Cleómenes I, rey de Esparta.

jueves, 19 de febrero de 2009

Esta semana, nuestro colega Xoso se marca un interesantísimo artículo sobre uno de los reyes de Esparta más famosos.

La tragedia, ese género teatral originado en Atenas a partir de las ceremonias en honor a Dionisio, estructuraba casi siempre sus obras en base a una clara enseñanza moral: la hybris (“arrogancia” o “ambición desmesurada”) de los hombres es castigada por la némesis de los dioses, ya bien cebándose directamente en el ‘infractor’ o bien por medio de sus seres queridos.

Siguiendo este esquema, la vida de Cleomenes I de Esparta podría definirse como una gran tragedia. Del linaje de los agíadas (una de las dinastías reales de Lacedemonia, junto a los euripóntidas), Cleomenes era hijo del rey Anaxándridas II y su segunda esposa. Pese a esta última característica, hizo valer su condición de primogénito para imponerse en el trono a la muerte de su padre, situándose por delante de sus hermanastros Dorieo, Leónidas y Cleombroto, hijos de la primera esposa de Anaxándridas.

Primeros años en el trono.


El contexto sociopolítico en el que se sitúa Cleomenes al acceder al trono (más o menos en torno al 520 a.C.) era sin duda bastante agitado. Esparta, tras el fracaso de sus intentonas de imponerse a todos sus vecinos en el siglo anterior, había formado ya una Liga del Peloponeso donde se integraban casi todas las ciudades de la península, con la notable y lógica excepción de Argos, archirrival eterna de los lacedemonios. Internamente, la polis espartana había sufrido una ‘petrificación’ tanto social como política tras las reformas tradicionalistas del éforo Quilón a mediados del siglo VI.
Mientras tanto, Atenas llevaba desde la época arcaica sumida en una constante serie de conflictos internos entre las distintas clases sociales. Esta situación se mantuvo pese a las sucesivas reformas de Dracón y Solón (que a la larga resultaron inefectivas) y sólo se llegó a una cierta estabilidad tras la imposición de la tiranía por parte de Pisístrato. A su muerte, sus hijos Hipias e Hiparco mantienen el poder con el beneplácito de la aristocracia local, pero su pedigrí exterior se debilita ante el avance de los Persas en Asia Menor (derribando tiranías aliadas de Pisístrato) y la consolidación del poder espartano en el Peloponeso.

De vuelta a Cleomenes, el rey lacedemonio comienza a desarrollar una política externa bastante activa y agresiva. Se vale de su hermanastro Dorieo para lanzar expediciones e incursiones militares incluso fuera del Peloponeso, probablemente con la doble intención de extender la influencia espartana y al mismo tiempo tratar de librarse de un posible rival político enviándolo al frente. Efectivamente, tras un fallido intento de fundar una colonia espartana en el norte de África, Dorieo terminará muriendo en una campaña en Sicilia.
Estas iniciativas de Cleomenes le valieron cierta desconfianza por parte de sus propios conciudadanos. La mentalidad general espartana, muy reticente -a veces incluso paranoica- a abandonar el Peloponeso por el miedo ante una posible nueva rebelión hilota, no veía con buenos ojos la actitud ‘internacionalista’ de su rey.

Guerra contra Atenas.


En torno al año 510 a.C., Cleomenes acepta intervenir en los conflictos internos de Atenas a petición del linaje de los Alcmeónidas, exiliados de la ciudad debido a su enfrentamiento con el pisistrátida Hipias. Los Alcmeónidas (a cuya familia pertenece el posterior Pericles) llegaron a sobornar al Oráculo de Delfos para que sus profecías se mostrasen favorables a una intervención militar espartana.
Hipias, debilitado por la muerte de su hermano Hiparco unos años antes, tuvo que atrincherarse en la Acrópolis, y finalmente se vio obligado a rendirse. Depuesta la tiranía de los pisistrátidas, comienza una nueva lucha de poder entre Clístenes el Alcmeónida e Iságoras. Este último, de corte bastante pro-espartano, solicita la ayuda de los lacedemonios para hacerse con el control de Atenas, petición a la que Cleomenes accede encantado. Los Alcmeónidas son expulsados de nuevo y se llega a suprimir la boulé (órgano ciudadano establecido por Clístenes).

Estas medidas provocan un descontento generalizado entre los atenienses, que se alzan en armas y expulsan a Cleomenes y su guarnición espartana, propiciando el regreso triunfal de Clístenes, que por fin se verá en disposición de aplicar sus conocidas reformas.
Cleomenes, reticente a admitir la derrota, comienza a prepararse al año siguiente para atacar Atenas otra vez, pero sus aliados corintios se niegan a seguir inmiscuyéndose en los asuntos internos de otra polis, además de mostrarse recelosos de las crecientes ambiciones del rey espartano.
Cleomenes se topa también con la desconfianza de Demarato, el otro monarca lacedemonio, que también desaprobaba su conducta. Ambos discuten y finalmente alcanzan un acuerdo: a partir de entonces, sólo un rey espartano dirigirá al ejército, mientras que el otro permanecerá en Esparta. En virtud a esto, Demarato regresa a casa y se sitúa en un segundo plano político, dedicándose a sus pasatiempos favoritos (como las carreras de carros). Finalmente, con Cleomenes al frente y sin la ayuda de Corinto, la expedición lacedemonia fracasa miserablemente.

