Anábasis. La retirada de los Diez Mil. Parte II.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Saludos. Habíamos dejado a los infortunados mercenarios de Ciro sin mandos, sin patrón ni paga y con la misma esperanza de vida que la virginidad de una hermosa muchacha en el templo de Istar de Babilonia. Durante la noche en la que supieron que todos sus estrategos habían muerto, Jenofonte de Atenas tuvo un sueño premonitorio. Inspiradamente, se levantó, y descubrió que al igual que él, muchos otros soldados no podían volver a conciliar el sueño. Convocó entonces a los pocos capitanes que quedaban, y organizaron una asamblea a la que llamaron a todos los soldados, y entonces les habló. Les dijo que ya no debían seguir pasando miedo ante la incertidumbre. Que ya sabían quién era el enemigo, donde estaba, y también sabían luchar. Les inspiró de tal manera que los volvió a unir. Apelando a lo mejor de ellos, tal y como Ciro había hecho en su día, los soldados volvieron a reunir valor. A pesar de lo desesperado de la situación, no habían entregado sus armas. Que la desesperación y el miedo podían dar fuerzas inesperadas. Que podían ser escoria, sí, pero escoria acorazada, y todavía no habían sido derrotados.
Jenofontes organizó la reelección de los mandos y nuevos estrategos. Él mismo salió elegido, junto a Timasión, Janticles, Cleanor y Filesio. Finalmente, y dado que ninguno de ellos era espartano, uno que sí lo era, llamado Quirísofo, se “ofreció” también a guiar el ejército. Los demás aceptaron. Después de todo, los espartanos dominaban entonces todas las ciudades griegas.
Una vez reestablecido el mando, elaboraron el plan de actuación. Sabían que no podían volver por el camino que habían tomado por dos motivos: ya habían agotado los recursos de dichos territorios en el camino de ida, y tenían que vadear el Eúfrates. Si bien no era complicado en condiciones normales, la presencia de los enemigos hostigándoles y cambiando a voluntad los flujos de agua de los canales de la región, podía convertir aquella operación en una carnicería. De modo que decidieron buscar un nuevo paso fuera del alcance de Artajerjes: caminarían por el margen izquierdo del Tigris, remontándolo hasta las tierras altas, más allá de Asiria, donde la corriente del Eúfrates fuera muy pequeña y fácilmente vadeable. Si ahora echáis un vistazo a un mapa histórico de Mesopotamia, veréis que aquello suponía más de mil kilómetros antes siquiera de cruzar el río. De modo que apretaron los dientes y echaron a andar.

Por su parte, Artajerjes seguía con su política indecisa. No presentó resistencia a campo abierto, sino que cedió a Tisafernes doscientos jinetes y muchos honderos y arqueros para hostigar al enemigo. ¿Se equivocaba Artajerjes? En realidad, enfrentándose a los griegos, sólo estaba en juego su orgullo. Pero eso, para un iranio Rey de Reyes significaba mucho. Tal vez decidiera “ignorarlos” para no exponerse a nuevas derrotas. Les atacó, pero no con total decisión.
Tisafernes comenzó pronto el hostigamiento. Tras el primer enfrentamiento, en el que los hostigadores persas causaron mucho daño, protegidos por la caballería, Jenofonte, que dirigía la retaguarda de la marcha, tuvo que cargar contra ellos temerariamente. Por supuesto, no los alcanzó, pero ganó algo de tiempo. Esa misma noche comenzó la reforma del ejército. Para empezar, contaba sólo con un número reducido de peltastas. Necesitaba más hostigadores. Convocó a los rodios del ejército y pagándoles algo más, éstos hicieron de honderos. Como usaban proyectiles de plomo, tenían más alcance que los persas. Luego, aumentó el número de peltastas, organizó también a los arqueros y por último, consiguió reunir un pequeño escuadrón de cincuenta jinetes con caballos persas. De este modo, con tropas capaces de alcanzar a sus enemigos, siguieron avanzando.
