre a más de mil de sus guerreros, de saber si tenían parientes enrolados en el ejército, o si los habían perdido en acción. En combate, encabezaba su escuadrón de caballería en las cargas y era siempre el último en retirarse. Equipado con un llamativo yelmo de tres cimeras y plumas y crines de caballo, se le podía reconocer en cualquier punto del campo de batalla. En los asedios, iba siempre con el primer grupo que atravesara las murallas enemigas. No descansaba de la batalla hasta después de haber visitado a los heridos, y muchos de éstos fueron atendidos por Alejandro en persona, pues Aristóteles había hecho de él un médico competente. Esto provocaba en su ejército una admiración y abnegación sin igual, y una lealtad inquebrantable, a pesar de que muchos guerreros eran veteranos curtidos, y el joven rey tenía la edad de sus hijos o incluso nietos. Si Alejandro hubiera cargado contra las llamas del infierno, su ejército le hubiera seguido sin pestañear.
Junto a Alejandro marchaban sus generales: Filotas, Hefestión, Tolomeo, Casandro, el viejo Parmenio, padre de Filotas, Klito el “Negro”, Eumenes el griego, Seleuco, Crátero, Lisímaco… Tal vez os suenen algunos de estos nombres. Recordadlos, porque jugarán un importantísimo papel en esta historia.

Una vez en Asia Menor, el joven Alejandro comenzó a desarrollar su plan. Éste había sido esbozado por Filipo y perfeccionado por Alejandro. La estrategia de avance hacia el interior del imperio estaba condicionada por poder apoderarse de todos los puertos en manos de los persas. Éstos estaban situados en la orilla sur del Mar Negro y en la costa mediterránea de Asia Menor, Palestina y Egipto. Y esto era así porque la flota persa era enorme, y los macedonios no podían hacerle frente. Si se reorganizaba y cortaba las líneas de comunicaciones con Macedonia, el ejército estaría atrapado en Asia. Además, la flota podría mover ejércitos persas rápidamente y desembarcarlos donde les viniera mejor para cortar el avance macedonio. El inconveniente de la flota es que no podía permanecer mucho tiempo en el mar. Las trirremes y similares, como todos los barcos a remos, apenas tenían espacio para víveres. Una flota así, aunque llevara barcos de suministro, no podría estar más de unos días sin abastecerse en tierra. Por ello, la guerra contra la flota persa se libró en cada puerto.
El primer objetivo de Alejandro fue la costa sur del Mar Negro. Su ejército avanzó por el territorio sin oposición, aunque pronto detectaron a los batidores persas. Si recordamos del artículo de los persas, la paz de Kalias obligaba a los reyes persas a no desplegar su ejército real más al oeste del río Halis. Aunque la invasión invalidaba el tratado, la realidad era que los persas no estaban preparados. Por ello, la primera línea de defensa contra Alejandro fueron los ejércitos del sátrapa de Lidia y Jonia, Espitrídates, así como el de los gobernadores de Frigia y Panfilia . Dichos ejércitos contaban con numerosa caballería y al menos diez mil mercenarios griegos al mando de Memnón de Rodas, un brillante general griego al servicio del Gran Rey. Esto era muy habitual en las satrapías occidentales, ya que dependían de sí mismos para su defensa, y los hoplitas griegos eran muy valorados. Memnón, además, fue un hombre de honor, y cumplió con el Gran Rey hasta el final de sus días. Por encima de sus honorarios, estaba la palabra dada.

Los sátrapas persas y Memnón deliberaban sobre qué hacer. Memnón, que conocía el ejército de Filipo y Alejandro, lo vio claro. Los persas no podían contar con más de treinta y cinco mil guerreros, menos que Alejandro, y los refuerzos de Persia tardarían en venir. Por lo tanto, Memnón propuso retirarse dejando tierra quemada de por medio, hasta recibir estos refuerzos, y atacar a Alejandro cuando sus tropas hubieran pasado penalidades y todo estuviera en contra. Pero los sátrapas persas no se atrevieron a arrasar sus territorios. Subestimaron sin duda el poderío militar macedonio y confiaron en cortarle el paso en un emplazamiento favorable: la orilla este del río Gránico.

