Saludos. Hoy hablaremos de la última batalla de los romanos antes de que su ciudad cayera para no volver a levantarse jamás.
Algunos hombres doctos dicen que aquella batalla comenzó por un motivo determinado, otros dicen que por otro. Pero lo cierto es que en el año 451 de nuestra era, el Imperio Romano se descomponía como un cadáver. La antigua gloria de la Luz del Mundo estaba extinta. Los dueños de todas las tierras de un océano a otro ya no eran capaces de dirigir con eficacia ni propia región. Hacía medio siglo que se había dividido el Imperio en dos, y ahora había sendos emperadores: uno en el este y otro en el oeste. Pero las tierras ya no eran seguras.
Desde el norte, los invasores germanos habían cruzado el Rin y se habían apoderado de la Galia, estableciendo sus propios reinos. Ahora, había un rey franco que gobernaba, aunque no era reconocido oficialmente por el emperador romano.
Los visigodos habían sido empujados desde el este hacia el oeste, y habían atravesado impunemente el imperio, apoderándose de las tierras al norte y al sur de los Pirineos.Pero el peor de todos aquellos enemigos era el enorme imperio que habían formado unos orientales que habían llegado a caballo, y que desde sus tierras al otro lado del Danubio, atravesaban las tierras del imperio romano de Oriente robando, saqueando y estableciendo tributos que estaban asfixiando los ya exiguos recursos del emperador oriental. Los hunos, gobernados por Atila, que desde su centro de poder, Tigas, la ciudad de las llanuras, podía jugar a decidir el destino de toda Europa. Había subyugado a los germanos del este, ostrogodos y gépidos, que ahora le obedecían sin rechistar. Hasta el emperador occidental se vio obligado a establecer relaciones diplomáticas con Atila, y Tigas era visitada frecuente por los embajadores romanos, tanto de occidente como de oriente. Uno de aquellos embajadores de occidente era el general Flavio Aecio.
Aecio era un romano de su tiempo, con todo lo que implicaba aquello. En su vida había conocido tanto lo que quedaba de la vieja Roma como los nuevos poderes que surgían de entre los germanos, y sus nuevos reinos. Con todos ellos era capaz de hablar en sus distintas lenguas, y hasta se ganó la confianza de Atila, que llegó a desarrollar cierta amistad personal.Muchos dicen que todo empezó por una mujer: Honoria, la hermana del emperador Valeriano III, señor del Imperio Romano de Occidente. Honoria había sido obligada a casarse contra su voluntad con un senador romano, y a los pocos años de angustioso matrimonio, enfurecida y desesperada, sólo encontró una solución. Envió un mensaje a Tigas, a Atila, rey de los hunos, prometiéndole matrimonio y una extensa dote en forma de tierras si la rescataba de la vida que llevaba hasta ese momento.
Atila, que llevaba un tiempo sopesando y midiendo el poder del Imperio Romano de Occidente, así como a los francos y visigodos que se habían apoderado de sus tierras, no tardó en decidirse a actuar: reclamó a Honoria como esposa, y a toda la Galia como dote. Luego, reunió sus ejércitos de arqueros a caballo hunos, y sus aliados ostrogodos y gépidos, y se puso en marcha.
Cuando el desafío de Atila llegó a la corte de Valeriano, éste envió a Flavio Aecio con la orden de detener a Atila en sus pretensiones. Porque, si Atila se apoderaba de la Galia y subyugaba a los germanos francos y visigodos, Italia sería lo único que le quedaría por conquistar, y sin más apoyos, perecería irremediablemente. Aecio reunió las pocas tropas romanas que pudo antes de marchar al norte: básicamente, auxiliares no profesionales. Roma no podía reunir las legiones de antaño. Los soldados que siguieron a Aecio eran ciudadanos, campesinos y artesanos, mal equipados y con precaria formación militar. Sin embargo, Aecio consiguió infundir en ellos el valor suficiente para enfrentarse al más poderoso enemigo de Roma.
Sin embargo, Aecio sabía que no serían suficientes. Tenía muy claro que necesitaba la ayuda de otros enemigos de Roma: los reinos visigodo y franco, los únicos con poder militar efectivo, con fieros soldados, que Aecio conocía bien por haber luchado junto a él como federados. Por ello, es astuto Aecio se dirigió a la corte e Teodorico, rey visigodo del reino de Tolosa, para convencerle de que se aliara con él contra los hunos. Se dice que cuando Teodorico vio la ruina de ejército que comandaba Aecio, decidió que sería más seguro quedarse en casa y esperar a Atila en sus propias tierras. Sin embargo, Aecio no se rindió fácilmente. Buscó apoyo en un consejero de Teodorico, Avio, que finalmente convenció a Teodorico. Luego, Aecio y Teodorico marcharon hacia los francos. Como estaban en el camino de Atila, Meroveo, rey de los francos, fue más fácil de convencer. Además, Avio consiguió atraer también a las tribus alanas que en aquel momento se habían asentado entre los francos y los visigodos. Finalmente, toda aquella última alianza se puso en marcha para interceptar a Atila. Aecio, desde una colina, vio pasar todo el ejército hacia el norte, pensando que aquél era el último poder militar que quedaba en occidente. Si aquella precaria alianza fracasaba, si la Galia caía, nada evitaría que Roma también desapareciera bajo las pezuñas de los caballos hunos. En aquel momento, un trueno retumbó a lo lejos, la brisa arreció y una fina lluvia comenzó a caer. Aecio se arrebujó en su capa y espoleó su caballo para unirse a la marcha.Para entonces, Atila y sus germanos ya recorrían el norte de la Galia a sus anchas. Habían aprendido técnicas de asedio anteriormente, y habían asediado y saqueado Tournai, Cambrai, Amiens, Beuvais, Colonia, Mains, Traer, Metz y Reims. Lutecia (París) se había salvado in extremis, y ahora, Atila había concentrado sus tropas para asediar Aurelianum (Orleáns), ciudad fortificada que cerraba el paso del río Loira.
Se dice que los hunos ya estaban sobre las murallas Orleáns cuando el ejército de Aecio apareció en el horizonte. Atila fue avisado, y maldiciendo ordenó una rápida retirada. No lo quedó más remedio, pues no quería ser atrapado contra los muros de Orleáns, sin poder aprovechar su principal fuerza, la movilidad de sus hunos. De modo que a toda prisa, el ejército de Atila se replegó hacia el norte, a una llanura conocida como Campos Catalúnicos, o Chalons. Estableció una precaria fortificación para su campamento mediante la disposición de las carretas, y esperó la llegada de Aecio.
Éste se lanzó desde Orleáns en una rápida persecución tras Atila, y finalmente, el 19 de Junio del 451, llegó al extremo sur de los Campos Catalúnicos, donde los hunos le cortaban el paso. Aecio maldijo la astucia de Atila. En una llanura prácticamente plana, Atila podría usar mejor sus tropas montadas. Únicamente había una escarpada colina quedaba a la izquierda de los romanos, más cerca de sus líneas. La noche cayó, y ambos ejércitos se retiraron a sus campamentos.La nubosa mañana del 20 de Junio, Aecio se reunió con sus aliados. Decidió que los romanos se quedarían en el flanco izquierdo, más a la izquierda incluso que la colina, que quedó así en el centro-izquierda de la línea de la alianza. En el centro, Aecio desplegó a sus alanos, ya que no se fiaba completamente de su lealtad o voluntad de resistir, y al menos, si huían, no dejarán los flancos del ejército expuestos. A las espaldas de los alanos se situaron los francos de Meroveo. Los alanos ni siquiera podrían huir, pues su camino estaba bloqueado por los francos. Finalmente, los visigodos de Teodorico protegerían el flanco derecho.
Atila, simultáneamente, organizó su frente. A su derecha, frente a los romanos, situó a los gépidos y vándalos. Sus hunos, sus mejores tropas, los situó en el centro, frente a alanos y francos. A su izquierda situó a los ostrogodos, que sentían una especial animadversión hacia los visigodos. En aquel momento, el número total de guerreros se aproximaba a los quinientos mil. Sería una terrible batalla.
Aecio se dirigió a sus hombres. El viento, que agitaba el penacho de su casco y hacía bailar su capa, se llevó aquellas palabras que nadie recuerda, pero cuando habló a sus tropas, los últimos romanos, despertó algo en los corazones de aquellos atemorizados hombres, y al terminar, un grito se elevó al unísono entre sus filas, y comenzaron a marchar a paso ligero, como si fueran de nuevo el mejor ejército del mundo, guiados por él, acompañados por los espíritus de los mejores guerreros de la Antigüedad, a ocupar la colina que estaba frente a ellos. Teodorico, por su parte, en el flanco derecho, envió a su hijo, el príncipe Turismund con una avanzadilla, a avanzar más hacia la derecha aun, para desbordar por ahí a los ostrogodos si éstos se lanzaban contra el grueso de los visigodos.