Desde ese momento, Tisafernes y Arieo, que llegó con refuerzos, ya no fueron capaces de hacer mucho daño directamente. No obstante, siguieron hostigándoles, adelantándose y tomando cimas que controlaban el camino de los griegos, quemando aldeas y matando a las partidas de forrajeadores griegas que encontraran dispersas. Pero el grueso de los mercenarios siguió adelante.

Finalmente, llegaron al pie de las montañas de Asiria, que estaban habitadas por los feroces carducos (hoy conocidos como kurdos, según parece). Los carducos no respondían ante el Rey, y en sus montañas eran poco molestados. Se organizaban en tribus, y sus guerreros luchaban como hostigadores, equipados con arcos, debido a lo accidentado de la región. Eran extremadamente ágiles y rápidos. Sólo con gran inquietud, los griegos dejaron atrás la llanura y comenzaron la penosa ascensión al país de los carducos.
Cuando llegaron al primer poblado, los carducos huyeron llevándose lo que pudieron. Sin embargo, fueron a buscar a sus vecinos. Esa misma noche, emboscaron a los soldados de retaguardia y mataron a algunos. Cuando cayó la noche, los griegos acamparon, y observaron con aprensión cómo por todas las laderas a su alrededor, los carducos encendían decenas de hogueras. Les estaban observando. Tenían paciencia.
Los días que siguieron fueron terribles. Los mercenarios tuvieron que dejar atrás gran parte del bagaje que llevaban en carros, pues sólo acémilas eran capaces de transitar por lo caminos de la montaña. Por donde menos lo esperaban, los carducos aparecían y les disparaban. Sólo cuando los soldados se lanzaban hacia ellos, retrocedían y desaparecían ágilmente tras las rocas. Era muy difícil defenderse, porque la columna griega formaba una larguísima línea por estrechos caminos. Sin embargo, desarrollaron algunas tácticas muy útiles. Si los carducos atacaban a la vanguardia, se enviaba un mensaje a retaguardia. Desde allí, una fuerza especial de peltastas y hoplitas rodeaba las montañas y trataba de alcanzar posiciones más elevadas que los carducos para atacarlos y ponerlos en fuga, o atraparlos en dos frentes. Lo mismo hacía si atacaban la retaguardia o el centro de la línea. Sin embargo, una una lucha agotadora, y los carducos no dejaron muchos alimentos que pudieran tomar los griegos.

En unos días, vislumbraron por fin el camino que descendía hasta el valle del río Centrites, la frontera de los carducos con la satrapía de Armenia. Los griegos se animaron y alegraron, y apretaron el paso. Atrás habían dejado los cadáveres de muchos compañeros, algunos de ellos extraordinariamente valientes, aquéllos que dirigían los temerarios asaltos contra los feroces carducos. Pero pocos duran las alegrías a un mercenario griego perdido en Asia. Tan pronto como llegaron a la llanura del río, apareció en la ribera opuesta un ejército bastante grande enviado por el sátrapa, con muchos jinetes y numerosa infantería, compuesta por mardos, armenios y lanceros cálibes. Para colmo, el Centrites venía bien alto. Los soldados no hacían pie, y tenía el río casi sesenta metros de ancho.
Durante un par de días, ambos ejércitos se vigilaron, sin decidirse a hacer nada. Pero el tiempo corría en contra de los griegos. El invierno estaba llegando, y no tenían comida. La fortuna les sonrió, no obstante, cuando un joven encontró por accidente un vado algunos kilómetros río arriba. Quirísofo dirigió el grueso de las tropas hacia el vado. En la otra orilla, los jinetes les seguían. Mientras, Jenofontes seguía a la retaguardia con las tropas ligeras.