Alejandro estudiaba sus mapas y decidió avanzar rápidamente, intentando obligar a los persas a presentar batalla, y supuso correctamente que le estarían esperando en el Gránico. Cuando los macedonios llegaron a la orilla occidental, debieron quedar casi todos descorazonados. El río venía bastante crecido, y la orilla persa estaba formada por pegajosa arcilla roja en pronunciada pendiente. La orilla estaba vigilada por algunas tropas persas, y el grueso del ejército estaba acampado a algo más de medio kilómetro del río, en una pendiente que dominaba la zona. Pero Alejandro se mostró tranquilo y confiado en la victoria.
Esa noche, él y sus Hetairoi y caballería tesalia, ascendieron el curso y cruzaron a algo más de un kilómetro más arriba poco antes del amanecer, formando para la carga. Tal y como esperaba, fueron detectados y los vigías avisaron a la caballería persa, que se puso en movimiento hacia Alejandro. En ese momento, toda la falange macedonia se lanzó ordenadamente al río. Alejandro sabía que los ejércitos persas tardaban en reaccionar después de la noche, pues lo había leído en la Anábasis, debido al sistema con el que guardaban los caballos y sus arreos cada noche. Por ello, mientras la atención del ejército persa era distraía por dos puntos, la falange comenzaba a ascender, bajo una moderada lluvia de proyectiles, por la orilla opuesta del Gránico, antes de que el grueso del ejército persa pudiera llegar a las pendientes para defenderlas. Cuando la falange terminó de cruzar, sonaron las trompetas, y esa fue la señal para que Alejandro se lanzara hacia los persas. Espitrídates se puso al mando de la nutrida caballería persa que avanzó contra Alejandro, mientras los mercenarios griegos se enfrentaron a la falange.
Los Hetairoi y la caballería tesalia se lanzaron a la carga. El choque fue brutal, y Alejandro y sus generales no dudaron en trabarse con los generales enemigos. El joven rey buscó a Espitrídates y se lanzó desafiante contra él, hiriéndolo de gravedad. De este modo, al ver los persas que sus líderes caían, comenzaron a retroceder y fragmentarse, hasta que comenzaron a huir, perseguidos por los macedonios.
Mientras, los hoplitas mercenarios y la falange luchaban. Al grito de “Alalalai”, ambas falanges chocaron. Los piqueros bajaron las puntas de sus armas. Por contra, las primeras filas de hoplitas habían arrojado sus lanzas a los piqueros con objeto de abrir pequeñas brechas en su formación, para, espada en mano, lanzarse al combate, cortando las astas de las picas a mandoblazos. Los piqueros tuvieron que realizar un gran esfuerzo, y Parmenio, que mandaba las falanges, lanzó tropas auxiliares contra los flancos de los hoplitas. En un combate de empujes y retrocesos, los hoplitas tuvieron que reorganizarse y retroceder, pero su disciplina y profesionalidad estaban a la altura de los macedonios. Por ello, sólo la llegada de Alejandro por su retaguardia, que ya había vencido a la caballería persa, desequilibró la balanza a favor de los macedonios. Al final de la batalla, las tropas de Alejandro le aclamaban mientras él hacía revista e sus tropas montando a Bucéfalo, su amado caballo. Aquella era la primera victoria sobre los persas en su propio territorio, y había conseguido que ya no hubiera ningún ejército enemigo al oeste del Halis. Podía avanzar a su antojo. Y tenía entonces veintidós años.

Alejandro prosiguió con su plan. Una vez dominada la costa del Mar Negro, se lanzó contra las ciudades mediterráneas. Muchas de ellas se entregaron voluntariamente. Después de todo, era una zona culturalmente griega, y Alejandro usaba un astuta táctica de negociación, luego empleada por su tocayo Alejandro Farnesio al frente de nuestros tercios en Flandes: puño de hierro en guante de seda. Si las ciudades se rendían a Alejandro y prometían amistad, éste les permitía que siguieran gobernándose según sus costumbres, rindiendo pleitesía al trono macedonio. Sin embargo, si se resistían, Alejandro las asediaba inflexiblemente hasta tomarlas, y ésta capacidad militar, unida a su férrea voluntad, era el aval de sus negociaciones. Si traicionaban a Alejandro, él no mostraba piedad. A las pocas ciudades que presentaron mucha resistencia, Alejandro las asedió brillantemente. Su cuerpo de ingenieros construyó catapultas, torres de asedio, tanto en tierra como sobre barcos. En esta zona, Mileto y Halicarnaso fueron las más difíciles. Memnón de Rodas, que tras sobrevivir en el Gránico, llegó a Halicarnaso, dirigió la enconada defensa, pero finalmente fue vencido de nuevo en una desesperada carrera de ingeniería. Las tácticas de asedio macedonias merecen un artículo independiente, ya que tardaría mucho en describirlas adecuadamente, así que os remito a bibliografía especializada (o a que tengáis algo de paciencia hasta que escriba tal artículo).

