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La guerra de los carros II: El imperio hitita.

jueves, 12 de junio de 2008

Saludos. Esta semana hablaremos de uno de los mayores imperios de la Antigüedad, cuya caía fue tan fulminante y su destrucción tan absoluta, que su memoria se perdió y hasta el siglo XX no se encontró el rastro de su paso por la Historia.

Antes de hablar del pueblo hitita, es preciso describir el entorno geográfico donde se desarrolló. En los primeros días de la Historia, allá por el año 3000 a.d.C., ya vimos como se habían desarrollado la cultura sumeria, egipcia y del valle del Indo, alrededor de grandes ríos, en terrenos favorables para la agricultura. Pues bien, nuestro escenario se la península de Anatolia, la actual Turquía, cuya geografía era muy distinta: montañas, colinas, algún valle, ríos cortos y veloces… En Anatolia la Historia surgió mucho más tarde. De hecho, durante la primera mitad del tercer milenio a.d.C., la población era escasa y se agrupaba en ciudades amuralladas, gobernados por aristócratas locales. Esta población parece proceder (aunque no está claro del todo) de la primera serie de invasiones indoeuropeas que se extendieron por el Mar Egeo). Estas ciudades, de carácter neolítico, comarciaban con los sumerios, suministrando algunos metales (la riqueza de la región estaba enterrada en el corazón de las colinas, ricas en todo tipo de metales, a diferencia de los valles de los grandes ríos Nilo, Tigris, Eúfrates e Indo), cerámicas, etc. Es aquí donde se funda Troya, es decir, el primer nivel de Troya (la de la Iliada es la VI fundación de la ciudad).

En la segunda mitad de este milenio, sobre el 2500 a.d.C., comienza la Edad del Bronce medio. Es entonces cuando en las orillas del río Halis, en el centro de Anatolia, y expandiéndose hacia el este (¡cuanta Historia ha cruzado este río, amigos!) apareció la cultura Hatti. Desarrollaron la artesanía con metales preciosos, que exportaron por el Egeo y por Mesopotamia. No eran indoeuropeos, sino que tenían una lengua propia no emparentada con ninguna otra. Su estilo era muy creativo y verdaderamente inconfundible. Sus ciudades mostraban hermosos bajorrelieves también muy característicos, con una rica profusión de imágenes humanas, celestiales y de dioses con forma de pájaros o, incluso humanos alados.
Alrededor de esta cultura, había otros muchos pueblos menos avanzados: los pelasgos y léleges (autóctonos de Anatolia, no invasores indoeuropeos), que vivieron en la parte occidental de Anatolia y la Grecia continental (las ciudades fundadas por los pelasgos acababan en –nthos o –assos, como, parece ser, Corinthos, o Sagalassos). También estaban nuestros conocidos hurritas, al sur de Anatolia, lindando con Mesopotamia. También llegaron embajadores asirios, que establecieron principados comerciales a partir del 2000 a.d.C., para favorecer los negocios entre los Hatti y Asiria. Estos asirios introdujeron la escritura en la península, y gracias a ellos se conoce. Y por último, procedentes del norte, se fue introduciendo un nuevo invasor indoeuropeo, cuya llegada no parece ser violenta, que terminaron convirtiéndose en los hititas.

Esta población indoeuropea había comenzado su penetración en la región a finales del tercer milenio a.d.C. Rápidamente reconocieron a los Hatti como una cultura superior, y de ellos absorbieron y aprendieron las nuevas artes y técnicas. Los hititas fundaron una serie de ciudades, cuyas formas de gobierno, a través de un Palacio arcaico (como las talasocracias minoicas y micénicas), fueron también copiadas de los Hatti.
De este modo, entre el 2000 y el 1800 a.d.C., coexistieron en Anatolia los pequeños reinos palaciegos hatti, hurritas e hititas, y principados comerciales asirios. Había numerosos intercambios comerciales. Las mercancías fluían. Olía a prosperidad y riquezas, focalizadas en los palacios. Y las riquezas son el motor que pone en marcha la conquista. En el 1800, en la ciudad hitita de Nesa, se supone que nació el primer poder hitita en Anatolia. La ciudad de Nesa era la capital del pequeño reino de Kütelpe. Sus habitantes eran hititas, es decir, de estirpe indoeuropea. El primer gran monarca hitita fue Anitta, que comenzó a conquistar ciudades vecinas, y a expandir su dominio a otras ciudades hurritas y hatti. Así, su reino englobó las ciudades de Kussara, Nesa, Hattusa (hatti), Mama (hurrita) , Taisama y Sibuha. Los monarcas hititas que sucedieron a Anitta asumieron nombres hatti, intentado ganarse el respeto y la simpatía de las nuevas poblaciones dominadas, y tomaron para sí todos los signos de poder hatti (entre los que se encontraban unos característicos estandartes: sobre cuernos de buey dispuestos horizontalmente, un disco solar metálico, con huesos de pájaro colgando, y figuras de ciervos y otros animales. Tal vez os suene de la imaginería de “Conan, el Bárbaro”, u otros estandartes de juegos de fantasía como Warhammer). La religión también mantuvo las características hatti. De hecho, los sacerdotes hititas hacían rituales pronunciando palabras antiguas hatti que no llegaban a entender completamente (algo así como nuestras ya extintas misas en latín, en la que los fieles repetían lo que decían los sacerdotes sin entender completamente el significado de las palabras).
En el 1660 a.d.C., subió al trono el rey Hattusili I (un rey de estirpe hitita pero con nombre hatti), que se extendió hacia el norte y el oeste, llegando al mar. El príncipe Mursil sucedió a su padre en el 1630 a.d.C. Su nombre ya nos es conocido: fue el rey Mursil el que conquistó Aleppo y saqueó Babilonia, poniendo fin a la dinastía de Hammurabi y abriendo el camino para los casitas en Mesopotamia.
Sin embargo, este primer reino hitita cayó tan rápido como había aparecido. Mursil fue asesinado, y sus sucesores no pudieron mantener sus nuevos dominios, que fueron independizándose o cayendo bajo dominio hurrita de los Mitanni o egipcio, con la dinastía XVIII al frente, expandiéndose por Palestina. En este periodo, en el que Mitanni y Egipto lucharon por la supremacía, cuando las reglas de la guerra cambiaron y aparecieron los ejércitos de nobles en carros, cuando el poder hitita quedó reducido a su origen, el reino de Nesa y Kussara.

