El sueño de Bactriana: los últimos reinos griegos.

viernes, 1 de mayo de 2009

Saludos. Hoy comenzaremos con un enigma. Imaginad la escena: es 12 de noviembre de 2001, y los talibanes ya sienten el aliento de los americanos en el cogote. En Kabul, un grupo de mulás, listo para huir a las montañas, se ha detenido en el edificio del Tesoro, construido en los años 30 por arquitectos alemanes. Bajan directamente al sótano, y al final de un estrecho pasillo hay una puerta con siete extrañas cerraduras. Los talibanes no tienen las llaves, claro, de modo que recurren a lo que tiene a mano: sopletes, palancas, balazos... Pero nada. La puerta apenas recibe daños. Por último, comienzan a disponer dinamita alrededor, hasta que un funcionario del Tesoro, horrorizado, les explica que el diseño del edificio es tal que si intentan volar la puerta, destruirán los muros de carga principales y toda la estructura caerá sobre sus cabezas. “Diseño alemán”, les asevera. Por ello, los mulás, frustrados, abandonan el edificio y huyen de Kabul sin conseguir su objetivo.

Pero, ¿qué había tras esa puerta, cuyas llaves estaban en poder de siete personas que no se conocían entre ellas, en siete lugares distintos del mundo? ¿Qué fabuloso tesoro intentaban saquear los talibanes? Preparémonos para viajar con la imaginación, queridos lectores, a través de los océanos de tiempo. Miremos ahora Afganistán en el Google Earth, y retrocedamos días, meses, años, siglos.... Porque hubo un tiempo en el esa tierra, que ahora no es más que escombros, era un país asombroso y opulento, cuna de una refinada y mestiza cultura, que fue descrito por los geógrafos como el riquísimo imperio de las mil ciudades. Pero su estrella se apagó, y cayó en el olvido, y no se volvió a saber nada de aquellos fabulosos reyes hasta hace poco más de cien años. Porque al otro lado de aquella puerta, amigos, estaba uno de los mayores y más hermosos tesoros que se hayan imaginado nunca. Y si tomáramos una sola de las miles de monedas que lo conforman, nos resultarían extremadamente familiares. Reconoceríamos en ella algunos caracteres. Sí. Algunos, incluso podrían leer fácilmente palabras escritas en griego. ¿”Cómo es posible”, podríamos pensar? Viajemos, viajemos un poco más hacia el oeste, hacia el principio de esta historia, hasta Babilonia, donde un joven rey macedonio agoniza en su lecho, rodeado por sus generales... Porque la cadena de acontecimientos que llevaron a los mulás al edifico del Tesoro, comenzó ese aciago día de verano del 323 a.d.C., en el que Alejandro, hijo de Filipo, falleció sin heredero.

Alejandro. Hubiera bastado con que dijera un único nombre con su último aliento, y todo habría sido diferente. Pero murió en silencio, y su cuerpo no estaba frío todavía cuando ya sus generales luchaban entre ellos por heredar su fabuloso imperio, que llegaba desde Macedonia hasta La India. Allí estaban, entro otros, Ptolomeo, Lisímaco, Eúmenes... y Seleúco. Sin hacer grandes esfuerzos por entenderse entre ellos, cada uno se dirigió hacia sus tropas, y comenzaron las guerras de los Diadócos.

Tras años de lucha, no les quedó mas remedio que llegar a diferentes acuerdos y repartirse las satrapías del imperio de Alejandro, que, inteligentemente, había respetado la organización territorial del imperio persa. En el reparto, Seleúco se quedó con pedazo enorme: desde Siria hasta La India, y estableció su imperio en el 305 a.d.C. Siguió respetando la estructura de satrapías persas, situando en cada una un gobernador designado por él, sátrapas, a fin de cuentas. Mientras, en La India, una nueva dinastía ascendía al poder: los Maurya. Su fundador, Chandragupta, recibió embajadores de Seleúco. El general sabía que no podría controlar las tierras del Indo ante los Maurya, y pactó con ellos: tierras, a cambio de miles de elefantes que incorporar al ejército seleúcida. Como prenda, matrimonios pactados entre ambas dinastías. Chandragupta sonrió y aceptó, y así extendió su imperio hasta las faldas del Hindukush.

Los años pasaron. A la muerte de Seleúco le sucedió su hijo Antíoco I, y a éste, Antíoco II. En este momento, el año 250 a.d.C. las guerras de Antíoco con los Ptolomeos de Egipto, alcanzan un nuevo clímax. Es entonces cuando el gobernador de la rica satrapía de Bactriana, aprovechando la oportunidad, declara unilateralmente su independencia de la casa de los Seleúcidas, y funda su propio reino: Bactria (en el norte del actual Afganistán) tomando rápidamente el control del ejército y preparándose para el posible contraataque seleúcida. Y su ejemplo cundió, porque apenas tres años después, Andrágoras, sátrapa de Partia, también declaró la independencia.

Hasta el 210 a.d.C., con un nuevo Antíoco, el tercero, los seleúcidas no fueron capaces de organizar una invasión en la satrapía rebelde. Para entonces, ya llevaba veinte años gobernando en Bactriana una nueva dinastía, la de Eutidemo, que había derrocado a Diodoto, y se había anexionado Sogdiana. Eutidemo y sus nuevos ejércitos grecobactrianos fueron inicialmente derrotados, pero en su repliegue hacia su capital se defendió con éxito, y resistió un terrible asedio durante tres años. Antíoco III, ante la imposibilidad de mantener el sitio por más tiempo, decidió pactar con Eutidemo. De esta manera, el imperio seleúcida reconocía al reino grecobactriano.

Su expansión prosiguió. Ya habían llegado a China hacia el final del siglo III a.d.C., y también se expandieron hacia el oeste, conquistando Traxiana; al norte, Fergana y al sur, más allá del Hindukush, hasta Aracosia. Para el año 180 a.d.C., el reino grecobactriano estaba a las puertas de La India.

Pero mientras, los partos, guiados por Arsaces se habían rebelado contra Andrágoras. No sólo tomaron el control de la región, sino que, bajo el mando del sucesor arsácida, Mitrídates I, siguieron como una ola imparable hacia el oeste, conquistando el corazón del imperio. La casa seleúcida fue empujada hasta el Mediterráneo, mientras Persia, Media y Babilonia volvía a manos iranias. El resultado es que el reino griego de Bactriana quedó separado para siempre de Occidente, la tierra de donde habían llegado los reyes macedonios. Para entonces, aquellos tiempos resultaban muy lejanos. En Bactria, la cultura helenística y las irania e india, a fuerza de coexistir, estaban impregnándose unas de otras. No se miró al oeste con nostalgia. Las riquezas, el poder, la gloria, estaban en el este.

En el año 180 a.d.C., la dinastía Maurya fue depuesta por los sungas. Su intolerancia religiosa hacia los budistas fue aprovechada por el rey bactriano Demetrio, que invadió La India, presumiblemente en defensa del budismo. Incorporó las tierras de la llanura del Indo a su reino, y luego prosiguió hacia el este. Los sungas dejarían registros escritos maldiciendo a los helenos, los “yavana”, feroces y sedientos de sangre.

Los sucesivos reyes bactrianos siguieron avanzando hacia el corazón de La India, hasta que el Menandro, en el año 150, conquistó la ciudad de Paliputra, en el valle del Ganges. En ese momento, la dinastía bactriana eutidémida fue depuesta por otra helenística, la eucrátida, que finalmente tomó el poder en el 140 a.d.C. El desorden en el reino bactriano fue tal que, aprovechando que las conquistas en La India eran tan extensas, el general Menandro dio un golpe de mano y formó el primer reino indogriego, una entidad política separada del reino de Bactria, que no pudo evitar la independencia de facto.

A partir de ese momento, la información que se tiene se diluye, y sólo se conoce que el reino Indogriego se fragmentó en numerosas partes con muchos reyes “yavana”, que volvían a unirse más tarde bajo otros yavana más poderosos, y que al morir éstos volvían a separarse.

Ambos reinos tuvieron una corta vida en paralelo, pues a partir del 140 a.d.C., a través de las estepas comenzó una invasión de los escitas del este, que presionados por otron pueblo indoeuropeo denominado Yue-zi, o kushan, avanzaron hacia el sur penetrando por el norte de Afganistán, y desorganizando no sólo Bactriana, sino también la frontera oriental del imperio parto. Y poco después los kushan también entraron en el reino. Entre ellos se encontraban posiblemente los tocarios, el pueblo indoeuropeo conocido que habitó más al este. A lomo de sus poderosos caballos, los impresionantes catafractos de los kushan y sus arqueros a caballo irrumperion en el debilitado y aun inestable reino bactriano. Los eucrátidas, aunque presentaron una feroz defensa, perdieron en pocos años de guerra el control de su reino, y, repliegue tras repliegue, el último rey grecobactriano, Heliocles, ordenó a sus súbditos huir hacia sus últimas posesiones en La India en el año 130 a.d.C. Los grecobactrianos, que formaban el estrato superior de la sociedad, se llevaron todo lo que pudieron, pero sus mayores tesoros tuvieron que ser escondidos y abandonados. Entre estos tesoros se contaban miles de hermosas monedas, adornos de oro, objetos preciosos procedentes del comercio con China y de los maravillosos artesanos de Bactriana. Fueron éstos tesoros los que aparecieron en el siglo XX. Éste es el origen del oro perdido de Bactriana, el tesoro de las Siete Llaves, que sólo representaba una pequeña parte del total.

Los kushan tomaron el poder en el reino, pero no destruyeron la cultura helenística, sino que la absorbieron en gran medida. Hablaremos de este poderoso imperio en otro artículo, no obstante, pues ahora debemos seguir con el último impero helenístico de Asia: los indogriegos, que bajo el mando de Menandro I, habían conquistado gran parte del norte de La India.

Los “yavana” se situaron de nuevo como estrato dominante en una sociedad también de castas, de manera que su dominio fue fácilmente asimilado. A lo largo de los años se sabe que gobernaron unos treinta reyes helenísticos. La cultura, la filosofía y la religión de ambos pueblos se fusionaron con una fuerza extraordinaria.

Sin embargo, los kushan desde su nuevo imperio bactriano, comenzaron su extensión hacia La India. La mitad occidental del reino indogriego fue conquistada hacia el 70 a.d.C. El reino indogriego quedó limitado a los territorios del Punjab. Pero los pueblos escitas esteparios siguieron presionando sin embargo más allá de las fronteras kushan, y así, en el año 10 a.d.c., el último rey indogriego, Estratón II, fue derrotado. Los últimos herederos del mundo que Alejandro había imaginado habían desaparecido. Pero no su cultura.