El Gran Rey Darío III no había estado ocioso mientras Alejandro recorría la costa mediterránea de Asia Menor. Reunió un gran ejército con tropas de las satrapías orientales, y marchó con toda su corte a eliminar al atrevido invasor que osaba desafiarle. Alejandro ya había recorrido Licia para el otoño del 333 a.d.C, y estaba en territorio costero de Siria, cuando sus exploradores le avisaron: el Gran Rey había situado un ejército enorme a sus espaldas (casi doscientos mil efectivos), cortando su ruta de suministro. Darío esperó a Alejandro en la desembocadura del Pínaro, y éste volvió rápidamente sobre sus pasos y así comenzó la batalla de Issos, la primera vez que Darío y Alejandro se verían las caras.

Los persas tenían el mar en el flanco derecho, y allí colocaron el grueso de su caballería. En el centro dispusieron hoplitas griegos y lanceros kardakes, soldados regulares persas equipados al modo hoplita, e Inmortales, la guardia personal del Gran Rey, además de una gran masa de Takabara, o peltastas persas al estilo tracio, una tropa de infantería auxiliar. En el flanco izquierdo persa, al extremo del valle formado por la desembocadura, en un terreno que comenzaba a tener bastante pendiente, situó lo que quedaba de caballería y algunos carros de guerra pesados. La ubicación del ejército no era la adecuada para aprovechar su superioridad numérica. Además, el flanco derecho, que limitaba con el mar, era demasiado pequeño para que la numerosa caballería persa pudiera maniobrar.
Alejandro desplegó al grueso de los Hetairoi y jinetes tesalios en su flanco izquierdo, junto al mar. En el centro, situó a la falange, y en el flanco derecho, sobre el abrupto terreno, dispuso sus tropas auxiliares montañeses de tribalos, tracios y agrianos, en un terreno que les favorecía. Luego, mientras su ejército se aproximaba al lugar de la batalla, decidió reforzar su ala derecha desplazando hasta allí dos pequeños escuadrones de Hetairoi, a los que se unió él en persona.

Darío hizo avanzar a su caballería del flanco izquierdo, en terreno abrupto, en una maniobra envolvente, y se enfrentaron a los auxiliares de Alejandro. Los carros persas también atacaron, pero el terreno provocó que perdieran ímpetu o volcaran, de manera que el combate fue entre auxiliares y caballería.
Alejandro lanzó al resto de su ejército hacia delante. Antes de que la caballería persa pudiera reaccionar, había cruzado el río, y se lanzó a la carga. Los tesalios, en oleadas, fueron los primeros en contactar con los persas, sus Hetairoi maniobraban también buscando impactar en el punto más adecuado: el flanco de la caballería persa. Como un relámpago, los Hetairoi rompieron sus xystoi contra los persas, y en su brutal choque muchos jinetes persas cayeron, pero el combate tuvo que prolongarse, hasta que las formaciones se entremezclaron, y los caballos acabaron pisoteando una terrible e informe pulpa compuesta de una mezcla de carne, huesos, arena y sangre.

En el centro, mientras, los hoplitas mercenarios aprovecharon que los pezetairoi macedonios desordenaron su formación al ascender por las orillas del Pínaro, y cargaron en formación compacta, impidiendo que la falange recuperara su formación. Los piqueros tuvieron que tirar las picas y desenfundar sus espadas cortas. Fueron unos minutos angustiosos, porque toda la línea peligraba si no se reorganizaba. Crátero, que mandaba la infantería, tuvo que llamar a la reserva: los hipaspistas avanzaron entre las filas de piqueros y cerraron los huecos, el tiempo justo para hacer dar un respiro a los piqueros y que, con Crátero y los oficiales desgañitándose dando órdenes y blasfemando, formaran de nuevo. Cuando estuvieron listos, el grito de guerra sonó como un trueno: “¡Alalalai!”, y coreado por el fabuloso “Trueno de Queronea”. Fue la señal para que los hispaspistas rompieran la formación y se colaran entre las filas de piqueros, y todo el muro de picas cargó contra los hoplitas griegos. Con el combate igualado, la batalla por todo el campo pareció estancarse. Los persas tenían la ventaja de contar con más reservas, y fueron renovando los soldados de primera línea.