Entonando el peán y haciendo mucho ruido, Quirísofo lanzó las tropas al vado. Al mismo tiempo, Jenofonte lanzó a las suyas hacia atrás a toda velocidad, como si quisiera cruzar por el punto por el que habían llegado por primera vez al río. Los enemigos pensaron que los griegos pretendían cruzar por dos puntos y atraparlos en una pinza. Ante la confusión, retrocedieron, retirándose de las orillas, y ocuparon el camino principal que ascendía del río. Justo en ese momento, los carducos se lanzaron contra la retaguardia de Quirísofo, que todavía no había cruzado. Confusión. Lucha en varias direcciones. Órdenes complejas difícilmente transmitidas. Jenofonte deshizo entonces el camino andado para socorrer a Quirísofo. Con mucho valor, defendieron el vado mientras el grueso del ejército griego terminaba de cruzar. Quirísofo se lanzó entonces hacia el camino, mientras Jenofonte y sus peltastas y honderos se retiraban ordenadamente, aunque con bajas, por el vado, dejando a los carducos atrás. Los griegos estaban furiosos, y cargaron contra la caballería, que no aguantó mucho tiempo antes de volver grupas y retirarse. Cuando la infantería armenia vio a los hoplitas volviéndose hacia ellos con cara de pocos amigos, decidieron que ya tenían suficiente, y huyeron.

Así entraron por fin en Armenia. Llegaron al mismo tiempo que las primeras nieves, para su desgracia. Al día siguiente, el sátrapa de Armenia, Tiribazo, se acercó y decidió negociar con ellos: tendrían paso franco y les darían mercado, pero no debían destruir nada. Los griegos aceptaron. Avanzaron con guías hacia algunas aldeas. Sin embargo, un día capturaron a un espía persa, y en el interrogatorio les confesó que Tiribazo les preparaba una emboscada en las montañas que tenían delante. Decidieron por tanto enviar urgentemente y por sorpresa a los peltastas a tomar la posición que debía controlar Tiribazo para la emboscada. La operación tuvo éxito, y capturaron muchos caballos y la tienda donde iba a dormir el sátrapa, hecha de metales preciosos. Así cruzaron y se pusieron a salvo. Tiribazo, ante la bajada de las temperaturas, decidió dejar actuar al “general invierno”, y sin arriesgar más tropas, se retiró a observar.
Tres días más tarde, los griegos vadeaban las heladas aguas del Eúfrates sin mojarse más arriba de la cintura. Poco después comenzaron las tormentas de nieve. Un día, los griegos se despertaron, y la nieve les llegaba a la cintura.
El avance desde allí fue penoso. Las acémilas se morían de frío. Muchos griegos se dejaban caer en la nieve, agotados y helados, y se negaban a seguir avanzando, abandonándose a la muerte. Pies helados. Orejas y narices congeladas... Debían descalzarse de noche para que las correas de las sandalias no se les clavaran en la piel. Fiebre. Enfermedad... Alimento para los buitres en la siguiente primavera, cuando la nieve se retirara y descubriera los cadáveres. Los carroñeros también sabían esperar.

Por fin llegaron a la región de Capadocia y sus famosas casas subterráneas. Aquí, los habitantes les dieron cobijo en las cuevas. Jenofonte describe aquí sus costumbres y modo de vida.
Aquí descansaron unos días antes de seguir.
Algunas jornadas más adelante, en los límites septentrionales de Armenia, les aguardaban tropas de infantería de cálibes y taocos, pagados por el sátrapa, en una cima que controlaba su camino. Aquí Jenofonte describe un “pique” entre espartanos y atenienses. Jenofonte reta con sorna al espartano Quirísofo a que “robe” la cima a los enemigos, ya que en Esparta se les enseña desde niños a robar (léase en “La República de los Lacedemonios”, de Jenofonte). Quirísofo replica, con cierto ingenio: “Oh, pero yo he oído que los atenienses premian con cargos importantes a los que mejor roban dinero público. Prueba tú, entonces, ya que eres ateniense”.