Los reinos grecobactrianos e indogriegos mantuvieron algunas características comunes. Los reyes y la clase dominante era de origen heleno, pero numéricamente era muy inferior a los pueblos sobre los que gobernaban. Éstos, además, eran muy variados, con lenguas, religiones y culturas distintas. La respuesta a los problemas de gobierno fue la misma que ya había empezado a adoptar Alejandro: la fusión cultural. Los gobernantes fueron asimilando la cultura local. Las lenguas comenzaron a fusionarse, y la religión pasó por un proceso de sincretismo, es decir, de unión de corrientes totalmente distintas. Estas ideas permitieron el nacimiento de culturas nuevas, con características tanto helenísticas como autóctonas. Cobró especialmente fuerza la religión budista, que muchos reyes, sobre todo indogriegos, no sólo defendieron con vehemencia, sino que llegaron a adoptar, como Menandro I. De hecho, una de las mejores muestras de este sincretismo cultural es un texto budista llamado “Milinda Phana” (Diálogos con Milinda, es decir, Menandro). Escrito en pali, refleja, copiando el más puro estilo dialéctico platónico, las conversaciones entre Mendandro y un monje budista Nagasena. En las distintas monedas acuñadas por los reyes pueden leerse inscripciones en griego y en idiomas locales, con símbolos adaptados, y referencia a dioses de todos los panteones. Hubo templos maravillosos y estatuas de belleza inigualable. La población, en su mayoría india o irania, disfrutaría junto a la aristocracia “yavana” de antiguos dramas escritos por autores de extraños nombres tales como “Sófocles”, o “Eurípides”, que hablaban de lejanas ciudades del oeste, que ya apenas eran un vago recuerdo para los nobles.


GRECOBACTRIANOS E INDOGRIEGOS EN DBA

La lista que representa a estos reinos es la II/36. Ésta tiene una variante “a” para el reino greco-bactriano y la “b” para el reino indogriego. Como características comunes, los ejércitos de estos reinos presentan una composición mixta: mando y unidades regulares de estilo helenístico y una parte mucho mayor de tropas autóctonas, tanto iranias como indias. Pero veámoslas con más detalle.

La opción “a”, grecobactriana, tiene un general 3Kn, que representa a la caballlería helenística tipo “Hetairoi”, equipada con armadura pesada y xyston, y otra peana de 3 ó 4 Kn, que representa tropas del mismo tipo o bien tipo catafractos seleúcidas. Luego hay dos peanas de LH,que representan caballería ligera bactriana, tropas iranias que combatían con arco y lanza ligera. Luego, vienen dos complejas opciones de hasta ocho peanas. La primera incluye 4 bases de picas, dos de auxiliares tipo “thureophoroi” helenísticos, y dos peanas de psilois, (arqueros mercenarios cretenses o arqueros montañeses indios), que pueden ser opcionales con una peana de elefantes y otra de Bw indios. Es decir, este grupo representa la primera etapa del reino grecobactriano, cuando todavía tenían contacto con los reinos helenísticos de occidente, y la tradición militar macedonia era mayoritaria.

Sin embargo, la otra gran opción sustituye estas últimas ocho bases por tropas exclusivamente iranias: 3 bases de caballería acorazada o catafractos iranios y más LH de caballería ligera bactriana y caballería ligera india. Es decir, es posible hacer una lista exclusivamente de tropas montadas. Con estos ejércitos hicieron frente a las invasiones kushitas.


La opción “b”, que es la del reino indogriego, es más sencilla. El general es Cv, en lugar de Kn. En las monedas indogriegas se representan jinetes helenísticos, pero equipados con arcos y lanzas ligeras. Al parecer, tuvieron que cambiar las tácticas de choque con xyston frente a enemigos más ligeros, como los indoescitas, que fueron penetrando en La India. Por ello se equiparon de aquella manera. Luego hay una peana de Lh, que representa caballería ligera india o bien mercenarios escitas. Cuatro peanas de piqueros son el último recuerdo de las tácticas helenísticas, pues luego siguen dos peanas de elefantes indios; tres peanas de arqueros indios Bw, una de las cuales puede cambiarse por Ps, arqueros montañeses indios y una peana de Bd, que representa a los lanceros indios, que luchaban con escudos grandes y estrechos, jabalinas y diferentes tipos de espada, normalmente por delante de los arqueros.

Casi todas las marcas tienen gamas útiles: Xyston, Essex, Old Glory, Magister Militum, etc.

Crisis de la República Romana II: La Guerra Mitridática

miércoles, 22 de abril de 2009

Nuestro compañero Xoso continúa su serie sobre el colapso de la República romana.

Al término de la Guerra de los Aliados, Roma se encontraba ante dos problemas de notable envergadura. El primero era cumplir lo prometido a los itálicos que, o bien se habían mantenido fieles, o bien habían depuesto sus armas a cambio de obtener la ciudadanía. El segundo respondía a asuntos militares, tanto la represión de los últimos focos de resistencia itálica como la inminente guerra que se avecinaba contra Mitrídates del Ponto.

Por otra parte, las disputas internas romanas entre optimates y popularis no hicieron sino recrudecerse tras la victoria en la Guerra Social. Al frente de los primeros se situaba claramente Sila, brillante militar que había probado su valía tanto bajo órdenes de Mario contra los germanos como en la recientemente finalizada guerra civil. Defensor a ultranza de los valores optimates más conservadores, Sila tuvo como oposición al propio Mario, que había regresado al redil popular y contaba con el decidido apoyo de Publio Sulpicio, tribuno de la plebe en el año 88 a.C.


Reformas de Sulpicio

Sulpicio, que había servido como legado en el ejército de Pompeyo Estrabón durante la guerra, poseía una capacidad oratoria muy notable y se las apañó para promulgar una ley que repartía a los nuevos ciudadanos itálicos entre las 35 tribus romanas ya existentes. De esta forma, asegurándose de que no serían aglutinados en unas pocas nuevas tribus sin apenas importancia, Sulpicio otorgaba a los nuevos ciudadanos una gran fuerza política. Ello le valió un elevado favor popular, del que a su vez se valió para proponer su famosa lex comicial, que concedía a Mario la dirección de la guerra contra Mitrídates.

Estas medidas, claramente continuadoras de las políticas anteriores del fallecido Livio Druso, causaron evidente conmoción entre el senado y los optimates. Los cónsules, Sila y Pompeyo Rufo, contraatacaron promulgando un iustitium, que paralizaba forzosamente toda actividad pública, lo cual impedía efectuar las votaciones para aprobar las leyes de Sulpicio. La situación, lejos de mejorar, se descontroló: violentos enfrentamientos sacudieron las calles de Roma, en los que fue asesinado un hijo de Pompeyo Rufo. Ambos cónsules se vieron obligados a escapar y esconderse, incluso Sila recibió ayuda del propio Mario para escabullirse (lo que vendría a indicar que todavía existía cierto respeto entre los dos, aunque probablemente si Mario hubiera sabido de las verdaderas intenciones de Sila no le habría dejado huir).

Sulpicio consiguió que los asustados cónsules retiraran el iustitium, pudiendo así someter a votación sus dos leyes, que fueron aprobadas. Sin embargo, tras su precipitada huida de Roma, Sila había ejecutado ya su movimiento. Tras reunirse con el ejército encargado de sofocar los últimos focos de resistencia en Campania, consiguió poner a la mayoría de las tropas de su parte, haciéndoles creer que si Mario se hacía con el mando de la campaña contra Mitrídates les licenciaría forzosamente y reclutaría nuevas tropas, con lo que se quedarían sin opciones de obtener botín alguno en Asia.

Valiéndose de su nuevo ejército, Sila marchó contra Roma. Esta conducta, siendo la primera vez en la historia que un general romano, comandando un ejército romano, atacaba la propia ciudad de Roma, sentó un pésimo precedente para muchos de los enfrentamientos civiles que vendrían después. El asalto resultó bastante sencillo al carecer Roma de una guarnición estable con la que defenderse, pese a lo cual llegaron a desatarse algunos combates en diversas zonas de la urbe, donde sectores de la plebe consiguieron atrincherarse y hostigar a las tropas de Sila desde las ventanas y tejados de los edificios. Una vez superada esta resistencia, Sila se hizo con el control absoluto de la ciudad y dictó oficialmente una lista de hostis publicus (enemigos públicos) para deshacerse de sus rivales políticos. Si alguien era declarado enemigo público significaba que cualquiera podría matarle con total impunidad, lo que condujo inmediatamente al asesinato de Publio Sulpicio y a la huída de Cayo Mario, que hubo de ocultarse en África.


Guerra contra Mitrídates

Una vez aniquilados o apartados sus principales enemigos, Sila hizo aprobar a toda prisa una serie de leyes de corte conservador que desmontaban parte de la legislación de Sulpicio y a su vez reforzaban a los sectores políticos optimates. Sin embargo, su posición recibió un duro revés al celebrarse las votaciones de los dos nuevos cónsules para el año 87, saliendo elegidos Cornelio Cinna y Cneo Octavio, ambos opuestos a Sila. Este intentó maniobrar para proteger a su amigo y entonces compañero en el cargo, Pompeyo Rufo, asignándole la dirección de parte del ejército de Italia (para que cuándo concluyese su mandato no se convirtiera en un simple ciudadano sin cargo público, muy vulnerable ante cualquier posible represalia). La jugada salió mal en tanto que Rufo fue emboscado y asesinado cuándo se dirigía al encuentro con sus nuevas tropas, acción que contó posiblemente con el beneplácito de Pompeyo Estrabón.

Muerto Rufo, Sila se esforzó por mejorar ligeramente sus relaciones con Cinna. Consiguió que el cónsul prometiese respetar las leyes y medidas excepcionales recientemente aprobadas, y casi inmediatamente partió hacia Asia con su ejército. Allí esperaba, por supuesto, Mitrídates VI Eupator, monarca del Ponto extremadamente hostil a Roma durante todo su largo reinado. Talentoso general y hábil político y conspirador, Mitrídates había salido airoso de las disputas internas contra su propio hermano para luego extender su control e influencia (a veces mediante las armas) por Paflagonia y Bitinia. Precisamente sus injerencias e intereses en Bitinia le habían conducido a un enfrentamiento contra Roma. Aprovechando la confusión de la Guerra Social en Italia, Mitrídates se había deshecho del enviado romano para gestionar la zona (Manio Aquilio) para luego instigar una serie de numerosos y virulentos levantamientos anti-romanos por toda la provincia de Asia.