Pero la historia hitita no quedó ahí. Dos siglos después, apareció un nuevo rey, llamado Suppiluliumas, en el 1380 a.d.C. Este gobernante comenzó siendo general del rey Tudhalilya II. Hábil y astuto, Suppiluliumas derrotó a una de las principales amenazas del reino: las tribus más primitivas de gasganos y Azzi-Hayyasa (respectivamente, al norte y al sur del reino hitita), que habitaban en las colinas, y amezaban las fronteras. Esto aumentó su prestigio, y al a muerte del rey Tudhaliya II, cuando la corona la heredó su hijo Tudhaliya III, Suppiluliumas lo ordenó asesinar, ascendiendo así al trono hitita. Comenzaba así la era de esplendor del imperio.
Suppiluliumas no perdió el tiempo. Hacia el sur, en Siria y Palestina, Mitanni y Egipto habían pactado y estaban aliadas en contra del poder que representaban los hititas en plena expansión. Pero los hititas no habían estado ociosos, y fueron estudiando a sus futuros enemigos. En esta época, los hititas adoptaron las nuevas tácticas y nuevos diseños de carros, preparándose para los nuevos tiempos. Pues bien, los hititas se lanzaron como un relámpago a por los reinos vasallos de los Mitanni, como Aleppo y otras ciudades de Siria, y las conquistaron. Esto hizo que Mitanni perdiera una gran fuerte de su poder. En inferioridad numérica, y como ya hemos visto, un debilitado reino Mitanni fue conquistado por los asirios, lo que eliminó una variable más de la ecuación, en el siglo siguiente.
Una vez debilitado Mitanni, Suppiluliumas centró su atención en Egipto. En ese momento, subió al poder un débil faraón llamado Akhenatón, que se embarcó en una reforma religiosa en Egipto, prestado poca atención a los asuntos fronterizos. El rey hitita aprovechó la situación. Se lanzó a por Siria y Canaán, conquistando numerosas ciudades bajo dominio egipcio. Las fronteras del faraón retrocedieron cientos de kilómetros.
Suppilulimas fue víctima de sus victorias. Entre los numerosos prisioneros egipcios capturados había una plaga, que se extendió al corazón del reino hitita. Suppiluliumas murió de esta extraña enfermedad, así como su hijo y sucesor, Arnuwanda II.

Tras estos hechos, el nuevo rey fue Mursil II. Al mismo tiempo, en Egipto ascendía el nuevo faraón Ramsés II. La tensión entre hititas y egipcios se hizo insostenible, y el conflicto desembocó en la terrible batalla de Qadesh, la mayor batalla de carros que hubo en la historia. Fue en esta batalla cuando los hititas introdujeron tácticas nuevas con los carros, aumentando el número de tripulantes y caballos, y buscando un choque frontal con el enemigo, a diferencia de los carros egipcios, que tendían más a buscar un hostigamiento con arcos y armas de proyectiles. A pesar de que Ramsés II se apresurara a volver a Egipto para describir su victoria en diversos monumentos, la verdad es que la victoria, aunque de manera marginal, fue para los hititas, ya que desde entones, los egipcios renunciaron a seguir expandiéndose por el Levante. Esto permitió que un ya anciano Ramsés II y el nuevo rey hitita, Hatussilli III, firmaran un tratado de paz en el 1269 a.d.C., y que desde ese momento, y durante casi un siglo, inició un periodo de paz nunca conocido antes en la región. Esta paz trajo prosperidad económica, pero también sirvió para que egipcios e hititas estancaran sus conocimientos militares.

Es entonces cuando se inicia a fuego y sangre la Edad de Hierro. Desde el 1200 a.d.C., Anatolia comienza a sufrir las invasiones de pueblos de la Europa oriental, tribus que de repente, se ponen en movimiento con todas sus mujeres e hijos, con carros tirados por bueyes, y equipados con armas de hierro. El hierro era ya conocido en Anatolia, siendo un metal precioso (en muchas ocasiones, los objetos se hacían con hierro meteórico, pues muchos pueblos no eran capaces de alcanzar en sus hornos la temperatura necesaria para hacer hierro, y les era más fácil utilizar el que cayera con cualquier meteorito), pero su uso en armamento requería la inclusión de carbono. Así nació el acero, y fueron estas tribus del este de Europa y algunas otras regiones menos civilizadas de Anatolia las que hicieron las primeras armas de este tipo. Estas tribus atravesaron el imperio hitita de una punta a la otra, de norte a sur, causando tal destrucción que hasta el siglo XX, los hititas fueron olvidados. Las ciudades ardieron y los ejércitos hititas fueron derrotados una y otra vez. Luego, estos invasores llegaron a Siria y Canaán (al mismo tiempo que otros invasores que conocían el hierro y el acero, los dorios, entraban en Grecia y barrían los reinos micénicos). Ugarit fue destruida bajo el fuego. Luego, siguieron hacia el sur.
Ramsés III, faraón de Egipto, tuvo noticias de estos pueblos, y supo que llegarían hasta Egipto. Los derrotó en dos batallas desesperadas, la segunda de las cuales fue una terrible batalla naval en la desembocadura del Nilo. Tras vencer, en los monumentos conmemorativos de su victoria denominó a estas tribus “Pueblos del Mar”, y con este nombre pasarían a la Historia.
El advenimiento de los Pueblos del Mar sumió el Mediterráneo en una época de oscuridad e ignorancia, pues una vez destruidos los palacios, todo órgano de poder desapareció.
Sin embargo, en el sureste de Anatolia y norte de Siria, donde no llegaron estas tribus, una pequeña llama de cultura hitita sobrevivió. Los restos del imperio subsistieron entre algunos núcleos de población hitita y otros pueblos dominados por ellos durante el imperio, como los arameos y los fenicios. Así, mientras las ciudades griegas nacían y enviaban colonias (siglos X-VII a.d.C.), en esta región, fenicios, neo-hititas y arameos aportaban elementos artísticos, culturales y mitológicos a estos griegos, y así llegaron hasta nosotros (como las figuras de leones y grifos, y otras criaturas aladas, que son de procedencia hatti e hitita).
Mientras, el vacío de poder en Anatolia lo llenaban los invasores indoeuropeos tracios, que fundaron el reino de Frigia, y los lidios, carios y licios, que, también con lenguas indoeuropeas, presentaban también rasgos culturales pre-indoeuropeos. Pero eso, es otra historia.

