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Batalla de Cunaxa para BBDBA

sábado, 20 de febrero de 2010

Saludos. En el grupo de juego en el que estoy decidimos hacer una gran batalla histórica, pues todavía teníamos el buen sabor de boca que nos dejó Gaugamela. De modo que preparé el siguiente escenario:

Hay dos bandos: Artajerjes II (defensor) y Ciro, el Joven (atacante). Se usarán las reglas habituales de BBDBA, con las siguientes excepciones:
El flanco izquierdo de Artajerjes estará ocupado por un río. Se pondrá la mínima escenografía adicional que permitan las reglas, incluyendo el río.
a) Ejército de Artajerjes: Se compone de 3 mandos de la lista II/7. Persas aqueménidas tardíos.
1.Tisafernes, flanco izquierdo: Cv(gen), 2 Cv, 3Sch, 4Ax 2Ps, Campamento. El campamento se desplegará en contacto con el río.
Órdenes: detener a los mercenarios griegos y evitar que llegen al campamento persa.
2. Artajerjes II. Cv (CinC) ,4Ax, 4Sp, 2Cv. Los Ax se desplegarán a continuación de la línea de Tisafernes. Artajerjes debe quedar en el centro de la mesa.
3. Orontas. Cv (gen), 2Cv, 6 LH, 4 Ps

El dado más alto será para Tisafernes, el segundo más alto para Artajerjes y el menor para Orontas.

b)Ejército de Ciro: Un mando de II/7 Persas aqueménidas tardíos y otro de II/5(i), hoplitas tardíos, , con la opción de 1Cv y 3 Ps. Ciro será el CiC.
El mando hoplita desplegará pegado al río. El mando de Ciro, a continuación. El campamento también estará pegado al río.

Reglas especiales:
a) El Gran Ejército Real.- El ejército de Artajerjes es tan grande que apenas puede controlarlo. Todos sus generales tienen un rado de mando efectivo de 600 pasos.
b) El mejor hombre: Ciro es un gran general. Siempre tirará dos dados de PIP y elegirá el más alto. Además, su mando sólo se romperá si él muere O si pierde seis peanas, en lugar de cuatro.
c) "Si vencemos aquí, estará todo hecho...". Ciro tiene un +1 adicional al +1 por ser general cuando luche contra cualquier Cv del ejerćito contrario. Además, perseguirá automáticamente a la peana de Artajerjes II como si fuera impetuoso.

Condiciones de victoria:
Artajerjes obtiene Victoria Total si consigue romper los dos mandos enemigos.
Ciro ganará si rompe el ejército enemigo según las reglas o mata a Artajerjes en cualquier momento.
Se producirá un empate si se rompe el mando de Ciro pero el mando griego todavía no se ha roto y, además, consigue asaltar el campamento persa.


Con las minis ya preparadas, nos reunimos Fran, Fernando y yo, y sorteamos los bandos. Fran jugaría con Ciro y los griegos; Fernando, con Artajerjes y Orontas y yo, con el ladino Tisafernes. La partida se celebró en la tienda física de E-Minis.
Bueno, pues tras la lectura "obligada" de la descripción del despliegue en la "Anábasis" de Jenofonte, visiblemetne emocionados, comenzamos a desplegar. Éste fue el resultado.
Pinchad en la foto para verla más grande. En la parte derecha está el enorme ejército de Artajerjes II. En la parte inferior, Tisafernes, junto al Eúfrates. En el centro, toda la infantería, y detrás, Artajerjes en persona y su escolta de 6.000 jinetes. En el extremo superior, Orontas, con el resto de la caballería.
En el parte derecha, el ejército de Ciro, muy inferior en número. El mando griego en la parte inferior, frente a Tisafernes, y el de Ciro, en el centro, extendido al máximo para retrasar en lo posible el posible movimiento envolvente que podría iniciar el mando de Orontas.
Aquí os dejo una perspectiva de los feroces mercenarios de Ciro, ésos que, una vez acabada la batalla, comenzarían la lenta y amarga retirada que nos narra en primera persona nuestro buen amigo Jenofonte.
Bien, pronto comenzó la batalla. Los dados nos trataron muy mal, y salvo el mando de Tisafernes, el resto del ejército persa se tuvo que conformar con un único PIP. Por lo tanto, sólo hubo avances. Mi mando, el de Tisafernes, tenía todos los carros falcados. En el primer movimiento los acerqué al río para golpear el extremo de la línea de hoplitas, y luego rematar el trabajo con mi caballería. Tal que así:
Pronto vi lo difícil que lo tuvo Tisafernes. No tenía espacio para maniobrar. Estaba obligado a cargar de frente contra un muro de griegos violentos con algo de caballería y una infantería muy inferior, sin espacio para envolver su línea. Si los carros falcados no conseguían abrir un hueco que yo pudiera explotar, lo tendría muy difícil. Mientras, el resto de líneas se aproximaban cautelosamente.
Bien, en mi flanco, dos carros murieron sin efecto, pero el central eliminó una peana de hoplitas. No estaba mal, teniendo en cuenta que me enfrentaba al general en persona, apoyado por psilois. El hueco dejó aislada una peana de hoplitas cerca del río. Era la mía. Lancé a la caballería a terminar el trabajo, mientras mi infantería se batía con el resto de hoplitas para proteger a mi general. Mientras, Fernando avanzaba con sus escasos PIPs hacia Ciro. Y Fran desplegaba su línea, de manera que su infantería bárbara (Ax) quedaba frente a la de Artajerjes, mientras él, con su caballería, se situaba a medias entre el mando de Artajeres y el de Orontas, en un lugar donde la línea era delgada, y los enfrentamientos le eran favorables. Lanzó su único carro falcado intentando abrir un hueco, pero fracasó. Observad también las dos LH de Ciro, a la izquierda, en el borde superior. Con esas dos peanas intentó retrasar el mando de Orontas, que, dado que recibía siempre el dado con menos PIPs, no podía maniobrar mucho, y sólo pudo ir cargando de frente.
Bien, a continuación, en mi flanco, el más cercano de la foto, Fran destacó un Ps para pillar a mi carro y sacarlo del combate. Esto le dio mucho tiempo. Yo hubiera podido girar el carro y hacer empanadilla de hoplita con mi caballería por el frente, pero al atacar el carro con el Ps, se aseguró que acabaría persiguiéndolo hasta el final de la mesa o bien, perdería el carro. Buena jugada.
En el flanco de Orontas, éste al fin carga contra las ligeras de Ciro. Pero nada definitivo ocurre. Las LH de Ciro aguantan estoicamente, una y otra vez.
Finalmente, Ciro enseña sus colmillos. Carga a la LH de Orontas y a los Ax de Artajerjes. Como Orontas está luchando con las LH de Ciro en el extremo de la mesa, y tiene muy pocos PIPs, no puede apoyar demasiado bien la lucha, y Ciro se aprovecha. Artajerjes envía una peana de Ax para ayudar, pero no es suficiente. Mientras, en mi flanco, Tisafernes atraviesa las líneas de hoplitas por el hueco y ataca a la segunda línea, a los Ps que dan apoyo trasero. Un retroceso hubiera acabado con el general griego, pero la pendiente y los dados juegan a su favor y se mantiene en su sitio, rechazando a la caballería persa.
En mi flanco, los Ps griegos aguantan más de lo esperado. Hacen retroceder a mi general y rodean el carro falcado, pero ya estoy a un paso del campamento griego. Mientras, Ciro sigue haciendo daño en el extremo de las líneas de Artajerjes y Orontas, mientras que las LH de Ciro rechazan una y otra vez todos los ataques con flanqueo de Orontas. Eso sí que es motivación.

En el turno siguiente, Ciro se ventila dos Ax, y Artajerjes tiene que enviar a sus jinetes a cerrar el hueco. El destino conspira. Los dos hermanos están cada vez más cerca. La lentitud de Orontas en apoyar con sus tropas resulta clave. Aun así, Fernando se las apaña bien sólo con las tropas de Artajerjes. Aprieta los dientes, y lucha.Mientras, finalmente consigo ir ganando en mi flanco. Dos Ps mueren frente a mi general y aplastados contra su campamento. El mando griego está a una sola baja de romperse, y tengo caballería en la retaguardia de la línea griega. Es sólo cuestión de tiempo. ¿O no? Mientras, el tiempo se nos acaba en el centro. Ciro, aprovechando su mayor número de PIPs, consigue detener o zoquear a todas las plaquetas enemigas necesarias para no verse amenazado. Ciro, sin exponerse todavía, se dedica a solapar a un enemigo a cada lado, mientras sus fieros jinetes hacen el trabajo. ¡Así no hay manera!

Fernando decide usar otra táctica. Como vencer al escurridizo Ciro está muy difícil, comienza una fuerte ofensiva contra la infantería de éste, con la esperanza de obtener suficientes bajas para romper su mando. Dispone de más tropas, y más refuerzos. Su cambio da frutos. La infantería Ax de Ciro pierde su primera peana.
El centro de Artajerjes es un confuso y polvoriento combate. Las peanas van adelante y atrás. Ciro lleva una LH del extremo de su línea a reforzar su centro, y consigue, con éxito, matar a otra peana de Cv de Artajerjes. Ya no hay nada entre los dos hermanos, que están en contacto esquina con esquina. Sin embargo, Fernando no se amilanó. Decidió no retroceder con el Rey, sino llevar más peanas al combate de donde pudiera. El Rey de Reyes no podía huir ante su enemigo. Para colmo, la infantería de Ciro aguanta una y otra vez. Apenas pierde una peana más.
¡Los griegos se rompen! Tisafernes da buena cuenta de la última peana de hoplitas necesaria para romper a los griegos. Justo a tiempo, porque ese mismo turno había perdido a su tercera peana. Una más, y sería Tisafernes el roto. Pero los griegos desmoralizados ya no son una amenaza. El ejército rebelde se tambalea. Ahora todo depende de Ciro. Orontas consigue una buena tirada, y lleva LH a apoyar al Rey. La caprichosa Fortuna se decanta por uno u otro bando según el turno.

Fran, que estaba realizando una brillante aproximación a Artajerjes, en una maniobra difícil de imaginar, se coloca a su lado, con el mismo encaramiento, para pillar a la LH de Orontas que, contacta por una LH de Ciro, y solapada por un Ps, tras acudir al rescate del Rey, murió empujada contra el frente de Ciro.Y finalmente, Ciro, que fue más rápido en llevar apoyos al combate, pilla a Artajeres, y, cambiando la Historia, lo mata. Ciro es el nuevo Shahansha.
Asombrosa partida. Fernando se defendió con uñas y dientes y estuvo a punto al final de romper el mando de Ciro con su infantería. Sólo faltaron dos peanas más. Y los griegos, destruidos. Todo ocurrió al revés que la Historia.
Pero estamos muy contento con el escenario. Realmente pudo ganar cualquier bando. Pensamos que está muy equilibrado.
En fin, hasta la próxima.

