Crisis de la República Romana V: Cicerón y Lúculo

sábado, 19 de septiembre de 2009

Nuestro colega Xoso ha preparado esta quinta entrega de su serie sobre los últimos años de la República Romana. Un excelente trabajo sobre un periodo sumamente complejo. A disfrutarlo con salud.

Si en el artículo anterior repasábamos la campaña de Pompeyo en Hispania (76 - 71 a.C.) y la guerra servil de Espartaco (73 - 71 a.C.), me gustaría dedicar el siguiente apartado a una de las figuras más peculiares de aquella época. Se trata de Marco Tulio Cicerón, sin duda un personaje bastante secundario en el gran conjunto de acontecimientos que constituyen la crisis de la República romana en el s. I a.C., pero cuyos escritos, discursos y correspondencia nos ofrecen un relato de primera mano de muchos de los sucesos de entonces. Además, sus casi 900 cartas conservadas no fueron retocadas para su publicación, lo cual añade un punto adicional de viveza e inmediatez a su testimonio.

Cicerón nació en el año 106 a.C. en Arpinum, una pequeña población de Campania. De ascendencia oligarca y perteneciente a la gens Cornelia, se trasladó a Roma durante su niñez, en compañía de su hermano pequeño Quinto. Ya en su juventud, recibió importante influencia de oradores como los Escévolas, durante cuyas clases de derecho civil conoció a su gran amigo, Pomponio Ático. Más tarde desempeñó el obligatorio servicio militar combatiendo en la Guerra de los Aliados. Avanzada la década de los 80, tras completar su formación retórica y jurídica, entró en contacto con la filosofía platónica, especialmente Filón de Larisa. A través de sus enseñanzas adoptó Cicerón la doctrina del escepticismo, a la que habría de permanecer afín el resto de su vida.

Sus afiliaciones políticas durante esta etapa temprana resultan algo más difíciles de esclarecer. A finales de los 80 participó como abogado en diversos procesos judiciales, en ocasiones defendiendo a marianistas e incluso atacando directamente algunos aspectos del régimen silano. Ya fuese por esto último u otros motivos, en el 79 a.C. Cicerón se marchó de Roma (según Plutarco para escapar de una posible venganza de Sila) y recorrió Grecia los dos años siguientes. Es entonces cuándo conoce a Antíoco de Ascalón (discípulo de Filón) y a Posidonio de Apamea, durante su estancia en Rodas. Cicerón regresará a Roma tras la muerte de Sila y continuará su cursus honorum con normalidad, siendo cuestor de Sicilia en el año 75 a.C.

Lúculo en Oriente.

Si la estabilidad política de Asia Menor era frágil tras la marcha de Sila rumbo a Italia en el 83 a.C., muerto el dictador unos pocos años más tarde la situación se desmoronó definitivamente. Mitrídates intentó desperadamente que el senado romano ratificase el tratado de paz que había firmado con Sila en Dárdano (85 a.C.), algo que no consiguió. El motivo era muy sencillo: Sila no poseía ningún tipo de legitimidad formal en aquellos momentos, por lo que a ojos del senado aquel tratado no pasaba de un simple acuerdo privado.

Resignado, Mitrídates comenzó a prepararse para un nuevo enfrentamiento, que tanto él como los romanos consideraban inevitable. En el año 74 a.C. selló un pacto con Quinto Sertorio, para apoyarlo en su rebelión en Hispania y mantener a Roma atrapada entre dos frentes. A cambio de dinero, barcos y armamento (tal vez nunca llegaron, o en todo caso en reducidas cantidades), Sertorio envió asesores militares a Mitrídates, que le serían muy útiles de cara a la guerra que se avecinaba.

Ese mismo año se produjo una nueva vuelta de tuerca a la situación en Asia: muere Nicomedes IV de Bitinia, legando su reino a Roma por vía testamentaria. Uno de los cónsules romanos de ese año, M. Aurelio Cota (tío de Julio César), obtuvo Bitinia como provincia para incorporarla a la habitual administración romana. El otro, Lucio Licinio Lúculo, recibió Cilicia y Asia. Hombre de confianza de Sila durante la I Guerra Mitridática y militar de probada valía, Lúculo apenas necesitó esfuerzo para hacerse también con la dirección del nuevo conflicto contra el Ponto que estaba a punto de estallar.