Mientras, Atila lanzó directamente a todos sus efectivos a la carga. Despreciando a los romanos, había dicho a sus hombres que sólo encontrarían rivales a su altura entre los aliados germanos de Aecio. Ni siquiera se molestó en comenzar a hostigar las líneas enemigas. Sus órdenes fueron lanzar un ataque total en todo el frente, y decenas de miles de caballos se lanzaron a un galope salvaje, que hizo temblar toda la llanura.Los ostrogodos fueron los primeros en estrellarse contra los visigodos. En un terrible choque, las caballerías pesadas de ambos bandos se trabaron en un terrible y sangriento combate. Los soldados a pie, por su parte, chillando y golpeando sus escudos, se lanzaron también unos contra otros. De alguna manera, dejaron de ser hombres para transformarse en bestias que se despedazaban unos a otros, llenando el aire con el sonido del acero contra el acero, de gritos, de huesos rotos a golpes y gritos de agonía ahogados en sangre. Y a la cabeza de sus caballeros, Teodorico, ya rota su lanza, segaba con su espada la vida de los enemigos ostrogodos adentrándose más y más en sus filas.
Hunos y gépidos se lanzaron también contra el centro y la izquierda de los romanos. Los alanos se llevaron la peor parte, y los jinetes hunos no tardaron en ponerlos en desbandada, perseguidos y asaeteados por los excelentes arqueros a caballo de Atila. Entonces, la persecución llegó hasta las líneas de los francos de Meroveo, que se lanzaron al combate con fiereza, frescos y descansados, trabando a los hunos.
En el flanco izquierdo romano, el resto de los hunos y los gépidos se lanzaron al galope a tomar la colina, pero Aecio se les había adelantado y había tomado la posición predominante. Ordenó a sus soldados que mantuvieran la línea y aguardaran a que aquellos fieros enemigos llegaran al final de la pendiente, que no se lanzaran al combate todavía. Y los enemigos comenzaron a llegar, pero las órdenes de Aecio comenzaron a dar su fruto. Los jinetes enemigos fueron perdiendo su ímpetu inicial conforme ascendiendo, y no pocos caballos resbalaron y cayeron, empujando a otros en su caída. Los que fueron llegando a las líneas romanas no formaban un frente cohesionado, sino grupos desordenados, que los soldados romanos despacharon sin mucha dificultad, con disparos de jabalinas. Entonces, los hunos que no habían terminado de ascender recibieron la orden de desmontar, y así, renunciaron a su principal ventaja. Echaron el pie en tierra, y comenzaron a ascender disparando sus arcos. Los gépidos marchaban a su lado, pero tanto los jinetes que desmontaron como la infantería, pesadamente equipada, tenía también muchas dificultades para seguir subiendo. Aecio recorría su línea manteniendo la disciplina. Siguió manteniendo sus tropas sobre la colina, aguardando a que más hunos se agolparan al pie de la misma, y que siguieran ascendiendo con tantas dificultades. Si lanzaba sus tropas a una carga, sólo tendría una oportunidad, y no quería desaprovecharla.
Los generales hunos informaron de los problemas que tenían en la colina dominada por Aecio, pero Atila les ordenó que no retrocedieran, que tomaran la posición a cualquier precio.En el flanco derecho de los romanos, los visigodos se impusieron tras los sangrientos combates, y los ostrogodos comenzaron a retroceder. Fue entonces, cuando, en el frenesí de la persecución, Teodorico se lanzó al galope tras sus enemigos, seguido a duras penas por su escolta. Pero en ese momento, de entre los ostrogodos apareció la figura de Andag, un noble que intentaba contener a sus guerreros y reagruparlos. Viéndose impotente para conseguirlo, Andag giró su caballo y galopando hacia los visigodos, divisó su rey al frente, segando la vida de sus guerreros. Tomando su lanza, gritó: “¡Theodorik!”. Entonces, espoleó su caballo hacia el rey visigodo. Éste, habiéndole visto, le apuntó con su espada y también se lanzó al combate. Los siguientes segundos fueron angustiosos para su escolta, que no logró alcanzar a su rey a tiempo. Andag, el ostrogodo, cuyo pueblo había aprendido el arte de la caballería de guerra de manos de los sármatas, blandió su contos y, aprovechando su mayor alcance, desvió su caballo en el último momento, girando la lanza hacia el pecho de Teodorico. El rey no tuvo tiempo para esquivar el golpe, y con un terrible grito de dolor, la lanza de Andag chasqueó y se rompió. Teodorico, con toda la punta del contos clavada en su cuerpo, desequilibró a su caballo que cayó y rodó, aplastando al rey bajo su peso. Andag volvió grupas y huyó cuando la escolta del rey llegaba hasta él, maldiciéndolos.
El mayordomo del rey desmontó y corrió hacia Teodorico. Su cuerpo estaba machacado, pero el rey todavía luchaba por vivir. Respiraba con estertores, semiahogado por su propia sangre, y la vida le abandonaba. Cuando vio a su mayordomo, tomó la espada real, y encomendándosela, susurró su última palabra: “¡Turismund!”. Luego murió.
El mayordomo del rey abrazó la espada, y montando de nuevo, se lanzó a la busca del príncipe Turismund, en el extremo derecho de las posiciones visigodas.
“¡El rey ha muerto! ¡El rey ha muerto!”. La noticia se extendió rápidamente entre los visigodos y también entre los ostrogodos, que, entonces, consiguieron reagruparse, pues el empuje visigodo pareció flaquear. Turismund se encontraba dirigiendo un contraataque contre los ostrogodos cuando el mayordo le localizó, y con lágrimas en los ojos, le entregó la espada de su padre. Turismund, embargado por el dolor, no reaccionó al principio, pero pronto los nobles se reconocieron como el nuevo rey. Los ostrogodos se habían reagrupado y avanzaban de nuevo contra los visigodos, pero Turismund se puso al frente de las líneas. Entonó el canto fúnebre por su padre, y éste se extendió por entre los visigodos, y aquel canto se transformó, con el ritmo del paso de los soldados y caballeros, en un grito ensordecedor que los visigodos lanzaron mientras se lanzaban de nuevo a la carga, invocando el nombre de Teodorico y Turismund. El combate se reinició, tan sangriento como al comienzo de la batalla.Las horas seguían transcurriendo, y mientras, en el flanco izquierdo, hunos y gépidos seguían subiendo por la ladera, tropezando con los cadáveres de caballos y guerreros que habían muerto ya. Cuando Aecio estimó que había suficientes enemigos, lanzó a sus tropas colina abajo. El nombre de Roma y de sus fundadores era invocado por aquellos humildes soldados, que como una marea inexorable, cargaron ordenadamente contra sus enemigos, segando sus vidas sin que nada pudiera pararlos.
Y Atila lo vio. Incapaz de romper el frente franco, a pesar del gran daño que les estaban infligiendo a las tropas de Meroveo, Atila se vio de repente bloqueado en el centro, y con sus dos flancos retrocediendo y sufriendo numerosas bajas. Y un pensamiento cruzó su mente como un relámpago, llenándole al mismo tiempo de miedo y rabia. Estaba siendo derrotado.
Cuando las tropas rechazadas de la colina huyeron, y los ostrogodos flaquearon también empujados por los visigodos, atravesando parte del centro donde Atila dirigía el ataque, no le quedó más remedio que ordenar la retirada total. Los rápidos hunos volvieron grupas y cabalgaron hacia su campamento. Ya estaba próximo el ocaso, cuando Atila irrumpió en su propia tienda. Estaba fuera de sí, y desesperado. Dio órdenes a sus sirvientes de que prepararan una pira. Si sus enemigos llegaban hasta el campamento, no le cogerían vivo.
Mientras, Aecio, Meroveo y Turismund convergieron en el centro, y entonces, Aecio tuvo que actuar rápidamente, tomando una de las decisiones más trascendentales de su vida: Turismund quería lanzar a sus visigodos a la persecución de Atila antes de que cayera la noche. Aecio sabía que si hacía eso, Atila sería eliminado, y su imperio se desestructuraría rápidamente. Si se eliminaba a la principal amenaza oriental, ¿quién podría entonces detener a los visigodos? Con la supervivencia de Roma como principal preocupación, Aecio jugó sus cartas brillantemente, y convenció a Turismund para que no continuara la persecución. De esta manera, los hunos pudieron retirarse. Atila volvió a sus dominios rápidamente, sin terminar de entender lo que había pasado.
La batalla de los Campos Catalaúnicos fue terriblemente sangrienta. Durante siglos, los campesinos de aquellas tierras contaron la leyenda de una gran batalla en la que perecieron miles de guerreros, que cada noche volvían a la vida para seguir luchando, una y otra vez. De vez en cuando, al arar las tierras, aparecían esqueletos, armaduras y armas oxidadas que mantenían con vida aquella leyenda.
25 años más tarde, Roma caería para siempre, pero aquel día en aquella llanura, se ganó ese cuarto de siglo más de vida para la civilización que había gobernado el mundo durante siglos.
CAMPOS CATALAÚNICOS PARA DBA.Esta batalla es perfecta para jugarla tanto en DBA normal como en BBDBA.