El imperio hitita tuvo éxitos notables en muchos campos. Para empezar, los hititas eran los mejores constructores de fortaleza de su época. En sus ciudades como Hattusa, se han encontrado grandes murallas ciclópeas, (es decir, hechas con grandes piedras, muy muy grandes, y sin argamasa, a diferencia de los muros de ladrillo o sillares de piedra), cuajadas de pasadizos que permitían atacar por sorpresa los flancos de los enemigos. También crearon maravillosas acrópolis, donde situaban los palacios, los centros administrativos y auténticos nodos del poder del imperio. También hicieron maravillosos templos para sus numerosísimos dioses, entre los que destacaban el dios de las Tormentas, Taru; su esposa, la deidad solar Arinna y el hijo de ambos, Samurru. (Estos dioses fueron la primera “trinidad” conocida en las religiones antiguas). Como características principales, se puede decir que los hititas no usaban columnas circulares, sino de bloques cúbicos o prismáticos, y su arquitectura buscaba insistentemente cierta asimetría muy característica.

En cuanto a las leyes, los hititas fueron muy originales y distintos de sus contemporáneos. En sus textos legales se encuentra muy valorado la vida del individuo. No existen los castigos humillantes ni deshonrosos como la mutilación, ni los empalamientos, ni se desollaban a los prisioneros. Incluso los esclavos tenían una serie de derechos recogidos en las leyes en cuanto al trato dado por sus amos.
El gobierno de los reyes hititas era de carácter “primero entre iguales”. Los nobles hititas gobernaban los nuevos territorios, y el rey no podía actuar contra ellos con su justicia, sino que existía un consejo especial para tratar esos asuntos entre aristócratas. Este modelo se vuelve a encontrar en la Edad Media europea. Los nobles poseían tierras, que eran feudos propios. Junto a ellos, estaban los gobernantes de las ciudades vasallas, que no tenían poder en estos feudos, sino que gobernaban en nombre del rey únicamente en estas ciudades. Por otro lado, los nobles sí tenían la obligación de aportar carros al ejército imperial, mientras que los gobernantes vasallos pagaban tributo al imperio, y aportaban el grueso de las tropas del ejército (infantería, no carros).
Las ciudades también tenían la obligación de mantener los caminos aptos para el movimiento del ejército y sus carros.
El resto de la sociedad era eminentemente campesina. Sin embargo, en las ciudades se practicaba el comercio, y había muchos funcionarios, pues los palacios centralizaban toda la administración, y se requería personal con un alto nivel cultural para gestionar los archivos y la información.
Se importaban tejidos y estaño y se exportaban todos los demás metales preciosos: oro, plata y cobre. También los hititas sabían usar el hierro en herramientas y otros objetos de carácter precioso, aunque todavía no sabían hacer acero.

En DBA encontramos diferentes listas que reflejan toda la evolución de los hititas:
- I/16: Reinos hititas Antiguo y Medio.- Esta lista representa el primer periodo de expansión hitita, que comienza con Hattusili I y termina con la ascensión de Suppiluliumas. Se recoge aquí la primera expansión hitita, con el saqueo de Babilonia ejecutado por Mursil, y luego la rápida decadencia retroceso de su poder.
El ejército se compone de un general en carro ligero y otra peana opcional del mismo tipo, que representa a los nobles. En esta época, sólo los gobernantes tenían el dinero para aportar carros, y la fuerza del ejército dependía más de la infantería. En este apartado, encontramos entre seis y ocho peanas de 3 lanceros, que representan a soldados regulares equipados con largas lanzas y escudo, y armaduras ligeras. También hay una peana opcional de Bd, que representan a un cuerpo de élite que escoltaba al rey. Por último, hay un par de peanas de Ps, que representan arqueros u honderos con funciones de exploración, y una opción de horda, que representa las levas que a veces se veían a organizar las ciudades, con artesanos y otros profesionales sin formación militar destacable, para aportar al ejército del rey

- I/24. Imperio hitita.- Esta lista representa el periodo desde Suppiluiumas hasta la caída de los hititas ante los Pueblos del Mar. El cambio es importante. Esta lista tiene dos variantes: antes de la batalla de Qadesh (opción a), y desde la batalla en adelante (opción b). En la lista anterior a Qadesh, encontramos cuatro peanas de carros ligeros, que representan a los nobles hititas y el nuevo arma del ejército, el carro ligero, copiado de Mitanni. El resto de las tropas son los lanceros hititas, los psilois y las levas.
Sin embargo, en la lista que va desde Qadesh en adelante, encontramos que tres de los carros ya son carros pesados (es decir, se comportan como Kn). El resto de la lista es idéntica a la anterior en cuanto a tropas de infantería. La peana de carros ligeros que no cambia representa a los súbditos cananitas y sirios, que seguían usando el guerrero tipo “maryannu” de los Mitanni.

- I/31.- Neo hititas y armenios tardíos. Esta lista representa el último reducto de la cultura hitita. Se ve un claro declive en cuanto a poder militar. El general va en carro, pero el resto de tropas son Ax y Ps, representando tropas irregulares procedentes de los terrenos montañosos a los que se vio relegada la civilización hitita.

Magíster Militum y Essex, que yo conozca, tienen gama de tropas hititas.

Nota: Las miniaturas de este artículo pertenecen a la colección de Buks.


