La dinastía carolingia

martes, 3 de marzo de 2009

Saludos. Esta semana hablaremos de otro de los poderes principales en Europa durante la Baja Edad Media. Se trata del reino franco, que bajo el gobierno de la dinastía carolingia llegó a ocupar casi toda Europa occidental. De hecho, no cabe duda de que la configuración política de nuestro querido continente comenzó a fraguarse como tal bajo el gobierno de su principal gobernante: Carlomagno. Bien, cojamos ahora algo de perspectiva.
Recordemos que desde la caída de Roma, e incluso antes, las tribus germanas se habían infiltrado en los territorios del imperio atravesando las fronteras del Rin, moviéndose hacia el oeste. Estas tribus controlaban estas antiguas provincias imperiales, pero como numéricamente eran inferiores a las poblaciones galorromanas, no podían aplicar sus leyes directamente. De modo que ellos vivían en un estrato distinto, con sus leyes ancestrales aplicadas a su vida privada, pero gobernanban a los demás aplicando la tradición legislativa romana. La tribu de los francos ocupaba el norte de la Galia, y sus primeros reyes pertenecieron a la dinastía merovingia (de Meroveo, su primer gran rey). Los francos tenían de vecinos a muchos otros reinos: visigodos al sur, lombardos en Italia a partir del siglo VI, etc. Por otro lado, los bizantinos, bajo el mando de Justiniano, intentaba recuperar las orillas del Mediterráneo para su imperio. Aunque la mayoría de los reinos germanos se habían convertido al cristianismo, no había ningún poder en Europa que unificara el poder político de estos reinos.
Los reyes merovingios gobernaban apoyados en un gran número de nobles, de modo que salvo que fueran extremadamente competentes, carecían de poder real sin el apoyo de este grupo social, que se había repartido el territorio en grandes latifundios. De hecho, una de las figuras más poderosas de estos años era el mayordomo de palacio (o senescal). Una de las familias ligadas ligadas a este puesto sería conocida como la dinastía carolingia.

Pero falta un ingrediente aún en esta historia para comprender todo lo que pasó: la Iglesia Católica. Desde la conversión de Constantino, los puestos de gobierno civil habían sido ocupados por miembros de la Iglesia, hasta la desaparición del impero romano de Occidente. Pues bien, cuando Roma cayó, la Iglesia estaba tan ligada a estos puestos que se convirtió en la única autoridad que los antiguos romanos podían reconocer. Sin embargo, eran muy débiles todavía. El Obispo de Roma gobernaba sobre las ruinas de esta ciudad, y las diferentes diócesis controlaban pequeños territorios. Además, la Iglesia conservaba los conocimientos y los impartía en sus monasterios a sus miembros ya que estaban destinados a gobernar territorios, por lo que estas personas debían poseer cierta cultura. Pero el imperio bizantino presionaba desde Oriente, y cuando se hizo con gran parte de Italia, trató de controlar la iglesia occidental. Entonces, cuando empezaron el movimiento iconoclasta en Oriente, las diferencias con Occidente se hicieron insostenibles. El Obispo de Roma estaba atrapado entre bizantinos (religiosamente) y lombardos (militarmente).