La revuelta jonia y el incidente de Egina

En 499 a.C., Cleomenes rechaza la petición de Aristágoras, tirano de Mileto, de apoyar la revuelta de las ciudades jonias de Asia Menor. Por este motivo, Esparta no participa en la expedición griega que ataca la satrapía más occidental de Persia, culminando en la toma y saqueo de su capital Sardes. Cleomenes prefiere dedicarse a asuntos más próximos, y en 494 ataca por sorpresa a Argos, asaltando la zona de Sepeia y matando a unos 6000 habitantes en suelo sagrado. Este suceso le granjeará no sólo el odio eterno de Argos, sino también cierto malestar en el seno de la propia Liga del Peloponeso.

Tras el fracaso de la revuelta jonia de Asia Menor, emisarios persas recorren las polis griegas solicitando la simbólica entrega de tierra y agua como acto de sumisión (las crónicas griegas de la época lo describen como medizar, en referencia a ‘ponerse al servicio de los medas’). La conocida reacción de Cleomenes es arrojar a los mensajeros a un pozo.
Pero el rey lacedemonio se ve obligado a modificar su política exterior. Ante una guerra inminente contra el Imperio Persa, Cleomenes se interesa ahora por ganarse la amistad de Atenas. Los atenienses mantenían disputas con la polis de Egina (situada en la isla de Eubea, que había medizado sin oponer resistencia), por lo que Cleomenes desembarca en Eubea en 491 con intención de tomar la ciudad.

La población de Egina, no obstante, se niega a rendirse ante el agíada, instigados probablemente por las intrigas de Demarato, que se había aburrido de sus juegos y trataba de recuperar un papel predominante dentro de Esparta. En una hábil maniobra, Cleomenes soborna al Oráculo de Delfos para que este anuncie que Demarato es un hijo ilegítimo, desencadenando su expulsión de Esparta. Desesperado, Demarato se refugia en la corte persa, y posteriormente actuará como principal guía y consejero de Jerjes durante la invasión de Grecia.
Volviendo a Egina, Cleomenes y el nuevo rey Leotíquides (que había participado en la confabulación contra Demarato) toman la ciudad y capturan a los cabecillas pro-persas más relevantes.

Últimos años

Este éxito resulta efímero, pues pronto es descubierto el soborno a la pitia de Delfos. Cleomenes es entonces desterrado, cosa que no acepta de buen grado, y rápidamente comienza a reunir partidarios de otras polis para ayudarle en un posible ataque a Esparta. Temiendo esto, y probablemente viéndose carentes de un liderazgo sólido, los espartiatas finalmente permiten el regreso de Cleomenes.

Sin embargo, atendiendo al relato de Heródoto, el hombre que regresa a Lacedemonia no está ya en sus cabales. Cleomenes se dedica a recorrer la polis de forma lunática, azotando y golpeando con un bastón a todo el que se cruza en su camino. Sus conciudadanos no tardan mucho en encerrarlo en una celda, llegando a encadenarlo. La locura de Cleomenes alcanza tal extremo que consigue engañar (o amenazar) a un guardián hilota para que le preste su espada, con la que más tarde se automutila hasta ocasionarse la muerte.
Resulta imposible saber si el encarcelamiento y muerte de Cleomenes realmente ocurrieron de esta forma. Tal vez sus hermanastros Leónidas y Cleombroto sencillamente le tendieron una trampa, capturándolo nada más regresar y ejecutándolo poco después. La hipótesis de su locura tampoco es descabellada teniendo en cuenta el carácter excesivo (a veces colérico y paranoico) que había mostrado durante casi toda su vida.
De una forma u otra, Cleomenes I de Esparta murió aproximadamente en 489 a.C. Su hija Gorgo (que posiblemente había ejercido cierta influencia sobre algunas de sus decisiones) fue desposada por Leónidas I, que se ciñó también la corona del linaje agíada. Y sobre este último, a estas alturas, poco resta ya por contar.

Cleomenes I en DBA.
El ejército espartano comandado con Cleomenes tanto en sus ataques contra Atenas como en sus conflictos del Peloponeso puede representarse con la lista 52b del I libro.
La lista es una 'monoplaquetada' en toda regla, con 11 elementos de lanzas (Sp) obligatorios, siendo uno de ellos el general (muy adecuado para representar a Cleomenes). Simbolizan el ejército griego por antonomasia de finales del periodo arcaico, en este caso una gran falange hoplítica integrada principalmente por los homoioi espartanos y algunos periecos. El elemento restante puede ser o bien otra plaqueta de 1x4Sp o bien 1x7Hd, los primeros siendo hoplitas periecos y los segundos una turba de hilotas con escasas nociones tácticas.