El sueño de Bactriana: los últimos reinos griegos.

viernes, 1 de mayo de 2009

Saludos. Hoy comenzaremos con un enigma. Imaginad la escena: es 12 de noviembre de 2001, y los talibanes ya sienten el aliento de los americanos en el cogote. En Kabul, un grupo de mulás, listo para huir a las montañas, se ha detenido en el edificio del Tesoro, construido en los años 30 por arquitectos alemanes. Bajan directamente al sótano, y al final de un estrecho pasillo hay una puerta con siete extrañas cerraduras. Los talibanes no tienen las llaves, claro, de modo que recurren a lo que tiene a mano: sopletes, palancas, balazos... Pero nada. La puerta apenas recibe daños. Por último, comienzan a disponer dinamita alrededor, hasta que un funcionario del Tesoro, horrorizado, les explica que el diseño del edificio es tal que si intentan volar la puerta, destruirán los muros de carga principales y toda la estructura caerá sobre sus cabezas. “Diseño alemán”, les asevera. Por ello, los mulás, frustrados, abandonan el edificio y huyen de Kabul sin conseguir su objetivo.

Pero, ¿qué había tras esa puerta, cuyas llaves estaban en poder de siete personas que no se conocían entre ellas, en siete lugares distintos del mundo? ¿Qué fabuloso tesoro intentaban saquear los talibanes? Preparémonos para viajar con la imaginación, queridos lectores, a través de los océanos de tiempo. Miremos ahora Afganistán en el Google Earth, y retrocedamos días, meses, años, siglos.... Porque hubo un tiempo en el esa tierra, que ahora no es más que escombros, era un país asombroso y opulento, cuna de una refinada y mestiza cultura, que fue descrito por los geógrafos como el riquísimo imperio de las mil ciudades. Pero su estrella se apagó, y cayó en el olvido, y no se volvió a saber nada de aquellos fabulosos reyes hasta hace poco más de cien años. Porque al otro lado de aquella puerta, amigos, estaba uno de los mayores y más hermosos tesoros que se hayan imaginado nunca. Y si tomáramos una sola de las miles de monedas que lo conforman, nos resultarían extremadamente familiares. Reconoceríamos en ella algunos caracteres. Sí. Algunos, incluso podrían leer fácilmente palabras escritas en griego. ¿”Cómo es posible”, podríamos pensar? Viajemos, viajemos un poco más hacia el oeste, hacia el principio de esta historia, hasta Babilonia, donde un joven rey macedonio agoniza en su lecho, rodeado por sus generales... Porque la cadena de acontecimientos que llevaron a los mulás al edifico del Tesoro, comenzó ese aciago día de verano del 323 a.d.C., en el que Alejandro, hijo de Filipo, falleció sin heredero.

Alejandro. Hubiera bastado con que dijera un único nombre con su último aliento, y todo habría sido diferente. Pero murió en silencio, y su cuerpo no estaba frío todavía cuando ya sus generales luchaban entre ellos por heredar su fabuloso imperio, que llegaba desde Macedonia hasta La India. Allí estaban, entro otros, Ptolomeo, Lisímaco, Eúmenes... y Seleúco. Sin hacer grandes esfuerzos por entenderse entre ellos, cada uno se dirigió hacia sus tropas, y comenzaron las guerras de los Diadócos.

Tras años de lucha, no les quedó mas remedio que llegar a diferentes acuerdos y repartirse las satrapías del imperio de Alejandro, que, inteligentemente, había respetado la organización territorial del imperio persa. En el reparto, Seleúco se quedó con pedazo enorme: desde Siria hasta La India, y estableció su imperio en el 305 a.d.C. Siguió respetando la estructura de satrapías persas, situando en cada una un gobernador designado por él, sátrapas, a fin de cuentas. Mientras, en La India, una nueva dinastía ascendía al poder: los Maurya. Su fundador, Chandragupta, recibió embajadores de Seleúco. El general sabía que no podría controlar las tierras del Indo ante los Maurya, y pactó con ellos: tierras, a cambio de miles de elefantes que incorporar al ejército seleúcida. Como prenda, matrimonios pactados entre ambas dinastías. Chandragupta sonrió y aceptó, y así extendió su imperio hasta las faldas del Hindukush.

Los años pasaron. A la muerte de Seleúco le sucedió su hijo Antíoco I, y a éste, Antíoco II. En este momento, el año 250 a.d.C. las guerras de Antíoco con los Ptolomeos de Egipto, alcanzan un nuevo clímax. Es entonces cuando el gobernador de la rica satrapía de Bactriana, aprovechando la oportunidad, declara unilateralmente su independencia de la casa de los Seleúcidas, y funda su propio reino: Bactria (en el norte del actual Afganistán) tomando rápidamente el control del ejército y preparándose para el posible contraataque seleúcida. Y su ejemplo cundió, porque apenas tres años después, Andrágoras, sátrapa de Partia, también declaró la independencia.

Hasta el 210 a.d.C., con un nuevo Antíoco, el tercero, los seleúcidas no fueron capaces de organizar una invasión en la satrapía rebelde. Para entonces, ya llevaba veinte años gobernando en Bactriana una nueva dinastía, la de Eutidemo, que había derrocado a Diodoto, y se había anexionado Sogdiana. Eutidemo y sus nuevos ejércitos grecobactrianos fueron inicialmente derrotados, pero en su repliegue hacia su capital se defendió con éxito, y resistió un terrible asedio durante tres años. Antíoco III, ante la imposibilidad de mantener el sitio por más tiempo, decidió pactar con Eutidemo. De esta manera, el imperio seleúcida reconocía al reino grecobactriano.

Su expansión prosiguió. Ya habían llegado a China hacia el final del siglo III a.d.C., y también se expandieron hacia el oeste, conquistando Traxiana; al norte, Fergana y al sur, más allá del Hindukush, hasta Aracosia. Para el año 180 a.d.C., el reino grecobactriano estaba a las puertas de La India.

Pero mientras, los partos, guiados por Arsaces se habían rebelado contra Andrágoras. No sólo tomaron el control de la región, sino que, bajo el mando del sucesor arsácida, Mitrídates I, siguieron como una ola imparable hacia el oeste, conquistando el corazón del imperio. La casa seleúcida fue empujada hasta el Mediterráneo, mientras Persia, Media y Babilonia volvía a manos iranias. El resultado es que el reino griego de Bactriana quedó separado para siempre de Occidente, la tierra de donde habían llegado los reyes macedonios. Para entonces, aquellos tiempos resultaban muy lejanos. En Bactria, la cultura helenística y las irania e india, a fuerza de coexistir, estaban impregnándose unas de otras. No se miró al oeste con nostalgia. Las riquezas, el poder, la gloria, estaban en el este.

En el año 180 a.d.C., la dinastía Maurya fue depuesta por los sungas. Su intolerancia religiosa hacia los budistas fue aprovechada por el rey bactriano Demetrio, que invadió La India, presumiblemente en defensa del budismo. Incorporó las tierras de la llanura del Indo a su reino, y luego prosiguió hacia el este. Los sungas dejarían registros escritos maldiciendo a los helenos, los “yavana”, feroces y sedientos de sangre.

Los sucesivos reyes bactrianos siguieron avanzando hacia el corazón de La India, hasta que el Menandro, en el año 150, conquistó la ciudad de Paliputra, en el valle del Ganges. En ese momento, la dinastía bactriana eutidémida fue depuesta por otra helenística, la eucrátida, que finalmente tomó el poder en el 140 a.d.C. El desorden en el reino bactriano fue tal que, aprovechando que las conquistas en La India eran tan extensas, el general Menandro dio un golpe de mano y formó el primer reino indogriego, una entidad política separada del reino de Bactria, que no pudo evitar la independencia de facto.

A partir de ese momento, la información que se tiene se diluye, y sólo se conoce que el reino Indogriego se fragmentó en numerosas partes con muchos reyes “yavana”, que volvían a unirse más tarde bajo otros yavana más poderosos, y que al morir éstos volvían a separarse.

Ambos reinos tuvieron una corta vida en paralelo, pues a partir del 140 a.d.C., a través de las estepas comenzó una invasión de los escitas del este, que presionados por otron pueblo indoeuropeo denominado Yue-zi, o kushan, avanzaron hacia el sur penetrando por el norte de Afganistán, y desorganizando no sólo Bactriana, sino también la frontera oriental del imperio parto. Y poco después los kushan también entraron en el reino. Entre ellos se encontraban posiblemente los tocarios, el pueblo indoeuropeo conocido que habitó más al este. A lomo de sus poderosos caballos, los impresionantes catafractos de los kushan y sus arqueros a caballo irrumperion en el debilitado y aun inestable reino bactriano. Los eucrátidas, aunque presentaron una feroz defensa, perdieron en pocos años de guerra el control de su reino, y, repliegue tras repliegue, el último rey grecobactriano, Heliocles, ordenó a sus súbditos huir hacia sus últimas posesiones en La India en el año 130 a.d.C. Los grecobactrianos, que formaban el estrato superior de la sociedad, se llevaron todo lo que pudieron, pero sus mayores tesoros tuvieron que ser escondidos y abandonados. Entre estos tesoros se contaban miles de hermosas monedas, adornos de oro, objetos preciosos procedentes del comercio con China y de los maravillosos artesanos de Bactriana. Fueron éstos tesoros los que aparecieron en el siglo XX. Éste es el origen del oro perdido de Bactriana, el tesoro de las Siete Llaves, que sólo representaba una pequeña parte del total.

Los kushan tomaron el poder en el reino, pero no destruyeron la cultura helenística, sino que la absorbieron en gran medida. Hablaremos de este poderoso imperio en otro artículo, no obstante, pues ahora debemos seguir con el último impero helenístico de Asia: los indogriegos, que bajo el mando de Menandro I, habían conquistado gran parte del norte de La India.

Los “yavana” se situaron de nuevo como estrato dominante en una sociedad también de castas, de manera que su dominio fue fácilmente asimilado. A lo largo de los años se sabe que gobernaron unos treinta reyes helenísticos. La cultura, la filosofía y la religión de ambos pueblos se fusionaron con una fuerza extraordinaria.