Para jugarla en DBA normal, harán falta las listas II/83, romanos patricios, opción occidental, y la lista II/80, Hunos, opción a.
La lista romana ya lleva las tropas para representar a francos, alanos y visigodos. La Kn/Cv general y los Aux representan a los romanos. La LH representa a los alanos. Las Wb y Ps representan a los francos y los Kn y Bd restantes, a los visigodos.
La lista huna también lleva tanto tropas hunas como Wb y Kn ostrogodos y gépidos.
No creo que hagan falta reglas adicionales, salvo, si se desea, que la victoria se obtenga tras matar 6 peanas enemigas, no 4, para representar la dureza de esta batalla.
La escenografía debe incluir una colina escarpada lo más grande posible en un lado del campo de batalla, y luego, el mínimo de escenografía posible, teniendo en cuenta que se juega en territorio franco (como si los francos fueran defensores). Los atacantes serán los hunos.
Aunque si os reunís los suficientes, la batalla es perfecta para un BBDBA, con tres ejércitos por bando: II/83 Patricios, II/82 visigodos tardíos y II/72 francos tempranos para un bando, y II/80 hunos, II/71 gépidos, y II/67 ostrogodos para el otro.
Nota: La miniaturas de la imagen representan al ejército huno en Chalons y pertenecen a los chicos de DBA Italia.
Grandes Batallas V: Los Campos Catalaúnicos, 451 d.C.
martes, 19 de febrero de 2008
Reviviendo Querona
jueves, 27 de diciembre de 2007
Tras el inspirador artículo de Caliban sobre la Batalla de Queronea, hemos querido meternos en la piel de los macedonios y los partidarios de Demóstenes de la mejor forma posible: ¡jugando una batalla de DBA!
La batalla está recreada siguiendo las reglas descritas por Caliban e intentando ajustar la escenografía lo máximo posible. Como no contábamos con un elemento de costa, representamos el río con el viejo sistema navideño del papel de aluminio, aunque para darle una apariencia menos calamitosa lo retocamos posteriormente con Photoshop para publicarlo en DBA Hispano.
Las miniaturas utilizadas para representar ambos bandos son de la marca Xyston; posiblemente la mejor para estos ejércitos y este periodo.
A lo largo del artículo podréis ver varias instantáneas de la batalla. Recordad que haciendo click sobre la imagen podréis contemplarla a mayor tamaño.
Siguiendo esta tónica de fidelidad restringimos el despliegue al verdadero planteamiento táctico inicial de ambos generales. Así se veían las cosas.En la parte superior de la imágen los macedonios despliegan sus tropas ligeras bajo el mando directo de Filipo y sus hipaspistas en su flanco derecho, Parmenio mantiene el centro con sus piqueros y Alejandro se pone al mando de la caballería en el flanco izquierdo.
En la parte inferior de la imágen los aliados disponen su caballería y sus psiloii en su flanco izquierdo, los atenienses guardan la parte izquierda del centro y los tebanos la diestra. En el extremo derecho, alineados frente a Alejandro, despliega el Batallón Sagrado (en posteriores fotos se destacará su posición situando un marcador de gema rojo a su lado).Los primeros turnos se desarrollan sin demasiadas complicaciones. Los griegos avanzan directamente hacia el enemigo mientras que los macedonios, además de hacer lo mismo, destacan las tropas ligeras de Filipo para ocupar las alturas en las colinas del flanco izquierdo griego. Esta situación obliga al estratego aliado a separar a la caballería y los psiloii del resto de sus tropas para evitar una acción de flanqueo de los peltastas macedonios sobre la línea de hoplitas.
Los griegos parecen satisfechos con situar sus tropas del flanco izquierdo encarando la amenaza de los hostigadores de Filipo, pero se resisten a internarse en las colinas donde estos estarían en clara superioridad. En vista de que esta situación podría prolongarse indefinidamente, los macedonios deciden cargar colina abajo para enfrentarse a los psiloii y la caballería helena.
Y la suerte parece sonreír a los valientes, porque Filipo usa sus ardides para atraer a la caballería griega hacia atrás después de haber conseguido obtener una extraordinaria tirada de dados.Pese a tener momentáneamente contienda la amenaza de las tropas ligeras de Filipo, los griegos parecen reacios a continuar avanzando, ya que la línea de la falange de Parmenio rebosa su flanco izquierdo inquietando profundamente a Estratocles.
Así pues deciden detener momentáneamente su marcha a la espera de poder observar que directrices adoptarán los generales macedonios.
Aun así, los tebanos apuestan por curarse en salud y hacen avanzar al Batallón Sagrado de forma que deje dentro de su zona de control a la caballería ligera de la sección de Alejandro.De pronto parece que las cosas pintan un poco mejor para los aliados. Después de unas malas tiradas el flanco al mando de Filipo queda desorganizado. Ahora serán necesarios varios PIPs para volver a conformar una línea de combate sólida para enfrentarse al flanco izquierdo ateniense. Además se encuentran al pié de las colinas, por lo que su mayor ventaja parece haberse esfumado.
Mientras tanto, en el lado tebano de la batalla, las cosas pintan bastante bien. El Batallón Sagrado decide lanzarse a la carga sobre la caballería ligera macedonia. En un primer momento una tirada desastrosa deja a los tebanos en mal lugar, pero gracias a su férrea disciplina mantiene su posición.
Aun así Alejandro cree no tenerlas todas consigo, por lo que opta por retirar su propia unidad para evitar que una posterior retirada de la caballería ligera cause el caos en sus líneas y la virtual destrucción de esta.
Lo cual demuestra ser una buena decisión porque, efectivamente, la caballería ligera retrocede ante el empuje del Batallón Sagrado.Mientras, en el flanco izquierdo griego, la caballería intenta enfrentarse a Filipo en solitario, al no tener este unidades capaz de solaparles, a pesar de dejar a los psiloii a su suerte. Aun así el ataque no tiene éxito.
En el flanco derecho los tebanos del Batallón Sagrado continúan su empuje, acorralando y destruyendo finalmente a la caballería ligera macedonia.
Al mismo tiempo Nausicles decide adelantar a sus hoplitas para no dejar a la élite de su polis aislada entre las líneas macedónicas.La escaramuza al pie de las colinas continúa sin que nada claro suceda, aun así ambos bandos intentan tomar posiciones que les permitan sobrepasar a sus enemigos en próximos turnos.
tras ver la exitosa acción del Batallón Sagrado, Alejandro ordena cargar contra ellos apoyado por la caballería macedonia. En un primer momento la élite aguanta bien la carga de El Grande haciendo uso de su disciplina.
Alejandro no se achica y sigue atacando una y otra vez.
Mientras tanto el centro de hoplitas ve como los falangistas se han acercado tanto que socorrer a los aislados miembros del Batallón Sagrado parece algo imposible.En el flanco izquierdo el baile de posiciones ha llevado a los psiloii griegos a encontrarse en grave riesgo de quedar encajonados, ante lo apremiante de la situación deciden cargar contra los honderos macedonios con la esperanza de, al menos, hacerlos retroceder y ganar un poco de espacio. Pero la fortuna parece haberles vuelto la espalda, porque son recibidos por una violenta lluvia de piedras que causa su total aniquilación.
Ahora la caballería ateniense está en una situación francamente desaconsejable y no ve el momento de volver grupas y salir de ahí lo más pronto posible.Tampoco en el flanco derecho parecen ir bien las cosas para los aliados. Una serie de desafortunados movimientos han llevado al Batallón Sagrado a quedar encajonado contra sus propios conciudadanos que acudían a su rescate. Los guerreros se apiñan en un punto, sintiéndose muy lejos de los atenienses y aterrorizados ante el movimiento de una sección de la falange que, desgajándose del cuerpo principal carga contra ellos.
Los hoplitas tebanos se ven de pronto atrapados en el yunque y martillo macedonio cuando la caballería carga para sumarse al ataque.
Sus esperanzas eran escasas y todos sus temores se materializan cuando el terrible choque causa la aniquilación de numerosas tropas tebanas, perdiendo dos elementos de lanzas en un único combate.La inquietud se extiende por el flanco ateniense, a sus espaldas pueden sentir los cascos de su caballería escapando de las tropas de Filipo mientras, mirando con horrorizada fascinación, contemplan como una gran cantidad de hoplitas tebanos acaban de ser arrollados bajo el aparentemente imparable rodillo macedonio. En ese momento escuchan unos gritos a su izquierda y contemplan como la falange macedonia comienza a flanquearles de forma imparable.
El momento de Parmenio ha llegado. Las gargantas de los macedonios atronan con un aterrador alalalai mientras se lanzan sobre el flanco ateniense.
¡Alalaliee ay piehon! ¡Alalaliee ay piehon! ¡Alalaliee ay piehon! Un muro de afiladas picas se cierne sobre los desesperados atenienses. El mismo suelo parece temblar al compás de la marcha macedonia. Gritos. Sangre. Olor a orines. El silbido de una pica atravesando el aire y clavándose en el cuello de un compañero. El entrechocar de los metales. Algo pegajoso de sabor ferroso que salpica en la cara... y después el quedo silencio solo interrumpido por los lastimosos gemidos de los moribundos y los aterrorizados murmullos de los supervivientes.