Mientras Sila perdía un tiempo precioso imponiéndose por la fuerza en Roma, Mitrídates realizaba su siguiente movimiento. Envió una avanzadilla a Grecia con Arquelao, uno de sus generales, al frente. Al tiempo que el grueso del ejército póntico se congregaba en Anatolia bajo órdenes de Taxilas (otro general de Mitrídates), Arquelao tomó Delos por asalto y entregó el tesoro de la isla a los atenienses, que no dudaron en darle la bienvenida e iniciar una cacería de todos los itálicos y “sospechosos prorromanos” presentes en su ciudad. Los planes de Mitrídates consistían probablemente en utilizar Atenas como cabeza de puente para invadir el Peloponeso y Beocia con su ejército y provocar una nueva oleada de revueltas antirromanas por toda Grecia y Macedonia.

Sila, tras llegar finalmente a Grecia, avanzó rápidamente contra Atenas y puso sitio a la ciudad. El asedio fue largo y difícil, y no se completó con éxito hasta comienzos del año 86 a.C. Arquelao escapó por mar, mientras Sila hacía pagar cara su traición a los atenienses, arrasando parte de la polis y ejecutando a casi toda la población sin miramientos. Poco después desembarcó Taxilas en ayuda de Arquelao, pero Sila los venció a ambos en Beocia de forma contundente. Derrotados sus generales en Grecia, las cosas no pintaban nada bien para Mitrídates. Los fracasos militares ocasionaron que buena parte de la oligarquía helena en Asia Menor le retirase su apoyo, por lo que se vio obligado a radicalizar todavía más sus postulados en un intento por atraerse ahora a las clases bajas de las poleis. Además de dictar leyes favoreciendo la liberación masiva de esclavos, llegó a constituir toda una red de espionaje para desenmascarar y perseguir a sus “enemigos prorromanos”.

La situación de Sila, pese a sus victorias, tampoco era precisamente idílica. El motivo debemos buscarlo, para variar, en un nuevo enfrentamiento civil en la propia Roma. Pero de eso hablaremos en el siguiente artículo.


DBA
Los ejércitos romanos que participaron bajo órdenes de Sila tanto en la Guerra de los Aliados como en el enfrentamiento contra Mitrídates deben representarse con la conocida lista II/49 Romanos de Mario y sus 8 famosas plaquetas de Bd. Si se desea representar una batalla o escaramuza entre Roma y sus enemigos confederados de la Guerra Social, lo más adecuado sería que el ejército de los "aliados" también utilizase la misma lista, a fin de cuentas los itálicos de entonces ya habían combatido bajo órdenes de Roma en multitud de guerras y lo más lógico es que dominasen el estilo de combate y formación romano. La gama de miniaturas a escoger es muy amplia, aunque recomiendo de forma especial la gama de romanos de Mario de Corvus Belli, y también las últimas minis que ha sacado Xyston.

Para las fuerzas dirigidas por Arquelao y Taxilas en Grecia, corresponde la lista II/48 Mitridáticos; ejército versátil y muy personalizable. Para las miniaturas, podéis rebuscar de nuevo entre las gamas de Xyston y Corvus Belli.

Malta: el último asedio de las Cruzadas

martes, 7 de abril de 2009

Esta semana, nuestro colega Blooze nos trae este magnífico artículo sobre el duro asedio otomano a Malta.

Dos veces a lo largo de su historia tuvo que soportar la isla de Malta los rigores de un asedio por parte de una potencia mucho mas fuerte, el mayor de ellos en 1565 cuando por si sola recibio el asalto de las tropas del islam.

Suleiman el Magnifico estaba determinado a añadir la isla a su ya larga lista de conquistas por una serie de razones. Era la nueva sede de los empedernidos enemigos del sultan: los Caballeros Hospitalarios, mas conocidos en esta epoca como de San Juan, que tras vagar por Europa tras su expulsion de Rodas en 1522 por el propio Suleiman consiguieron la cesion de la isla a perpetuidad de manos de Carlos I de España.

Desde su base en el Gran Puerto los Caballeros atacaban con gran exito las ricas rutas comerciales musulmanas. Otra de las razones, y tal vez la mas importante, era que, conquistando la isla, tendrian los otomanos una base perfecta para atacar Sicilia e Italia. Tras nombrar a Mustafa Pasha como general al mando de las tropas en tierra y a Pialí Baja como jefe de la flota, a los que mas tarde se uniria el gran marino Turgut Reis, el destino de la isla perecia sellado.



Plano de la isla con las diferentes fases del asedio

La vanguardia de la flota del almirante Piali compuesta por casi 200 navios fue detectada en las proximidades de la isla el 18 de Mayo, y al dia siguiente las primeras tropas de Mustafa Pasha desembarcaban al sur de la isla, en la bahia de Marsasirocco. Esta repentina invasion no tomo por sorpresa a Gran Maestre de la Orden, Jean de la Valette. Durante años este tenaz y piadoso guerrero habia ido tomando precauciones contra un ataque similar. Su estrategia consistia en desafiar al enemigo desde las defensas de Mdina, la antigua capital, y los fuertes que rodeaban el Gran Puerto. Para conseguir sus proposito La Valette mejoro las fortificaciones de los fuertes de San Elmo y San Angelo, amurallo las ciudades de Senglea y Birgu donde las siete langues o agrupaciones nacionales de los Caballeros tenian sus sedes (incluida una representacion simbolica de la rama inglesa recientemente disuelta por Enrique VIII), instalo una gran cadena que cerraba el puerto principal entre las dos ciudades, y lleno los almacenes y cisternas subterraneas con alimentos, agua y polvora. A cada una de las langues le fue adjudicaca un sector de las defensas e incluso la propia poblacion maltesa sabia lo que debia hacer, cuando sonase la alarma debian quemar sus cosechas y aldeas, envenenar los pozos y conducir sus ganados y ellos mismos a alguna de las fortificaciones para no dejar nada utilizable al enemigo. Todos, Caballeros y nativos, tenian una mision a realizar.

Mustafa Pasha, tras algunas escaramuzas con la caballeria de la orden, en su mayor parte acantonada en Mdina, no tardo en atacar Castilla (las defensas que protegian Birgu) el dia 20, pero sufrieron un sangriento reves, siendo este el primero de muchos. Tras establecer su campamento principal en Marsa los turcos dirigieron sus esfuerzos contra el fuerte San Elmo que guardaba las entradas del Gran Puerto y de la bahia de Marsamuscetto desde el extremo de la peninsula de Sciberras. La razon principal fue la insistencia de Piali en que la flota estaria mas segura en Marsamuscetto.
El actual fuerte de San Angelo visto desde el punto donde estaban parte de las baterias turcas.

San Elmo originalmente estaba defendido por Luigi Broglio, 52 caballeros y 800 soldados, los cuales resistieron todos los asaltos durante 31 dias. Los turcos instalaron artilleria pesada en el monte Sciberras y, alternaron costosos asaltos con masivos bombardeos que poco a poco destrozaron los muros de la fortaleza. Aun asi la guarnicion se aferraba a sus posiciones, recibiendo cada noche refuerzos mandados en barcas desde San Angelo y evacuando a los heridos mas graves. Fue tan solo despues de la llegada del afamado corsario Turgut Reis con mas refuerzos el 30 de Mayo que las tornas cambiaron para los defensores. Este experimentado combatiente asumio el mando, y no contento con los progresos pronto establecio nuevas baterias que rodeaban San Elmo, concretamente en Tigne y Gallow's Point de forma que el fuerte recibia fuego cruzado desde tres puntos distintos. Una serie de renovados asaltos desgastaron a la guarnicion y el 7 de Junio los jenizaros consiguieron tomar el revellin que protegia el norte del fuerte. De todas formas el gran asalto del 16 (iniciado por una fuerza de voluntarios fanaticos iaylars) no consiguio destruir a la guarnicion, aunque a esas alturas los fosos estaban llenos de cadaveres en descomposicion de anteriores asaltos y la fortificacion casi destruida.

Turgut Reis ademas hizo construir unos atrincheramientos para proteger futuros asaltos del fuego de flanco que realizaban desde San Angelo. Asi mismo impuso patrullas navales que acabaron con los refuerzos que llegaban de noche desde Birgu a San Elmo. Desgraciadamente para los turcos, mientras realizaba una inspeccion de las obras Dragut fue herido de gravedad y ya no se recobraria, muriendo pocos dias despues. A partir del dia 17 el fuerte quedo completamente aislado y, aunque las tropas cristianas resistieron aun unos cuantos asaltos mas, el dia 23, tras ya haber sufrido los turcos cerca de 8000 bajas, las banderas del islam coronaban las murallas que quedaban del fuerte. Aunque no solo las banderas se veian desde las posiciones de los defensores al otro lado del puerto: tambien se veian las cabezas clavadas en picas de los ultimos combatientes del fuerte. El mensaje era claro, esta vez los Caballeros no tendrian la oportunidad de rendirse como ya hicieran en Rodas. Segun parece De la Valette no se amilano, ordeno matar a los prisioneros capturados y envio sus cabezas a las posiciones turcas disparadas desde los cañones de las defensas.


Armaduras de la época. Armería de Palacio. Valetta.
Hubo una pausa en los combates mientras los esclavos turcos situaban de nuevo las baterias para hacer fuego sobre Birgu y Senglea. La valette utilizo el respiro para pedir ayuda al Papa y al Virrey de Sicilia, aunque fue lo suficientemente sensato de no confiar plenamente en las promesas de refuerzos que le realizaron, ya que desde el comienzo del asedio tan solo se habian recibido 600 hombres al mando de Juan de Cardona, en su mayor parte voluntarios que, sorprendentemente, llegaron a Birgu tras cruzar las lineas enemigas. Mientras 70 cañones apuntaban a San Angelo, y un numero similar de galeras fueron arrastradas por tierra con grandes esfuerzos y botadas en la parte mas al sur del Gran Puerto para realizar un ataque simultaneo desde mar y tierra sobre Senglea y el fuerte San Miguel. El ataque no tardo en llegar, el 15 de Junio, en las murallas que protegian la entrada de la peninsula, los defensores aguantaron el embite ayudados por refuerzos que llegaban desde Birgu a traves de un puente construido para la ocasion. A su vez el asalto por mar se topo con empalizadas construidas en el mar que frenaron su avance y una fuerza escogida de 1000 jenizaros fue destrozada al perder 800 hombres a causa de una bateria a los pies de San Angelo y que hasta ese momento habia estado oculta. Impasible ante las terribles perdidas que sus hombres estaban teniendo, Mustafa Pasha lanzo asalto tras asalto contra las murallas de San Miguel y Castilla en el curso de las siguientes semanas. Todos fueron rechazados. El exito casi lo consiguieron en San Miguel el 7 de Agosto, incluso De la Valette creyo no poder cerrar la brecha abierta, pero en el momento de la victoria un ataque sopresa por parte de la guarnicion de Mdina al campamento turco forzo a Mustafa a retirar a sus hombres. La siguiente crisis ocurrio el 18 cuando una mina fue explosionada bajo las murallas de Castilla y el Gran Maestre hubo de reagrupar en persona a los aturdidos defensores, pero antes que acabara la batalla, que duro dos dias y una noche, los Caballeros consiguieron cerrar la brecha y destruir dos torres de asalto. En esos momentos tan solo 600 de los defensores se encontraba en condiciones de luchar, pero ninguno se consideraba herido si aun podia caminar.