Sin embargo, los kushan desde su nuevo imperio bactriano, comenzaron su extensión hacia La India. La mitad occidental del reino indogriego fue conquistada hacia el 70 a.d.C. El reino indogriego quedó limitado a los territorios del Punjab. Pero los pueblos escitas esteparios siguieron presionando sin embargo más allá de las fronteras kushan, y así, en el año 10 a.d.c., el último rey indogriego, Estratón II, fue derrotado. Los últimos herederos del mundo que Alejandro había imaginado habían desaparecido. Pero no su cultura.

Los reinos grecobactrianos e indogriegos mantuvieron algunas características comunes. Los reyes y la clase dominante era de origen heleno, pero numéricamente era muy inferior a los pueblos sobre los que gobernaban. Éstos, además, eran muy variados, con lenguas, religiones y culturas distintas. La respuesta a los problemas de gobierno fue la misma que ya había empezado a adoptar Alejandro: la fusión cultural. Los gobernantes fueron asimilando la cultura local. Las lenguas comenzaron a fusionarse, y la religión pasó por un proceso de sincretismo, es decir, de unión de corrientes totalmente distintas. Estas ideas permitieron el nacimiento de culturas nuevas, con características tanto helenísticas como autóctonas. Cobró especialmente fuerza la religión budista, que muchos reyes, sobre todo indogriegos, no sólo defendieron con vehemencia, sino que llegaron a adoptar, como Menandro I. De hecho, una de las mejores muestras de este sincretismo cultural es un texto budista llamado “Milinda Phana” (Diálogos con Milinda, es decir, Menandro). Escrito en pali, refleja, copiando el más puro estilo dialéctico platónico, las conversaciones entre Mendandro y un monje budista Nagasena. En las distintas monedas acuñadas por los reyes pueden leerse inscripciones en griego y en idiomas locales, con símbolos adaptados, y referencia a dioses de todos los panteones. Hubo templos maravillosos y estatuas de belleza inigualable. La población, en su mayoría india o irania, disfrutaría junto a la aristocracia “yavana” de antiguos dramas escritos por autores de extraños nombres tales como “Sófocles”, o “Eurípides”, que hablaban de lejanas ciudades del oeste, que ya apenas eran un vago recuerdo para los nobles.


GRECOBACTRIANOS E INDOGRIEGOS EN DBA

La lista que representa a estos reinos es la II/36. Ésta tiene una variante “a” para el reino greco-bactriano y la “b” para el reino indogriego. Como características comunes, los ejércitos de estos reinos presentan una composición mixta: mando y unidades regulares de estilo helenístico y una parte mucho mayor de tropas autóctonas, tanto iranias como indias. Pero veámoslas con más detalle.

La opción “a”, grecobactriana, tiene un general 3Kn, que representa a la caballlería helenística tipo “Hetairoi”, equipada con armadura pesada y xyston, y otra peana de 3 ó 4 Kn, que representa tropas del mismo tipo o bien tipo catafractos seleúcidas. Luego hay dos peanas de LH,que representan caballería ligera bactriana, tropas iranias que combatían con arco y lanza ligera. Luego, vienen dos complejas opciones de hasta ocho peanas. La primera incluye 4 bases de picas, dos de auxiliares tipo “thureophoroi” helenísticos, y dos peanas de psilois, (arqueros mercenarios cretenses o arqueros montañeses indios), que pueden ser opcionales con una peana de elefantes y otra de Bw indios. Es decir, este grupo representa la primera etapa del reino grecobactriano, cuando todavía tenían contacto con los reinos helenísticos de occidente, y la tradición militar macedonia era mayoritaria.

Sin embargo, la otra gran opción sustituye estas últimas ocho bases por tropas exclusivamente iranias: 3 bases de caballería acorazada o catafractos iranios y más LH de caballería ligera bactriana y caballería ligera india. Es decir, es posible hacer una lista exclusivamente de tropas montadas. Con estos ejércitos hicieron frente a las invasiones kushitas.


La opción “b”, que es la del reino indogriego, es más sencilla. El general es Cv, en lugar de Kn. En las monedas indogriegas se representan jinetes helenísticos, pero equipados con arcos y lanzas ligeras. Al parecer, tuvieron que cambiar las tácticas de choque con xyston frente a enemigos más ligeros, como los indoescitas, que fueron penetrando en La India. Por ello se equiparon de aquella manera. Luego hay una peana de Lh, que representa caballería ligera india o bien mercenarios escitas. Cuatro peanas de piqueros son el último recuerdo de las tácticas helenísticas, pues luego siguen dos peanas de elefantes indios; tres peanas de arqueros indios Bw, una de las cuales puede cambiarse por Ps, arqueros montañeses indios y una peana de Bd, que representa a los lanceros indios, que luchaban con escudos grandes y estrechos, jabalinas y diferentes tipos de espada, normalmente por delante de los arqueros.

Casi todas las marcas tienen gamas útiles: Xyston, Essex, Old Glory, Magister Militum, etc.

Cleómenes I, rey de Esparta.

jueves, 19 de febrero de 2009

Esta semana, nuestro colega Xoso se marca un interesantísimo artículo sobre uno de los reyes de Esparta más famosos.

La tragedia, ese género teatral originado en Atenas a partir de las ceremonias en honor a Dionisio, estructuraba casi siempre sus obras en base a una clara enseñanza moral: la hybris (“arrogancia” o “ambición desmesurada”) de los hombres es castigada por la némesis de los dioses, ya bien cebándose directamente en el ‘infractor’ o bien por medio de sus seres queridos.

Siguiendo este esquema, la vida de Cleomenes I de Esparta podría definirse como una gran tragedia. Del linaje de los agíadas (una de las dinastías reales de Lacedemonia, junto a los euripóntidas), Cleomenes era hijo del rey Anaxándridas II y su segunda esposa. Pese a esta última característica, hizo valer su condición de primogénito para imponerse en el trono a la muerte de su padre, situándose por delante de sus hermanastros Dorieo, Leónidas y Cleombroto, hijos de la primera esposa de Anaxándridas.

Primeros años en el trono.


El contexto sociopolítico en el que se sitúa Cleomenes al acceder al trono (más o menos en torno al 520 a.C.) era sin duda bastante agitado. Esparta, tras el fracaso de sus intentonas de imponerse a todos sus vecinos en el siglo anterior, había formado ya una Liga del Peloponeso donde se integraban casi todas las ciudades de la península, con la notable y lógica excepción de Argos, archirrival eterna de los lacedemonios. Internamente, la polis espartana había sufrido una ‘petrificación’ tanto social como política tras las reformas tradicionalistas del éforo Quilón a mediados del siglo VI.
Mientras tanto, Atenas llevaba desde la época arcaica sumida en una constante serie de conflictos internos entre las distintas clases sociales. Esta situación se mantuvo pese a las sucesivas reformas de Dracón y Solón (que a la larga resultaron inefectivas) y sólo se llegó a una cierta estabilidad tras la imposición de la tiranía por parte de Pisístrato. A su muerte, sus hijos Hipias e Hiparco mantienen el poder con el beneplácito de la aristocracia local, pero su pedigrí exterior se debilita ante el avance de los Persas en Asia Menor (derribando tiranías aliadas de Pisístrato) y la consolidación del poder espartano en el Peloponeso.

De vuelta a Cleomenes, el rey lacedemonio comienza a desarrollar una política externa bastante activa y agresiva. Se vale de su hermanastro Dorieo para lanzar expediciones e incursiones militares incluso fuera del Peloponeso, probablemente con la doble intención de extender la influencia espartana y al mismo tiempo tratar de librarse de un posible rival político enviándolo al frente. Efectivamente, tras un fallido intento de fundar una colonia espartana en el norte de África, Dorieo terminará muriendo en una campaña en Sicilia.
Estas iniciativas de Cleomenes le valieron cierta desconfianza por parte de sus propios conciudadanos. La mentalidad general espartana, muy reticente -a veces incluso paranoica- a abandonar el Peloponeso por el miedo ante una posible nueva rebelión hilota, no veía con buenos ojos la actitud ‘internacionalista’ de su rey.

Guerra contra Atenas.


En torno al año 510 a.C., Cleomenes acepta intervenir en los conflictos internos de Atenas a petición del linaje de los Alcmeónidas, exiliados de la ciudad debido a su enfrentamiento con el pisistrátida Hipias. Los Alcmeónidas (a cuya familia pertenece el posterior Pericles) llegaron a sobornar al Oráculo de Delfos para que sus profecías se mostrasen favorables a una intervención militar espartana.
Hipias, debilitado por la muerte de su hermano Hiparco unos años antes, tuvo que atrincherarse en la Acrópolis, y finalmente se vio obligado a rendirse. Depuesta la tiranía de los pisistrátidas, comienza una nueva lucha de poder entre Clístenes el Alcmeónida e Iságoras. Este último, de corte bastante pro-espartano, solicita la ayuda de los lacedemonios para hacerse con el control de Atenas, petición a la que Cleomenes accede encantado. Los Alcmeónidas son expulsados de nuevo y se llega a suprimir la boulé (órgano ciudadano establecido por Clístenes).

Estas medidas provocan un descontento generalizado entre los atenienses, que se alzan en armas y expulsan a Cleomenes y su guarnición espartana, propiciando el regreso triunfal de Clístenes, que por fin se verá en disposición de aplicar sus conocidas reformas.
Cleomenes, reticente a admitir la derrota, comienza a prepararse al año siguiente para atacar Atenas otra vez, pero sus aliados corintios se niegan a seguir inmiscuyéndose en los asuntos internos de otra polis, además de mostrarse recelosos de las crecientes ambiciones del rey espartano.
Cleomenes se topa también con la desconfianza de Demarato, el otro monarca lacedemonio, que también desaprobaba su conducta. Ambos discuten y finalmente alcanzan un acuerdo: a partir de entonces, sólo un rey espartano dirigirá al ejército, mientras que el otro permanecerá en Esparta. En virtud a esto, Demarato regresa a casa y se sitúa en un segundo plano político, dedicándose a sus pasatiempos favoritos (como las carreras de carros). Finalmente, con Cleomenes al frente y sin la ayuda de Corinto, la expedición lacedemonia fracasa miserablemente.

La revuelta jonia y el incidente de Egina

En 499 a.C., Cleomenes rechaza la petición de Aristágoras, tirano de Mileto, de apoyar la revuelta de las ciudades jonias de Asia Menor. Por este motivo, Esparta no participa en la expedición griega que ataca la satrapía más occidental de Persia, culminando en la toma y saqueo de su capital Sardes. Cleomenes prefiere dedicarse a asuntos más próximos, y en 494 ataca por sorpresa a Argos, asaltando la zona de Sepeia y matando a unos 6000 habitantes en suelo sagrado. Este suceso le granjeará no sólo el odio eterno de Argos, sino también cierto malestar en el seno de la propia Liga del Peloponeso.