Tras tomar la cima, avanzaron hasta llegar al país de los Taocos. Este pueblo ofreció mercado a los griegos, y éstos les compraron numerosas reses para tener comida en las siguientes etapas. Así, llegaron al país de los cálibes, que tenían armaduras de lino y esparto y portaban largas lanzas. Los cálibes se encerraron en sus fortalezas, y no dieron mercado a los griegos. Éstos no encontraron comida en el territorio, y consumieron lo que habían tomado a los taocos.
Por fin salieron del país de los cálibes. La vanguardia griega subió al monte Teques, y se produjo un gran griterío. Los soldados de retaguardia se inquietaron, y marcharon rápidamente. Jenofonte describe entonces la alegría de aquellos famélicos, agotados y diezmados hombres, porque desde la cima, hacia el norte, vieron el mar. Los griegos lloraron, y elevaron allí un trofeo. Bajaron entonces llenos de alegría, porque pensaron que ya estarían casi en casa. Habían llegado a a la costa norte de Anatolia, donde ya había muchas colonias griegas, como Heraclea o Sínope. Pero estaban muy equivocados.

Tenían todavía que avanzar por la costa hacia el oeste hasta llegar a estar frente a Tracia, en la entrada al Ponto Euxino. El camino pasaba por las colonias y territorios bárbaros alternativamente. Peo, para empezar, las colonias griegas no los recibieron precisamente con los brazos abiertos. Éstas habían establecido delicadas relaciones con los pueblos autóctonos vecinos, con los que comerciaban. La irrupción de un enorme ejército de griegos hambrientos, sin dinero y armados hasta los dientes no podía ser vista con buenos ojos. Les convenía, por tanto, para que los hombres de Jenofonte no saquearan cada región, darles mercado. Pero los mercenarios no tenían mucho dinero, y eran muchos para sostenerlos durante muchos días. Por lo tanto, la principal preocupación de las colonias era que los mercenarios siguieran su camino sin armar jaleo. Para ello, pusieron en práctica diversas políticas, unas amistosas y otras más hostiles, con resultados dispares.
En primer lugar, los mercenarios llegaron a Trapezunte,(también conocida como Trebisonda) colonia griega en la Cólquide. Comenzaron a saquear a los colcos, pero los trapezuntios intervinieron enseguida, ofreciendo mercado y acogiendo a los mercenarios. Al principio, todo fue bien, y el ejército votó por seguir el camino por mar. La colonia les cedió algunos barcos. En uno de ellos, Dexipo y unos cincuenta hombres huyeron y nunca más supieron de él el resto de los mercenarios. Quirísofo tomó otro, y argumentando que él conocía a Anaxibio, jefe de la flota peloponesia, podría traer barcos. Tampoco supieron de él en mucho tiempo. Con el otro, Polícrates de Atenas comenzó a dedicarse a la piratería, asaltando y capturando barcos para transportar a todo el ejército. Pero eran insuficientes, y mientras el ejército consumía los recursos de la región. Cuando ya no hubo comida en las cercanías, los trapezuntios se ofrecieron a guiar a las expediciones de forraje del ejército, pero no los guiaban a lugares fáciles de atacar, (tenían que cuidar sus relaciones con los colcos, después de todo), , sino que los llevaban contra tribus lejanas más hostiles, como los drilas.
Como seguían sin tener noticias de Quirísofo, Jenofonte se dio cuenta de que debían seguir el camino por tierra, ya que no quedaban más recursos en la región. Malhumorados, los griegos volvieron a ponerse en marcha.
Atravesando territorios de mosinecos y tiberenos, llegaron a la colonia de Cerasunte. Aquí, uno de los capitanes del ejército, desobedeciendo la orden de no saquear el territorio, atacó a algunas aldeas de bárbaros aliados de los cerasuntios. Los embajadores de la colonia llegaron con protestas al campamento. La tensión no cesaba de aumentar, y el camino se ponía cada vez más difícil. Tuvieron que seguir adelante.