Pronto el alto mando turco comenzo a tener divergencias sobre la continuacion del asedio. Piali Baja queria retirar sus naves antes de que llegaran las tormentas del invierno, pero Mustafa Pasha era mas obstinado. Tan solo la combinacion de la falta de proyectiles, municiones y alimentos (los turcos habian calculado un corto asedio y ya se llevaban 2 meses y medio), las enfermedades que asolaban el campamento, el humillante rechazo en Medina donde la guarnicion vistio a las mujeres con ropas de soldado para hacer creer al enemigo que la guarnicion era mas fuerte de lo que era en realidad, fustrando asi el asalto. Todo esto convencio a Mustafa Pasha para comenzar a considerar la evacuacion.

El factor determinante fue la largamente esperada llegada de refuerzos desde Sicilia. El 8 de Septiembre el empeño del general turco llego a su fin y ordeno el reembarco de los supervivientes de su ejercito. Tras combatir en una accion de retaguardia en las colinas de Naxxar donde la caballeria recien llegada cargo impetuosamente, los turcos finalizaron la evacuacion abandonando las costas de Malta con destino a Estambul para hacer frente a la ira del sultan.

El asedio a Malta habia Finalizado, aun mas importante, el avance del islam hacia occidente habia sido detenido, devolviendo el golpe los cristianos en Lepanto 6 años mas tarde, pero eso ya es otra historia.

ASEDIO DE MALTA PARA DBX
Para representar esta campaña lo ideal seria utilizar la "Extension DBA 1500-1900" de Tony Barr, siendo los ejercitos participantes:

16) Caballeros de San Juan 1310-1570. 2x3Kn, 2x4Sp or 4Pk, 3x4Cb or 4Sh, 1xArt, 4x2Ps. (162b)

19) Españoles/Imperiales 1519-1559. 1x3Kn, 1x2LH or 4Pi, 1x2LH or 4Pk, 1x4Pi or 4Pk, 2x4Pk, 1x3Wb/3Bd (Sword) or 4Sh, 4x4Sh/2Ps, 1xArt.

67) Turcos Otomanos 1512-1570. 4x3Cv, 2x2LH, 2x4Bw or 4Sh or 2LH, 1x2LH or 3Bw or 3Sh, 1x2LH or 3Bd, 2x2LH/3Dr/2Ps or Art.


Las fuerzas a representar serian (segun Francisco Balbi di Correggio, uno de los combatientes):

Caballeros hospitalarios:
500 caballeros hospitalarios
400 soldados españoles
800 soldados italianos
500 soldados de galeras
200 soldados griegos y sicilianos
100 soldados de la comandancia de San Elmo
100 sirvientes de los caballeros hospitalarios
500 esclavos de galeras
3000 soldados reclutados entre la población maltesa
Total: 6.100

Refuerzos españoles:
8-10000 soldados, principalmente infanteria.

Fuerzas otomanas:
6000 cipayos (caballería)
500 cipayos de Caramania
6000 jenízaros
400 aventureros de Mitilene
2500 cipayos de Rouania (Argelia)
3500 aventureros de Rouania
4000 fanáticos religiosos Iaylars
6000 voluntarios varios
Corsarios varios de Trípoli y Argel
Total: 28500 de Oriente, 48000 en total
(En estas cifras solo se incluyen combatientes, no esclavos ni supernumerarios)

Bibliografia:
Malta 1565, Tim Pickles
A guide to the battlefields of Europe, David Chandler
The Great Siege: Malta 1565, Ernle Bradford
Varios numeros de la revista Military Modelling

DBX: Más allá de DBA.

Saludos. Esta semana, aprovechando un magnífico artículo de nuestro colega Blooze, haremos mención a una ampliación de DBA hecha por aficionados y que permite ponerse al frente de ejércitos desde el siglo XVI hasta el XIX.
Recordemos que DBA abarca un periodo de 4500 años de historia militar, desde el 3000 a.d.C. Hasta el 1500, momento en el cual las armas de fuego comienzan a utilizarse de forma tan extensiva que alteran para siempre las tácticas tradicionales. DBX parte de los mecanismos, tamaños de ejército y de tablero y abstracciones de DBA, pero permite representar, de manera simplificada, las batallas en este periodo.
El mismo juego plantea su base de partida. Se considera que hasta el siglo XIX, los ejércitos, aunque usando armas de fuego, forman a sus soldados en cuadro o columna, que carecen prácticamente de decisión individual, y que el alcance efectivo de las armas de fuego sigue siendo pequeño, debido a su funcionamiento y las densas nubes de humo que se generan al disparar. Por lo tanto, las reglas son válidas hasta la introducción masiva de los rifles (es decir, mosquetes con cañón estriado), municionados con cerrojo o cargador, que no desprenden humo, y que permiten la incorporación al combate de tropas en formación abierta y con iniciativa individual., capaces de mantener una alta tasa de disparo.
DBX mantiene todos los tipos de tropa existentes en DBA, y, además, añade otros nuevos relacionados con el uso de armas de fuego: jinetes con pistolas o herreruelos (Pi); Dragoons (tropas que se mueven a caballo pero disparan a pie); Arcabuceros, que disparan armas de fuego sin bayonetas; Mosqueteros (que disparan armas de fuego con bayonetas y están preparados para cargar), Jäger, hostigadores tipo Ps con armas de fuego; artillería “exótica”, como los cuchillos-cohete de los hindúes y, finalmente, cañones.
Por supuesto, las reglas añaden los efectos de todas estas tropas ylas existentes frente a los nuevos tipos de enemigo, así como su distancia de movimiento, etc. De nuevo, y haciendo más hincapié en el asunto, los autores recomiendan no luchar batallas anacrónicas. Si en DBA no es algo excesivamente problemático, en DBX sí, ya que la evolución de las armas y las tácticas evolucionó mucho más rápido desde el siglo XVI, y los efectos que tienen sobre las tropas del juego sí afectan mucho al desarrollo de la partida.
Por último, los autores elaboraron casi ciento cincuenta listas de ejército, con una enorme variedad: desde tercios españoles hasta la Guerra de Secesión estadounidense. Podemos encontrar curiosidades como la Guerra de los Treinta Años, ejércitos napoleónicos, ejércitos mogoles de La India y los invasores británicos, las guerras entre Inglaterra y Francia en el Nuevo Mundo y un largo etcétera.
Por último, os dejo un link donde podréis encontrar más información y las reglas.
http://ermtony.pbwiki.com/DBA%20Extension%201500-1900AD.2007-11-27-07-55-06

Crisis de la República Romana I: La Guerra de los Aliados

miércoles, 1 de abril de 2009

Esta semana nuestro compañero Xoso inicia una serie de artículos sobre el colapso de la República romana.

Demasiados césares.
Octavio Augusto, justificando la ejecución de Cesarión (hijo de Cleopatra y Julio César).

Este artículo pretende ser el primero de una serie dedicada a ese periodo tumultuoso, frenético y (desde mi punto de vista) apasionante que constituye la Crisis de la República en Roma durante el siglo I a.C. Tomando como punto de partida los excelentes artículos de Caliban sobre Cayo Mario (que finalizaban aproximadamente en torno al 100 a.C., tras la victoria en Vercellae sobre los cimbrios), intentaré trazar un completo y ameno relato que cubrirá entre el citado año 100 a.C. y el 30 a.C., fecha del triunfo definitivo de Octavio sobre Marco Antonio y Cleopatra que supuso el fin de las guerras civiles y el ascenso de Augusto a imperator.

Para una mejor comprensión de lo que vendrá a continuación, recomiendo gratamente la lectura de los ya mencionados artículos de Caliban: Las nuevas legiones y la campaña de Numidia, La amenaza perfecta y El mundo para el vencedor. Las campañas de Cayo Mario, y especialmente las reformas militares y sociales acometidas tanto por él mismo como por los tribunos de la plebe a él allegados, condicionaron e influyeron notablemente en los sucesos y acontecimientos posteriores que transformarían la antigua República romana en el Imperio de Octavio Augusto.

Causas generales de la crisis.

Los historiadores antiguos cuyas obras han llegado hasta nosotros (Livio, Salustio, Plutarco... etc) ofrecían ya diversas perspectivas y opiniones sobre las múltiples causas que habían desencadenado la caída de la República. De todas formas, y a grandes rasgos, puede extraerse una serie de argumentos bastante comunes a todos ellos. La mayoría son elementos que aparecen y cobran notable fuerza durante el s. II a.C.

- La falta de un ‘gran enemigo’ externo (tras la destrucción definitiva de Cartago) había ocasionado la relajación de la entera sociedad romana, provocando la aparición de continuas disputas internas tanto entre estamentos sociales como figuras políticas enfrentadas.
- La excesiva afluencia de riquezas a Roma, producto especialmente de las grandes victorias y conquistas en Asia. Estos tesoros, obviamente, se habían distribuido de forma muy irregular, siendo los más beneficiados determinados sectores de las clases altes.
- El progresivo y creciente acaparamiento del poder político por destacadas figuras militares. “Éxito militar” y “auge político” habían estado ligados durante toda la historia de Roma, pero a partir de Mario (y especialmente Sila) la situación se volverá excesiva. El punto de ‘no retorno’ suele situarse con el establecimiento del llamado Primer Triunvirato entre Pompeyo, César y Craso.
- El conflicto social eterno entre la nobilitas y la plebe. El prestigio de la nobleza se había devaluado enormemente tras los numerosos fracasos e incompetencias de la guerra en África contra Yugurta, y sin embargo la nobilitas seguía ocupando la mayoría de cargos públicos importantes, además de mostrarse enormemente reticente a los cambios sociales que favorecían a la plebe.

Reformas de Saturnino.

Situémonos ahora en el año 100. Mario ha emergido victorioso, una vez más, contra el enemigo externo que amenazaba Roma e Italia entera (en este caso, cimbrios y teutones). A su regreso a Roma, aprovecha su enorme popularidad para presentarse exitosamente a su sexto consulado. Como buen popularis (recordemos que la clase política romana durante los últimos siglos de la República se dividía en optimates y popularis), Mario se apoya en tribunos de la plebe afines para impulsar determinadas reformas.