Tras el fracaso de la revuelta jonia de Asia Menor, emisarios persas recorren las polis griegas solicitando la simbólica entrega de tierra y agua como acto de sumisión (las crónicas griegas de la época lo describen como medizar, en referencia a ‘ponerse al servicio de los medas’). La conocida reacción de Cleomenes es arrojar a los mensajeros a un pozo.
Pero el rey lacedemonio se ve obligado a modificar su política exterior. Ante una guerra inminente contra el Imperio Persa, Cleomenes se interesa ahora por ganarse la amistad de Atenas. Los atenienses mantenían disputas con la polis de Egina (situada en la isla de Eubea, que había medizado sin oponer resistencia), por lo que Cleomenes desembarca en Eubea en 491 con intención de tomar la ciudad.

La población de Egina, no obstante, se niega a rendirse ante el agíada, instigados probablemente por las intrigas de Demarato, que se había aburrido de sus juegos y trataba de recuperar un papel predominante dentro de Esparta. En una hábil maniobra, Cleomenes soborna al Oráculo de Delfos para que este anuncie que Demarato es un hijo ilegítimo, desencadenando su expulsión de Esparta. Desesperado, Demarato se refugia en la corte persa, y posteriormente actuará como principal guía y consejero de Jerjes durante la invasión de Grecia.
Volviendo a Egina, Cleomenes y el nuevo rey Leotíquides (que había participado en la confabulación contra Demarato) toman la ciudad y capturan a los cabecillas pro-persas más relevantes.

Últimos años

Este éxito resulta efímero, pues pronto es descubierto el soborno a la pitia de Delfos. Cleomenes es entonces desterrado, cosa que no acepta de buen grado, y rápidamente comienza a reunir partidarios de otras polis para ayudarle en un posible ataque a Esparta. Temiendo esto, y probablemente viéndose carentes de un liderazgo sólido, los espartiatas finalmente permiten el regreso de Cleomenes.

Sin embargo, atendiendo al relato de Heródoto, el hombre que regresa a Lacedemonia no está ya en sus cabales. Cleomenes se dedica a recorrer la polis de forma lunática, azotando y golpeando con un bastón a todo el que se cruza en su camino. Sus conciudadanos no tardan mucho en encerrarlo en una celda, llegando a encadenarlo. La locura de Cleomenes alcanza tal extremo que consigue engañar (o amenazar) a un guardián hilota para que le preste su espada, con la que más tarde se automutila hasta ocasionarse la muerte.
Resulta imposible saber si el encarcelamiento y muerte de Cleomenes realmente ocurrieron de esta forma. Tal vez sus hermanastros Leónidas y Cleombroto sencillamente le tendieron una trampa, capturándolo nada más regresar y ejecutándolo poco después. La hipótesis de su locura tampoco es descabellada teniendo en cuenta el carácter excesivo (a veces colérico y paranoico) que había mostrado durante casi toda su vida.
De una forma u otra, Cleomenes I de Esparta murió aproximadamente en 489 a.C. Su hija Gorgo (que posiblemente había ejercido cierta influencia sobre algunas de sus decisiones) fue desposada por Leónidas I, que se ciñó también la corona del linaje agíada. Y sobre este último, a estas alturas, poco resta ya por contar.

Cleomenes I en DBA.
El ejército espartano comandado con Cleomenes tanto en sus ataques contra Atenas como en sus conflictos del Peloponeso puede representarse con la lista 52b del I libro.
La lista es una 'monoplaquetada' en toda regla, con 11 elementos de lanzas (Sp) obligatorios, siendo uno de ellos el general (muy adecuado para representar a Cleomenes). Simbolizan el ejército griego por antonomasia de finales del periodo arcaico, en este caso una gran falange hoplítica integrada principalmente por los homoioi espartanos y algunos periecos. El elemento restante puede ser o bien otra plaqueta de 1x4Sp o bien 1x7Hd, los primeros siendo hoplitas periecos y los segundos una turba de hilotas con escasas nociones tácticas.

Anábasis. La retirada de los Diez Mil. Parte II.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Saludos. Habíamos dejado a los infortunados mercenarios de Ciro sin mandos, sin patrón ni paga y con la misma esperanza de vida que la virginidad de una hermosa muchacha en el templo de Istar de Babilonia. Durante la noche en la que supieron que todos sus estrategos habían muerto, Jenofonte de Atenas tuvo un sueño premonitorio. Inspiradamente, se levantó, y descubrió que al igual que él, muchos otros soldados no podían volver a conciliar el sueño. Convocó entonces a los pocos capitanes que quedaban, y organizaron una asamblea a la que llamaron a todos los soldados, y entonces les habló. Les dijo que ya no debían seguir pasando miedo ante la incertidumbre. Que ya sabían quién era el enemigo, donde estaba, y también sabían luchar. Les inspiró de tal manera que los volvió a unir. Apelando a lo mejor de ellos, tal y como Ciro había hecho en su día, los soldados volvieron a reunir valor. A pesar de lo desesperado de la situación, no habían entregado sus armas. Que la desesperación y el miedo podían dar fuerzas inesperadas. Que podían ser escoria, sí, pero escoria acorazada, y todavía no habían sido derrotados.
Jenofontes organizó la reelección de los mandos y nuevos estrategos. Él mismo salió elegido, junto a Timasión, Janticles, Cleanor y Filesio. Finalmente, y dado que ninguno de ellos era espartano, uno que sí lo era, llamado Quirísofo, se “ofreció” también a guiar el ejército. Los demás aceptaron. Después de todo, los espartanos dominaban entonces todas las ciudades griegas.
Una vez reestablecido el mando, elaboraron el plan de actuación. Sabían que no podían volver por el camino que habían tomado por dos motivos: ya habían agotado los recursos de dichos territorios en el camino de ida, y tenían que vadear el Eúfrates. Si bien no era complicado en condiciones normales, la presencia de los enemigos hostigándoles y cambiando a voluntad los flujos de agua de los canales de la región, podía convertir aquella operación en una carnicería. De modo que decidieron buscar un nuevo paso fuera del alcance de Artajerjes: caminarían por el margen izquierdo del Tigris, remontándolo hasta las tierras altas, más allá de Asiria, donde la corriente del Eúfrates fuera muy pequeña y fácilmente vadeable. Si ahora echáis un vistazo a un mapa histórico de Mesopotamia, veréis que aquello suponía más de mil kilómetros antes siquiera de cruzar el río. De modo que apretaron los dientes y echaron a andar.

Por su parte, Artajerjes seguía con su política indecisa. No presentó resistencia a campo abierto, sino que cedió a Tisafernes doscientos jinetes y muchos honderos y arqueros para hostigar al enemigo. ¿Se equivocaba Artajerjes? En realidad, enfrentándose a los griegos, sólo estaba en juego su orgullo. Pero eso, para un iranio Rey de Reyes significaba mucho. Tal vez decidiera “ignorarlos” para no exponerse a nuevas derrotas. Les atacó, pero no con total decisión.
Tisafernes comenzó pronto el hostigamiento. Tras el primer enfrentamiento, en el que los hostigadores persas causaron mucho daño, protegidos por la caballería, Jenofonte, que dirigía la retaguarda de la marcha, tuvo que cargar contra ellos temerariamente. Por supuesto, no los alcanzó, pero ganó algo de tiempo. Esa misma noche comenzó la reforma del ejército. Para empezar, contaba sólo con un número reducido de peltastas. Necesitaba más hostigadores. Convocó a los rodios del ejército y pagándoles algo más, éstos hicieron de honderos. Como usaban proyectiles de plomo, tenían más alcance que los persas. Luego, aumentó el número de peltastas, organizó también a los arqueros y por último, consiguió reunir un pequeño escuadrón de cincuenta jinetes con caballos persas. De este modo, con tropas capaces de alcanzar a sus enemigos, siguieron avanzando.
Desde ese momento, Tisafernes y Arieo, que llegó con refuerzos, ya no fueron capaces de hacer mucho daño directamente. No obstante, siguieron hostigándoles, adelantándose y tomando cimas que controlaban el camino de los griegos, quemando aldeas y matando a las partidas de forrajeadores griegas que encontraran dispersas. Pero el grueso de los mercenarios siguió adelante.

Finalmente, llegaron al pie de las montañas de Asiria, que estaban habitadas por los feroces carducos (hoy conocidos como kurdos, según parece). Los carducos no respondían ante el Rey, y en sus montañas eran poco molestados. Se organizaban en tribus, y sus guerreros luchaban como hostigadores, equipados con arcos, debido a lo accidentado de la región. Eran extremadamente ágiles y rápidos. Sólo con gran inquietud, los griegos dejaron atrás la llanura y comenzaron la penosa ascensión al país de los carducos.
Cuando llegaron al primer poblado, los carducos huyeron llevándose lo que pudieron. Sin embargo, fueron a buscar a sus vecinos. Esa misma noche, emboscaron a los soldados de retaguardia y mataron a algunos. Cuando cayó la noche, los griegos acamparon, y observaron con aprensión cómo por todas las laderas a su alrededor, los carducos encendían decenas de hogueras. Les estaban observando. Tenían paciencia.
Los días que siguieron fueron terribles. Los mercenarios tuvieron que dejar atrás gran parte del bagaje que llevaban en carros, pues sólo acémilas eran capaces de transitar por lo caminos de la montaña. Por donde menos lo esperaban, los carducos aparecían y les disparaban. Sólo cuando los soldados se lanzaban hacia ellos, retrocedían y desaparecían ágilmente tras las rocas. Era muy difícil defenderse, porque la columna griega formaba una larguísima línea por estrechos caminos. Sin embargo, desarrollaron algunas tácticas muy útiles. Si los carducos atacaban a la vanguardia, se enviaba un mensaje a retaguardia. Desde allí, una fuerza especial de peltastas y hoplitas rodeaba las montañas y trataba de alcanzar posiciones más elevadas que los carducos para atacarlos y ponerlos en fuga, o atraparlos en dos frentes. Lo mismo hacía si atacaban la retaguardia o el centro de la línea. Sin embargo, una una lucha agotadora, y los carducos no dejaron muchos alimentos que pudieran tomar los griegos.