Las noticias del avance de los mercenarios corrían veloces, y a donde llegaban, cada vez estaban más preparados. Además, la desconfianza dentro del ejército aumentaba antes las recientes muestras de indisciplina y traición por parte de algunos de sus compañeros. Su moral estaba por los suelos.
Jenofonte sabía que tenía que seguir adelante, y, siendo consciente de que las colonias estaban interesadas en que marcharan rápidamente, les enviaba mensajes por delante, ordenando que arreglaran caminos o les dieran barcos. Incluso pensó en fundar una nueva colonia con el ejército, como alternativa, pero sus hombres ya no querían estar más tiempo lejos de sus hogares.
De modo que, cuando las noticias llegaron a Sínope, que estaba todavía a muchas jornadas de distancia, los mercaderes decidieron enviar barcos al ejército para que salieran cuanto antes del Ponto. Los griegos se alegraron de esto, y, recogiendo sus escasos bagajes, montaron en las naves en la colonia de Cotiora, y se hicieron a la mar, en dirección al oeste. Cada noche tenían que acampar en tierra, pero aun así, el avance por mar fue mucho más rápido.
Una vez los griegos pasaron Sínope y llegaron a las costas de los paflagonios, encontraron a Quirísofo, que en una trirreme, había vuelto de ver a Anaxibio. Sólo les informó de que el espartano les felicitaba y les informaba de que cuando llegaran a Heraclea, serían de nuevo contratados para el ejército lacedemonio.
Desde ese momento, se sintieron muy seguros, y por lo tanto, las distintas procedencias del ejército comenzaron a pesar. Ya no eran griegos, sino un conjunto de arcadios, atenienses, rodios, etc. Los mercenarios decidieron elegir un único estratego para guiar al ejército. Se lo propusieron a Jenofonte, pero éste lo rechazó diciendo que era insensato que si había sólo un líder, éste no fuera espartano, ya que éstos ahora eran los dueños de todos los griegos. Quirísofo fue elegido entonces.
Pero éste no era apreciado por todos. Cuando la expedición llegó por fin a Heraclea, cerca ya de la entrada del Ponto, abandonaron los barcos, y el ejército se fragmentó: arcadios y aqueos por un lado, Quirísofo con los soldados más afines a los lacedemonios, por otro. Por último, Jenofonte y los soldados más sensatos, por su lado.
Pero por separado, los fieros mercenarios se volvieron vulnerables. Mientra Jenofonte planeaba la salida de la región, los demás se dedicaron a saquear y atacar a los bitinios. Pero habían olvidado que todavía estaban en territorio del Rey. La satrapía estaba al mando de Farnabazo, que había susituido a Ciro el Joven. Y Farnabazo era un guerrero astuto. Cuando los bitinios se le quejaron de las molestias y los daños que causaban los griegos, Farnabazo organizó su ejército con numerosos jinetes, y estudió los movimientos de los griegos. Esperó al momento adecuado, y en un ataque brutal, aisló un cuerpo de mercenarios, y los atacó hasta exterminar a quinientos hoplitas: más bajas que en la batalla de Cunaxa.
Rápidamente, los mercenarios llamaron al ejército de Jenofonte para que acudiera en su rescate, pues se habían dado cuenta de que ya no podían seguir separados. Éste acudió al rescate de los restantes hombres, y rechazó en batalla al ejército de Farnabazo. Éste no se decidió a atacar viéndolos fuertes, ya que, aunque podía vencerles, resultaría muy costoso y no habría ganancia alguna. Siguió hostigándolos sin arriesgar mucho, y entonces jugó la carta de la política, lo que también hacía muy bien.