El Tribunado de la Plebe era una magistratura surgida ya en los comienzos de la República que servía como ‘contrapunto plebeyo’ al Consulado inicialmente copado por los patricios, si bien el marcado carácter plebeyo y patricio de uno y otro cargo se había ido diluyendo con el paso del tiempo (en tanto que los plebeyos habían terminado accediendo al consulado e incluso algunos patricios habían abandonado su gens original para volverse plebeyos y poder presentarse al tribunado de la plebe). En el año 100, es elegido tribuno (entre otros) L. Apuleyo Saturnino, individuo con ganas de dar guerra. Su primera iniciativa, que fracasa, es una nueva ley frumentaria con la que pretendía rebajar notablemente el precio del trigo. Contraataca después con una ley agraria para repartir lotes de tierra itálica entre los veteranos de Mario y fundar algunas colonias fuera de Italia, que sí fructifica pese a las fuertes protestas de parte del senado. Una ley posterior se inmiscuirá incluso en asuntos del gobierno de las provincias asiáticas, asunto hasta entonces competencia exclusiva del senado.

Al año siguiente, las crecientes tensiones entre parte de la oligarquía y los partidarios de Saturnino terminaron conduciendo a violentos tumultos en la propia Roma. El senado aprovechó la ocasión para ‘repescar’ el senatus consultum ultimum, la medida extraordinaria empleada para deshacerse de Cayo Graco años atrás. Es entonces cuándo se produce la traición de Mario hacia sus antiguos aliados popularis. Sin nuevas guerras a la vista que hiciesen indispensables sus dotes militares, Mario no dudó a la hora de ganarse el favor de la oligarquía armando a algunas de sus tropas y persiguiendo y cercando a Saturnino y sus partidarios en el Capitolio. Saturnino decidió rendirse ante la promesa de que se le perdonaría la vida; promesa que no se cumplió pues una multitud anónima lo linchó hasta matarlo pocas horas después, sin que Mario hiciese nada por evitarlo.

La Guerra de los Aliados.

Las relaciones entre Roma y buena parte de sus aliados itálicos habían comenzado a deteriorarse ya durante la segunda mitad del siglo II, especialmente con las reformas agrarias gracanas que redistribuían buena parte del ager publicus romano, una medida que sin duda perjudicaba a las oligarquías de diversas ciudades amigas o sometidas a Roma. La situación continúa empeorando tras el año 100, en especial por la actitud arrogante e intransigente de Roma ante las crecientes demandas de sus aliados, cuyas tropas habían cooperado fielmente en la expansión del dominio romano pero se veían privadas de los privilegios y recompensas que recibían los soldados estrictamente ‘romanos’. Otro aliciente notable era el rencor latente entre algunas poblaciones por las represalias (a menudo excesivas) que Roma había aplicado contra los ‘traidores’ tras la II Guerra Púnica, así como los notables abusos que los magistrados romanos solían cometer cuándo visitaban poblaciones aliadas.

El detonante definitivo del conflicto debemos buscarlo, no obstante, en una nueva disputa interna romana. Las leyes reformistas de un nuevo tribuno de la plebe, Marco Livio Druso, habían ofrecido a los aliados la posibilidad de obtener la ciudadanía romana a cambio de aceptar nuevas redistribuciones del famoso ager publicus. No se trataba de una medida revolucionaria en tanto que iniciativas de corte similar ya se habían impulsado durante la época de los Graco, pero el rechazo contundente mostrado por el senado romano (que abolió las leyes de Druso) sí resultó determinante de cara al inminente conflicto armado. El propio Druso terminó siendo asesinado en su casa en extrañas circunstancias.

La Guerra de los Aliados, también denominada Guerra Itálica o Guerra Social (de socii = aliados, no confundir con la connotación moderna de la palabra ‘social’), supuso no sólo el primer enfrentamiento armado en Italia desde Aníbal, sino también la primera guerra civil que Roma habría de padecer durante su historia. Los pueblos sublevados pertenecían a ámbitos y territorios bastante distintos: sabelios y picentinos al norte, samnitas y lucanos al sur, e incluso algunas ciudades oscas (Pompeya) y una latina (Venusia). Etruscos y Umbrios, no obstante (y también la mayoría de los latinos), se mantuvieron al lado de Roma.

Para asegurarse de no repetir el fracaso de la rebelión de Fregellae (125 a.C.), los sublevados se prepararon a conciencia. Nada más conocerse la muerte de Druso realizaron un intercambio de rehenes entre las diversas ciudades para asegurarse de que todos se unirían a la revuelta una vez se iniciasen las hostilidades. La organización interna consistió en establecer una confederación con capital en Corfinium, constituyendo además un senado de unos 500 miembros, la elección de dos cónsules y dos pretores (a imitación del modelo romano) e incluso la acuñación de moneda propia para pagar a sus soldados (con inscripciones que mostraban al toro itálico corneando a la loba romana). El objetivo inicial de los confederados era obtener la ciudadanía romana (además de otras reclamaciones) mediante las armas, en vistas del fracaso de las iniciativas de negociación de los tribunos de la plebe en Roma. Sin embargo, a medida que la guerra fue avanzando y recrudeciéndose, parece muy posible que los sectores más radicales entre los sublevados (como los samnitas) llegasen a aspirar a una completa independencia de Roma.

Oficialmente la guerra duró unos tres años (desde finales del 91 hasta el 89 a.C.) si bien todo hace pensar que en algunas regiones se alargó durante más tiempo. El estallido abierto de las hostilidades se desencadenó después de que el senado romano, habiendo notado las crecientes tensiones entre sus aliados, enviase delegaciones a diversos puntos de Italia para intentar calmar los ánimos. En Asculum, sin embargo, sus habitantes interpretaron esto como una amenaza y, tal vez creyéndose descubiertos, pasaron a cuchillo a la delegación e iniciaron además una brutal persecución contra todo lo ‘romano’ presente en su ciudad.

El inicio de la guerra marchó bastante bien para los rebeldes, que capturaron el enclave romano de Aesernia y ocuparon casi todo el sur de Campania. En este orden de acontecimientos, los dos cónsules romanos del 90 a.C. cayeron en sendas emboscadas y fueron muertos a principios de año. Mario, ejerciendo como legado consular, consiguió rechazar las incursiones de los marsios, lo que permitió a Cneo Pompeyo Estrabón (cónsul al año siguiente) abrirse camino hacia Asculum y sitiar la ciudad. Pese a el éxito de este contraataque, Roma se vio obligada a conceder su ciudadanía a todos los aliados que no se habían sumado a la revuelta, probablemente por temor a que etruscos y umbrios terminasen uniéndose a la confederación.

En todo caso, la medida resultó eficaz y Roma pudo tomar ya la iniciativa al comenzar el año 89 a.C. Relegado Mario de su cargo sin que hayan trascendido los motivos, el protagonismo recayó de nuevo sobre Pompeyo Estrabón (padre del famoso Pompeyo del primer triunvirato) y una joven y emergente figura que ya había servido a las órdenes de Mario contra Yugurta y los germanos: Lucio Cornelio Sila. Los romanos tomaron importantes enclaves rebeldes tras feroces combates (incluida la capital, Corfinium) y los sublevados intentaron pedir ayuda a Mitrídates del Ponto para que interviniese en Italia, sin éxito.

En todo caso, el resultado de la Guerra de los Aliados fue sin duda una paradoja de lo más interesante, en la cual el vencedor (Roma) se vio obligado a ceder a las reclamaciones de los vencidos, llegando a otorgar la ciudadanía de forma masiva a los sublevados a cambio de que estos rindiesen sus armas. La extensión de la ciudadanía romana por Italia impulsó una importante y progresiva homogeneización cultural y de costumbres, convirtiendo prácticamente toda Italia en una gran unidad social y política. Se mantuvieron, no obstante, algunos focos de tenaz resistencia contra Roma, especialmente entre las poblaciones samnitas, final y brutalmente sometidas por Sila varios años después.

La conquista árabe y el califato Omeya (622-750)

domingo, 15 de marzo de 2009

Saludos. Esta semana trataremos la aparición del Islam y la consecuente y fulgurante expansión árabe por Oriente Medio y el Mediterráneo. Para ello, empezaremos por analizar quiénes eran los árabes antes de la llegada de Muhammad.
La península arábiga estaba habitada por numerosas tribus semitas, que carecían de una organización superior. Sin embargo, el continuo tráfico de caravanas que transportaban materias preciosas desde el extremo sur de la península arábiga (como el incienso) tráfico mencionado ya por historiadores clásicos como Herodoto o Diodoro, había permitido la expansión el árabe como lenguaje comercial allá por el siglo VI, arabizándose el curso bajo del Eúfrates y buena parte de Siria. De hecho, ya los bizantinos habían pactado con tribus árabes ( tanujíes, salihíes y gasaníes) para que, como “federados”, defendieran la frontera sur del imperio. También el imperio sasánidas contaban con tropas árabes aliadas, aunque éstas también operaban por su cuenta cuando les interesaba.
Ocasionalmente, algunos líderes tribales árabes conseguían federar algunas otras tribus e intentaban dominar a otras tribus. Esto implica que ya en el siglo VI existía cierta inquietud por formar entidades políticas superiores al de “tribu”, aunque no habían tenido éxito. Por otro lado, el comercio había atraído a población judía y cristiana (los pueblos del “Libro”) a territorios árabes, por lo que los árabes preislámicos, básicamente politeístas, entraron en contacto así con conceptos religiosos monoteístas, así como con sistemas éticos diferentes a los conceptos asumidos por cada tribu, que respondían a una concepción más “universal” de los pueblos.

En este “caldo” preislámico sobresalía la ciudad de La Meca, que desde el siglo V había ganado gran preminencia bajo el gobierno de los qurasaisíes. La Meca era un centro caravanero, escala casi obligada de la ruta del inicienso. Se decía también que los quraisíes eran descendientes directos de Isma'il (Ismael, hijo de Abraham, el de la Biblia. Recordemos que los árabes eran semitas), y se erigieron como protectores de la Kaaba, el centro de adoración de los ídolos politeístas preislámicos, que era el centro de La Meca. Las guerras entre Bizancio e Irán favorecieron que la ruta de esta ciudad, alejada de las zonas en conflicto, ganara cada vez más importancia, simultánemante con su prestigio como centro religioso.
En La Meca creció el joven Muhammad. No se sabe mucho de su infancia, pero sí se sabe que viajaba por negocios con su tío a Siria con cierta frecuencia. A los veinticinco años se casó con una rica viuda llamada Jadiya. Muhammad se puso al frente de sus asuntos con mucho éxito, y pronto comenzó a tener fama de honesto. Durante estos años, Muhammad se sometía a largos periodos de retiro y meditación. Durante estos periodos, según el Corán, Muhammad comenzaría a recibir sus visiones sagradas y la Revelación.

