Crisis de la República Romana IV: Auge de Pompeyo

viernes, 12 de junio de 2009

Las limitaciones (y errores) de la reforma silana se hicieron patentes muy pronto; prácticamente nada más retirarse Sila del primer plano político. La ‘herencia’ dejada por su dictadura condicionará la vida política romana durante casi todo el periodo republicano restante. Basta con echar un vistazo a los cuatro grandes sectores políticos que se configuran nada más morir el dictador:
- La llamada “facción silana”, integrada sobre todo por senadores influyentes que se habían visto razonablemente beneficiados por el gobierno silano y ahora tratarán de defender el orden vigente a cualquier precio. Algunas figuras destacadas son Quinto Hortensio, Lutacio Catulo y, por supuesto, Pompeyo.
- Los “marianistas”, casi todos ellos exiliados y opuestos frontalmente al orden político establecido. Destaca especialmente Quinto Sertorio, que se había refugiado en Hispania con una importante guarnición bajo su mando.
- Los descendientes de los proscritos por las persecuciones silanas. Recordemos que la legislación silana les impedía desempeñar cargos públicos, por lo que sus esfuerzos irán encaminados a tratar de revertir esa situación y obtener una ‘rehabilitación’ pública plena.
- Por último, un grupo algo más heterogéneo conformado por individuos no directamente relacionados con el sector marianista o los proscritos, pero que ni había visto con buenos ojos la dictadura silana ni estaba conforme con la situación derivada de ella, especialmente en lo relacionado al mantenimiento de leyes como la de los proscritos.

Perteneciente a ese cuarto y último colectivo era M. Emilio Lépido, que accedió al consulado del año 78 a.C. junto a Lutacio Catulo (silano). Inició algunas tímidas reformas, como el reestablecimiento de las frumentationes (entrega gratuita de trigo a los ciudadanos), con cierto éxito. Su relación con su colega en el cargo era, no obstante, extremadamente mala. Tras sofocar una revuelta en Etruria, Lépido inició algunos contactos con Junio Bruto, uno de los marianistas exiliados, que se había atrincherado en la Galia Cisalpina. Después se ausentó a las elecciones para el consulado del año siguiente en Roma, por lo que el senado hubo de nombrar interrex a Apio Claudio.

Temeroso de que Lépido estuviese reuniendo apoyos entre los marianistas para intentar un asalto al poder, el senado dictó finalmente un senatus consultum ultimum y encargó su ejecución a Lutacio Catulo y Apio Claudio (como cónsul e interrex respectivamente), considerando abiertamente a Lépido una amenaza para la res publica. En ayuda de ambos se envió también a Pompeyo, que obtuvo de nuevo un excepcional imperium de rango pretorio. Ya en el 77 a.C., y ante el curso de los acontecimientos, Lépido decidió marchar contra Roma... con malos resultados: las fuerzas combinadas de Catulo y Pompeyo lo rechazaron primero en el Janículo y más tarde en las cercanías de Cosa, en Etruria. Derrotado, Lépido huyó a Cerdeña (donde moriría poco después a causa de una enfermedad) mientras que su lugarteniente Perpenna condujo a los restos de su ejército hacia Hispania, con intención de unirse a Sertorio. Entre tanto, Pompeyo acorralaba, vencía y ejecutaba a Junio Bruto en Mutina (actual Módena), para posteriormente persiguir con saña a Escipión (el hijo de Lépido) hasta darle caza en Liguria.


Guerra contra Sertorio.

Suprimida la amenzaza de Lépido, tanto Catulo como el senado exigieron a Pompeyo que licenciase a su ejército. Pompeyo (que, recordemos, contaba con una fuerte posición social gracias a la fortuna y las clientelas heredadas de su padre) no sólo se negó, sino que además acudió personalmente a Roma y presionó al senado para que le otorgase un nuevo imperium pretorio (el tercero a sus entonces 30 años). Su objetivo era, por supuesto, sumarse a la guerra de Hispania contra Sertorio.

Quinto Sertorio, de la facción marianista, había combatido contra Sila mientras desempeñaba el cargo de pretor. Una vez Sila se hubo impuesto en Italia, Sertorio se retiró a la Hispania Citerior, provincia que en virtud de su cargo le tocaba originalmente administrar. Aunque sufrió algunos reveses en el 81 a.C. ante tropas enviadas por Sila, Sertorio demostró ser extremadamente hábil a la hora de ganarse la confianza y lealtad de diversas tribus hispanas, especialmente los lusitanos. También se le unieron muchos proscritos que escapaban de la represión silana en Italia, pues veían en él al único que podía garantizarles cierta seguridad hasta que cambiase el equilibrio de poder en la propia Roma.

En 79 a.C. la guerra se recrudeció con la llegada de Metelo Pío, procónsul de la Hispania Ulterior que había compartido el consulado del año anterior con Sila. Sertorio, en inferioridad de condiciones, fue capaz de hostigar hábilmente a Metelo mediante una estrategia centrada en la guerra de guerrillas y al mismo tiempo mantenerlo aislado de cualquier tipo de ayuda proveniente de la Citerior. El escenario cambia en el año 77 con la llegada de los restos del ejército de Lépido bajo la dirección de Perpenna. Con estos refuerzos, Sertorio pasa a la ofensiva y comienza a asaltar diversas ciudades aliadas de Metelo. En ayuda del procónsul acudirá, efectivamente, Pompeyo en el año 76 a.C.