Bueno, sigamos con los francos. Los senescales habían intentado en vano varios golpes de estado para deponer a los reyes merovingios, pero el resto de los nobles, a los que les interesaba que hubiera un rey débil, se opusieron siempre. Pipino II, otro senescal de la familia, fue más sutil, y veladamente, consiguió reestructurar algunas administraciones, colocando sucesores en varios distritos, y consiguiendo poder para intervenir directamente con el ejército en las regiones más alejadas.
En el siglo VIII, los musulmanes barren a los visigodos y cruzan los Pirineos. El rey franco de la época era otra marioneta (se les conocía a él a sus antecesores como “Los reyes vagos”). Por lo tanto, fue su senescal quién tomó las riendas del ejército: Carlos, hijo bastardo de Pipino II, que venció a los musulmanes en Poitiers en el 732. Después de esta victoria, sería apodado Carlos, el “Martillo”, es decir, Carlos Martel. También aprovechó este astuto senescal para, ya que bajaba al sur de Francia, aumentar su influencia en la región. Además, Martel repartió grandes propiedades entre los que le apoyaban.
En el 739, ante la presión lombarda, el Obispo de Roma pidió ayuda a Martel, pero éste no quería enemistarse con los lombardos, con los que ya tenía un pacto. El idilio Iglesia/reyes francos todavía no había llegado.
Poco después, Thierry IV, monarca merovingio puesto por Carlos, falleció. Carlos Martel decide dar entonces un discreto y sutil golpe de Estado, y lo deja todo dispuesto para repartir el reino, que ya llegaba hasta la actual Alemania, para sus dos hijos: Pipino y Carlomán. Carlos Martel murió en el 741, y sus hijos se hicieron con el poder, pero los nobles se rebelaron, y tuvieron que ceder, poniendo a otro rey títere en el trono. Mientras, dirigieron el ejército a Aquitania, que seguía siendo independiente, Baviera y territorios en la “Alamania” de entonces. Pipino y Carlomán eran muy religiosos, y contaron siempre con el apoyo de los obispos y priores de su territorio, lo que en los años siguientes sería extraordinariamente importante, porque no podemos olvidar que, si bien los nobles eran los dueños del territorio, la Iglesia era un enlace con el pueblo y, además, mantenía el prestigio y legado del antiguo imperio romano. Pipino y Carlomán favorecieron a la Iglesia, persiguieron las antiguas supersticiones y apoyaron la conversión de los paganos germanos que seguía habiendo en Alamania, Frisia y otros territorios más al este de sus posesiones.

Carlomán se retiró finalmente a un monasterio, y entonces Pipino puso en marcha su astuto plan: convertirse por fin en el rey de los francos. Para ello se alió con la iglesia franca y con la romana, sometiendo la primera a la segunda. A cambio, la iglesia romana debía ungirle como rey, de tal manera que Pipino ostentaría tanto el poder político como el respaldo popular del pueblo, promovido por el apoyo de la iglesia. El pacto era beneficioso para ambos, porque el obispo de Roma estaba a punto de caer ante los lombardos. De modo que, desde el púlpito, la Iglesia hizo campaña a favor del establecimiento de Pipino como monarca. Cuando se hizo con el trono, los nobles ya no tenían poder para oponerse: Dios estaba con el Rey. En esta época, el Obispo de Roma le reclamó su parte del trato, visitándole en la Galia. Se produjo una de los mayores montajes de la Historia: Pipino recibió de manos del Papa un documento (“La donación de Constantino”) en el que supuestamente, Constantino el Grande, al mover la capital a Constantinopla, delegaba el poder imperial en el Papa. De modo que éste lo legaba a Pipino. La maniobra fue genial, porque de esta manera, el rey franco se convirtió, en el receptor del poder de los emperadores romanos. Ungido de nuevo por la Iglesia, existía por fin en Europa un poder real que servía de referencia a todos. Éste es el origen de la “Dignidad Imperial”, que en los siglos siguientes, iría pasando de un rey a otro (y que llegó también a nuestro Carlos I). Así, el rey trabajó también en la unificación de ritos, de modo que la iglesia franca adoptó paulatinamente el rito romano.
Pipino III, que así se llamó cuando se convirtió en rey, bajó a luchar con los lombardos, derrotándolos completamente. Se sometieron a los francos, y Pipino entregó al Papa grandes territorios arrebatados a éstos, que se convertirían en los Estados Pontificios, y que existieron hasta el siglo XIX. También, entre otras campañas, derrotó y aplastó definitivamente a los aquitanos y consiguió la rendición de los vascos.