La batalla se prolongó todo el día, pero por fin, en el flanco derecho macedonio, Alejandro, sus dos escuadrones de Hetariori y los montañeses pusieron en fuga a la caballería persa, y se lanzaron contra el centro enemigo. Por su lado, Crátero había dirigido a los hipaspistas en un temerario avance por los flancos de la falange griega, y ésta tuvo que retroceder, mientras los macedonios avanzaban. Al fin, agotados dentro de sus pesadas corazas, los hoplitas mercenarios se dieron a la fuga, pero los Inmortales, formado escudo con escudo y con las lanzas en ristre, ya habían formado para el combate cuerpo a cuerpo. El choque de ambas líneas fue terrible. Los pezetairoi estaban exhaustos y cubiertos de barro y sangre, pero Crátero consiguió que siguieran agrupados. Entonces, desde el flanco llegaron los auxiliares y Alejandro, y la balanza se inclinó del lado macedonio. Alejandro, localizó el carro de Darío y galopó como un poseso hacia él. La imagen del rey, con su imponente yelmo, cubierto de sangre y gritando fue demasiado para Darío, que dio media vuelta y huyó. Los mercenarios griegos que se habían reagrupado detuvieron al grupo de Alejandro el tiempo suficiente para que Darío huyera. La batalla estaba ganada, no obstante, aunque Alejandro sufrió numerosas heridas. El colapso del centro persa provocó la estampida de la caballería del flanco derecho, cercana al mar, y los tesalios los persiguieron durante un buen trayecto.
El botín del campamento persa estaba más allá de los sueños más disparatados de los macedonios. Sólo en la tienda real, había oro para pagar cuatro ejércitos macedonios durante cinco años. Además, Darío había huido dejando atrás a su esposa, a su madre y a todo su harén. Alejandro las trató con deferencia exquisita, otorgándoles el rango que tenían, como si fueran de su propia familia.

La derrota de Darío dejó de nuevo el camino libre a Alejandro, quien prosiguió con su plan. Avanzó tomando todos los puertos del Mediterráneo. El más dificultoso fue el asedio de Tiro, en Fenicia (uff, esto es otro artículo). A modo de resumen, os diré que Alejandro ordenó hacer un dique desde la costa hasta la isla que era la ciudadela de Tiro, unos cuatrocientos metros de distancia, rellenando el mar con troncos y piedras, para llevar las máquinas de guerra hasta las murallas de la ciudad, todo ello mientras la flota tiria asaeteaba y quemaba dichas máquinas de guerra una y otra vez desde el mar. Tuvo que hacer el dique dos veces, pero su voluntad de hierro triunfó, y Tiro cayó.

Luego se dirigió a Egipto, donde fue muy bien recibido. Allí tendrían lugar dos acontecimientos principales: la fundación de Alejandría (la que hay ahora en Egipto, aunque en realidad es sólo una de la veintitantas alejandrías que fundó nuestro protagonista), perla del mundo helenístico, y su visita al santuario de Siva. Allí marchó Alejandro, y el oráculo le nombró Hijo de Amón, legitimando por lo tanto su domino faraónico sobre Egipto, que, por otro lado, deseaba sacudirse del poderío persa desde hacía tiempo.

Hacia el verano del 331 a.d.C., Alejandro había ascendido de nuevo hasta el Eúfrates, y planeaba ya su avance hacia Babilonia. Había cortado el acceso al mar a los persas, y se dirigía al corazón de su imperio, donde no podían esconderse de él.
Poco después recibió una carta de Darío. El Gran Rey lo ofrecía la paz, concediéndole los territorios al oeste del Eúfrates, a cambio de la devolución de la familia real. Sus generales, sobre todo Parmenio, insistió en que aceptara. Ningún griego ni macedonio había conseguido tanto. Pero Alejandro despreció la misiva, y respondió a Darío:“No me concedes más de lo que ya he tomado por mí mismo. En cuanto a tu familia, son mis huéspedes, no mis prisioneros. Ven a por ellos, y podrás llevártelos en paz”.
Alejandro sabía que no podría haber dos reyes en Asia. Si Darío no venía, iría él en persona a buscarle.

Los ejércitos persas de la época están representados por la lista II/7, Persas aqueménidas tardíos. En dicha lista encontramos una mayor presencia de Cv y LH que en los tempranos. Por esta época, los persas ya desarrollaron una caballería acorazada bastante competente, apoyada por numerosos arqueros a caballo bactrianos y sacas. Luego hay psilois, una opción para carros falcados y cuatro opciones para cualquier combinación de Sp o Aux. Los Sp representan hoplitas mercenarios griegos, lanceros egipcios o Kardakes persas, y los Aux representan a los Takabara persas.
Casi todas las marcas tienen una buena gama de persas aqueménidas tardíos: Magíster Mílitum, Xyston, Essex… Xyston vende una magnífica caja con este ejército con todas sus opciones.