Publicado por Endakil en 14:22 1 comentarios
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Grandes batallas II. Queronea, 338 a.d.C.
Saludos. Proseguimos aquí la serie con la batalla de Queronea (en realidad, una de las que tuvieron lugar allí), en la que se enfrentaron los ejércitos macedonios al mando de Filipo II y un joven Alejandro, y una coalición entre Atenas y Tebas.
Recordemos que Filipo II de Macedonia pretendía conseguir la hegemonía sobre las polis griegas, unificando el mundo helénico, que, debido a las interminables guerras entre las polis, se venía debilitando desde hacía más de un siglo. Filipo veía el peligro que corrían los griegos frente al poder persa, que no había menguado casi nada desde la segunda guerra médica.
En el 346, Filipo venció a Focea en la Guerra Sagrada proclamada por la Anfictonía, el consejo Delfos. De este modo, Filipo fue invitado por los tesalios, que dominaban dicho consejo, a participar activamente en la política de las polis griegas, ya que dicho consejo era el único foro en el que las distintas polis tenían en común, y sus decisiones solían ser acatadas por la mayoría.Atenas y Tebas, las dos ciudades más poderosas, que habían sido además encarnizadas enemigas, veían claramente las intenciones de Filipo. Ambas polis se resistían a estar bajo el dominio de un monarca, y además extranjero. En el ágora de Atenas, el orador Demóstenes arengaba a los atenienses en contra de Macedonia, en aras de la libertad y la independencia de Atenas. Además, promovía la alianza con Tebas, pues sabía que sin los beocios no tendrían suficiente poder para enfrentarse a los ejércitos profesionales de Filipo. Mientras, el Gran Rey de Persia vio la oportunidad para perjudicar a Macedonia, pues temía que Filipo se hiciera lo bastante poderoso para invadir el imperio, así que no dudó en enviar dinero y espías a Grecia, favoreciendo la campaña contra Filipo.
En el 339 a.d.C., el consejo de Delfos declaró una nueva Guerra Sagrada contra los ciudadanos de Ánfisa, ciudad de la región lócrida, por cultivar la llanura sagrada. Los tesalios, aliados de los macedonios, y que dominaban el consejo, enviaron una petición de intervención a Filipo, que no dudó en aceptar. Por un lado, parecía que los tebanos habían ayudado a los anfiseos. Por otro, no hay duda de que a Filipo le vino estupendamente esta oportunidad para entrar en Grecia con sus ejércitos. Avanzó rápidamente tomando los enclaves necesarios para asegurarse la ruta, pero se detuvo antes de llegar a Ánfisa con objeto de tantear el grado de influencia que tenía en el consejo. Atenas, espantada por el exitoso avance de Filipo, que estaba cerca del Ática, se rebeló y envió una embajada a Tebas para atraer a los beocios a su bando.
Tebas dudaba de si participar al lado de Macedonia o bien, aliarse a Atenas. Filipo envió una embajada con interesantes y ventajosas propuestas para los tebanos. Demóstenes, el orador ateniense, se presentó al consejo de los beocios justo después de los macedonios.
El discurso de Demóstenes incendió Tebas. Era un orador verdaderamente brillante. Las palabras, el arma más poderosa, no tenían secretos para él. Antes de que terminara, toda la ciudad gritaba “Libertad”. Los embajadores macedonios se fueron a toda prisa, y la coalición tebana y ateniense se reunió para hacer los preparativos. Entonces, llegó el invierno, y ambos bandos esperaron a la primavera del 338 para ponerse en marcha.Con oro persa, la coalición contrató diez mil mercenarios al mando de Cares, y además reunieron un segundo ejército de hoplitas con los ciudadanos de ambas polis. Entre ellos estaba el legendario Batallón Sagrado de Tebas, los 300 mejores guerreros de la ciudad, que hacían un voto sagrado de no retirarse jamás. (300 era el número de guerreros que los griegos siempre escogían para cuerpos de élite u operaciones especiales).
El primer movimiento lo hizo la coalición. Cares y sus mercenarios cortaron el camino hacia Ánfisa. Mientras, el grupo principal se dirigió a cortar los accesos de Macedonia hacia la Lócride. Filipo avanzó también rápidamente, más que los griegos de hecho. Tomó los principales puertos, y, dejando al grueso del ejército atrás, marchó toda una noche hasta que al amanecer atacó por sorpresa a los mercenarios de Cares, venciendo rápidamente.
Cuando la coalición supo que Cares había sido derrotado y que los macedonios tenían un paso expedito que podía llevarlos a su retaguardia, tuvieron que retroceder hasta la llanura de Queronea, el primer punto defensivo de Beocia en el camino de los macedonios. Esto era lo que Filipo quería en realidad.Queronea era la llanura de inundación de la margen derecha del río Cefiso. Mirando hacia el norte, el ejército griego esperaba a los macedonios. Estaban comandados por Nausicles, estratego tebano. Sin embargo, los generales tebanos y atenienses (Cares, Próxeno y Estratocles) no tenían mucho mando en tropas que no fueran de su polis. El ejército de la coalición no tenían una estructura bien articulada.
En el flanco derecho desplegaron los tebanos. El Batallón Sagrado estaba en las orillas del Cefiso. Hacia la izquierda, seguía la falange de hoplitas tebanos. En el centro se desplegaron otros aliados y mercenarios, y en el ala izquierda, limitando con las colinas, desplegaron los atenienses. A continuación, la escasa caballería griega. Finalmente, sobre las colinas se ubicaron los peltastas y las tropas ligeras. En total, 20.000 soldados, de los que 13.000 eran hoplitas, y el resto tropas ligeras, y 3.500 jinetes.
Frente a ellos se colocó el ejército macedonio. En el extremo derecho, Filipo colocó a la caballería tesalia, frente a la caballería tebana. A continuación, se colocó él con los hipaspistas, frente a los atenienses. El centro macedonio lo formaba la falange de piqueros, al mando de Parmenio y Klito, el “Negro”. El extremo izquierdo estaba ocupado por los Hetairoi, la caballería macedonia, jinetes equipados con largos xystoi, prestos a cargar. Esta fuerza de 1800 jinetes estaba al mando de un jovencísimo Alejandro.Aunque el ejército griego usaba tácticas relativamente obsoletas comparadas con el nuevo ejército macedonio, sus hoplitas habían formado un amplio frente y estaban bien ubicados. Eran cuando menos un enemigo correoso. Filipo, no obstante, tenía un plan que explotaba la peor estructura de mando de los griegos. Y así lo puso en práctica.
En primer lugar, él en persona, al mando de los hipaspistas, se lanzó a la carga contra los atenienses. Entre ellos, chillando y animando a los hoplitas, estaba Demóstenes. La falange de hoplitas cerró filas y también empezó a correr hacia Filipo.
El impacto de ambos frentes fue muy duro. En primera fila, Filipo atacaba con su espada, escoltado por dos gigantescos guardaespaldas, que se abrían paso golpeando con enormes hachas a dos manos. El resto de la línea ya estaba escudo contra escudo, empujándose y retrocediendo, acuchillando por encima y debajo de los grandes aspis.Tras un rato, Filipo puso en marcha su plan. Hizo sonar las cornetas, y a su orden, las ordenadas filas de hipaspistas comenzaron a retroceder ordenadamente. Los atenienses, al verlos, espoleados por el odio que tenían a los macedonios, los persiguieron. Tan furiosa fue esta persecución que en muchos puntos, la falange de hoplitas se abrió. Entonces, Parmenio, siguiendo las instrucciones de Filipo, hizo avanzar el frente completo de piqueros macedonios. Con las sarisas en ristre, los macedonios se lanzaron al ataque, cantando al paso de la falange, acompañados por el zumbido de las picas de las filas traseras, que los soldados agitaban al viento.
Nausicles observó el temerario avance de los atenienses hacia el interior del frente macedonio. Su falta de disciplina ponía en peligro la integridad del frente griego, y además, en su avance, los atenienses estaban exponiendo su flanco. A regañadientes hizo lo único que podía hacer. Dio orden de avanzar escalonadamente. Los hoplitas tebanos más cercanos a los atenienses comenzaron a avanzar para proteger el flanco de éstos. Pero el plan de Filipo contemplaba esto. La falange macedonia avanzó y cargó contra los tebanos, impidiéndoles avanzar. De este modo, los atenienses siguieron hacia los macedonios, pero solos y desprotegidos. Mientras, tebanos y piqueros macedonios comenzaban un terrible combate, lleno de avances y retrocesos. Ambas falanges trataban de imponerse sin conseguirlo. Pero el tiempo corría a favor de los macedonios.