En unos días, vislumbraron por fin el camino que descendía hasta el valle del río Centrites, la frontera de los carducos con la satrapía de Armenia. Los griegos se animaron y alegraron, y apretaron el paso. Atrás habían dejado los cadáveres de muchos compañeros, algunos de ellos extraordinariamente valientes, aquéllos que dirigían los temerarios asaltos contra los feroces carducos. Pero pocos duran las alegrías a un mercenario griego perdido en Asia. Tan pronto como llegaron a la llanura del río, apareció en la ribera opuesta un ejército bastante grande enviado por el sátrapa, con muchos jinetes y numerosa infantería, compuesta por mardos, armenios y lanceros cálibes. Para colmo, el Centrites venía bien alto. Los soldados no hacían pie, y tenía el río casi sesenta metros de ancho.
Durante un par de días, ambos ejércitos se vigilaron, sin decidirse a hacer nada. Pero el tiempo corría en contra de los griegos. El invierno estaba llegando, y no tenían comida. La fortuna les sonrió, no obstante, cuando un joven encontró por accidente un vado algunos kilómetros río arriba. Quirísofo dirigió el grueso de las tropas hacia el vado. En la otra orilla, los jinetes les seguían. Mientras, Jenofontes seguía a la retaguardia con las tropas ligeras.
Entonando el peán y haciendo mucho ruido, Quirísofo lanzó las tropas al vado. Al mismo tiempo, Jenofonte lanzó a las suyas hacia atrás a toda velocidad, como si quisiera cruzar por el punto por el que habían llegado por primera vez al río. Los enemigos pensaron que los griegos pretendían cruzar por dos puntos y atraparlos en una pinza. Ante la confusión, retrocedieron, retirándose de las orillas, y ocuparon el camino principal que ascendía del río. Justo en ese momento, los carducos se lanzaron contra la retaguardia de Quirísofo, que todavía no había cruzado. Confusión. Lucha en varias direcciones. Órdenes complejas difícilmente transmitidas. Jenofonte deshizo entonces el camino andado para socorrer a Quirísofo. Con mucho valor, defendieron el vado mientras el grueso del ejército griego terminaba de cruzar. Quirísofo se lanzó entonces hacia el camino, mientras Jenofonte y sus peltastas y honderos se retiraban ordenadamente, aunque con bajas, por el vado, dejando a los carducos atrás. Los griegos estaban furiosos, y cargaron contra la caballería, que no aguantó mucho tiempo antes de volver grupas y retirarse. Cuando la infantería armenia vio a los hoplitas volviéndose hacia ellos con cara de pocos amigos, decidieron que ya tenían suficiente, y huyeron.

Así entraron por fin en Armenia. Llegaron al mismo tiempo que las primeras nieves, para su desgracia. Al día siguiente, el sátrapa de Armenia, Tiribazo, se acercó y decidió negociar con ellos: tendrían paso franco y les darían mercado, pero no debían destruir nada. Los griegos aceptaron. Avanzaron con guías hacia algunas aldeas. Sin embargo, un día capturaron a un espía persa, y en el interrogatorio les confesó que Tiribazo les preparaba una emboscada en las montañas que tenían delante. Decidieron por tanto enviar urgentemente y por sorpresa a los peltastas a tomar la posición que debía controlar Tiribazo para la emboscada. La operación tuvo éxito, y capturaron muchos caballos y la tienda donde iba a dormir el sátrapa, hecha de metales preciosos. Así cruzaron y se pusieron a salvo. Tiribazo, ante la bajada de las temperaturas, decidió dejar actuar al “general invierno”, y sin arriesgar más tropas, se retiró a observar.
Tres días más tarde, los griegos vadeaban las heladas aguas del Eúfrates sin mojarse más arriba de la cintura. Poco después comenzaron las tormentas de nieve. Un día, los griegos se despertaron, y la nieve les llegaba a la cintura.
El avance desde allí fue penoso. Las acémilas se morían de frío. Muchos griegos se dejaban caer en la nieve, agotados y helados, y se negaban a seguir avanzando, abandonándose a la muerte. Pies helados. Orejas y narices congeladas... Debían descalzarse de noche para que las correas de las sandalias no se les clavaran en la piel. Fiebre. Enfermedad... Alimento para los buitres en la siguiente primavera, cuando la nieve se retirara y descubriera los cadáveres. Los carroñeros también sabían esperar.

Por fin llegaron a la región de Capadocia y sus famosas casas subterráneas. Aquí, los habitantes les dieron cobijo en las cuevas. Jenofonte describe aquí sus costumbres y modo de vida.
Aquí descansaron unos días antes de seguir.
Algunas jornadas más adelante, en los límites septentrionales de Armenia, les aguardaban tropas de infantería de cálibes y taocos, pagados por el sátrapa, en una cima que controlaba su camino. Aquí Jenofonte describe un “pique” entre espartanos y atenienses. Jenofonte reta con sorna al espartano Quirísofo a que “robe” la cima a los enemigos, ya que en Esparta se les enseña desde niños a robar (léase en “La República de los Lacedemonios”, de Jenofonte). Quirísofo replica, con cierto ingenio: “Oh, pero yo he oído que los atenienses premian con cargos importantes a los que mejor roban dinero público. Prueba tú, entonces, ya que eres ateniense”.
Tras tomar la cima, avanzaron hasta llegar al país de los Taocos. Este pueblo ofreció mercado a los griegos, y éstos les compraron numerosas reses para tener comida en las siguientes etapas. Así, llegaron al país de los cálibes, que tenían armaduras de lino y esparto y portaban largas lanzas. Los cálibes se encerraron en sus fortalezas, y no dieron mercado a los griegos. Éstos no encontraron comida en el territorio, y consumieron lo que habían tomado a los taocos.
Por fin salieron del país de los cálibes. La vanguardia griega subió al monte Teques, y se produjo un gran griterío. Los soldados de retaguardia se inquietaron, y marcharon rápidamente. Jenofonte describe entonces la alegría de aquellos famélicos, agotados y diezmados hombres, porque desde la cima, hacia el norte, vieron el mar. Los griegos lloraron, y elevaron allí un trofeo. Bajaron entonces llenos de alegría, porque pensaron que ya estarían casi en casa. Habían llegado a a la costa norte de Anatolia, donde ya había muchas colonias griegas, como Heraclea o Sínope. Pero estaban muy equivocados.

Tenían todavía que avanzar por la costa hacia el oeste hasta llegar a estar frente a Tracia, en la entrada al Ponto Euxino. El camino pasaba por las colonias y territorios bárbaros alternativamente. Peo, para empezar, las colonias griegas no los recibieron precisamente con los brazos abiertos. Éstas habían establecido delicadas relaciones con los pueblos autóctonos vecinos, con los que comerciaban. La irrupción de un enorme ejército de griegos hambrientos, sin dinero y armados hasta los dientes no podía ser vista con buenos ojos. Les convenía, por tanto, para que los hombres de Jenofonte no saquearan cada región, darles mercado. Pero los mercenarios no tenían mucho dinero, y eran muchos para sostenerlos durante muchos días. Por lo tanto, la principal preocupación de las colonias era que los mercenarios siguieran su camino sin armar jaleo. Para ello, pusieron en práctica diversas políticas, unas amistosas y otras más hostiles, con resultados dispares.
En primer lugar, los mercenarios llegaron a Trapezunte,(también conocida como Trebisonda) colonia griega en la Cólquide. Comenzaron a saquear a los colcos, pero los trapezuntios intervinieron enseguida, ofreciendo mercado y acogiendo a los mercenarios. Al principio, todo fue bien, y el ejército votó por seguir el camino por mar. La colonia les cedió algunos barcos. En uno de ellos, Dexipo y unos cincuenta hombres huyeron y nunca más supieron de él el resto de los mercenarios. Quirísofo tomó otro, y argumentando que él conocía a Anaxibio, jefe de la flota peloponesia, podría traer barcos. Tampoco supieron de él en mucho tiempo. Con el otro, Polícrates de Atenas comenzó a dedicarse a la piratería, asaltando y capturando barcos para transportar a todo el ejército. Pero eran insuficientes, y mientras el ejército consumía los recursos de la región. Cuando ya no hubo comida en las cercanías, los trapezuntios se ofrecieron a guiar a las expediciones de forraje del ejército, pero no los guiaban a lugares fáciles de atacar, (tenían que cuidar sus relaciones con los colcos, después de todo), , sino que los llevaban contra tribus lejanas más hostiles, como los drilas.
Como seguían sin tener noticias de Quirísofo, Jenofonte se dio cuenta de que debían seguir el camino por tierra, ya que no quedaban más recursos en la región. Malhumorados, los griegos volvieron a ponerse en marcha.
Atravesando territorios de mosinecos y tiberenos, llegaron a la colonia de Cerasunte. Aquí, uno de los capitanes del ejército, desobedeciendo la orden de no saquear el territorio, atacó a algunas aldeas de bárbaros aliados de los cerasuntios. Los embajadores de la colonia llegaron con protestas al campamento. La tensión no cesaba de aumentar, y el camino se ponía cada vez más difícil. Tuvieron que seguir adelante.

Las noticias del avance de los mercenarios corrían veloces, y a donde llegaban, cada vez estaban más preparados. Además, la desconfianza dentro del ejército aumentaba antes las recientes muestras de indisciplina y traición por parte de algunos de sus compañeros. Su moral estaba por los suelos.
Jenofonte sabía que tenía que seguir adelante, y, siendo consciente de que las colonias estaban interesadas en que marcharan rápidamente, les enviaba mensajes por delante, ordenando que arreglaran caminos o les dieran barcos. Incluso pensó en fundar una nueva colonia con el ejército, como alternativa, pero sus hombres ya no querían estar más tiempo lejos de sus hogares.
De modo que, cuando las noticias llegaron a Sínope, que estaba todavía a muchas jornadas de distancia, los mercaderes decidieron enviar barcos al ejército para que salieran cuanto antes del Ponto. Los griegos se alegraron de esto, y, recogiendo sus escasos bagajes, montaron en las naves en la colonia de Cotiora, y se hicieron a la mar, en dirección al oeste. Cada noche tenían que acampar en tierra, pero aun así, el avance por mar fue mucho más rápido.
Una vez los griegos pasaron Sínope y llegaron a las costas de los paflagonios, encontraron a Quirísofo, que en una trirreme, había vuelto de ver a Anaxibio. Sólo les informó de que el espartano les felicitaba y les informaba de que cuando llegaran a Heraclea, serían de nuevo contratados para el ejército lacedemonio.
Desde ese momento, se sintieron muy seguros, y por lo tanto, las distintas procedencias del ejército comenzaron a pesar. Ya no eran griegos, sino un conjunto de arcadios, atenienses, rodios, etc. Los mercenarios decidieron elegir un único estratego para guiar al ejército. Se lo propusieron a Jenofonte, pero éste lo rechazó diciendo que era insensato que si había sólo un líder, éste no fuera espartano, ya que éstos ahora eran los dueños de todos los griegos. Quirísofo fue elegido entonces.
Pero éste no era apreciado por todos. Cuando la expedición llegó por fin a Heraclea, cerca ya de la entrada del Ponto, abandonaron los barcos, y el ejército se fragmentó: arcadios y aqueos por un lado, Quirísofo con los soldados más afines a los lacedemonios, por otro. Por último, Jenofonte y los soldados más sensatos, por su lado.
Pero por separado, los fieros mercenarios se volvieron vulnerables. Mientra Jenofonte planeaba la salida de la región, los demás se dedicaron a saquear y atacar a los bitinios. Pero habían olvidado que todavía estaban en territorio del Rey. La satrapía estaba al mando de Farnabazo, que había susituido a Ciro el Joven. Y Farnabazo era un guerrero astuto. Cuando los bitinios se le quejaron de las molestias y los daños que causaban los griegos, Farnabazo organizó su ejército con numerosos jinetes, y estudió los movimientos de los griegos. Esperó al momento adecuado, y en un ataque brutal, aisló un cuerpo de mercenarios, y los atacó hasta exterminar a quinientos hoplitas: más bajas que en la batalla de Cunaxa.
Rápidamente, los mercenarios llamaron al ejército de Jenofonte para que acudiera en su rescate, pues se habían dado cuenta de que ya no podían seguir separados. Éste acudió al rescate de los restantes hombres, y rechazó en batalla al ejército de Farnabazo. Éste no se decidió a atacar viéndolos fuertes, ya que, aunque podía vencerles, resultaría muy costoso y no habría ganancia alguna. Siguió hostigándolos sin arriesgar mucho, y entonces jugó la carta de la política, lo que también hacía muy bien.