Los primeros días III: Egipto

jueves, 17 de abril de 2008

Saludos. En nuestro viaje hacia los primeros días de la civilización, es evidente que no podíamos pasar de largo por la gran civilización que se desarrolló a lo largo del valle del Nilo. Siendo de las culturas más antiguas de la humanidad, nosotros estamos bastante familiarizados con muchos aspectos de su cultura, lo que no es raro, Egipto, el Egipto profundo, mantuvo su identidad desde su inicio, antes del 3000 a.d.C. hasta la expansión del Islam, en el siglo VII de nuestra era. La cultura egipcia ha visto caer y levantarse a sumerios, acadios, babilonios, mitani, hititas, griegos, fenicios, persas, helenos y romanos. Aunque durante muchos años han tenido reyes extranjeros, hay un Egipto elemental que ha seguido imperturbable, inmutable a lo largo del tiempo.
Un periodo tan largo no puede ser abarcado en un solo artículo, de manera que el contenido de este artículo cubre desde el inicio de la civilización a las orillas del Nilo hasta el inicio de la era oscura, alrededor del 1100 a.d.C., con el advenimiento de los pueblos del mar y el “apocalipsis” en el Egeo.

Los ingredientes de la civilización egipcia comenzaron a mezclarse hace decenas de miles de años. Lo que ya en el periodo paleolítico había sido una llanura de caza para el hombre de entonces, se había convertido en un desierto, tal y como es ahora , y el nivel del mar era mucho más alto.
Cuando comenzó a bajar, el valle del Nilo se hizo más habitable. El clima era desértico y había poca lluvia, pero el río proveía de todo el agua necesaria. La población comenzó a descender al valle del Nilo. Era de tipo africana oriental, como los somalíes actuales. Sin embargo, la próspera tierra provocó la llegada de inmigrantes libios, pertenecientes a la rama norteafricana del hombre europeo (es decir, europeo antes de las invasiones indoeuropeas. Hablamos de población que comparte un origen común con las poblaciones paleolíticas de la península ibérica, y sur de Francia, por ejemplo). Del este llegaron tribus semitas con sus rebaños de ovejas, y nubios del sur, de las fuentes del Nilo. A mediados del cuarto milenio antes de Cristo, otro grupo de semitas llegó desde el este, trayendo la los conocimientos elementales del bronce. Y tras cinco siglos de una sana y fértil concupiscencia, la amalgama de pueblos dio como resultado un elemento totalmente nuevo y diferenciado de los demás. En efecto, los restos indican que desde el 3000 a.d.C. existe un pueblo distinto a libios, nubios y semitas: el pueblo egipcio.

Tampoco podemos entender a este pueblo sin conocer el Nilo. Este inmenso río recorre el valle de sur a norte. Al alimentarse del deshielo de las montañas, el río tenía una crecida muy regular y muy controlada, entre agosto y octubre, que inundaba todo el país y que, al descender las aguas, dejaba todo el terreno con una capa de “supervitaminadora” y “supermineralizadora” arcilla. La subsiguiente cosecha era enormemente abundante, y la población, cuando desarrolló un sencillo sistema de canales, fue capaz de generar un gran superavit de producción. El Nilo era como un metrónomo que marcaba la vida del pueblo egipcio. Cuando subían, ya no había nada que hacer. El país estaba sumergido, y la gente tenía que irse a vivir a los pueblos más altos, y desplazarse en barcas a todos lados.

La población egipcia se agrupó desde un primer momento principalmente en dos zonas separadas muchos kilómetros. Antes de que apareciera el primer faraón, durante lo que se conoce como periodo protodinástico (desde el 3500 al 3000 a.d.C.), más o menos, estas zonas eran independientes, y pasaron a denominarse Alto y Bajo Egipto. Ya en este periodo contactaron con la más avanzada civilización sumeria, y hacia el final del periodo desarrollaron los principales rasgos de su cultura: calendario de 365 días, sistema de escritura (idea importada de Sumer, pero con desarrollo gráfico propio. Por cierto, la historia de cómo se descifraron los jeroglíficos por Champolión es verdaderamente apasionante, y os recomiendo también que la investiguéis. Por si no lo sabéis, los jeroglíficos son un alfabeto fonético, es decir, un símbolo=un sonido, aunque luego hay símbolos determinantes, que alteran el significado de los sonidos, etc. Verdaderamente apasionante.), arte desarrollado, construcción de templos… Los registros egipcios escritos en las tumbas y monumentos son largos y precisos. La cronología está completa y puede rastrearse hasta la unificación de los dos reinos. Y los conocimientos astronómicos egipcios, procedentes de una cuidada observación y anotación, todavía están siendo estudiados. Nuestros 365 días procede de su calendario, aunque ellos no contaban las seis horas adicionales que nosotros sí contamos. (Nota: la Astronomía es una ciencia noble y maravillosa, cuyas nociones básicas recomiendo encarecidamente que sean estudiadas por vosotros, queridos lectores. Disfrutarán mucho más de estos temas, y podrán rebatir a los “listillos” de la “Historia” que acaban diciendo memeces sobre ovnis, alineaciones planetarias y horóscopos. Para intrigaros, os animo a descubrir a qué constelación pertenecía la Estrella Polar de hace cinco mil años. Tened en cuenta que se llama Estrella Polar a la estrella “pinchada” por eje de rotación imaginario de la Tierra. Ahora es una estrella de la constelación de la Osa Menor, pero esto no era así milenios atrás). Por elementales cuestiones astronómicas que no trataré aquí, el calendario se les descuadraba un día cada cuatro años, pero se autocorregía cada 1460 años. Algunos estudiosos actuales sostienen que este segundo ciclo era contabilizado por los egipcios, y el año en que el calendario se autocorregía, se celebraban grandes fiestas. Hay un interesante documental de Canal Historia sobre esta tesis. Lo vi y no me pareció disparatado. Al menos, la cuestión astronómica estaba bien fundamentada y era coherente.