Filipo, ya reorganizado, rodeó con los auxiliares a los atenienses, que ahora estaban aislados del resto del frente griego, e hizo que los hipaspistas detuvieran su retroceso. Los hoplitas atenienses comenzaron a sufrir muchas bajas. El pánico cundió entre ellos y la formación comenzó a debilitarse, hasta que finalmente huyeron Mientras, Alejandro, siguiendo también las instrucciones de su padre, cuando los tebanos y los piqueros estuvieron trabados, se lanzó contra el extremo derecho de la línea tebana: el Batallón Sagrado. Estos hoplitas vieron avanzar a los 1.800 jinetes hacia ellos, pero no se asustaron. Apretaron filas, afirmaron las lanzas contra el suelo y apretaron los dientes.
Alejandro organizó su ataque en tres oleadas. Las dos primeras se aproximaron hasta lanzar sus jabalinas, que fueron detenidas por los escudos de los tebanos, inutilizándolos. La tercera oleada, dirigida por Alejandro en persona, se estrelló contra un frente casi desprotegido. Sin embargo, aquellos guerreros eran algo especial. Sin hacer ningún ruido se reorganizaron y contraatacaron. Sufrían muchas bajas, pero eran capaces de retroceder ordenadamente y cerrar cualquier brecha en su formación. La caballería macedonia cargó una y otra vez, pero no consiguieron romper la formación ateniense. Tuvieron que matar a 250 de aquellos 300 hombres para abrirse un hueco lo suficientemente grande como para colarse en la retaguardia tebana. Así, rodearon por fin a los hoplitas tebanos, que, presos entre dos frentes, se rompieron rápidamente. El ejército de la coalición capituló.2.000 hoplitas atenienses habían muerto. Entre los tebanos se supone que hubo más bajas y sobre todo, muchos más prisioneros, ya que, a diferencia de los atenienses, no pudieron retirarse, atrapados entre el yunque y el martillo de los piqueros y hetairoi.
Así fue como el destino de Grecia quedó sellado. Macedonia era el nuevo poder. Filipo, el Hegemón de la Hélade. El mundo helénico estaba unido ahora al mando de un monarca poderoso.
Aunque al final de la batalla, Filipo fue encontrado bailando renqueante entre los cadáveres enemigos, haciendo escarnio frente a los prisioneros atenienses, el viejo zorro macedonio supo ser generoso. Liberó a los prisioneros y mostró cierta magnanimidad con los vencidos. Después de todo, los necesitaba como aliados, y los admiraba, también hay que decirlo.
El domino macedonio no sería puesto en duda hasta la muerte de Filipo y la coronación de Alejandro, pero eso es otra historia (ver Alejandro I.).
LA BATALLA DE QUERONEA PARA DBA.Esta batalla es perfecta un escenario de BBDBA, pero trataré de explotar la sencillez del DBA simple. Sin embargo, los jugadores podrán comprobar la diferencia que hay entre un mando estructurado y uno que no lo está.
a) Ejécito Macedonio. Se usará la lista II 12. La opción a escoger será 4Aux. De este modo, habrá dos peanas de 4Aux. Estas peanas representarán a los hipaspistas. En esta batalla, su comportamiento se asemeja más al de tropas medias que a una falange de hoplitas. De hecho, todavía se discute sobre cómo luchaban los hipaspistas en realidad.
El jugador macedonio destacará inequívocamente tres elementos: uno de 4 Aux, que representará a Filipo, Y SERÁ EL GENERAL DEL EJÉRCITO; otra de Pk, que representará a Parmenio, y finalmente, la de 3Kn, que representará a Alejandro. (Esta peana NO SERÁ EL GENERAL MACEDONIO).
b) Ejército de la coalición griega.- Se usará la composición del ejército II//5 a. Aunque este ejército es el espartanos, sus elementos forman un conjunto más ajustado a la coalición griega que se enfrentó a Filipo, según la proporción de elementos de hoplitas y caballería. Como opciones, se elegirá la Cv y 2x4 Sp.
El jugador griego separará las peanas según sean atenienses o tebanas. Los tebanos tendrán la Cv y cinco elementos de hoplitas. Los atenienses tendrán los Ps y los otros cinco elementos de hoplitas.
El jugador griego destacará inequívocamente: una peana de Sp atenienses, que será el general ateniense Estratocles; una peana de Sp tebana, que será el estratego Nausicles, y otra peana de Sp tebana, que será el Batallón Sagrado. (por si ayuda, os diré que el Batallón Sagrado tenía ricas túnicas de color rojo).
Ningún bando desplegará campamentos.
El campo de batalla tendrá una WW que corre por un lado, representando al río Cefiso. Debe ser lo más pequeño posible. En el lado opuesto, a lo largo de él, el jugador griego colocará tres colinas: dos difíciles y otra simple. Toda su superficie debe quedar a 600 pasos del borde del tablero opuesto al río.
El resto del tablero es terreno fácil. Los griegos son defensores, y despliegan en el lado que tiene el río Cefiso a la derecha y las colinas a la izquierda. Los macedonios despliegan en el lado opuesto. Las reglas de despliegue son las habituales.Se aplicarán todas las reglas habituales de DBA, más las siguientes reglas especiales:
a) Mando macedonio.- El jugador macedonio podrá medir la distancia de mando del general desde el elemento de Filipo o de Parmenio. Ojo, esto no significa que Parmenio sea general, sino que puede servir para transmitir órdenes desde su posición.
b) Príncipe de Macedonia.- Alejandro está en la batalla, y el futuro de Macedonia recae sobre él. La peana de Alejandro cuenta como dos bajas macedonias si es eliminada.
c) Mando griego.- El jugador griego tiene dos generales: Nausicles y Estratocles, y se aplica a cada uno las reglas habituales de generales (es decir, ambos tienen +1/+1,etc.). Para generar PIPs, el jugador griego lanzará dos dados distintos entre sí. Uno será el dado ateniense y otro el dado tebano. Elegirá OBLIGATORIAMENTE el de mayor valor. En caso de empate, se elige el dado tebano. Cada turno, sólo el general cuyo dado haya sido elegido podrá dar órdenes. Pero si dicho general quiere dar órdenes a cualquier elemento, (o grupo que contenga elementos), de distinta nacionalidad que el general, dicha orden costará +1 PIP (acumulativo con otros malus por distancia superior a 1200 pasos, etc.).
d) Batallón Sagrado.-Este elemento tiene ignora los resultados de “Retroceso”. En su lugar, se aplicarán los resultados de “Empate”.
e) El plan de Filipo.- Cualquier elemento ateniense que luche borde frontal con borde frontal con Filipo se vuelve impetuoso. Además, si Filipo gana el combate contra cualquier enemigo en contacto frontal, en lugar de aplicar el resultado de las reglas habituales, puede elegir hacer un Retroceso, arrastrando al elemento enemigo con él hasta seguir ambos en contacto borde frontal con borde frontal. Además, cuado esto ocurra, cualquier elemento amigo que estuviera en contacto con el elemento de Filipo y que pudiera formar grupo con él, puede retroceder también, incluso si estuviera en contacto exclusivamente frontal con otro enemigo. Pero sólo la peana enemiga en contacto con Filipo será arrastrada. El resto del frente enemigo se queda donde está. Esto representa las increíbles dotes de mando de Filipo, capaz de organizar un retroceso organizado de todo su frente, atrayendo al imprudente enemigo hacia su trampa. Nótese que si Filipo lucha primero y vence, puede retroceder con todo su frente antes de que se produzcan otros combates. Esta posibilidad se ha incluido intencionadamente.
Condiciones de Victoria.
Las habituales, incluyendo los efectos de las reglas antes descritas. Para los griegos, las condiciones de pérdida de generales se aplicarán para cualquiera de los dos. Es decir, se puede perder tanto si Nausicles como si Estratocles son eliminados y los griegos llevan más bajas que los macedonios.
Por último, recomiendo que, una vez jugado el escenario, los jugadores intercambien los papeles. Es interesante experimentar con las diferentes condiciones de mando, en mi opinión.
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Grandes Batallas I. Carrhae, 53 a.d.C.
jueves, 13 de diciembre de 2007
Saludos. Iniciamos aquí una nueva serie en la que analizaremos con más detalle algunas batallas de la Antigüedad. Hoy comenzaremos con la batalla de Carrhae, que enfrentó a romanos y partos en el año 53 a.d.C. Empezaremos por analizar los acontecimientos que derivaron en esta terrible batalla. En Roma estaba en vigor el primer triunvirato, con tres cabezas visibles: Julio César, Pompeyo, y Marco Licinio Craso. Sin ánimo de ser exhaustivo, podemos decir que estos tres senadores se repartieron los poderes proconsulares en las provincias romanas por sorteo. Julio César siguió en la Galia, donde ya había triunfado, cubriéndose de gloria. Pompeyo recibió la autoridad sobre Hispania (es decir, todas las provincias peninsulares), y Marco Licinio Craso, la provincia de Siria. Sobre la personalidad de Craso cabe destacar sus desmedidas ambición y avaricia. Cuando fue nombrado procónsul de Siria, enroló un número enorme de soldados y tropas de diferente procedencia. Era obvio que planeaba algo más que quedarse en Siria y explotar la región, pero en el Senado no se hablaba de ningún plan de invasión de las tierras del imperio parto. La postura oficial de Roma era de neutralidad hacia ellos, ya que Sila, hacía algo más de 30 años que había firmado un tratado de paz con ellos, fijando el Eúfrates como frontera natural entre los dos imperios. Los partos habían respetado escrupulosamente aquel tratado, al igual que los romanos, hasta que Craso llegó a Siria. Sin embargo, en el Senado se comenzó a sospechar de Craso, y, aunque sin éxito, Craso salió de Roma con la oposición de éste. Incluso un tribuno de la plebe lo maldijo.