Los mercenarios estaban ya muy cerca del Bósforo. Farnabazo contactó con Anaxibio, jefe de la flota peloponesia. Los espartanos debían muchos favores a los persas, y en aquellos momentos, mientras trataban de afianzar su recién conseguida hegemonía sobre todos los griegos, no estaban interesados en enfrentarse al sátrapa. Por lo tanto, Farnabazo no tuvo muchas dificultades en conseguir que Anaxibio exhortara a los griegos para que cruzaran el Bósforo y pasaran a Bizancio, ya fuera de Asia. Anaxibio no debió resultar muy caro de sobornar, seguramente. Envió embajadores al ejército, diciéndoles que si llegaban a Bizancio, tal y como había dicho Quirísofo, recibirían soldada y serían incorporados al ejército. Llenos de esperanza y alegría, los que quedaban de los Diez Mil navegaron hasta Bizancio, después de elegir a otro líder, Cleandro, que les prometió darles en mano la soldada. Jenfonte, mientras, desconfiando, se separó del ejército y comenzó a pensar en su propio retorno a Atenas.
Pero una vez en Bizancio, Anaxibio no cumplió su promesa para con los mercenarios. No les pagaba soldada. Muchos, desesperados, vendieron sus armas y se dispersaron por la ciudad. Otros comenzaron a causar tumultos. Pero no tendrían suerte. Estaban malditos. Artajerjes II los había marcado, y ningún persa los contrataría. Tampoco lo haría ningún harmoste espartano si quería llevarse bien con los persas. Juntos, habían luchado contra el Gran Rey y le habían humillado, y habían cruzado una ruta infernal hasta llegar a Bizancio, pero no habían obtenido más beneficio que su propio pellejo surcado de cicatrices y un buen número de historias que contar. Eran un estorbo para todos los bandos. Anaxibio les ordenó salir de la ciudad, con la amenaza de vender como esclavo al que encontraran dentro de la ciudad al final del día. Los soldados, agotados, sin dinero y sin patrón, de nuevo eran traicionados. Sólo que en las afueras de la polis comenzaba Tracia, país rico y lleno de feroces tribus. Los soldados no tenían ni las fuerzas ni la moral para atravesar el país. Se rebelaron en la ciudad cuando quedaban ya pocos dentro, y entonces, el harmoste de Bizancio se dio cuenta de lo peligrosos que eran aquellos hombres, que ya no tenían nada que perder. Entonces, se acordó de Jenofonte. Lo hizo llamar para que intercediera por aquellos hombres, y Jenofonte llegó a Bizancio. Por entonces, el rey tracio sin trono Seutes había contactado con él, y se mostró interesado en contratarlos. Con Seutes estaba Dexipo, el traidor, que abandonó a sus compañeros tras prometerles regresar con barcos, y que no dejaba de injuriar a Jenofonte ante Seutes. Aun así, el ateniense consideró que aquella era la mejor opción, y tomando de nuevo el mando del ejército, aplacó su ira y les condujo fuera de Bizancio, hacia el campamento de Seutes. Así empezó la última campaña de los Diez Mil.
Seutes había sido destronado por una tribu tracia, y estaba reuniendo un ejército con la ayuda de su valedor, el rey Medósades. Cuando supo de los soldados de Ciro, consideró que era una buena oportunidad para reforzar su ejército. Les prometió una buena soldada, y los contrató.
Pronto se dieron a valer los experimentados y fieros mercenarios. Tribu tras tribu, fueron derrotándolos hasta que sus jefes tuvieron que pactar con Seutes. De repente, los hostiles se convertían en amigos. Seutes avanzó imparable hasta sus antiguos dominios, y cuando llegó, había conseguido tantos nuevos aliados que ya superaban en número a los griegos. Entonces fue cuando el tracio comenzó a pensar que tal vez podía ahorrarse la soldada de los griegos. Ya tenía muchos hombres, y en caso de que se rebelaran contra él, podía hacerles frente.
Los griegos se volvieron hacia Jenofonte, y muchos clamaban que el ateniense les había engañado. Indignado, Jenofonte suplicó ante Seutes que no les traicionara, y que cumpliera sus juramentos. Seutes se había dejado envenenar contra Jenofonte por Dexipo. Pero el ateniense apeló a su honor. El discurso de Jenofonte ante Seutes es una preciosidad, y merece la pena que lo leáis.