Si bien las comunicaciones con Sumer por tierra eran difíciles, cruzando el Mar Rojo y navegando por el golfo Pérsico habitaba un pueblo semita, del que los fenicios decían descender, que sirvieron de vehículo para los bienes y mercancías sumerias, y tuvieron mucho contacto con el reino del Alto Egipto, el que estaba más al sur. Sería pues aquí, alrededor del 3100 a.d.C., cuando surge el primer faraón: Menes, un personaje a medias histórico y a medias legendario. Conquistó y unificó ambos reinos. No fue una conquista con fin destructivo, sino que desde el primer momento, Menes se denominó Faraón del Alto y Bajo Egipto, y creó la doble corona, roja y blanca, simbolizando la unión de los dos reinos. Así nació la primera dinastía, y la primera capital: Menes fundó la ciudad de Memfis para gobernar ambos reinos. Para hacerlo, creó diques que contenían las subidas del Nilo alrededor de la ciudad. Si el Nilo controlaba la vida de Egipto, y un hombre era capaz de controlar el Nilo, entonces ese hombre era un dios. Los faraones, por lo tanto, estaban al nivel de los dioses, y de ellos manaba su poder en la tierra.
Desde ese momento, el desarrollo científico, cultural y económico de Egipto se disparó. La vida, a diferencia de Sumer y Acad, no se organizó entorno a las ciudades estado. Egipto siempre fue un país de prósperas y autosuficientes aldeas rurales, entre las cuales crecían otros centros de población más grandes cuyo crecimiento estaba ligado a las necesidades de mercado que para intercambio de bienes y productos de las diferentes aldeas. Lo que sí se hizo en este periodo fue la división del territorio en provincias, llamadas nomos, al frente de las cuales el faraón nombraba un nomarca. El grado de libertad y poder de los nomarcas frente a los faraones variaría con el tiempo, y fue causa de no pocos conflictos.


El periodo entre la primera y sexta (u octava, según algunos egiptólogos) dinastía, es decir, entre el 3100 y el 2150 a.d.C., se conoce como el Reino Antiguo. De esta época proceden las primeras pirámides, que eran escalonadas. En la tercera dinastía hay que destacar la figura de Imhotep, que fue Primer Ministro del faraón Djoser, y al que se reconoce como el primer ingeniero, arquitecto y físico de la Historia. Entre otras cosas, se le atribuye el desarrollo de la construcción mediante uso de pilares de roca, por ejemplo.
En la cuarta dinastía se alcanza el máximo esplendor del Reino Antiguo. Este periodo transcurre entre el 2586 y el 2468, y a sus faraones debemos las obras más grandiosas del mundo egipcio: las pirámides de Kefrén, Keops y Micerinos, y la Esfinge, todo ello en Giza.
A partir de la quinta dinastía, el Reino Antiguo comienza su decadencia. Las grandes obras emprendidas por la Cuarta dinastía vaciaron las arcas de los faraones. Por otro lado, los nomarcas fueron cada vez más independientes de los faraones al depender éste más de los recursos provinciales, y fueron aumentando su poder, hasta ir derivando en guerras civiles. Si a eso le añadimos una persistente sequía en las fuentes del Nilo, que durante cincuenta años modificó el nivel de subida del río, tenemos una terrible primera caída del imperio. Hambre, guerra, ruina… Una inscripción en la tumba del faraón Anktifi da detallada cuenta de todo ello.

Entre la caída del Reino Antiguo y el advenimiento del Reino Medio, los egiptólogos hablan del primer Periodo Intermedio, caracterizado por el caos y las guerras civiles entre los diferentes nomos. Casi no hay registro de esta época debido a la desintegración del país, pero en el año 2055, el faraón Mentuhotep II comenzó la novena dinastía y el Reino Medio, tras unificar de nuevo todo el país.
Este periodo trascurre entre el 2055 y el 1640, con los gobiernos de las dinastías IX a la XIII. Durante este periodo, las dinastías estuvieron ligadas a diferentes ciudades, a diferencia del periodo anterior. De este modo, la capital varió desde Heraclea a Tebas (Tebas de Egipto, no la Tebas de Beocia, en Grecia) y luego a otras ciudades. En este periodo, los faraones expandieron los dominios hacia el sur, hacia Nubia. También establecieron una estable frontera con los siempre agresivos libios, y se coartó en general el poder de los nomarcas (sobre todo, el cargo dejó de ser hereditario).
La población aumentó mucho, y tuvieron que ampliar mucho las zonas de cultivo. Y también se invitó a pueblos asiáticos del noreste a venir a Egipto para trabajar en las obras y monumentos. No lo sabían, pero estaban abriendo la puerta al enemigo.
Tras un periodo bastante próspero, la XIII dinastía fue bastante débil. De hecho, apareció una XIV en el Delta del Nilo, y ambas gobernaron su parte del país independientemente. Esta debilidad fue aprovechada por los pueblos semitas invitados a venir por los faraones de la XII dinastía.

Estos semitas se aliaron con otras tribus cananitas y arábigas, y les informaron del caos que había en Egipto. Entraron en Egipto atravesando el Sinaí, y traían armas nuevas y más potentes: carros de guerra, arcos de tipo compuesto y, según algunas fuentes, armaduras metálicas. En el siglo XVII a.d.C., los denominados Hycsos tomaron el control del Bajo Egipto, un dominio que duraría un siglo. Estos Hycsos iniciaron la XV dinastía, y con ella, el Segundo Periodo Intermedio. Se aprovecharon de la firme estructura de poder que habían creado los faraones: los eliminaron y ocuparon su lugar, y el imperio siguió adelante.
Mientras, en el Alto Egipto, una nueva dinastía egipcia procedente de Tebas, la XVII, emergió, y no pudo tolerar que la mitad de su país estuviera bajo el mando de los extranjeros, de modo que inició una gran y prolongada ofensiva. Los reyes Seqerenne y Kamose dedicaron sus reinados a recuperar la tierra del poder de los extranjeros. Fueron muchos años de guerra, pero en el año 1550 a.d.C., el primer faraón de la grandiosa XVIII dinastías, Ahmose, consiguió de nuevo la reunificación de los dos reinos, iniciando el Nuevo Reino Egipcio, duraría hasta el 1292 a.d.C.
Y estos son los egipcios que más conocemos: los que salen en “Los Diez Mandamientos” o los de “Sinhué, el egipcio”, o la dinastía de Tutankamón. Son los egipcios que aprendieron las artes de los aurigas de sus odiados hicsos, y son los egipcios que se expandieron por Oriente Próximo, los que lucharon contra los hititas, mitani y cananitas. Pero vayamos por partes.