Muhammad comenzó a propagar su nueva religión monoteísta, el islam, entre los más cercanos a él. En realidad no tuvo oposición hasta que, teniendo ya algunos seguidores, denunció públicamente el culto de los ídolos paganos. Obviamente, la peregrinación a La Meca para la adoración de estos ídolos era una importante fuente de ingresos para los quraisíes, y comenzaron a ver con cierta inquietud las actividades de Muhammad. Por ello, le acusaron y hubo numerosas intrigas contra él, aunque contó con la protección del clan Bani Hashim. Sin embargo, como no podía proteger a sus discípulos, les recomendó que se marcharan a Abisinia.
Mientras, el clan Bani Hashim fue expulsado de la ciudad, y Muhammad se quedó sin apoyos. Sin embargo, durante la época de las peregrinaciones a la Meca, entró en contacto con gente de la ciudad de Medina. Convirtió a seis de ellos. Al año siguiente, convirtió a otros doce. Al tercer año, Muhammad y sus seguidores, consiguiendo evitar a los quraisíes, abandonó La Meca en dirección a Medina. Esto, que sería conocido como la Hégira, ocurrió en el 622, y es el inicio del calendario islámico. De este modo comenzó a formarse el primer estado musulmán.
A su llegada a Medina, Muhammad da forma a su política: los seguidores del Islam estarían unidos por la fe, y este vínculo sería más importante que el tribal. Esto no era una novedad entre cristianos y judíos, pero sí entre los árabes. Aunque el vínculo tribal seguiría existiendo para determinadas funciones sociales, quedaría relegado a un segundo plano. Este sencillo concepto es fundamental para entender lo que ocurriría en los años siguientes. Además, se tenderían lazos de amistad a los restantes pueblos del Libro: judíos y cristianos. La yihad, o Guerra Santa es contra los cultos preislámicos árabes.
Desde Medina, donde el Islam se propagó rápidamente, Muhammad organizó la guerra contra los quraisíes. Pactó con otras tribus su alianza o su neutralidad, y comenzó la guerra. La estrategia era sencilla: atacar a las caravanas que iban a La Meca para destruir el prestigio de los quraisíes, que estaban a cargo de la seguridad de la misma. La guerra duró ocho largos y sangrientos años, en los que Muhammad incluso contó con la ayuda de mercenarios judíos, que le fallaron en alguna ocasión (hecho por el que el Corán recomienda no aliarse con este pueblo). Hubo batallas, asedios, treguas... Finalmente, en el año 630, después de los quraisíes rompieran la tregua y Muhammad saliera de Medina con un gran ejército en apoyo de sus aliados juza'a. Los quraisíes ya no pudieron eludir la derrota, de modo que se convirtieron. La tribu árabe más prestigiosa abrazó el Islam, y así la nueva religión se expandiría rápidamente. Dos importantes tribus beduínas (árabes nómadas del desierto) se rebelaron, pero también terminaron rindiéndose. La voz se extendió, y a lo largo del 630, diferentes delegaciones tribales se presentaron ante Muhammad, aceptando el Islam.

Muhammad murió en el año 632, tras su último peregrinaje a La Meca. En ese momento comienza el periodo de los Sucesores (es decir, Califas) “Ortodoxos”: Abú Bakr, Omar I, Otman y Alí, primo y yerno del Profeta. En estos primeros años, la sucesión no estaba establecida de padres a hijos, y los califas fueron elegidos de entre los allegados a Muhammad dentro de la tribu quraisí. Tras sofocar algunas rebeliones internas que siguieron a la muerte del Profeta, fueron los años (632-661) de la fulgurante expansión árabe por las tierras de bizantinos y persas sasánidas. Los ejércitos de guerreros fieles se batieron con una fiereza alimentada por su fe que les hizo ganar increíbles victorias allí donde parecía que iban a ser derrotados. Sus líderes (tanto los califas en persona como otros grandes caudillos tribales como Jalid ibn Al-Walid) los guiaron con audacia, valor y confianza absoluta en la victoria. Muhammad había concebido un sistema político que aspiraba a la universalidad, en el que reinara la palabra de Dios. Otros sistemas eran admitidos mientras no entraran en conflicto con los principios del Islam. De dicha concepción surgió el impulso inicial de la conquista. Además, pudieron aprovechar un momento crítico: Constantinopla todavía se recueperaba del gran asedio del 626 y su posterior contraataque a los sasánidas, y éstos hacían frente a sus guerras contra los bizantinos, que había llegado a agotar sus ejércitos. Los que les quedaban estaban concentrados al norte, a lo largo de la frontera común. Ninguno de los dos esperaba un ataque tan feroz y repentino desde Arabia.


La conquista comenzó por Irak, la provincia sasánida más rica, y que limitaba con Arabia. Jalid conquistó Hira y las zonas al oeste del Eúfrates, y luego siguió hacia el norte, hacia tierras controladas por los bizantinos. Cuando estalló la guerra en la Siria bizantina, Jalid logró algo que se juzgó como milagroso: transfirió cientos de soldados árabes desde el frente persa hasta Siria cruzando el desierto. Llevó camellos a los que fue matando para dar sus reservas de agua a los caballos y su sangre a los soldados.
El segundo Califa, Omar, admitió en el ejército a antiguos tribus disidentes, consiguiendo de golpe un gran número de guerreros. Apartó a Jalid de Irak, sustituyéndolo por Ubayda, que fue derrotado por los sasánidas en Yisr, y luego por Abi Waqqas, que organizó mejor sus tropas y se enfrento al gran ejército sasánida de Rostán (sí, como el héroe del "Shanameh"). La batalla duró tres días, pero por fin los sasánidas fueron derrotados, y los árabes siguieron hacia Ctesifonte, que cayó rápidamente. Las restantes fuerzas persas se retiraron a los montes Zagros, y se enfrentaron en una última y desesperada batalla con los árabes en Nihawand, en el 641. Fueron derrotados y expulsados de Irak definitivamente.
Mientras, Siria, tierra que el Profeta conocía bien, también fue uno de los objetivos principales de los árabes. Abu Bakr sólo tuvo éxitos parciales, y sería el segundo Califa, Omar, el que vencería definitivamente a los bizantinos en la batalla de Yarmuk (con la ayuda, a su pesar, de su odiado Jalid, por entonces degradado a ser sólo jefe de la caballería). Después, sin resistencia, los árabes se dirigieron a Palestina. Entre el 636 y el 640 cayeron Damasco, Jerusalén y Cesárea. La caída de Jerusalén tendría una larguísima lista de consecuencias, algunas de las cuales se extienden hasta nuestros días.

Tras la caída de Siria, Omar se dirigió a Egipto. Allí, el general Amr derrotó a los bizantinos en Ayn Shams y en Babilonia de Egipto. En el 642, la provincia estaba totalmente ocupada. Mientras, los ejércitos situados en Irak avanzaban hacia el norte de Mesopotamia, provincia actualmente conocida como Jazira. Esta región era fundamental para el comercio. Harran, Edessa y Nisibis cayeron también en el 642. Entonces, siguieron hacia el norte, hacia Armenia, pero este territorio les costaría diez larguísimos años de duros y costosos combates.
Mientras se avanzaba por Armenia, el sucesor de Omar, Otmán, comenzó la persecución de los últimos sasánidas en la meseta iraní. Sin embargo, esta región fue más difícil. La población tenía un gran sentido de la identidad nacional. No estaban acostumbrados a la presencia árabe, como en los lugares previamente conquistados, y no deseaban ser gobernados por ellos. Para los árabes, la meseta iraní era un territorio nuevo y hostil. No obstante, en el 649, la meseta cayó, pero hasta el 654 no controlarían completamente el noreste, la región llamada Khurasán.
En el año 656, tras dos años de gobierno poco beligerante por parte del último Califa Ortodoxo, Alí, comenzó una guerra civil entre clanes de la tribu qurasaní. Uno de estos clanes, los Ummayad (Omeyas), que había aportados grandísimos generales a la expansión, como Muawiyya, no estaba de acuerdo con esta política. Muawiyya ya era un veterano militar y no estaba dispuesto a detener la expansión, de modo que se rebeló y consiguió, tras la muerte de Alí en el 661, establecer la primera línea dinástica hereditaria de los musulmanes. Esta dinastía gobernaría 90 años, pero la muerte de Alí abrió la caja de los truenos. Si un Sucesor directo del Profeta podía ser reemplazado “legítimamente”, entonces, ya no tenía sentido la norma consuetudinaria de que los Califas debían ser únicamente quraisíes. Esto fue el argumento que ocasionó el nacimiento de la secta jariyí, extremadamente radical en lo que a la interpretación del Corán se refiere. Por otro lado, surgió otra corriente de pensamiento entre algunos clanes que opinaba que debía ser un descendiente de Alí el que gobernara como Califa, ya que era el último de los sucesores ortodoxos. Éstos serían conocidos como chiítas. Sus ideas irían calando poco a poco durante el gobierno de los Ummayad, y al fuerza de estos chiíes sería utilizada para derrotarlos por la revuelta abbasí, pero esto lo contaremos en otro artículo.
La expansión árabe había sido tan rápida que los califas no tenían herramientas para gobernar tantos territorios. Tuvieron que improvisar muchas leyes, y en esta época se establecieron las costumbres del trato de prisioneros, relación con los conquistados, relación con los conversos, sistemas de fiscalidad. Por ello, las enormes riquezas que habían sido de repente puestas a disposición de las tribus árabes también provocó que muchas, ya en el periodo Omeya, intentaran acotar parcelas de poder. Por lo tanto, los Ummayad también tuvieron que hacer frente a estas cuestiones internas. Una de sus respuestas más interesantes fue renunciar a la base tribal para la organización de los ejércitos, y la estructuración de los mismos en cuerpos más profesionales. Así fue cómo tomó forma el ejército árabe clásico. Tuvieron mucho éxito y así continuó la expansión, tras controlar todos los problemas internos.