Mitrídates tomó rápidamente la iniciativa al declararse las hostilidades. Invadió Bitinia, derrotó contundentemente a Cota en Calcedón y lo persiguió en su retirada a Cyzicus, a la que seguidamente puso bajo asedio. Ya en el año 73, Lúculo obtuvo su imperium proconsular y marchó en auxilio de Cota. Sorprendió a Mitrídates en Cyzicus, donde el monarca póntico fue derrotado y hubo de retirarse (con numerosas bajas) de vuelta a sus dominios. Lúculo aprovechó el momento para reclutar rápidamente una flota entre las diversas poleis griegas de Asia Menor, con la que expulsó a la armada póntica de Ilión y Lemnos.

Aprovechando esta dinámica favorable y una evidente superioridad logística, Lúculo invadió el Ponto. A continuación se sucedieron una ingente serie de escaramuzas y pequeños combates, pues Lúculo no deseaba enfrentarse directamente a Mitrídates en campo abierto por temor a la superior caballería con la que contaba este. Finalmente, en el año 72, se produjo una batalla decisiva en Cabira, donde Lúculo consiguió imponerse y poner en fuga al monarca póntico. Mitrídates buscó refugio en Armenia, junto a su yerno Tigranes; Lúculo decidió no perseguirlo, concentrando sus esfuerzos en continuar la lenta conquista del reino del Ponto. La tarea pudo darse por completada en el año 70 a.C., con la toma de las principales ciudades (Sínope y Amisus) y la firma de una alianza con Macares, el gobernador a quien Mitrídates había dejado a cargo del Bósforo cimmerio. Sólo entonces inició Lúculo los preparativos para invadir Armenia.

El agitado año 70.

Mientras Lúculo guerreaba en Oriente, Craso conseguía reprimir la sublevación de Espartaco. Llegado el año 70, con las aguas volviendo a su cauce en Italia tras la tempestad provocada por la guerra sertoriana de Hispania y la revuelta servil, los resultados de las elecciones consulares no sorprendieron a nadie.

Pompeyo contaba entonces sólo 36 primaveras y no había desempeñado aún ninguna magistratura, pero una carrera militar tan fulgurante y exitosa al servicio de la oligarquía silana no podía quedarse sin recompensa. El joven aristócrata se vio obligado incluso a pedir a su amigo Varrón que le escribiese un ‘manual’ acerca de los usos y costumbres de las reuniones del senado, pues como cónsul estaba obligado a presidirlas. En el cargo le acompañó, por supuesto, Craso, muy reforzado por su victoria contra Espartaco y poseedor de una enorme fortuna acumulada a base de comprar a precios ridículos las propiedades de los proscritos perseguidos por Sila. Curiosamente, pese a una común procedencia política y a una notable coincidencia en sus objetivos, ambos cónsules nunca mantuvieron relaciones especialmente fluidas y la rivalidad entre ambos era muy grande.

Si el consulado de Pompeyo y Craso dejó algo muy claro, fue que la ambición de ambos superaba con creces el verse reducidos a meras herramientas de la oligarquía predominante. Así se entiende su intensa política reformista, encaminada sin ninguna duda a minar y remodelar el propio régimen silano que les había acunado en el seno del poder. Una de las primeras iniciativas que tomaron los dos nuevos cónsules fue restituir completamente los poderes de los tribunos de la plebe, magistratura degradada y ‘amordazada’ por Sila apenas una década antes. Esta medida causó evidente turbación y desconfianza entre la oligarquía silana, pero ello no detuvo a Pompeyo y Craso, que impulsaron también un notable esfuerzo por cerrar heridas del pasado todavía abiertas.

Se permitió así regresar a Roma a aquellos que hubiesen seguido a Lépido o Sertorio, aunque las prohibiciones contra los hijos de los proscritos continuaron vigentes. De todas formas, fue esta una maniobra importante pues gracias a ello pudo realizarse al fin un censo completo, por primera vez desde el 86 a.C. y por última hasta el 28 a.C., ya en época de Augusto. Las nuevas cifras del año 70 nos hablan de unos 900.000 ciudadanos, varones adultos, evidenciando la gran integración de la población itálica dentro de la ciudadanía romana. El censo sirvió también para efectuar una “depuración” del senado en un intento de recuperar el prestigio perdido por la cámara debido a los ingentes y habituales casos de corrupción y tráfico de influencias. En total, se expulsó a 64 senadores, algunos de los cuales habían desempeñado incluso el consulado en años recientes (como Léntulo Sura).