El inicio del Nuevo Reino trajo importantes cambios en la política exterior egipcia. Para empezar, los faraones se dieron cuenta de que su país era en exceso vulnerable a los pueblos que desde Asia, con una tecnología bélica más avanzada, podían volver a entrar a través del Sinaí. Hasta entonces, la cultura egipcia estaba sumida en un cierto chauvinismo imprudente que los hacía sentirse invulnerables y superiores, pero ahora todo eso había quedado atrás. La nueva dinastía se encargó de desarrollar tecnológicamente el país, y creó un ejército moderno y profesional, bien equipado y entrenado. Introdujeron conocimientos de los hicsos, como el mejor trabajo del bronce y los carros de guerra a gran escala. Hay que tener en cuenta que para las guerras a lo largo de Egipto, el terreno hacía inútil el uso de carros. La guerra se había basado en infantería movida con barcos a lo largo del río. Sin embargo, con el creciente interés egipcio en las tierras de Oriente Próximo, tuvieron que revisar sus tácticas.
Los egipcios desarrollaron su propio cuerpo de carros, compuesto de nobles ricos, que podían pagarlos. Sin embargo, a diferencia de sus potenciales enemigos, Egipto tenía muchos más recursos humanos, de modo que la mayor parte de su ejército se componía de infantería: arqueros por un lado, y soldados de línea por otro, equipados con escudos, jabalinas y terribles hachas o espadas tipo Copes (ésas con forma de interrogación). Los carros egipcios eran muy ligeros y maniobrables, y tenían como función proteger a la infantería de los carros pesados enemigos, debilitándolos con certeras flechas. Hay que tener en cuenta que estos carros se desarrollaron para avanzar por el desierto. Era un diseño más adaptado a su entorno que el de sus enemigos, que habían heredado el diseño de los pueblos indoeuropeos de las estepas asiáticas. Además, iban acompañados de unos “corredores”, que seguían a los carros. Cuando éstos penetraban en las filas enemigas, los corredores formaban una segunda línea con la que chocaban los enemigos. Entonces, los carros egipcios giraban rápidamente y atacaban de nuevo por la espalda a los carros enemigos trabados con los corredores.

Una vez puestos en fuga los hicsos, los egipcios penetraron en Asia y atacaron las bases de los pueblos semitas aliados de los hicsos, conquistando así lo que luego sería Palestina, y llegando hasta Siria y el Eúfrates. A orillas de este río, el faraón Tutmosis I erigió dos estelas conmemorativas. De esta forma, Egipto entró en contacto con el reino Mitani, al este, y los Hititas, al norte y las ciudades cananitas de Palestina (hablaremos de estos pueblos en la próxima serie), y estos poderes fácticos jugarían un peligroso lance de equilibrio de poder durante los siguientes dos siglos en Oriente Próximo. Además, la XVIII dinastía también miró hacia el sur, y, ascendiendo más allá de la cuarta catarata del Nilo, sometieron el reino de Nubia.
Los años pasaron, y los enfrentamientos entre estos pueblos se hicieron inevitables. En la batalla de Megido, en el 1482 a.d.C., los egipcios del faraón Tutmosis III se batieron en una épica batalla de carros contra las ciudades cananitas de Gaza, venciendo los egipcios. En los dos siglos siguientes se sucederían reyes más incapaces que otros. En general, se buscó una alianza con los Mitani, pero éstos terminaron cayendo frente a los hititas. En aquel momento, el faraón de Egipto era Akenatón, que promovió una reforma religiosa que sumió al imperio en una cierta confusión, que aprovecharon los hititas para avanzar hacia el sur. Tras Akenatón, Ramsés II se propuso reconquistar la antigua zona de influencia egipcia. Así, en el año 1301 a.d.C., los inmensos ejércitos egipcio e hitita chocaron en la dura batalla de Qadesh, que, en cierto modo, supone el inicio del fin del predomino del carro de guerra en el campo de batalla. Esta batalla se tratará en el próximo Grandes Batallas, de modo que no me extenderé más aquí.
El resultado de Qadesh fue incierto, aunque Ramsés se apresuró a tallar por todas partes el relato de su victoria y a culpar a sus subordinados de los errores que hubieran podido ocurrir (“al más puro estilo wargamer”, según dicen los autores de DBM en la lista de ejército New Kingdom Egipctian).

Una nueva amenaza llegó desde el este alrededor del 1200 a.d.C. aunque esta vez le hizo frente un faraón verdaderamente brillante y valiente: Ramsés III, de la XX dinastía. Los pueblos del Mar arrasaron Oriente Próximo, provocando la caída de los hititas, Ugarit, los micénicos y en general, sumiendo al Levante en el caos. Muchos de ellos llegaron por mar a Libia, y se aliaron con las tribus locales contra Egipto. Ramsés III consiguió defender Egipto de la feroz invasión Libia. Los guerreros de los pueblos del mar que sobrevivieron buscaron a sus tribus y les informaron de la fértil tierra que había al sur. Ramsés III sabía que volverían, pero esta vez los esperó en el mar, y los venció en una desesperada y brillante batalla en la desembocadura del Nilo. Sin embargo, la caída de Oriente Próximo acabó desestabilizando Egipto. Los vencidos de los pueblos del Mar fueron entrando en el ejército de los faraones al serles cada vez más difícil gestionar un ejército propio. Los peleset, tribu de los pueblos del mar, fueron enviados a defender Palestina, pero se independizaron, y fueron conocidos desde entonces como filisteos.
En el 1085 muere Ramsés V, el último rey de la dinastía XX, año en el que se termina el Nuevo Reino Egipcio. En los siglos posteriores, la historia de Egipto continúa, pero nos detendremos aquí, pues es el periodo que más nos interesaba para esta serie.