Craso, que se veía a sí mismo como un nuevo Alejandro Magno, había hecho planes para invadir Oriente. Llegó con sus tropas a finales del 54 a.d.C., y, utilizando la sorpresa, cruzó el Eúfrates y avanzó rápidamente por Mesopotamia. Tomó algunas ciudades prácticamente sin lucha, ya que no se esperaba guerra con Roma. Sólo en Zenodocia, una pequeña ciudad, encontró resistencia, pero sus habitantes fueron vencidos y vendidos como esclavos.
Luego, tras esta primera incursión, volvió sobre sus pasos, dejando pequeñas guarniciones en las ciudades tomadas (siete mil infantes y mil jinetes en total), dirigiéndose de nuevo a Siria para pasar el invierno.
Aquel invierno se dedicó a recaudar impuestos y enrolar efectivos locales (arqueros sirios, por ejemplo). Sus métodos hicieron que la población local lo odiara, y Craso encontró una fuerte oposición. No obstante, se alió con el rey armenio Artabaces, que prometió a Craso 30.000 soldados de infantería y 6.000 jinetes (muchos de ellos del tipo catafracto). Mientras, el rey parto Osroes no perdió el tiempo. Craso, con su pésimo plan, había mostrado sus intenciones hostiles y luego se había retirado, dando tiempo a los partos para reorganizarse y recuperarse de la sorpresa. Osroes tenía un valioso general, muy joven, pero extremadamente hábil, llamado Surena. Entre los dos prepararon la estrategia defensiva. Mientras, Osroes también intentó una salida diplomática en paralelo. Envió un embajador a Craso, indicando que si la invasión era iniciativa de una sola persona y no del Senado, la retirada de las guarniciones de las ciudades recién ocupadas sería respetada por los partos. Podrían irse en paz. Craso, torpemente, reveló sus intenciones contestando con mucha prepotencia. Ya nada podía evitar la confrontación.
Craso recibió sus últimos refuerzos: 1000 jinetes eduos (celtas) enviados por César, al mando de Publio, hijo del propio Craso. Partió de nuevo hacia las tierras de los partos con siete legiones, 4000 jinetes y 4000 tropas de apoyo locales, principalmente arqueros sirios. Artabaces se presentó con una vanguardia de 1000 soldados, y planearon la ruta de avance. Artabaces, juiciosamente, indicó a Craso que debía marchar por el sur de Armenia, con los flancos protegidos por las colinas y terreno difícil que allí había. Este territorio dificultaría mucho el modo de combate parto, y además, estaba bien provisto, por lo que a sus legiones no les faltaría nada.
Sin embargo, Craso, con el juicio cegado por su ambición, sabía que si hacía caso a Artabaces, éste tendría que recibir una buena recompensa por los servicios prestados. De hecho, Artabaces intentaba simplemente aprovechar la conquista romana para su propio lucro y para aumentar sus territorios. Por ello, Craso decidió avanzar por Mesopotamia, un terreno árido, desértico y llano, totalmente abierto, lo que favorecía a los partos. Artabaces, que era lo suficientemente inteligente para olfatear el desastre al que un general con tan poco juicio como Craso podía dirigir a sus tropas, se retiró de la partida. Amablemente, indicó que como Craso se dirigía al sur, la ruta de entrada a Armenia quedaría abierta para los partos, por lo que no podría marchar junto a Craso. Retiró sus tropas hacia Armenia, previendo el contraataque de Osroes.
Cuando estas noticias llegaron al rey parto, terminó de perfilar su estrategia. Sin terminar de creerse la buena suerte que tenían, Osroes dividió su ejército. Él se quedó con toda la infantería (tropas ligeras básicamente) y algo de caballería. Su intención era penetrar en Armenia para cortar cualquier apoyo que Artabaces pudiera enviar a Craso. Mientras, Surena, con un ejército de 10.000 arqueros a caballo y 1.000 catafractos, se encargaría del incauto Craso en las abiertas llanuras. Luego, Osroes envió un mensajero a cierto individuo. Si el mensaje era entregado con éxito, los romanos caerían en sus manos. Craso cruzó el Eúfrates a toda prisa bajo una terrible tormenta, con el río amenazando desbordarse, y con una colección de terribles presagios acompañando su marcha (relámpagos que caían en las zonas elegidas para acampar, estandartes que se giraban con el viento, etc.). Envió una avanzadilla a explorar, que, a su regreso, informó que lo que les aguardaba era terreno baldío, y que habían detectado huellas de una importante fuerza de caballería que se retiraba. Craso interpretó que los partos huían. En esto, apareció en el campamento un rey nabateo llamado Akbaro. Había servido con anterioridad a Pompeyo, y Craso confió en él. Lo que no sabía es que Akbaro era el destinatario del mensaje enviado por Osroes. Akbaro estaba interesado en una derrota romana, pues la presión fiscal sobre sus ciudades por parte de los gobernadores romanos comenzaba a hacerse agobiante.
Akbaro, con una escolta de 1.000 jinetes, convenció a Craso de que marchara hacia el sureste, a través del desierto, hacia la ciudad de Nicéforo. Despistó a Craso informándole erróneamente de que no había ningún ejército parto tan al norte: que Osroes estaba desaparecido (cuando en realidad estaba entrando en Armenia), y que Surena trataba desesperadamente de organizar una precaria defensa. Si atravesaban el desierto en esa dirección, Craso se ahorraría algunos días de marcha, y que, debido a la sorpresa, podría derrotar a Surena fácilmente. Y el procónsul romano, que ya se veía victorioso, mordió el anzuelo.
Craso ignoraba casi todo acerca del modo de batalla parto. Sin saberlo, entraba en un territorio totalmente favorable a las tropas montadas de Surena. Ansioso por llegar a Nicéforo, ordenó a sus tropas marchar al paso de la caballería. A través del desierto, esta orden equivalía casi a un suicidio. Cuando se adentraron lo suficiente en el desierto para que Craso estuviera aislado de recursos y de zonas donde guarecerse, Akbaro, argumentando que iría de avanzadilla para proteger la ruta de los romanos, se largó con sus jinetes. Por supuesto, no volvieron a verles. Craso ni siquiera entonces creyó que había sido engañado.
No obstante, los exploradores romanos dieron informes de huellas de caballos, demasiado cerca ya de los romanos. Craso tuvo que poner los pies en la tierra bruscamente, y ordenó el despliegue de su ejército. Sin embargo, sus órdenes fueron torpes y contradictorias: primero ordeno un despliegue en línea, con las legiones en el centro y la caballería en los flancos. Luego, cuando los movimientos estaban siendo ejecutados, cambió de idea y ordenó un cuadro defensivo, de doce cohortes de lado. Ésta era la formación clásica romana para lucha contra caballería en campo abierto. Así formados, avanzaron los romanos por el trayecto hasta llegar al río Balisso. Sabiendo que ya los partos estaban muy cerca, y como muestra última de su escaso juicio, Craso cedió a las presiones de su hijo Publio, que deseaba entrar en combate cuanto antes, y no permitió que sus tropas levantaran un campamento y descansaran, sino que ordenó que comieran rápidamente en formación y siguieran hasta trabar a los partos. La mayoría de soldados ni siquiera había terminado cuando Craso ordenó avanzar hasta la llanura donde aguardaban los partos.