Las conquistas las inició el mismo Muawiyya. En el 663 invadió Anatolia, y en el 668, asedió Constantinopla, aunque tuvo que retirarse. Mientras, se envió al general Uqbá ibn Nafí a que tomara todo el norte de África. Aquí tuvieron muchos problemas, porque los bereberes se aliaban indistintamente con bizantinos y árabes. Cuando finalmente se sometieron a éstos, los árabes controlaron por fin toda la costa africana del Mediterráneo. Musa ibn Nusayr consolidó el dominio árabe del Magreb, y Tariq ibn Ziyad, su lugarteniente, ocupó Tánger, Ceuta (con la ayuda del propio gobernador Don Julián) y cruzó el Estrecho. En realidad, el año anterior, Tarif ya había explorado la zona (dando nombre a Tarifa). Tariq dio nombre a la enorme roca que veo mientras desayuno en mi cocina todos los días: Gib-al-Tariq, el monte (¿o la roca?) de Tariq. Gibraltar. Los musulmanes llegaron a la tierra que conocían como Al-Ándalus en el 710. Poco después derrotaron al rey Rodrigo en la batalla de Guadalete. En el 721, las tierras controladas por los árabes llegaban hasta más allá de los Pirineos, pero en el 732 fueron derrotados por Carlos Martel, estableciéndose así la frontera con los francos.
Mientras, en el Lejano Oriente, los Ummayad conquistaron Transoxiana y el Turkestán, así como tierras alrededor del Mar Caspio.
Sin embargo, entre el 740 y el 750 se produjeron numerosas revueltas en las fronteras: los bereberes abrazaron el jariyismo, mientras en Oriente, los gobernadores locales de Fergana y Kush se rebelaron contra los musulmanes. El descontento creció. En ese momento surgiría una nueva dinastía, la abbasí, que conseguiría englobar a todos los descontentos con los gobernantes, que depondría al los Ummayad, pero eso lo contaremos en otro artículo.

Un aspecto muy interesante de las conquistas árabes es cómo tuvieron que establecer numerosas costumbres en cuanto a la relación con los conquistados, como hemos mencionado antes. Durante la época de los Califas Ortodoxos, dado que los árabes eran tolerantes con las religiones de los no árabes, éstos sólo sufrieron la imposición de impuestos. Sin embargo, los musulmanes no estaban obligados a pagarlos, por lo que se produjo un enorme número de conversiones por doquier. Estas conversiones no encontraron oposición, ya que del Islam aspiraba a ello precisamente. Sin embargo, los árabes formaban una aristocracia que, socialmente, tenía ventajas sobre los nuevos musulmanes. Pero eran éstos lo que tenían experiencia y conocimientos para gobernar y hacer funcionar a un estado tan ingente, ya que los árabes eran ajenos a este nuevo tipo de estado. Por lo tanto, los nuevos musulmanes debían convertirse en clientes de las tribus árabes para ejercer sus profesiones y disfrutar de ciertos privilegios.
La ocupación de los territorios por parte de los árabes tuvo lugar en forma de ciudades fortificadas, cercanas siempre a ciudades existentes importantes. Lo que en primer lugar en campamentos, atrajo a mucha población recién convertida. Sobre todo campesinos, que abandonaron sus campos y se fueron a las ciudades. Como esto redujo la recaudación de impuestos, por lo que los Ummayad crearon leyes para expulsar a estas gentes de vuelta a los campos. Necesitaban dinero para mantener los ejércitos profesionales, para las infraestructuras de riegos, etc. Sin embargo, sus rivales políticos consiguieron que se extendiera el rumor de que los Ummayad estaban cerrando las puertas del Islam a nuevos fieles, y esto contradecía los principios del Profeta. Esto, sin que se dieran cuenta, fue el principio de su fin.

Los ejércitos que en DBA representan época de la expansión son:
III/25.- Conquista árabe. Esta lista presenta dos variantes.
a) Se trata de los ejércitos iniciales del Profeta. Sorprendentemente, son ejércitos de infantería casi en su totalidad. En esta época, los árabes no disponían de mucha caballería (sólo los caudillos tribales), mientras que el grueso de la tribu combatía a pie. Estos guerreros eran tan fieros y luchaban de un modo tan fanático que en DBA, se representan como Wb. Por lo tanto, esta lista tiene una peana de Cv como general (caudillos, armados con lanza), que también pueden ser Wb. Luego, dos peanas de LH, que representa a los ágiles lanceros beduinos. El resto don 7 peanas de Wb, los feroces guerreros árabes, y las últimas dos peanas, de arqueros árabes, ya sean en forma de Bw o Ps.
b) En esta variante ya se representa el primer acceso de los árabes a caballos suficientes para organizar una caballería efectiva. El general es Cv, sin opción, y luego hay cuatro peanas más de Cv. Acompañan una peana de Lh beduína y luego, 4 Wb de guerreros tribales y dos arqueros, con opciòn de representarlos Bw o Ps.

III/31 Árabe Ummayad (u Omeya)
Este ejército ya presenta las reformas de los Omeyas para eliminar la organización tribal de los ejércitos. Los Omeyas aumentaron tácticamente la importancia de la caballería, mientras que la infantería adoptó un rol más defensivo, combinando densas formaciones con lanzas apoyadas por arcos. Obviamente, estas tácticas estaban dirigidas a anular la caballería enemiga.
Por lo tanto, el general y tres peanas más son Cv (lanceros árabes). Luego hay una peana de LH, que son lanceros beduinos. A continuación, una peana de tropas recién incorporadas: 4Ax, que representa a los montañeses Dailami, que eran guardia personal de los mandatarios sasánidas, ya vencidos, o bien, LH, que representa a arqueros a caballo de la provincia de Khurasán. Luego hay tres peanas de 4Bw (recordad que 4Bw representa a arqueros “regulares”) o Ps, y tres peanas de Sp, que representa a las lanzas defensivas árabes. Nótese que pueden organizarse de la siguiente manera: 2 peanas de 4Bw y tres Sp apoyadas por una peana de Ps en su retaguardia (1Ps puede dar apoyo trasero hasta a tres peanas de Sp).

Hay muchas marcas para miniaturas árabes: Essex, Old Glory, Miniature Figurines, etc.

La dinastía carolingia

martes, 3 de marzo de 2009

Saludos. Esta semana hablaremos de otro de los poderes principales en Europa durante la Baja Edad Media. Se trata del reino franco, que bajo el gobierno de la dinastía carolingia llegó a ocupar casi toda Europa occidental. De hecho, no cabe duda de que la configuración política de nuestro querido continente comenzó a fraguarse como tal bajo el gobierno de su principal gobernante: Carlomagno. Bien, cojamos ahora algo de perspectiva.
Recordemos que desde la caída de Roma, e incluso antes, las tribus germanas se habían infiltrado en los territorios del imperio atravesando las fronteras del Rin, moviéndose hacia el oeste. Estas tribus controlaban estas antiguas provincias imperiales, pero como numéricamente eran inferiores a las poblaciones galorromanas, no podían aplicar sus leyes directamente. De modo que ellos vivían en un estrato distinto, con sus leyes ancestrales aplicadas a su vida privada, pero gobernanban a los demás aplicando la tradición legislativa romana. La tribu de los francos ocupaba el norte de la Galia, y sus primeros reyes pertenecieron a la dinastía merovingia (de Meroveo, su primer gran rey). Los francos tenían de vecinos a muchos otros reinos: visigodos al sur, lombardos en Italia a partir del siglo VI, etc. Por otro lado, los bizantinos, bajo el mando de Justiniano, intentaba recuperar las orillas del Mediterráneo para su imperio. Aunque la mayoría de los reinos germanos se habían convertido al cristianismo, no había ningún poder en Europa que unificara el poder político de estos reinos.
Los reyes merovingios gobernaban apoyados en un gran número de nobles, de modo que salvo que fueran extremadamente competentes, carecían de poder real sin el apoyo de este grupo social, que se había repartido el territorio en grandes latifundios. De hecho, una de las figuras más poderosas de estos años era el mayordomo de palacio (o senescal). Una de las familias ligadas ligadas a este puesto sería conocida como la dinastía carolingia.

Pero falta un ingrediente aún en esta historia para comprender todo lo que pasó: la Iglesia Católica. Desde la conversión de Constantino, los puestos de gobierno civil habían sido ocupados por miembros de la Iglesia, hasta la desaparición del impero romano de Occidente. Pues bien, cuando Roma cayó, la Iglesia estaba tan ligada a estos puestos que se convirtió en la única autoridad que los antiguos romanos podían reconocer. Sin embargo, eran muy débiles todavía. El Obispo de Roma gobernaba sobre las ruinas de esta ciudad, y las diferentes diócesis controlaban pequeños territorios. Además, la Iglesia conservaba los conocimientos y los impartía en sus monasterios a sus miembros ya que estaban destinados a gobernar territorios, por lo que estas personas debían poseer cierta cultura. Pero el imperio bizantino presionaba desde Oriente, y cuando se hizo con gran parte de Italia, trató de controlar la iglesia occidental. Entonces, cuando empezaron el movimiento iconoclasta en Oriente, las diferencias con Occidente se hicieron insostenibles. El Obispo de Roma estaba atrapado entre bizantinos (religiosamente) y lombardos (militarmente).

Bueno, sigamos con los francos. Los senescales habían intentado en vano varios golpes de estado para deponer a los reyes merovingios, pero el resto de los nobles, a los que les interesaba que hubiera un rey débil, se opusieron siempre. Pipino II, otro senescal de la familia, fue más sutil, y veladamente, consiguió reestructurar algunas administraciones, colocando sucesores en varios distritos, y consiguiendo poder para intervenir directamente con el ejército en las regiones más alejadas.
En el siglo VIII, los musulmanes barren a los visigodos y cruzan los Pirineos. El rey franco de la época era otra marioneta (se les conocía a él a sus antecesores como “Los reyes vagos”). Por lo tanto, fue su senescal quién tomó las riendas del ejército: Carlos, hijo bastardo de Pipino II, que venció a los musulmanes en Poitiers en el 732. Después de esta victoria, sería apodado Carlos, el “Martillo”, es decir, Carlos Martel. También aprovechó este astuto senescal para, ya que bajaba al sur de Francia, aumentar su influencia en la región. Además, Martel repartió grandes propiedades entre los que le apoyaban.
En el 739, ante la presión lombarda, el Obispo de Roma pidió ayuda a Martel, pero éste no quería enemistarse con los lombardos, con los que ya tenía un pacto. El idilio Iglesia/reyes francos todavía no había llegado.
Poco después, Thierry IV, monarca merovingio puesto por Carlos, falleció. Carlos Martel decide dar entonces un discreto y sutil golpe de Estado, y lo deja todo dispuesto para repartir el reino, que ya llegaba hasta la actual Alemania, para sus dos hijos: Pipino y Carlomán. Carlos Martel murió en el 741, y sus hijos se hicieron con el poder, pero los nobles se rebelaron, y tuvieron que ceder, poniendo a otro rey títere en el trono. Mientras, dirigieron el ejército a Aquitania, que seguía siendo independiente, Baviera y territorios en la “Alamania” de entonces. Pipino y Carlomán eran muy religiosos, y contaron siempre con el apoyo de los obispos y priores de su territorio, lo que en los años siguientes sería extraordinariamente importante, porque no podemos olvidar que, si bien los nobles eran los dueños del territorio, la Iglesia era un enlace con el pueblo y, además, mantenía el prestigio y legado del antiguo imperio romano. Pipino y Carlomán favorecieron a la Iglesia, persiguieron las antiguas supersticiones y apoyaron la conversión de los paganos germanos que seguía habiendo en Alamania, Frisia y otros territorios más al este de sus posesiones.