Los mercenarios estaban ya muy cerca del Bósforo. Farnabazo contactó con Anaxibio, jefe de la flota peloponesia. Los espartanos debían muchos favores a los persas, y en aquellos momentos, mientras trataban de afianzar su recién conseguida hegemonía sobre todos los griegos, no estaban interesados en enfrentarse al sátrapa. Por lo tanto, Farnabazo no tuvo muchas dificultades en conseguir que Anaxibio exhortara a los griegos para que cruzaran el Bósforo y pasaran a Bizancio, ya fuera de Asia. Anaxibio no debió resultar muy caro de sobornar, seguramente. Envió embajadores al ejército, diciéndoles que si llegaban a Bizancio, tal y como había dicho Quirísofo, recibirían soldada y serían incorporados al ejército. Llenos de esperanza y alegría, los que quedaban de los Diez Mil navegaron hasta Bizancio, después de elegir a otro líder, Cleandro, que les prometió darles en mano la soldada. Jenfonte, mientras, desconfiando, se separó del ejército y comenzó a pensar en su propio retorno a Atenas.
Pero una vez en Bizancio, Anaxibio no cumplió su promesa para con los mercenarios. No les pagaba soldada. Muchos, desesperados, vendieron sus armas y se dispersaron por la ciudad. Otros comenzaron a causar tumultos. Pero no tendrían suerte. Estaban malditos. Artajerjes II los había marcado, y ningún persa los contrataría. Tampoco lo haría ningún harmoste espartano si quería llevarse bien con los persas. Juntos, habían luchado contra el Gran Rey y le habían humillado, y habían cruzado una ruta infernal hasta llegar a Bizancio, pero no habían obtenido más beneficio que su propio pellejo surcado de cicatrices y un buen número de historias que contar. Eran un estorbo para todos los bandos. Anaxibio les ordenó salir de la ciudad, con la amenaza de vender como esclavo al que encontraran dentro de la ciudad al final del día. Los soldados, agotados, sin dinero y sin patrón, de nuevo eran traicionados. Sólo que en las afueras de la polis comenzaba Tracia, país rico y lleno de feroces tribus. Los soldados no tenían ni las fuerzas ni la moral para atravesar el país. Se rebelaron en la ciudad cuando quedaban ya pocos dentro, y entonces, el harmoste de Bizancio se dio cuenta de lo peligrosos que eran aquellos hombres, que ya no tenían nada que perder. Entonces, se acordó de Jenofonte. Lo hizo llamar para que intercediera por aquellos hombres, y Jenofonte llegó a Bizancio. Por entonces, el rey tracio sin trono Seutes había contactado con él, y se mostró interesado en contratarlos. Con Seutes estaba Dexipo, el traidor, que abandonó a sus compañeros tras prometerles regresar con barcos, y que no dejaba de injuriar a Jenofonte ante Seutes. Aun así, el ateniense consideró que aquella era la mejor opción, y tomando de nuevo el mando del ejército, aplacó su ira y les condujo fuera de Bizancio, hacia el campamento de Seutes. Así empezó la última campaña de los Diez Mil.
Seutes había sido destronado por una tribu tracia, y estaba reuniendo un ejército con la ayuda de su valedor, el rey Medósades. Cuando supo de los soldados de Ciro, consideró que era una buena oportunidad para reforzar su ejército. Les prometió una buena soldada, y los contrató.
Pronto se dieron a valer los experimentados y fieros mercenarios. Tribu tras tribu, fueron derrotándolos hasta que sus jefes tuvieron que pactar con Seutes. De repente, los hostiles se convertían en amigos. Seutes avanzó imparable hasta sus antiguos dominios, y cuando llegó, había conseguido tantos nuevos aliados que ya superaban en número a los griegos. Entonces fue cuando el tracio comenzó a pensar que tal vez podía ahorrarse la soldada de los griegos. Ya tenía muchos hombres, y en caso de que se rebelaran contra él, podía hacerles frente.
Los griegos se volvieron hacia Jenofonte, y muchos clamaban que el ateniense les había engañado. Indignado, Jenofonte suplicó ante Seutes que no les traicionara, y que cumpliera sus juramentos. Seutes se había dejado envenenar contra Jenofonte por Dexipo. Pero el ateniense apeló a su honor. El discurso de Jenofonte ante Seutes es una preciosidad, y merece la pena que lo leáis.

Finalmente, Seutes accedió a pagarles en especie: ganado, algo de oro y esclavos para vender, pues el tracio argumentó que no tenía más oro con que pagarles. Furiosos por el desaire, los mercenarios aceptaron, aconsejados por Jenofonte.
Pero en aquellos meses, la guerra entre Esparta y los sátrapas Farbanazo y Tisafernes había comenzado, y el rey Agiselao preparaba una expedición a Asia. Buscaron a los mercenarios para enrolarlos. Como peones de un partida de ajedrez, volvían a ser requeridos para lugar contra los persas.
Cuando salieron de Tracia, Jenofonte no tenía dinero ni para volver a Atenas. Cruzó el Bósforo llegó a la región lidia, buscando a Tibrón para entregarle el ejército. Por el camino, asaltó una posición defensiva de uno de los generales persas, Asidates. Con un puñado de hombres, asedió su torre, perforó el muro y tomaron gran botín. Entre tanto, llegaron refuerzos persas, y los griegos tuvieron que retirarse luchando y protegiendo el gran botín que habían obtenido.
Por fin se reunieron con Tibrón. Los soldados se despidieron de Jenofonte, y le dieron muchos regalos en agradecimiento. Y así, enrolados de nuevo al mando de Tibrón y posteriormente, Agiselao, y cerca de donde había comenzado su ascensión hacia el Rey, terminó la historia de los Diez Mil. Cito el final: “ La suma del recorrido completo ascendió a doscientas quince etapas, treinta y cuatro mil seiscientos cincuenta estadios. El tiempo transcurrido, un año y tres meses.”

La importancia de la Anábasis se comprendió bien cuando el documento cayó en manos de Filipo de Macedonia y su hijo, Alejandro. A lo largo de sus páginas, Jenofonte describe con detalle el camino para invadir Asia: los lugares adecuados para alimentarse, la distancia entre aldeas, el tiempo de respuesta de los ejércitos y guarniciones persas y de otros pueblos bárbaros... Alejandro aprendió también cómo luchar contra los carros falcados, dónde cruzar el Eúfrates, y, sobre todo, qué debía hacer para convertirse en rey de los persas, y no sólo en conquistarlos. Alejandro aprendió que si quería sustituir a Darío III, debía enfrentarse a él en el campo de batalla y vencerle, para que los nobles persas pudieran aceptarle como nuevo líder. Por eso, la danza mortal del ejército macedonio en la llanura de Gaugamela tenía como fin que Alejandro llegara a Darío y lo matara. Lo demás no tenía importancia.



LOS DIEZ MIL PARA DBA.
En Fanaticus, Greg Kelleher posteó un ejército para representar a los Diez Mil, balado en la lista II/5i, sin caballería y con tres psilois como opcionales.
http://www.fanaticus.org/DBA/armiesofthefanatici/GregKelleher/Xenophon/index.html
Personalmente, después de leerme el libro, me parece una propuesta bastante acertada, y a continuación, ampliaré la adaptación.
Para empezar, debería aparecer la opción de Cv en lugar de una Sp, para representar a los jinetes que organizó Jenofonte.
Luego, la peana obligatoria de psiloi debería representar a arqueros y honderos rodios.
Las otras dos peanas opcionales, salvo Sp, podrían ser perfectamente Ax o Ps. En las batallas contra los carducos, los peltastas hicieron funciones tanto de Ps, hostigando a distancia, como Ax, buscando el combate cuerpo a cuerpo contra el enemigo, incluso incorporando hoplitas en formación dispersa a su número. Por lo tanto, una de las peanas podría perfectamente ser Ax. Yo diría que la lista ideal sería:
1Sp(gen), 1 Cv, 7 Sp, 1 Ps (honderos), 1 Ps (peltastas), 1x Ps o Ax (peltastas).

Anábasis: La retirada de los Diez Mil. Parte I.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Saludos. Hoy hablaremos de una de las mayores aventuras de la Antigüedad: la fallida rebelión de Ciro el Joven y la desesperada huida de sus diez mil mercenarios griegos desde el corazón del imperio persa de vuelta hacia Grecia. El mejor relato de estos hechos lo encontramos en la obra de Jenofonte, en su “Anábasis”, ya que fue el propio Jenofonte el que tomó el mando del ejército y dirigió el retorno de los soldados. Obviamente, la obra es mucho más grande y rica de lo que puedo resumir en estas páginas, y por ello recomiendo encarecidamente que os la leáis. Seguro que no os arrepentiréis.