Pese a un inicio de campaña desastroso (no pudo hacer nada para evitar que Sertorio arrasara Laurón), Pompeyo fue capaz de enderezar un poco la situación. Su llegada permitió a Metelo un mayor margen de maniobra, que aprovechó logrando ciertos avances contra las tropas marianistas. En el año 75, Sertorio y Pompeyo se enfrentaron en campo abierto en la zona de Sucrón (cerca de Valencia), saldándose el enfrentamiento con una victoria pírrica de Sertorio, en tanto que no pudo aprovechar su triunfo por la rápida llegada de Metelo en auxilio de su aliado.

Sucrón será prácticamente la última batalla de la guerra. A partir de entonces, Pompeyo y Metelo optaron por una estrategia ofensiva bastante prudente, avanzando lentamente y capturando una a una las ciudades hispanas que habían apoyado a Sertorio, como Osca e Ilerda. Pese a todo, la situación de los silanos no debía resultar demasiado cómoda porque Pompeyo se vio obligado a pedir más refuerzos al senado en unos términos bastante dramáticos y desesperados. Mientras tanto, Sertorio alcanzó un pacto con Mitrídates del Ponto en el 74 a.C.; básicamente envió asesores militares al Ponto a cambio de que Mitrídates le proveyese de armamento y ciertas cantidades de dinero.

Sin embargo, por desgracia para Sertorio, la ayuda de Mitrídates no llegó a Hispania a tiempo. La nueva estrategia de Pompeyo y Metelo logró debilitar el apoyo que le prestaban muchas tribus hispanas, e incluso algunos de sus colaboradores de mayor confianza. Finalmente, Perpenna lo mató a traición mientras celebraban un banquete. El propio Perpenna intentó prolongar luego la resistencia, pero sus dotes militares no se equiparaban a las de Sertorio y no tardó en ser derrotado, apresado y ejecutado por Pompeyo. La pacificación de la región mantuvo ocupado a Pompeyo hasta el año 71 a.C., cuándo es convocado por el senado para que regrese a Italia y ayude a Craso en la guerra servil liderada por Espartaco.


Revuelta de Espartaco.

Roma ya había probado en otras ocasiones el amargo sabor del estallido de una guerra servil, sirviendo como precedente las desatadas en Sicilia durante el siglo anterior. Sin embargo, la magnitud de aquellas en poco podía compararse ante lo que se avecinaba en el mismo suelo de Italia. Corría el año 73 a.C., la facción silana dominaba por completo el ámbito político romano y Pompeyo y Metelo se dedicaban a cortar los últimos flecos de resistencia marianista en Hispania.

En Capua, un grupo de gladiadores se subleva, mata a sus guardias y dueños y huye a las laderas del Vesubio buscando refugio. Entre sus jefes se contaban galos como Crixo o Enomao, pero el cabecilla de la revuelta era de origen tracio, de nombre Espartaco. Con cierta experiencia militar (al parecer había servido entre las tropas auxiliares del ejército romano) y un talento y carisma innatos, Espartaco extendió rápidamente su revuelta y fue capaz de reunir un auténtico ejército de esclavos, desertores y campesinos descontentos con las expropiaciones de la dictadura silana. Las fuentes clásicas hablan de un total de 70.000 hombres, cifra probablemente exagerada.

En todo caso, debía de resultar un número bastante elevado a vista de lo que sucedió a continuación. En el mismo año de la sublevación, Espartaco aplastó a un ejército comandado por dos pretores y luego dirigió a sus fuerzas hacia el norte de Italia, probablemente con intención de abandonar la península cuánto antes. Un año más tarde, en el 73 a.C., derrotó con contundencia a los dos ejércitos consulares que le salieron al paso. El prestigio de la nobilitas recibía con esto una notoria puñalada. Con los fantasmas de la Guerra de África contra Yugurta todavía en mente, el senado decidió recurrir de nuevo a un mando extraordinario otorgando un imperium proconsular a Marco Licinio Craso (que poseía cierto prestigio por su participación en la guerra civil de la década anterior).

Investido con sus nuevos poderes en el 71 a.C., Craso reclutó rápidamente seis legiones nuevas y tomó bajo su mando las de los cónsules derrotados del año anterior. Pasando a la acción, consiguió cortar el paso a Espartaco pero fracasó en su intento de cercarlo en la región de Turios. Aún peor, sin posibilidades de continuar hacia el norte, los rebeldes dieron media vuelta y emprendieron rumbo sur, amenazando a la mismísima Roma. En la gran urbe cundió el pánico y el senado, presionado por el pueblo, llamó a Pompeyo para que regresara de Hispania.

Craso no estaba dispuesto a permitir que otros le quitasen la gloria de la victoria. La suerte le sonrió cuándo los sublevados fueron traicionados por los piratas fenicios a quienes habían alquilado barcos que les permitirían cruzar a Sicilia. Aprovechando la situación, Craso marchó directamente contra Espartaco, forzándolo a presentar batalla en campo abierto. El enfrentamiento se produjo en algún lugar de Lucania, resultando con la derrota y masacre de los esclavos. Pompeyo apenas llegó a tiempo para cortar la huída de los rebeldes supervivientes que escapaban de nuevo hacia el norte y participar en la búsqueda del cuerpo de Espartaco, que nunca se encontró. El castigo y la represión contra los esclavos, por descontado, fueron brutales; se calcula que unos seis mil fueron crucificados a lo largo de la vía Apia, entre Capua y Roma.


DBA.

Los ejércitos romanos que participan en los conflictos de esta época deben continuar siendo representados por la lista II/49 Romanos de Mario del libro II. Si se desea añadir algo más de variedad, especialmente a la guerra en Hispania, puede utilizarse también la lista II/39 Hispanos Antiguos para representar a los aliados hispanos de Quinto Sertorio, especialmente la sublista (c) Lusitanos. En cuánto a la revuelta de Espartaco, sirve perfectamente la lista II/45 Revueltas serviles de Sicilia e Italia, concretamente la sublista (c) Espartaco.