Carlomán se retiró finalmente a un monasterio, y entonces Pipino puso en marcha su astuto plan: convertirse por fin en el rey de los francos. Para ello se alió con la iglesia franca y con la romana, sometiendo la primera a la segunda. A cambio, la iglesia romana debía ungirle como rey, de tal manera que Pipino ostentaría tanto el poder político como el respaldo popular del pueblo, promovido por el apoyo de la iglesia. El pacto era beneficioso para ambos, porque el obispo de Roma estaba a punto de caer ante los lombardos. De modo que, desde el púlpito, la Iglesia hizo campaña a favor del establecimiento de Pipino como monarca. Cuando se hizo con el trono, los nobles ya no tenían poder para oponerse: Dios estaba con el Rey. En esta época, el Obispo de Roma le reclamó su parte del trato, visitándole en la Galia. Se produjo una de los mayores montajes de la Historia: Pipino recibió de manos del Papa un documento (“La donación de Constantino”) en el que supuestamente, Constantino el Grande, al mover la capital a Constantinopla, delegaba el poder imperial en el Papa. De modo que éste lo legaba a Pipino. La maniobra fue genial, porque de esta manera, el rey franco se convirtió, en el receptor del poder de los emperadores romanos. Ungido de nuevo por la Iglesia, existía por fin en Europa un poder real que servía de referencia a todos. Éste es el origen de la “Dignidad Imperial”, que en los siglos siguientes, iría pasando de un rey a otro (y que llegó también a nuestro Carlos I). Así, el rey trabajó también en la unificación de ritos, de modo que la iglesia franca adoptó paulatinamente el rito romano.
Pipino III, que así se llamó cuando se convirtió en rey, bajó a luchar con los lombardos, derrotándolos completamente. Se sometieron a los francos, y Pipino entregó al Papa grandes territorios arrebatados a éstos, que se convertirían en los Estados Pontificios, y que existieron hasta el siglo XIX. También, entre otras campañas, derrotó y aplastó definitivamente a los aquitanos y consiguió la rendición de los vascos.

Por otro lado, Pipino también realizó grandes cambios en su reino. Estableció el monopolio de acuñación de moneda para el rey, y sustituyó poco a poco a los funcionarios con miembros de la Iglesia, quienes eran más fiables que los nobles laicos para aquel nuevo tipo de monarquía. Su gran sentido de la diplomacia le permitió conseguir acuerdos tanto con reyes musulmanes como con los bizantinos. Murió en la cima de su prestigio en el año 768, y aunque no podía preverlo en su totalidad, había comenzado una cadena de acontecimientos que darían lugar a la Europa actual.
A su muerte, como todos los reyes germánicos, su reino se dividió entre sus hijos, Carlos y Carlomán. Y mientras se afianzaban en sus reinos, su madre, Beta de Laón, pactaba en su nombre con lombardos y bávaros. Pero algo ocurrió. Carlomán murió tres años después, y así Carlos, que sería conocido como Carlomagno, se hizo con la totalidad del reino de su padre. Y comenzó la conquista…
Durante su reinado, Carlomagno añadió a su reino más de un millón de kilómetros cuadrados. Sus campañas tuvieron diferentes motivaciones, pero, sobre todo, hay que tener en cuenta que Carlomagno era, entre muchas cosas, un hombre de acción, y consiguió trasladar este espíritu a su pueblo. El nombre de los francos estaría ligado para siempre a la guerra. Además, le permitía mantener bajo control a sus nobles, y repartir grandes riquezas entre sus seguidores y la Iglesia, con la que continuó la política de “interés común” inaugurada por su padre.

En primer lugar, desde el 772, tuvo que hacer frente a los sajones, pero no se limitó a estar a la defensiva, sino que invadió los inmensos bosques de Germania. La guerra allí duraría treinta años, pero terminaría con los sajones convertidos al cristianismo y derrotados. Poco después, un dirigente musulmán le pidió ayuda, y Carlomagno cruzó los Pirineos, poniendo sitio a Zaragoza en el 778, aunque no consiguió tomar la ciudad, y para colmo, en el camino de regreso, los vascos aniquilaron la retaguardia de su ejército en Roncesvalles. Aquél fue un año muy difícil, porque tras este desastre, algunos lombardos interpretaron que era el momento de rebelarse, y comenzaron a acosar a los territorios pontificios que Pipino les había arrebatado. Y los musulmanes volvieron a cruzar los Pirineos. Pero Carlomagno supo recuperarse y poner a todos de nuevo en su sitio. Así, tras pacificar totalmente a los lombardos, estabilizar las fronteras y fijar la frontera con los musulmanes, en el 796, comenzó a considerar seriamente el convertirse en el primer Emperador de Occidente después de trescientos años de la caída de Roma. Ya existía la base suficiente, ya que Pipino había sido depositario de “La donación de Constantino”. Hacía falta sólo un gesto más para que su heredero pudiera ser nombrado Emperador. A la Iglesia también le interesaba, puesto que así tendría en Occidente una figura imperial equivalente al Emperador de Oriente. La Iglesia Romana podría cobijarse así bajo este nuevo poder unitario, que podría proporcionar estabilidad suficiente a su inmenso reino para que esta religión se expandiera y prosperara. De hecho, esperaban que la figura del Emperador fuera indisolublemente unida a la defensa de la religión cristiana occidental. Por ello, cuando en el 800, Carlomagno fue coronado Emperador, recibió la corona de manos del Papa. El pacto entre la dinastía carolingia y la Iglesia Romana parecía ratificado para siempre. En adelante, sus sucesores deberían a Roma a ser nombrados Emperadores.

Sin embargo, Carlomagno no se contentó con ello. No quería estar sometido al poder de los pontífices. Fue él mismo el que nombró Emperador a su hijo Leudovico en el 813. Esta fue la semilla de los conflictos entre las monarquías europeas y la Iglesa durante los siguientes siglos.
Antes de morir, en el 814, le dio tiempo a vencer a los ávaros definitivamente, controlar a los eslavos en Bohemia y en la frontera del Elba; detener a los daneses y establecer la frontera (Danemark, es decir, Dinamarca) con ellos, y conquistar Barcelona, que convirtió en el centro de su nueva Marca Hispánica.
Según las leyes tradicionales de los reyes germánicos, sus reinos se dividían entre sus hijos (esto dio lugar a numerosas tradiciones literarias, como podemos leer por ejemplo, en “El rey Lear”). El imperio de Carlomagno no fue una excepción. Sus tres hijos Leudovico, Lotario y Carlos, se lo dividieron. Sin embargo, sólo uno de ellos podía ser Emperador, mientras que los otros serían “sólo” reyes. Entre ellos hubo muchas disputas, y esto era algo que preocupaba a la Iglesia, contraria a la dispersión del poder. En las décadas siguientes, los herederos de Carlomagno se batirían duramente, pero las primeras invasiones escandinavas les obligaron a organizarse y compartir el Imperio, fijando una serie de fronteras en la División de Verdún: Sajonia, Austrasia y Alemania para Luis el Germánico; Neustria, Aquitania, Gascuña, Septimania y la Marca Hispánica para Carlos el Calvo, y entre ambos reinos, el lombardo, los Estados Pontificios, Provenza, y otros territorios centrales para Lotario. Estas fronteras se mantendrían durante siglos, y posteriormente, las nuevas subdivisiones de estos reinos darían lugar a estados medievales como Lorena, Provenza, Borgoña e Italia.

De aquellos años, sería Carlos el Calvo el más exitoso, y en el 875 recibió la corona imperial de manos del Papa. Pero su hermano Luis, los ataques vikingos y las rebeliones oportunistas de sus nobles le impidieron mantener su poder. Por último, se buscó a un nuevo emperador cuando murió éste: Carlos el Gordo, pero fue demasiado débil: los vikingos asediaron París en el 885 y no pudo hacer frente a las invasiones musulmanas en Sicilia. Sus nobles lo derrocaron en el 888. Desde ese momento, serían los nobles los que en cada reino eligieran en adelante a sus reyes como “primero entre iguales”. La Iglesia, también desde ese momento, medraría para tratar de evitar la atomización de los reinos cristianos europeos. La corona de Emperador iría de rey en rey, buscando un nuevo defensor de la Fe con poder suficiente para unir a todos los cristianos bajo su mando.

LOS EJÉRCITOS CAROLINGIOS
Durante este periodo, los ejércitos francos sufrieron una gran transformación. Si bien durante el periodo merovingio los ejércitos eran básicamente de infantería, los monarcas carolingios entendieron pronto que era la caballería el arma del futuro.
La base del ejército la proporcionaban los nobles y sus levas. Los nobles formaban la caballería, equipada con escudo y lanzas, básicamente. Los francos fueron adoptando tácticas e ideas de los lombardos y bizantinos. Desde el 800, a estos caballeros se les exigía una amplia panoplia, y su conducta en el campo de batalla incluía cada vez más cargas directas contra el enemigo, sobre todo si también era montado.
En las batallas a campo abierto, la infantería, formada por siervos de los nobles, tenía un papel defensivo frente a la caballería enemiga, aunque soportaron el peso de los combates en los bosques y pantanos de Sajonia. Allí aprendieron a luchar embarcados, practicando numerosas operaciones anfibias.
Otra de las claves de las victoriosas campañas de Carlomagno era la concentración de las tropas al principio de cada primavera. Carlomagno construyó caminos y puentes para moverse rápidamente por su reino.
Carlos el Calvo ordenó que todo el que pudiera aportar un caballo, lo llevara a la guerra, de manera que los francos fueron abandonando paulatinamente la guerra a pie.


La lista de DBA que cubre estos ejércitos es la III/28, Francos Carolingios. Medio ejército está compuesto por Kn, los “caballarii” francos, mal equipados antes del siglo IX y con panoplia creciente desde ese momento. Muchos portaban arcos, pero no los usaban en la lucha a caballo. Por el contrario, tenían lanza, espada corta y larga y escudos.
Luego hay cuatro peanas de lanzas defensivas para cubrir huecos frente a la caballería enemiga. Por último, encontramos una peana de Ps, que representa a los batidores asociados a los nobles, y otra opcional, que puede ser Ps, que representa a ballesteros, Lh, que puede representar caballería ligera vasca, equipados con jabalinas, o Hd, que representa a las levas obligatorias realizadas por los nobles.
Que yo conozca, Essex y Minifigs tienen gama de carolingios, pero seguro que muchas otras también. Es un periodo evocador, y que inspiró los grandes cantares de gesta, como “La canción de Roland”.

Nota: Las miniaturas en 15mm que se muestran pertenecen a la colección de Marco Boetti -DBA Italia-, y son modelos Essex y Donnington.