La historia comienza con la muerte de Darío II Oco, en el 404 a.d.C. Según Jenofonte, Darío tuvo dos hijos con Parisátide: Artajerjes, el mayor, y Ciro, el pequeño. Artajerjes era el sucesor. Ciro, unos años antes, había sido nombrado por Darío sátrapa de Frigia. Pero Parisátide prefería a Ciro, que desde luego era mucho más capaz e inteligente que su hermano. El caso que el sátrapa de Lidia y Caria, Tisafernes, buscando el favor del nuevo rey, denunció a Ciro como conspirador ante Artajerjes. Parisátide, desesperada, intercedió por él ante su primogénito, defendiendo la inocencia de Ciro. Ya fuera real o no el complot contra Artajerjes, el Gran Rey cometió dos errores: primero detuvo a su hermano y a punto estuvo de ejecutarlo... Pero luego se detuvo, le perdonó y le devolvió el gobierno de su satrapía. Ciro, el epítome del orgullo, el valor y las virtudes iranias, tomó la decisión de no vivir más tiempo bajo el gobierno de su hermano.

Bueno, estamos ahora en Grecia en el año 401 a.d.C. Cuatro años atrás, Esparta, gracias a la ayuda activa de Tisafernes y el propio Ciro, los dos sátrapas de la costa de Asia Menor, había ganado las guerras del Peloponeso, derrotando a Atenas, y extendiendo su dominios por toda la Hélade. Las polis se ven obligadas a recibir a los harmostes o gobernadores espartanos, y a participar en las campañas que ordenara Esparta. Mientras, el joven y astuto Ciro les observaba, y hacía sus planes.

Después de la denuncia ante Artajerjes, las relaciones de Tisafernes y Ciro, cuyas satrapías eran vecinas, eran abiertamente hostiles. Ciro, un gran animal político, había sabido atraerse las simpatías de todos los pueblos sobre los que gobernaba, además de las de las ciudades helenas de la costa jonia, que estaban controladas por Tisafernes. Voluntariamente, Jonia se entregó a Ciro, salvo Mileto. Tisafernes atacó a las ciudades, y esta fue la excusa que tuvo Ciro para comenzar a reunir tropas delante de las mismísimas narices de Artajerjes II. Ya fuera mal aconsejado, o bien deliberadamente cegado por Parisátide, Artajerjes se reía de las guerras entre Ciro y Tisafernes. Como los tributos le seguían llegando enviados por su hermano, creía que mientras ellos dos estuvieran así ocupados, no harían planes para rebelarse contra él. No se extrañó, por lo tanto, cuando Ciro comenzó a reunir tropas de entre los pueblos vecinos, ni cuando comenzó a contratar generales griegos mercenarios, ni tampoco algunas guarniciones. Eran pocas tropas. No representaban un peligro.

Pero Ciro sólo mostraba parte de su juego. Porque al otro lado del mar Egeo, en Grecia, comenzó a cobrarse los favores que había hecho a los espartanos durante las guerras contra Atenas. En secreto, contrató a los mejores generales y les dio dinero para que reunieran un ejército de mercenarios como nunca se había visto. El mejor de ellos era un espartano exiliado, brutal y terriblemente aficionado a la guerra, llamado Clearco. Su llamamiento atrajo a griegos de muchos sitios: arcadios, árgivos, tebanos, aqueos, espartanos, rodios, atenienses... Uno de éstos últimos, con el grado de capitán, era Jenofonte.

A su debido tiempo, Ciro convocó a sus tropas. Todas sus guarniciones, destacamentos y exploradores que tenía dispersos por numerosas plazas se convirtieron de repente en un ejército enorme. Con la nueva excusa de realizar una campaña contra los siempre levantiscos písidas, Ciro, después de tener bastante controlada la satrapía de Tisafernes, penetró en Lidia y se dirigió hacia el interior. Comenzó así la “ascensión” hasta el interior de Asia (en griego, “ascensión” se dice “anábasis”. Se decía entonces “subir a ver al Rey”). Tisafernes, al ver los preparativos de su rival, huyó de su región y se dirigió hacia la corte del Gran Rey, para avisarle de que no creyera a Ciro: el ejército que había organizado se dirigía contra él.

Hay que aclarar que Ciro mantuvo engañado a todos los soldados, salvo a los mandos de su confianza. Ni griegos ni bárbaros estaban dispuestos a atacar por las buenas al Gran Rey en el corazón de su imperio. Todos estaban convencido de la campaña contra Pisidia. Sin embargo, cuando pasaron de largo, comenzaron a sospechar. Jenofonte describe una de las mejores escenas de su obra: los soldados, sintiéndose engañados, lanzan piedras al general Clearco cuando éste pasa cerca de ellos, y lo hacen huir hasta su tienda. Luego, Clearco se presenta con lágrimas en los ojos ante ellos y les dice llorando que confíen en él, que no piensa engañarles: auténtico carácter “mediterráneo”, oiga.

Sin embargo, conforme el camino avanza, todos se van dando cuenta. ¿Cómo consiguió Ciro que su ejército no desertase? La respuesta es sencilla: carisma. Ciro era un gran guerrero y político. Se rodeó de los mejores profesionales, los mejores colaboradores. Los agasajaba, se portaba honradamente con ellos. Cumplía con la palabra que daba. Muchos espías de Artajerjes habían sido “convertidos” por la astucia y el buen hacer de Ciro. Así, cuando llegó el momento de la verdad, Ciro no les ocultó sus planes por más tiempo, les pidió su ayuda y les prometió enormes recompensas. Luego les dio libertad para elegir. Y ellos le creyeron: porque si había alguien capaz de triunfar en aquella aventura tan audaz y peligrosa, era aquel persa. El resultado: griegos y bárbaros de su ejército se peleaban por el honor de cruzar el Eúfrates en primer lugar.

Artajerjes, informado por Tisafernes, no se mantuvo ocioso, y reunió un ejército ENORME. Decidió esperar a su hermano en Cunaxa.

Formaron en la llanura. Los mercenarios griegos ocuparon el flanco derecho de Ciro, junto al río Eúfrates. La caballería paflagonia protegía el extremo de la línea. A la izquiera, se puso Arieo, un ayudante de Ciro, con las tropas bárbaras de frigios y misios. En el centro, una veintena de carros falcados y Ciro, con sus seiscientos jinetes: la élite de la caballería persa: los mejores caballos, las mejores armas y armaduras...

Pero el ejército de Artajertes era tan grande que el centro de su línea, donde estaba él mismo, desbordaba el ala izquierda de Ciro, cuya línea era mucho menor. Miles de jinetes en el flanco izquierdo (frente a los griegos), dirigidos por Tisafernes. Un enorme centro con arqueros persas, lanceros egipcios, montañeses kurdos, soldados takabara, más arqueros. Entre ellos, Artajerjes con su caballería, todos con armaduras teñidas de blanco: seis mil expertos jinetes bien equipados y entrenados... Organizado por tribus, cada componente del ejército estaba formado en un denso cuadro. Por delante de ellos, cientos de brutales carros falcados, diseñados para destrozar a los soldados de las falanges... El mayor ejército jamás visto desde Jerjes I invadiera Grecia. Su visión sobrecogió al ejército rebelde. Se hizo el silencio.

Entonces, Ciro, arrojando su yelmo, se situó al frente de sus líneas y arengó a sus tropas. “Seguidme”, les dijo, “si vencemos aquí, estará todo hecho”. Y aquel cúmulo de hombres de distintas naciones, con distintas lenguas, creyó sus palabras, rugió, y se lanzó al ataque.

Una gran nube de polvo se levantó cuando los carros falcados de Artajerjes se lanzaron contra las líneas de hoplitas. No vacilaron. Ciro había enseñado bien a Clearco, y éste había adiestrado a sus hombres: cuando los carros les alcanzaron, los griegos abrieron pasillos entre sus filas, y las terribles máquinas pasaron entre ellos casi sin hacerles daño. Los peltastas dieron buena cuenta de ellos. Entonces, los hoplitas, a doscientos metros de distancia de los enemigos, entonaron el peán, y lanzaron el grito en honor del Einalio. Cargaron contra la caballería de Tisafernes y la infantería bárbara, golpeando lanzas contra escudos para espantar a los caballos. Como una marea imparable, los diez mil mercenarios ganaron impulso. Y sus enemigos no pudieron soportarlo. Tisafernes ordenó una retirada hacia el río, dejando descubierta a la infantería. Éstos, takabara casi todos, tampoco presentaron resistencia: huyeron. Como un inmenso dominó, el flanco izquierdo de Artajerjes se deshacía ante el empuje de los mercenarios.

Los generales felicitaban a Ciro. Los más entusiastas ya le jaleaban como Gran Rey mientras veían desintegrarse el ejército enemigo. Sin embargo, no se dejó llevar por el entusiasmo. Vigilaba a su hermano. Intentaba localizarle. Así pudo ver que el centro del ejército de Artajerjes comenzaba a pivotar hacia el flanco izquierdo de los griegos, que, al haberse adelantado, quedaba expuesto. Entonces supo lo que tenía que hacer. Llamando a sus jinetes, Ciro y su escolta salieron disparados hacia los seis mil jinetes que acompañaban a Artajerjes. Debía proteger a los griegos, y debía matar al Rey. Sabía que no había otra manera. Aunque ganara la batalla, no había sitio en Asia para dos reyes. Artajerjes no debía abandonar con vida el campo de batalla.

Los hombres de Ciro, vestidos de rojo, se lanzaron contra los jinetes de Artajerjes, con las armaduras pintadas de blanco. Como un relámpago, Ciro y sus jinetes acorazados rompieron sus líneas. Fue un choque brutal, precedido por el vuelo mortal de las jabalinas. Cuando éstas se agotaron o se rompieron, los jinetes tiraron de cuchillo. Fue tal su empuje que toda la caballería de Artajerjes, aunque muy superior en número, no aguantó y se dio a la fuga, perseguidas por la escolta del joven sátrapa. Fue entonces, cuando en la confusión, Ciro distinguió a su hermano. “Veo al hombre”- exclamó a sus fieles, y sin darles tiempo para que le protegieran, espoleó a su caballo hacia él.

Para Artajerjes, el tiempo debió detenerse. Entre el polvo y los jinetes en retirada, los gritos de los heridos y los relinchos de los caballos, cubierto de sangre de sus enemigos, Ciro emergió como una terrible aparición, lanzado hacia él. Sólo tuvo tiempo de que un escalofrío recorriera su espalda cuando su hermano le acometió empuñando su corta lanza. Luego, un impacto, y algo húmedo y caliente, sangre del Rey de Reyes que manaba desde dentro de la coraza real. ¡Estaba herido! Luego, un grito, un pestañeo, y algo que pasaba velozmente junto a su cabeza e impactaba en el hermano rebelde.