Marco Tulio Cicerón.

El año 70 a.C. fue también testigo de uno de los procesos judiciales más célebres de toda la República Romana, el de Cicerón contra Cayo Verres. Nacido en torno al 120 a.C., Verres había sido un fiel partidario de Mario y los sectores popularis durante su juventud, llegando a colaborar activamente con Cinna cuando el apogeo de este. Sin embargo, llegada la hora de la verdad con el estallido de la guerra civil en el 83 a.C., se cambió rápidamente al bando de Sila y recibió como recompensa valiosas propiedades en Benevento (Campania). En el año 80 desempeñó la cuestura en Asia, y apenas dos años más tarde se vio envuelto en el proceso judicial contra Cornelio Dolabella, el corrupto gobernador de Cilicia. Verres consiguió salir indemne del asunto, posiblemente a cambio de testificar contra Dolabella. En el 74 a.C. fue nombrado pretor de Roma a base de sobornos, aprovechando entonces su cargo para ganarse las simpatías y favores necesarios para obtener el gobierno de Sicilia poco después.

Gracias al revuelo de la guerra servil de Espartaco, Verres se mantuvo al mando en Sicilia entre los años 73 y 71 a.C., aprovechando que Q. Arrio, el encargado de sustituirle en 72 a.C., debió permanecer en Italia debido a la rebelión. Los testimonios de la época hablan del peor bienio de la historia de Sicilia bajo dominio romano, peor aún que los años de la I Guerra Púnica o las guerras serviles sicilianas. El nombre de Verres se convirtió en sinónimo de abuso, extorsión y todo tipo de crímenes: saqueó diversos templos y lugares públicos, endureció ilegalmente los tributos y cometió todo tipo de extorsiones contra los propietarios de tierras, obligándolos a pagar cuantiosas sumas de dinero para evitar la ejecución de sus esclavos, bajo la acusación de formar parte de la revuelta servil de Italia (que, recordemos, nunca llegó a Sicilia).

El status jurídico de los gobernadores romanos en sus provincias se equiparaba prácticamente al de un rey, por lo que los desesperados sicilianos debieron aguardar al año 70 para denunciar a Verres y pedir a Cicerón (que había sido cuestor de la isla en 75 a.C.) que dirigiese la acusación durante el juicio. La tarea no fue fácil: Verres contaba con el apoyo absoluto de la oligarquía silana, que desde el primer minuto se esforzó en poner todo tipo de trabas al proceso. Cicerón tuvo suerte, no obstante, en tanto que el pretor romano encargado de presidir el tribunal era Manio Acilio Glabrio, un hombre honesto e inmune a los intentos de soborno de Verres. El abogado defensor, Quinto Hortensio, fracasó en su intento de posponer el juicio, y Cicerón obtuvo permiso del tribunal para viajar a Sicilia y poder reunir testigos y pruebas.


A su regreso en junio, Cicerón fue elegido edil pese a, de nuevo, los esfuerzos de Verres para evitarlo. No obstante, Hortensio y Quinto Metelo (amigo de Verres) obtuvieron el consulado, mientras que uno de los hermanos de Metelo, Marco, se hizo con la pretura. En la práctica aquello significaba que, de alargarse el juicio hasta el inicio del año 69, Verres sería absuelto por activa o por pasiva. La estrategia de Cicerón se centró entonces en evitar que el proceso se prolongase: redujo al mínimo sus discursos durante la reanudación del juicio (a comienzos de agosto) y pasó directamente al interrogatorio de testigos. El resultado de los testimonios fue tan demoledor que Hortensio no se atrevió a replicar. Pese a un nuevo aplazamiento del juicio por festividades, Verres era ya consciente de que ni siquiera un tribunal compuesto exclusivamente por senadores (muchos de ellos amigos suyos) podría declararle inocente. Abandonó Roma camino del exilio y, con la reanudación del juicio en septiembre, fue condenado en ausencia a una fuerte multa y a infamia pública. Sin posibilidad alguna a regresar, se refugió en Massilia. Allí viviría con relativa tranquilidad hasta el 43 a.C., cuándo fue proscrito y ejecutado por orden de Marco Antonio.

Los discursos de Cicerón durante el juicio contra Verres podéis consultarlos, en su lengua original, aquí.