Finalmente, Seutes accedió a pagarles en especie: ganado, algo de oro y esclavos para vender, pues el tracio argumentó que no tenía más oro con que pagarles. Furiosos por el desaire, los mercenarios aceptaron, aconsejados por Jenofonte.
Pero en aquellos meses, la guerra entre Esparta y los sátrapas Farbanazo y Tisafernes había comenzado, y el rey Agiselao preparaba una expedición a Asia. Buscaron a los mercenarios para enrolarlos. Como peones de un partida de ajedrez, volvían a ser requeridos para lugar contra los persas.
Cuando salieron de Tracia, Jenofonte no tenía dinero ni para volver a Atenas. Cruzó el Bósforo llegó a la región lidia, buscando a Tibrón para entregarle el ejército. Por el camino, asaltó una posición defensiva de uno de los generales persas, Asidates. Con un puñado de hombres, asedió su torre, perforó el muro y tomaron gran botín. Entre tanto, llegaron refuerzos persas, y los griegos tuvieron que retirarse luchando y protegiendo el gran botín que habían obtenido.
Por fin se reunieron con Tibrón. Los soldados se despidieron de Jenofonte, y le dieron muchos regalos en agradecimiento. Y así, enrolados de nuevo al mando de Tibrón y posteriormente, Agiselao, y cerca de donde había comenzado su ascensión hacia el Rey, terminó la historia de los Diez Mil. Cito el final: “ La suma del recorrido completo ascendió a doscientas quince etapas, treinta y cuatro mil seiscientos cincuenta estadios. El tiempo transcurrido, un año y tres meses.”

La importancia de la Anábasis se comprendió bien cuando el documento cayó en manos de Filipo de Macedonia y su hijo, Alejandro. A lo largo de sus páginas, Jenofonte describe con detalle el camino para invadir Asia: los lugares adecuados para alimentarse, la distancia entre aldeas, el tiempo de respuesta de los ejércitos y guarniciones persas y de otros pueblos bárbaros... Alejandro aprendió también cómo luchar contra los carros falcados, dónde cruzar el Eúfrates, y, sobre todo, qué debía hacer para convertirse en rey de los persas, y no sólo en conquistarlos. Alejandro aprendió que si quería sustituir a Darío III, debía enfrentarse a él en el campo de batalla y vencerle, para que los nobles persas pudieran aceptarle como nuevo líder. Por eso, la danza mortal del ejército macedonio en la llanura de Gaugamela tenía como fin que Alejandro llegara a Darío y lo matara. Lo demás no tenía importancia.



LOS DIEZ MIL PARA DBA.
En Fanaticus, Greg Kelleher posteó un ejército para representar a los Diez Mil, balado en la lista II/5i, sin caballería y con tres psilois como opcionales.
http://www.fanaticus.org/DBA/armiesofthefanatici/GregKelleher/Xenophon/index.html
Personalmente, después de leerme el libro, me parece una propuesta bastante acertada, y a continuación, ampliaré la adaptación.
Para empezar, debería aparecer la opción de Cv en lugar de una Sp, para representar a los jinetes que organizó Jenofonte.
Luego, la peana obligatoria de psiloi debería representar a arqueros y honderos rodios.
Las otras dos peanas opcionales, salvo Sp, podrían ser perfectamente Ax o Ps. En las batallas contra los carducos, los peltastas hicieron funciones tanto de Ps, hostigando a distancia, como Ax, buscando el combate cuerpo a cuerpo contra el enemigo, incluso incorporando hoplitas en formación dispersa a su número. Por lo tanto, una de las peanas podría perfectamente ser Ax. Yo diría que la lista ideal sería:
1Sp(gen), 1 Cv, 7 Sp, 1 Ps (honderos), 1 Ps (peltastas), 1x Ps o Ax (peltastas).