Transcurrió un segundo, y Artajerjes se vio sobre su caballo. Sin embargo, la montura de su hermano estaba vacía. Ciro el Joven, admirado y querido por sus amigos, y temido por sus enemigos, agonizaba en el suelo con el penacho de una flecha asomando por su ojo. Antes de que pudiera ordenar nada, los “comensales” de Ciro, los siete persas de máxima confianza, se abrieron paso y rodearon el cuerpo, defendiéndolo hasta su último aliento. Uno a uno, cayeron junto a su líder, hasta que el último, Artapetes, pie en tierra y manteniendo a raya a sus enemigos, sintiéndose ya agotado, se arrodilló junto a Ciro y se degolló con su propia espada.

Sólo uno de ellos no murió allí. Se llamaba Arieo, y al ver morir a Ciro, huyó junto algunos de sus hombres.

Allí murió Ciro el Joven, un hombre que causó verdadera impresión en Jenofonte, que lo tomó como modelo de virtudes y ejemplo de ética y de gobernante, como podemos leer en la Anábisis. La sombra de Ciro el Joven planea sobre la imagen de Ciro el Grande, creador del imperio persa, que Jenofonte describió en otra de sus obras: “La educación de Ciro” (o “Ciropedia”). Pero volvamos a Cunaxa.

Los mercenarios seguían avanzando sin saber que Ciro había muerto. Dejaron la batalla atrás y se lanzaron contra el campamento del Gran Rey. Éste, mientras, puso en fuga al resto del ejeŕcito de Ciro, y también se lanzó contra el campamento rebelde.

Los griegos vieron entonces que sus enemigos estaban a sus espaldas, y que podían cargarles por la retaguardia. Dieron media vuelta, y tomaron el camino de su campamento. Toda sus provisiones estaban allí, y sin ellas, estarían perdidos.

Tisafernes se reunió con Artajerjes, y decidieron no cargar de frente contra los griegos. Deshicieron el camino que habían hecho, hasta quedar frente al flanco derecho de los griegos. Clearco ordenó desplegar el ala, y así formaron una nueva línea, pero con el río a sus espaldas. Una vez ejecutada la maniobra, de nuevo cargaron, y pusieron de fuga otra vez a sus enemigos. Ni caballería ni infantería se les opuso. Entonces, después de todo un día de batalla, los griegos invictos, regresaron sin oposición a su campamento, esperando reunirse con Ciro victorioso. Allí pasaron la noche.

Pero Ciro no llegó. La primera noticia les llegó de parte de Arieo. Ciro estaba muerto. Él había retrocedido hasta el campamento anterior al de la batalla. Les informó de que les aguardaría un día, y luego tomaría el camino de regreso a Jonia. Entonces, los griegos se dieron cuenta de la verdadera situación: eran diez mil mercenarios en una tierra extraña y desconocida, a miles de kilómetros de sus hogares, rodeados de enemigos. Su campamento y sus bagajes habían sido saqueados y apenas tenían provisiones. El hombre que les había llevado hasta allí, el único que había mostrado su afecto, respeto y admiración hacia ellos, el que había sabido sacar lo mejor de cada uno, estaba muerto. Muchos pensaron que pronto le harían compañía.

Poco después, el Rey comenzó a enviar emisarios. Siguieron unos días de terrible incertidumbre para los griegos. Para empezar, había un conflicto cultural. Los griegos habían ganado la batalla. Según su punto de vista, el campo les correspondía, y si Ciro había muerto, Arieo debía ser el nuevo rey. Incluso enviaron un emisario al campamento de Arieo proponiéndole que volviera y tomara la corona. Imaginad la sorpresa del persa al darse cuenta de lo ciegos que estaban los griegos. Por supuesto, les respondió que ningún noble persa le seguiría, de modo que rechazaba la oferta. Sin embargo, bajo el punto de vista persa, una vez muerto el sátrapa rebelde, Artajerjes era el vencedor, sin importar lo que ocurriera en los combates. Por lo tanto, el primer mensaje del Gran Rey fue: “He vencido. Entregadme las armas”. Por supuesto, Clearco respondió lo que todo general griego ansiaba poder decir algún día: “Si quieres nuestras armas, ven a quitárnoslas”.

Pero el caso es que Clearco sabía que no tenía más provisiones, y que habían consumido todas la que habían encontrado en su camino, de modo que no podía regresar a Grecia por la misma ruta. Y tampoco tenía guías para buscar otra. De modo que hizo una oferta a los persas: si con el dinero de Ciro habían hecho frente a Artajerjes, con el dinero de Artajerjes podían hacer frente a los egipcios, que se habían rebelado de nuevo recientemente. En principio, parecía un buen trato. Pero aun así, griegos y bárbaros no confiaban en solucionar así las cosas. Porque aquellos mercenarios habían humillado al ejército del Gran Rey. Eran una afrenta que no podía permitirse un persa. Si Artajerjes dejaba escapar con vida a aquellos hombres, posiblemente debilitara su posición entre otros persas, ya que podría interpretarse como un signo de su debilidad. No pocos nobles simpatizaban en secreto con Ciro, y le veían mucho más capaz que a Artajerjes.

Artajerjes parecía dudar. Perdonó a Arieo y le pidió que mediara con los griegos. Mantuvieron todos una tregua mientras los griegos comenzaron a avanzar. Luego, intentó otro acuerdo, y Clearco soltó otra de sus grandes frases: “Di a tu rey que todavía no hemos almorzado, y por los dioses juro que los griegos no negociaremos con el estómago vacío”. Los persas les llevaron a unas aldeas llenas de provisiones, y les proporcionaron guías. Arieo y sus tropas marchaban cerca de ellos. Por un par de días, todo pareció ir bien.

Sin embargo, la creciente buenas relaciones entre Arieo y Artajerjes pronto levantaron sospechas entre los griegos. Cada vez se dejaba ver menos por el campamento griego, y sus hombres se portaban cada vez con más altivez e insolencia. Hubo algunas trifulcas entre persas y griegos. Hubo misteriosos mensajeros que avisaban a los centinelas griegos de un ataque persa al amanecer. Hubo mucho insomnio. Esto hizo sospechar a muchos. Podría estar gestándose una traición. ¿Acaso eran necios al pensar que el Rey les dejaría marchar indemnes? Los griegos se reunían con los embajadores, y cada vez obtenían más promesas y garantías… Pero cada vez sentían también más miedo. Eran demasiadas promesas. Todo era demasiado fácil.

Sin duda, Artajerjes no sabía como gestionar aquella crisis. Los griegos eran muy poderosos, y no se sentía con fuerza para atacarles en batalla campal. Dejarles marchar era lo más fácil, pero el orgullo le escocía allí donde no es posible rascarse. Seguramente cambió de idea muchas veces, hasta que al final, confiando en sus consejeros, convocó a los generales mercenarios y a los capitanes. Se presentaron con un pequeño destacamento. Una vez en su tienda, los capturó a traición y los decapitó. Unos jinetes se lanzaron sobre la escolta de los griegos, y éstos se dieron a la huía. Allí murieron no sólo Clearco, a quien sus hombres temían más que al enemigo, sino también otros generales: Próxeno de Beocia, Menón de Tesalia, el infame, etc. Jenofonte hace un interesante retrato de estos personajes con unas pocas frases al final del capítulo II.

Sólo uno de ellos llegó al campamento griego, sujetándose las tripas con las manos. Agonizando les contó lo que había ocurrido. Entonces se presentó Tisarfernes, y dijo a los griegos que Clearco había muerto por faltar a sus juramentos. Los soldados preguntaron entonces por los demás generales, pero Tisafernes dio media vuelta sin aclarar nada más.

Para muchos, aquello significaba el fin. El Rey había decidido. Iban a morir allí.

Aquella noche fue la más terrible. No sabían qué iba a pasar. No tenían mandos. No tenían comida ni dinero. Sólo tenían miedo.

Sin embargo, aquella noche, uno de los capitanes, un ateniense llamado Jenofonte, dio una cabezada, y en sus sueños, oyó retumbar el trueno de Zeus. Entonces despertó de un salto, inspirado por su visión.

De cómo los griegos iniciaron su larga retirada versará el siguiente capítulo de esta serie.


BATALLA DE CUNAXA PARA DBA.

Bueno, Cunaxa tiene sin duda el principal hándicap para representarse en DBA: la enorme desigualdad numérica de ambos ejécitos. Sin embargo, creo que merece la pena hacer un experimento “arriesgado”.

Ejércitos

El jugador que lleve a Artajerjes jugará con la lista II/7, persas queménidas tardíos. En las opciones, sólo podrá llevar una peana de lanceros. El resto de las opcionales serán Ax.

El jugador que lleve a Ciro, también llevará persas aqueménidas tardíos, pero TENDRÁ SÓLO SEIS PEANAS: Cv(gen), que será Ciro; 3 Sp, que serán los mercenarios griegos, 1 LH (jinetes paflagonios) y 1 Ps (peltastas griegos).

Escenografía

No habrá tirada para escoger lado. En uno de los flancos, y perpendicular a las zonas de despliegue de cada jugador, se dispondrá un río (el Eúfrates), lo más próximo al borde lateral que permitan las reglas. En esta región, el Eúfrates alimentaba muchos canales, y era vadeable en algunas zonas, por lo que no puede considerarse un WW.

Además, se dispondrán un par de colinas fáciles y una difícil, de tamaño medio y a no más de 200 pasos de cualquier borde del tablero. Cunaxa era una llanura escogida por Artajerjes para la lucha a campo abierto.

Reglas especiales

Se usarán las reglas habituales de desarrollo de la partida, con las siguientes variaciones.

a) Artajerjes, el Indeciso.- Artajerjes no es demasiado bueno como general. Por ello, su radio de mando será de sólo 600 pasos en cualquier circunstancia.

b) Las negociaciones de Ciro: Ciro se ha ganado la simpatías de muchos nobles persas, incluso dentro del círculo de confianza de Artajerjes. Por ello, el jugador que lleva a Ciro obtiene un 6 en la tirada de PIPs, una unidad de Cv enemiga que no haya combatido todavía, y que no sea la del general, pasará a su bando. En ese mismo turno, podrá gastar PIPs en empezar a moverlo según sus intereses.

c) “Veo al hombre”.- Ciro y sus hombres son los mejores jinetes del imperio. Su maestría y determinación le hacen verdaderamente temible. La peana de Ciro sumará +2, en lugar de +1, cuando luche contra alguna peana de Cv enemiga.

Condiciones de victoria

Artajerjes ganará aplicando las condiciones de victoria habituales. Ciro, también, pero, además, si muere Artajerjes, ganará independientemente del número de bajas que lleve.