Los ejércitos de DBA para representas a los egipcios son:
I/2, Egipto temprano. Esta lista representa a los ejércitos de los reinos Antiguo y Medio. La opción a es la más primitiva, y permite llevar el general en Litera (un WWg sin capacidad de disparo), como un dios viviente. El resto del ejército con arqueros, la fuerza principal de Egipto en esta época, y algunos elementos de combate cerrado, es decir, dos peanas de Bd, que representan a la escolta del faraón. Por último, están los Ps, que son arqueros de los pantanos del Delta o mercenarios nubios y libios, y Hd, que representan levas realizadas por los nomarcas.
La opción b ya permite un único Lch, el del general. Por lo demás, el ejército no varía respecto al a.

I/17, Hicsos, también con dos opciones. La a) representa el periodo inicial de dominio hicso. El general va en carro y dispone de tres o cuatro peanas de Bd, soldados de línea preparados para el combate cerrado. Pero luego, los arqueros egipcios han desparecido. Los hicsos llevaban tropas semitas procedentes de Asia, básicamente lanceros con equipo ligero, que están representados mediante las peanas de Ax.
En la opción b, se ve que estos semitas han formado una élite que lucha en carro. Ya no hay Ax, sino Lch.

I/22 Nuevo Imperio Egipcio. El nombre lo dice todo. Los cambios en esta lista son espectaculares. Para empezar, la opción a) tiene una nutrida representación de carros ligeros, acompañados de dos peanas de Ps (“corredores”). Luego está el cuerpo de infantería de arqueros y el cuerpo de infantería de fieros Bd.
La opción b representa una fase tardía, con el Nuevo Imperio en decadencia. La lista es muy parecia, pero hay menos infantería egipcia (menos arqueros, procedentes de los nomos), y más mercenarios libios o nubios (la peana de Wb).

Muchas marcas tienen gamas de egipcios, pero yo destacaría a Essex y Chariot.

Nota: Las miniaturas de DBA (New Kingdom) que veis sobre estas líneas están pintadas por Ana y, si no me equivoco, son de la compañía Minifigs.

Los Pueblos del Mar: la primera Edad Oscura

jueves, 20 de septiembre de 2007

Alrededor del año 1200 a.d.C., tras la caída de Troya, todos los registros de las civilizaciones principales de la Edad de Bronce, a excepción de los egipcios, desaparecieron súbitamente. Micénicos, hititas, el reino Mitani, Ugarit… En no más de una generación de hombres simplemente parecieron evaporarse del Mediterráneo y Asia Menor. De repente, los ricos asentamientos mediterráneos, las populosas ciudades, fueron abandonadas, y una población drásticamente menguada decidió buscar nuevos asentamientos en las montañas de las islas, en lugares accesibles desde el interior, pero terriblemente inaccesibles viniendo desde el mar, y fácilmente defendibles por un puñado de hombres.

Durante años, este cambio en los registros arqueológicos fue un misterio, hasta que se puso en relación con los textos tallados en las paredes del templo egipcio de Medinet Habu. En él, se encontraron una serie de bajorrelieves y textos conmemorativos, que contaban una terrible historia. En ellos se vieron representados unos extraños guerreros con exóticos cascos y armaduras, escudos redondos y pequeños y largas espadas, demasiado largas para ser de bronce. Estos guerreros atacaron Egipto desde Libia, aliándose con ellos, y desde el mar, pero ya habían pasado por toda la costa de las islas griegas, Asia Menor y Siria, y parecía que habían ido destruyendo todo a su paso. Estos guerreros, en realidad una confederación de tribus, enumeradas en los textos de Medinet Habu, fueron bautizadas por el único pueblo que resistió su poderoso embate, aunque a duras penas. Fueron llamados los Pueblos del Mar.

En realidad sabemos muy poco de estas tribus, salvo que establecieron una coalición temporal. Entre las tribus encontramos los Sherden, los Lukka, los Peleset, etc. En algunas fuentes he encontrado unidas también los dorios, que invadieron Grecia por esta época, llegando hasta el Peloponeso (los espartanos de la época clásica eran estos dorios invasores), pero los dorios recorrieron otra ruta, quedándose como decía en el Peloponeso y algunas islas cercanas. Pues bien, los pueblos del mar surgieron, aparentemente, de algún lugar de Anatolia, y no se sabe si fueron los causantes o bien la consecuencia de la caía de los pueblos hititas y el reino de Troya. En algún momento aprendieron, al parecer de los propios hititas, la metalurgia del hierro, que exigía más calor que la del bronce. Con estos conocimientos, los pueblos del mar se equiparon de una manera para la el resto de civilizaciones no estaba preparada. En efecto, la guerra típica de la época se luchaba básicamente sobre carros ligeros, con apoyo de infantería poco entrenada. Las tácticas de los pueblos del mar, si bien incluían cierto número de carros, se basó en un soldado de infantería bien equipado con armadura de cuero, cascos con cuernos o un llamativo tocado de cuero vuelto hacia arriba, escudos redondos, dos jabalinas y espadas largas de acero. Este tipo de tropa tenía cierta libertad de movimientos para absorber las cargas de los carros, y al mismo tiempo, una potencia en combate cerrado que las armas de bronce no podían batir. El bronce simplemente se quebraba si era golpeado por las armas de acero. Con el carro trabado en combate, el auriga, siempre fuertemente acorazado pero sin libertad de movimientos, era presa fácil de estos guerreros.

Una vez establecida la coalición, las tribus se pusieron en marcha llevando todas sus pertenencias y familias con ellos, en grandes carromatos tirados por bueyes, buscando nuevos territorios donde asentarse. Por lo tanto, los grandes ejércitos basados en carros fueron vencidos con facilidad. Además, los pueblos del mar destruyeron importantes ciudades, y se piensa que desarrollaron una tecnología verdaderamente avanzada en los asedios. En un momento dado, se echaron al mar y avanzaron de isla en isla, destruyendo ciudades y palacios. Se piensa que en Creta establecieron una pequeña ciudad, una vez que los pobladores micénicos se refugiaron en las montañas de la isla. Como testimonio del terror que llegaron a causar, debe citarse el texto encontrado en una tablilla de arcilla, escrito por un joven rey de Ugarit, pidiendo ayuda a su padre: “Padre mío, siete naves han sido avistadas, y ya han causado grave daño a los míos. Os ruego me asistáis en esta hora funesta”. La tablilla se encontró en un horno de arcilla donde se cocía, y de donde no llegó a salir, ya que el palacio fue destruido en un ataque de los pueblos del mar antes de que el mensaje pudiera ser enviado. Mientras, en Egipto, un joven y valiente rey llamado Ramsés III comenzaba a escuchar preocupantes noticias.