Por otro lado, Pipino también realizó grandes cambios en su reino. Estableció el monopolio de acuñación de moneda para el rey, y sustituyó poco a poco a los funcionarios con miembros de la Iglesia, quienes eran más fiables que los nobles laicos para aquel nuevo tipo de monarquía. Su gran sentido de la diplomacia le permitió conseguir acuerdos tanto con reyes musulmanes como con los bizantinos. Murió en la cima de su prestigio en el año 768, y aunque no podía preverlo en su totalidad, había comenzado una cadena de acontecimientos que darían lugar a la Europa actual.
A su muerte, como todos los reyes germánicos, su reino se dividió entre sus hijos, Carlos y Carlomán. Y mientras se afianzaban en sus reinos, su madre, Beta de Laón, pactaba en su nombre con lombardos y bávaros. Pero algo ocurrió. Carlomán murió tres años después, y así Carlos, que sería conocido como Carlomagno, se hizo con la totalidad del reino de su padre. Y comenzó la conquista…
Durante su reinado, Carlomagno añadió a su reino más de un millón de kilómetros cuadrados. Sus campañas tuvieron diferentes motivaciones, pero, sobre todo, hay que tener en cuenta que Carlomagno era, entre muchas cosas, un hombre de acción, y consiguió trasladar este espíritu a su pueblo. El nombre de los francos estaría ligado para siempre a la guerra. Además, le permitía mantener bajo control a sus nobles, y repartir grandes riquezas entre sus seguidores y la Iglesia, con la que continuó la política de “interés común” inaugurada por su padre.

En primer lugar, desde el 772, tuvo que hacer frente a los sajones, pero no se limitó a estar a la defensiva, sino que invadió los inmensos bosques de Germania. La guerra allí duraría treinta años, pero terminaría con los sajones convertidos al cristianismo y derrotados. Poco después, un dirigente musulmán le pidió ayuda, y Carlomagno cruzó los Pirineos, poniendo sitio a Zaragoza en el 778, aunque no consiguió tomar la ciudad, y para colmo, en el camino de regreso, los vascos aniquilaron la retaguardia de su ejército en Roncesvalles. Aquél fue un año muy difícil, porque tras este desastre, algunos lombardos interpretaron que era el momento de rebelarse, y comenzaron a acosar a los territorios pontificios que Pipino les había arrebatado. Y los musulmanes volvieron a cruzar los Pirineos. Pero Carlomagno supo recuperarse y poner a todos de nuevo en su sitio. Así, tras pacificar totalmente a los lombardos, estabilizar las fronteras y fijar la frontera con los musulmanes, en el 796, comenzó a considerar seriamente el convertirse en el primer Emperador de Occidente después de trescientos años de la caída de Roma. Ya existía la base suficiente, ya que Pipino había sido depositario de “La donación de Constantino”. Hacía falta sólo un gesto más para que su heredero pudiera ser nombrado Emperador. A la Iglesia también le interesaba, puesto que así tendría en Occidente una figura imperial equivalente al Emperador de Oriente. La Iglesia Romana podría cobijarse así bajo este nuevo poder unitario, que podría proporcionar estabilidad suficiente a su inmenso reino para que esta religión se expandiera y prosperara. De hecho, esperaban que la figura del Emperador fuera indisolublemente unida a la defensa de la religión cristiana occidental. Por ello, cuando en el 800, Carlomagno fue coronado Emperador, recibió la corona de manos del Papa. El pacto entre la dinastía carolingia y la Iglesia Romana parecía ratificado para siempre. En adelante, sus sucesores deberían a Roma a ser nombrados Emperadores.

Sin embargo, Carlomagno no se contentó con ello. No quería estar sometido al poder de los pontífices. Fue él mismo el que nombró Emperador a su hijo Leudovico en el 813. Esta fue la semilla de los conflictos entre las monarquías europeas y la Iglesa durante los siguientes siglos.
Antes de morir, en el 814, le dio tiempo a vencer a los ávaros definitivamente, controlar a los eslavos en Bohemia y en la frontera del Elba; detener a los daneses y establecer la frontera (Danemark, es decir, Dinamarca) con ellos, y conquistar Barcelona, que convirtió en el centro de su nueva Marca Hispánica.
Según las leyes tradicionales de los reyes germánicos, sus reinos se dividían entre sus hijos (esto dio lugar a numerosas tradiciones literarias, como podemos leer por ejemplo, en “El rey Lear”). El imperio de Carlomagno no fue una excepción. Sus tres hijos Leudovico, Lotario y Carlos, se lo dividieron. Sin embargo, sólo uno de ellos podía ser Emperador, mientras que los otros serían “sólo” reyes. Entre ellos hubo muchas disputas, y esto era algo que preocupaba a la Iglesia, contraria a la dispersión del poder. En las décadas siguientes, los herederos de Carlomagno se batirían duramente, pero las primeras invasiones escandinavas les obligaron a organizarse y compartir el Imperio, fijando una serie de fronteras en la División de Verdún: Sajonia, Austrasia y Alemania para Luis el Germánico; Neustria, Aquitania, Gascuña, Septimania y la Marca Hispánica para Carlos el Calvo, y entre ambos reinos, el lombardo, los Estados Pontificios, Provenza, y otros territorios centrales para Lotario. Estas fronteras se mantendrían durante siglos, y posteriormente, las nuevas subdivisiones de estos reinos darían lugar a estados medievales como Lorena, Provenza, Borgoña e Italia.