Al principio, Craso no se asustó. Los partos no parecían muchos. Surena había desplegado la mayoría de sus tropas detrás de una escasa avanzadilla. Cuando los romanos, cansados y hambrientos, detuvieron su avance frente a ellos, Surena dio una orden y los terribles timbales y cuernos de guerra partos sonaron con su estridente sonido. Como por arte de magia, miles de arqueros a caballo se desplegaron hacia los flancos partos, y en el centro, una masa de jinetes dejó caer las capas y mantas que los cubrían, dejando ver el brillo de sus impresionantes armaduras de catafractos. Aquello fue una desagradable sorpresa que minó aun más la moral de los romanos. El primer movimiento de Surena fue lanzar a sus catafractos hacia el frente del cuadro romano. Una carga de catafractos hacía temblar el suelo. Los jinetes iban tan juntos que sus botas chocaban unas con otras. Todo lo que se vía era un muro de acero y lanzas que se dirigía hacía los agotados y descorazonados romanos. Estos apretaron los dientes y cerraron la formación, aferrando con fuerza los pilums preparados para la descarga. Cuando el impacto parecía inminente, los catafractos se detuvieron y dieron media vuelta, alejándose prudentemente de la batalla. Los legionarios romanos quedaron desconcertados, pero entonces comenzaron a oír gritos a ambos lados de la formación. Mientras los catafractos avanzaban atrayendo a atención de los legionarios, Surena había ordenado a sus arqueros a caballo rodear el cuadro y comenzar el ataque. Craso ordenó entonces a las tropas ligeras que salieran del cuadro por ambos flancos a enfrentarse con la primera oleada parta. Pero rápidamente, los precisos arqueros a caballo los obligaron a retroceder al interior, y entonces, los partos tuvieron a los romanos a su merced. A salvo desde la distancia que sus veloces caballos les permitían mantener, los partos recorrían el frente romano en paralelo lanzando flechas sin cesar. Sus arcos de gran calidad permitían que las flechas atravesaran los escudos y las cotas de malla romanas con relativa facilidad. Cuando los romanos intentaban adelantarse, los partos daban media vuelta y se alejaban. Muchos romanos cayeron atravesados por flechas disparadas por arqueros partos que fingían huir y en un abrir y cerrar de ojos tensaban el arco y disparaban hacia atrás, por encima de las grupas de los caballos, con una precisión extraordinaria. La compacta formación romana ofrecía además un excelente blanco.
Craso no desesperó. Pensaba que aquello acabaría cuando los partos se quedaran sin flechas, pero Surena había enviado una caravana de camellos llena de carcajs. Los partos sólo tenían que retroceder por grupos para reaprovisionarse.
Cuando los romanos se dieron cuenta de aquello ya llevaban un buen rato sufriendo terriblemente. Craso ordenó un rápido contraataque. Publio, con sus 1000 jinetes eduos, 300 arqueros sirios y 8 cohortes de legionarios, se abrió paso a través del cuadro, cargando rápidamente hacia los partos. Surena había dado unas directrices muy claras. Cuando la avanzadilla romana cargó, los arqueros a caballo se retiraron fingiendo otra huida, sólo que esta vez, fueron seguidos por las tropas de Publio. Craso y sus tropas se quedaron de repente solos cuando perdieron de vista al último de los soldados de Publio. Se hizo el silencio.
Durante un buen rato, no supieron nada de aquella avanzadilla. Craso aprovechó aquel tiempo para ordenar un repliegue, hasta la posición junto al río Balisso, donde habían pensado acampar antes de que Craso ordenara su insensato avance. Allí esperaron noticias. De repente, un jinete romano apareció en el horizonte. Cabalgó lo más rápido que pudo hacia Craso, y le entregó un mensaje: si no enviaba refuerzos a Publio, su hijo y sus tropas estarían perdidas. Lo que no sabían ni el mensajero ni el propio Craso, es que en aquel momento, ya no quedaba ningún romano a las órdenes de Publio a quien asistir. Publio y sus tropas habían avanzado persiguiendo a los partos, hasta que se toparon con el frente de catafractos partos. Publio, temiendo que su carga les pillara desorganizados, había ordenado que se detuvieran los legionarios y cerraran la formación. Pero los catafractos no cargaron. Se limitaron a galopar hacia ellos levantando una densa nube de polvo que el viento arrastró hacia los romanos. Esto terminó de desorientar a los romanos, y entonces, los jinetes con arco volvieron. Rodearon a Publio por todos lados y volvieron a acribillarlos con sus flechas. Ante cada carga romana, se replegaban y disparaban. Por fin, Publio sólo pudo ordenar una última carga con la que esperaba espantar a los partos. Los 1.000 feroces eduos se lanzaron a la desperada contra los catafractos partos. Aunque se batieron con fiereza, los celtas no tuvieron mucho que hacer. Tras el primer impacto se dieron cuenta de que no conseguirían atravesar las armaduras de los catafractos, de modo que se lanzaron temerariamente una y otra vez con diferentes ardides, contra los partos. Algunos lanzaban sus caballos contra los catafractos mientras ellos saltaban hacia el jinete enemigo. Otros desmontaron e intentaron destripar a los caballos enemigos deslizándose bajo ellos. Los últimos, vencidos ya, se empotraron contra las lanzas partas buscando una muerte rápida y honorable.
Poco después de que el mensajero llegara hasta Craso, el ejército parto volvió a aparecer. Un jinete se adelantó y mostró una lanza a los romanos, con la cabeza de Publio ensartada en ella. Esto terminó por romper la moral de los romanos. Craso no fue capaz de alentarlos, y Surena reinició el ataque. Lanzó a los catafractos contra los romanos de nuevo, pero no llegó al contacto. Los romanos cerraron filas, y entonces, los arqueros a caballo retomaron su temible rutina de ataque-retirada y su letal lluvia de proyectiles. Allí donde el frente romano se descomponía, Surena lanzaba sus catafractos para que los romanos volviesen a apretar la formación, y luego, enviaba a los arqueros a caballo para que siguieran dando buena cuenta de ellos.
Sólo la puesta de sol salvó a los romanos de la aniquilación. Los partos no solían combatir de noche, y según sus costumbres, se retiraron.
Así comenzó la noche más terrorífica para las tropas de Craso. Ignorando que los partos se habían retirado completamente, Craso ordenó la retirada nocturna hacia la ciudad de Carrhae, donde había guarnición romana. La retirada se convirtió en un caos. Los heridos fueron abandonados en el campamento. Los jinetes romanos se adelantaron hacia Carrhae para informar, pero para lo que quedaba de las legiones, aquella marcha fue infernal. El ejército se desorganizó. Muchas cohortes se perdieron y se desorientaron, e incluso retrocedieron en formación hacia el lugar de la batalla, creyendo que avanzaban hacia Carrhae. Cada sonido nocturno era interpretado como un nuevo ataque parto, y el pánico cundía entre los soldados. El miedo se apoderó de ellos.
A la mañana siguiente, los partos iniciaron la persecución. Primero mataron a los heridos abandonados por los romanos. Luego, conforme encontraban distintos destacamentos romanos perdidos durante la noche, los fueron acorralando y eliminando uno a uno. Lo que resta de esta historia es como sigue: Craso llegó a Carrhae y Surena se enteró. Llegó a las murallas de la ciudad y solicitó a los legionarios que le entregaran a su general. Éstos se negaron, y guiados por Craso y por un nuevo guía llamado Andrómaco, abandonaron Carrhae durante la noche. Andrómaco también estaba a sueldo de los partos, y no tardó en meter a Craso en una zona pantanosa, que detuvo su avance, para que fueran de nuevo alcanzados por los partos. Algunos oficiales romanos comenzaron a desertar al ver que Andrómaco los llevaba por aquellos caminos, y al final, Craso sólo pudo retener cuatro cohortes y una escasísima caballería. No obstante, consiguió sacarlos del pantano y llevarlos hasta las colinas, donde Surena sabía que no podría vencerles. De modo que el astuto parto intentó que Craso capitulara. Sus tropas, agotadas, obligaron a Craso a parlamentar con Surena, amenazándolo con las armas. Craso fue a parlamentar con una reducida escolta con la delegación parta. Tras unos insultos, la situación llegó a las manos y en la pelea, Craso fue apuñalado. Así, en una simple reyerta, falleció Marco Licinio Craso, víctima de su propia incompetencia. Sus soldados tuvieron diferentes destinos: algunos huyeron y fueron capturados y asesinados por los árabes nabateos. Otros consiguieron llegar hasta Siria. Otros se entregaron a Surena. Y, ¿sabéis qué? Este parece ser el origen de la legendaria “Legión Perdida” romana. Es posible que Osroes deportara a los romanos hasta las fronteras orientales del imperio parto. Allí, algunos legionaros pudieron huir hasta China, donde se asentaron en una ciudad, y se mezclaron con la población local. Según algunas crónicas, los hunos encontraron en China unos bárbaros de piel clara, que habían levantado una fortificación de aspecto extranjero, y que podían luchar en extrañas formaciones parecidas a tortugas, en la que cada soldado posicionaba su escudo de determinada manera, cerrando todos los huecos.
LA BATALLA DE CARRHAE PARA DBA.Sugiero aquí una reconstrucción de la batalla de Carrhae para DBA. Esta batalla debe jugarse con los ejércitos II/37, Partos, y el II/49, romanos de Mario. Estableceremos algunas sugerencias opcionales para tratar de simular esta batalla lo más exactamente posible.
El ejército parto no debería tener ninguna tropa de infantería. Como mucho, una única peana, además de la del general, debería ser Kn (catafractos). El resto de opciones deben ser LH.
El ejército romano debería tener una de las peanas de Cv de jinetes celtas, y dos peanas de Ps mostrando arqueros sirios (una es obligatoria, pero la otra es opcional son 3 ó 4 Aux. Habría que escoger la opción de Ps).