Poco a poco se perdía contacto con las antiguas ciudades y civilizaciones micénicas, hititas. Los enclaves comerciales desaparecían, y había rumores: rumores de unos temibles y extraños guerreros que destruían todo a su paso. Rumores de unas tribus extranjeras, embajadoras de una nueva época de oscuridad. Y Ramsés supo prever que tarde o temprano, su propio pueblo se vería sometido a una dura prueba, porque la ruta llevada hasta entonces por las tribus las acabaría llevando hasta Egipto. El primer contacto con dichos pueblos fue con la tribu de los Sherden. Éstos se adelantaron al resto de las tribus y navegaron hasta Libia, donde fueron contratados como mercenarios en el ejército libio para atacar Egipto, en el 1179 a.d.C. Ramsés III reunió el mayor ejército que pudo, y les presentó batalla con lo que tenía. Los libios habían sido vencidos anteriormente, pero los Sherden inflingieron un duro castigo a los egipcios. Sin embargo, los números se impusieron, y, aunque con grandes bajas, Ramsés ganó la batalla. Pero supo que frente a un número mayor de enemigos, estaría perdido. Aquel extraño metal de sus espadas simplemente era demasiado para sus tropas. El faraón, no obstante, no se amilanó, y, previendo una futura invasión por mar, se preparó para elegir él su mejor campo de batalla. La decisión de Ramsés fue crucial. Sabía que en batalla campal estaría perdido, pero para que se produjera dicha batalla, los pueblos del mar debían desembarcar. Y Egipto tenía muchos barcos. Finalmente, la batalla tuvo lugar en el 1176 a.d.C.

En mi opinión, la batalla contra los pueblos del mar en la desembocadura del Nilo fue el épico fin de una edad. Fue una batalla desesperada en la que la última gran civilización mediterránea se jugó su existencia y su historia. No debemos olvidar, que, por ejemplo, la caída de los hititas fue tan brutal que no se encontraron restos de ellos hasta el siglo XX. Las patrullas marítimas egipcias avistaron la gran flota de los pueblos del mar y dieron la voz de alarma. El resto de la flota egipcia navegó con presteza por entre los múltiples canales de las bocas del Nilo. Los pueblos del mar no era navegantes expertos, y la guerra marítima les era ajena. Siendo navegantes más experimentados, a los egipcios no les fue difícil maniobrar entre sus naves y comenzar a lanzar andanada tras andanada de flechas con sus excelentes arqueros embarcados para diezmar a las tripulaciones enemigas antes de que tocaran tierra. El ataque fue tan furioso y cogió a los pueblos del mar tan de improviso que sus barcos se fueron quedando aislados rodeados de enemigos, y pocos llegaron a desembarcar. Ramsés III eligió correctamente el terreno de la batalla y triunfó.

En las escenas del temblo de Medinet Habu se ve a los soldados enemigos saltar al agua atravesados con flechas, o hundirse con sus barcos y su equipo. Los pocos que llegaban a la orilla eran rápidamente capturados. La derrota fue tan total que la coalición de tribus desapareció, y la amenaza de los pueblos del mar se extinguió para siempre, ahogada en la mezcla de agua, sedimentos y sangre de las bocas del Nilo. Egipto esclavizó y utilizó a los soldados capturados como guardianes para sus fronteras. Así, los Peleset, por ejemplo, fueron asentados en Palestina. Algunos años después, con Egipto en plena crisis, se independizaron establecieron un reino propio, que tal vez os suene más: se les llamó filisteos, los de la Biblia.

Aunque la amenaza despareció, el mundo ya había cambiado. Las civilizaciones de los palacios, es decir, micénicos e hititas, así como Ugarit, desaparecieron. En efecto, el palacio era en centro de la vida y del gobierno. Con los palacios destruidos, los reinos de desarticularon. Aunque surgieron nuevos reinos, fueron pequeños y en cierta medida miserables comparados con los anteriores. Además, se habían perdido muchos conocimientos, y comenzó por lo tanto una primera Época Oscura, que duraría hasta el siglo VII a.d.C., con el resurgir de las polis griegas y las grandes civilizaciones de oriente (medos, asirios y posteriormente, persas). Por otro lado, la guerra también cambió, comenzando a evolucionar hacia una guerra en la que predominaba el soldado de infantería sobre la lucha desde carros, que quedó prácticamente abandonada. Por otro lado, la tecnología del acero comenzó a extenderse, eliminando a las antiguas armas de bronce.

La lista de DBA que representa a los pueblos del mar es la I/28. En ella se ve el general, que puede ir en carro o a pie, como Bd (soldados preparados para luchar con armas de mano y escudos). Tened en cuenta que un general Bd lucha con un +6/+4, ya que suma +1 al resultado del combate. Es un auténtico carnicero. Luego hay ocho elementos más de Bd. Es decir, de 12 peanas, 9 pueden ser Bd, que son la infantería más bestia del juego. Luego hay una opción para meter auxiliares o psilois. Este ejército se considera uno de los más duros de pelar de DBA. Contra infantería no tienen rival, y contra caballería, pueden disponer de algunos psilois que apoyen a los Bd frente a dichas tropas montadas. En dicha lista podemos ver a los enemigos que hemos nombrado en este artículo: I/26, micénicos tardios; I/24, Imperio Hititia; I/22, Nuevo imperio Egipcio (el de Ramsés III), y I/20, tropas sirio cananitas y ugaríticas. Todos estos fueron los ejércitos contra los que lucharon los pueblos del mar. Se pueden encontrar minis para este ejército en los catálogos de Venexia miniaturas y Magister Militum, que yo sepa. Las de Magister militum son bonitas. Las otras, a mí no me parecen malas, pero he leído a gente que las tiene y dicen que son algo feas.