De aquellos años, sería Carlos el Calvo el más exitoso, y en el 875 recibió la corona imperial de manos del Papa. Pero su hermano Luis, los ataques vikingos y las rebeliones oportunistas de sus nobles le impidieron mantener su poder. Por último, se buscó a un nuevo emperador cuando murió éste: Carlos el Gordo, pero fue demasiado débil: los vikingos asediaron París en el 885 y no pudo hacer frente a las invasiones musulmanas en Sicilia. Sus nobles lo derrocaron en el 888. Desde ese momento, serían los nobles los que en cada reino eligieran en adelante a sus reyes como “primero entre iguales”. La Iglesia, también desde ese momento, medraría para tratar de evitar la atomización de los reinos cristianos europeos. La corona de Emperador iría de rey en rey, buscando un nuevo defensor de la Fe con poder suficiente para unir a todos los cristianos bajo su mando.

LOS EJÉRCITOS CAROLINGIOS
Durante este periodo, los ejércitos francos sufrieron una gran transformación. Si bien durante el periodo merovingio los ejércitos eran básicamente de infantería, los monarcas carolingios entendieron pronto que era la caballería el arma del futuro.
La base del ejército la proporcionaban los nobles y sus levas. Los nobles formaban la caballería, equipada con escudo y lanzas, básicamente. Los francos fueron adoptando tácticas e ideas de los lombardos y bizantinos. Desde el 800, a estos caballeros se les exigía una amplia panoplia, y su conducta en el campo de batalla incluía cada vez más cargas directas contra el enemigo, sobre todo si también era montado.
En las batallas a campo abierto, la infantería, formada por siervos de los nobles, tenía un papel defensivo frente a la caballería enemiga, aunque soportaron el peso de los combates en los bosques y pantanos de Sajonia. Allí aprendieron a luchar embarcados, practicando numerosas operaciones anfibias.
Otra de las claves de las victoriosas campañas de Carlomagno era la concentración de las tropas al principio de cada primavera. Carlomagno construyó caminos y puentes para moverse rápidamente por su reino.
Carlos el Calvo ordenó que todo el que pudiera aportar un caballo, lo llevara a la guerra, de manera que los francos fueron abandonando paulatinamente la guerra a pie.


La lista de DBA que cubre estos ejércitos es la III/28, Francos Carolingios. Medio ejército está compuesto por Kn, los “caballarii” francos, mal equipados antes del siglo IX y con panoplia creciente desde ese momento. Muchos portaban arcos, pero no los usaban en la lucha a caballo. Por el contrario, tenían lanza, espada corta y larga y escudos.
Luego hay cuatro peanas de lanzas defensivas para cubrir huecos frente a la caballería enemiga. Por último, encontramos una peana de Ps, que representa a los batidores asociados a los nobles, y otra opcional, que puede ser Ps, que representa a ballesteros, Lh, que puede representar caballería ligera vasca, equipados con jabalinas, o Hd, que representa a las levas obligatorias realizadas por los nobles.
Que yo conozca, Essex y Minifigs tienen gama de carolingios, pero seguro que muchas otras también. Es un periodo evocador, y que inspiró los grandes cantares de gesta, como “La canción de Roland”.

Nota: Las miniaturas en 15mm que se muestran pertenecen a la colección de Marco Boetti -DBA Italia-, y son modelos Essex y Donnington.