El general romano debería ser la opción de Bd, ya que Craso tuvo muy poca caballería en esta batalla.Los partos serán automáticamente los defensores. En cuanto al terreno, sólo podrán poner el mínimo posible según las reglas habituales. Además, el lado romano se elegirá de forma distinta: el jugador romano asignará a cada lado un número del 1 al 4. Si sale 5 ó 6, los partos elegirán el lado por donde entran los romanos. Esto representa que los romanos han sido guiados según las órdenes de los partos por Akbaro.
En cuanto al desarrollo de la batalla, sugiero las siguientes reglas especiales, además de todas las reglas habituales:
a) Tropas agotadas: los romanos están agotados, hambrientos y desmoralizados. Cada turno en el que saquen 1 en la tirada de PIP´s, los romanos tendrán un (-1) en todos los combates de ese turno.
b) Victoria segura: Surena y los partos lo tienen todo a su favor y no creen posible una derrota. Por lo tanto, no aceptarán bien un revés. Si al final de cualquier turno, el número de bajas partas es dos peanas mayor que el número de bajas romanas (es decir, 0-2, 1-3 a favor de los romanos), los partos perderán. Además, la pérdida del general parto supondrá una derrota automática, independientemente del número de bajas que lleve cada bando.
c) Catafractos ocultos. Los partos pueden desplegar inicialmente 12 peanas de LH. Dos de ellas son en realidad catafractos. Dichas peanas deben ir marcadas donde no se note (por ejemplo, bajo la base).Una de ellas además será la del general. En la primera fase de movimiento de los partos, el jugador enseñará las marcas en las peanas, y pondrá las peanas de catafractos en su lugar, sustituyendo a las marcadas. Esto representa a Surena revelando la posición de los catafractos por sorpresa, para asustar a los romanos.
Batalla por Delfos
lunes, 17 de septiembre de 2007
Corre el año 279 a.C. y toda Grecia contiene el aliento.
El año pasado los celtas asentados en la zona de los Balcanes han sometido a los panonios y los dárdanos y han matado en batalla a dos reyes macedonios: Ptolomeo Keraunos y, más tarde, el héroe Sóstenes.
No contentos con estas hazañas han continuado su implacable avance derrotando a los tracios, los getas y los tribalos.
Los griegos toman conciencia de la terrible amenaza que se cierne sobre ellos y se preparan para detener al invasor, una vez más, en el legendario paso de las Termópilas. Allí se reúne una alianza de Beocia, Focidia, Megara, Etolia y Atenas junto a contingentes mercenarios macedonios y seleucidas. Los helenos, apoyados desde el mar por la flota ateniense, actúan con heroísmo y consiguen poner en desbandada a los celtas. Ante esta situación Breno, el general celta, pretende repetir la artimaña de rodear a las tropas griegas a través de un paso de montaña pero, en esta ocasión, los helenos se han cubierto las espaldas poniendo en guardia una guarnición de 500 hombres bajo el mando del seleucida Telesarco que consigue frustar los planes de los invasores, aunque el propio Telesarco fallece en la escaramuza luchando con bravura.
Escamado con la inquebrantable situación Breno decide enviar un poderoso contingente para atacar a la Liga Etolia, con la esperanza de que estos retiren sus tropas de la alianza para defender sus propios territorios.
El plan tiene éxito en un primer momento, las tropas celtas arrasan la región cometiendo horribles crímenes y destrozos, pero las fuerzas etolias consiguen regresar y enfrentarse al invasor con éxito. Los celtas se repliegan a sus posiciones iniciales pero la población etolia, llena de odio a causa de las atrocidades cometidas por los invasores, atacan masivamente a los hombres en retirada diezmándolos y obligándolos a huir a la desesperada.
Al mismo tiempo que esto sucedía Breno vuelve a intentar la treta de rodear a los griegos de las Termópilas aprovechando una densa niebla. Esta vez el plan tiene más éxito y consiguen desbordar a un pequeño contingente focidio. Superados ampliamente en número los hombres de Focidia, tras una desesperada defensa, no tienen otra opción que descender a la carrera y avisar a los aliados de lo que se les viene encima. Por fortuna la flota ateniense consigue embarcar a los hombres a tiempo pero ahora, asustados con lo alarmante de la situación, cada contingente pide ser devuelto a su polis para ocuparse de su propia defensa.Frustrado por la huida de los griegos Breno decide aprovechar la situación y dirigir a sus hombres contra el santuario de Delfos, rebosante de riquezas aportadas durante siglos por las polis helenas y, últimamente, por los diádocos europeos y asiáticos. La perspectiva debía ser indescriptiblemente seductora para los bárbaros y no se lo piensan dos veces.
Los focidios se dan cuenta de que la situación es ahora realmente desesperada y reunen cuantas tropas pueden para la protección del santuario. Allí llegaron hombres de todas las polis de la liga encontrándose con unos cuantos etolios y unos 400 hoplitas de Amphisa.
Cuando contaron sus efectivos una desagradable sensación debió extenderse entre los griegos; había allí alrededor de 40.000 hombres de la liga viendo acercarse a unos 100.000 celtas entre infantes y jinetes. Pero entonces sucedió el milagro.
Era un crudo invierno, las laderas del monte estaban cubiertas de nieve, soplaba un fuerte viento y amenazaba tormenta cuando, de pronto, se desencadenó un pequeño terremoto al mismo tiempo que una fuerte tormenta eléctrica se desataba sobre Delfos. Los celtas detuvieron su avance asustados... estaba sucediendo lo único que temían: ¡el cielo se caía sobre sus cabezas!
Por su parte, los griegos también interpretaron rápidamente el prodigio: ¡los dioses se ponían de su parte, Apolo defendía su templo y Zeus lanzaba sus rayos sobre los invasores!
La convergencia de ambas interpretaciones dio lugar a una situación asombrosa: los celtas se retiraban horrorizados ante la mayor de sus pesadillas mientras los griegos se lanzaban montaña abajo henchidos de fe y arrojo realizando actos de increíble heroísmo.
Por aquel entonces Filomelo y 1.500 refuerzos etolios llegaban a tiempo para presenciar aquel asombroso espectáculo no pudiendo hacer más que quedarse fascinados ante la épica escena que tenía lugar ante ellos.Los celtas, más mal que bien, consiguieron replegarse hasta su campamento pero, al llegar la mañana, la situación se les había vuelto totalmente en contra. Ahora estaban rodeados por los exultantes defensores de Delfos y por las tropas ligeras que ocupaban el monte Parnaso.
A un tiempo las tropas del santuario cargaron contra ellos mientras los peltastas y psilois de su retaguardia los castigaban terriblemente con proyectiles de todo tipo. Los celtas intentaron presentar una defensa pero, tras resultar herido el propio Breno en combate, se batieron en una huida caótica mientras los etolios los cazaban como animales. Sólo la noche salvó a los invasores de la total aniquilación.Inspiradas por los gloriosos hechos acontecidos todas las polis griegas enviaron cuantas tropas pudieron para enfrentarse a los hombres de Breno que, junto a las fuerzas de otro chieftain celta de nombre Acicorio, abandonaban a toda prisa sus posiciones en Heraclea y se disponían a cruzar el Esperqueo. Cual sería su sorpresa al descubrir que melios y tesalios defendían la otra orilla. La batalla fue una auténtica masacre y tan solo unos cuantos lograron sobrevivir.
Años más tarde, lo que quedaba de la población celta en la región de Peonia se dividió y, mientras unos se asentaban en Tracia y otros cuantos conseguían regresar hasta la Galia, una parte de ellos cruzaron a Asía, se adentraron en Anatolia y fundaron un reino llamado Galatia. Aquellos hombres vivieron allí durante largos años, realizaron hazañas asombrosas y llegaron a servir como mercenarios en el lejano Egipto de los Ptolomeos, pero eso ya es otra historia...
La Batalla de Delfos en DBA
Orden de Batalla
- II/5 (f) Hoplitas Griegos Tardíos. Focenses.
- II/31 (a) Gálatas.Terreno
Para simular la escabrosa región de Delfos deberán situarse tres colinas en el campo de batalla. Esos serán los únicos elementos de escenografía ocupando cada una un cuadrante hasta tener tres cubiertos (el cuadrante libre representará la llanura hacia la Argólida). Una de esas colinas será escarpada, deberá situarse un templo sobre ella y será el campamento griego. Los celtas deberán tener una colina detrás de su propio campamento.
Despliegue
Los celtas despliegan en un segmento de formado por una superficie rectangular de 600 y 800 pasos desde su borde del tablero, con una colina a sus espaldas.
Los griegos despliegan con normalidad en la zona de la colina escarpada con el templo, que será su campamento. Pero, además, pueden situar hasta dos elementos de psiloi o auxilia en la colina tras los celtas.
Reglas Especiales
Los griegos piensan que los dioses luchan a su lado, cualquier resultado de "huida" se sustituirá por un "retroceso".
Los celtas creen que el cielo se cae sobre sus cabezas, cualquier tropa que que se vea forzada a "huir" deberá retirarse y considerarse una baja más, ya que estos hombres habrán escapado como puedan del campo de batalla.