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Las Cruzadas IV: Saladino y la Tercera Cruzada.

miércoles, 21 de abril de 2010

Saludos. Si habéis ido siguiendo esta serie de artículos, echaréis de menos la Segunda Cruzada. Lamentablemente, no tengo todo el tiempo que necesitaría para ir desgranando todos los temas en profundidad, de modo que sólo diremos sobre la segunda que se proclamó en 1145, 48 años después de la primera, con motivo de la caída en manos de los turcos Seljuk del condado de Edesa, que recordemos fue el primer estado cruzado en Oriente. Esta cruzada fue un fracaso. Los turcos dieron buena cuenta de los cruzados, y los que sobrevivieron llegaron a Jerusalén a duras penas, uniéndose a otra serie de desastrosas campañas lanzadas por el Rey de Jerusalén.

Bien, dicho esto, hablaremos ahora de una de las figuras más importantes de la Historia. Un hombre respetado por amigos y enemigos, un sabio y un gran general, posiblemente uno de los hombres más inteligentes de su época y que, al igual que Conan, “llegó a ser rey por sus propios méritos”. Se trata de Salah-al Din Yusuf, más conocido por estos lares como Saladino.

Salah-al Din nació en 1138, en Tikrit (en la actual Irak). Su padre se llamaba Ayyub, y luchaba al servicio de uno de los muchos gobernantes menores de Siria. Por algún motivo, Ayyub cayó en desgracia y marchó entonces a la corte del turco Zengi, señor de Mosul, y que a la sazón, acababa de conquistar el condado de Edesa. Ayyub y su hermano, Shirku, sirvieron lealmente a Zengi, pero cuando este murió, las luchas sucesorias se extendieron por sus tierras. Ayyub y Shirku tomaron partido por el hijo menor de Zengi, llamado Nur al-Din. La primera ver que Salah y Nur al-Din se vieron, el primero era un niño todavía que ya destacaba por sus aptitudes, mientras que el segundo ya era un guerrero experimentado y un hábil político. Probablemente Nur al-Din no dedicara más de unos instantes de atención al hijo de su general. Pero ninguno de los dos podría adivinar las repercusiones que tendría aquel encuentro en los siguientes años.

La familia de Ayyub tuvo suerte, pues apostaron al caballo ganador. Nur al Din ganó la lucha sucesoria, y la familia del todavía pequeño Salah-al Din fue recompensada por sus servicios: Ayyub se convirtió en el gobernador de Damasco. Shirku, en el comandante en jefe del ejército.

Bien, pasaron los años. Salah creció y estudió, destacando en Matemáticas, Teología y Astronomía. Al mismo tiempo, estaba cerca de su tío, y por lo tanto, cerca del ejército turco. Aquí tuvo la oportunidad de aprender su modo de lucha: el uso de los arqueros a caballo, las tácticas de caballería esteparia... Ningún detalle escapaba a su inquieta inteligencia. Mientras, Nur al-Din no dejaba de lanzar campañas contra los estados cruzados, convirtiéndose en una insigne referencia en el mundo islámico. Y no sólo estaba pendiente de los cristianos. Recordemos que, al otro lado del Sinaí, el califato fatimí se mantenía desafiante ante la ortodoxia religiosa que representaban los, ya únicamente representativos, califas abásidas. Egipto era todavía un país extremadamente rico, y también los cristianos no dejaban de medrar para apoderarse de él.

Pues bien, a su debido tiempo, en 1163, cuando Salah se convirtió en adulto y estaba listo para servir en el ejército, como por casualidad, llegó a la corte de Nur al-Din Shawar, antiguo visir del califato, depuesto por el nuevo visir, Dirgham. Recordemos que, aunque había un califa en aquel momento, llamado Al-Adid, era el visir, o Primer Ministro, quien gobernaba de facto. Debido a la fama del poder de Nur al-Din, Shawar le pidió tropas para recuperar su cargo. Nur al-Din supo enseguida lo que tenía que hacer. Llevaba mucho tiempo buscando la ocasión de entrar en Egipto, y Shawar le proporcionó un excelente “casus belli”. De modo que puso a su hombre de confianza, Shirku, al frente de un importante ejército, y lo envió a ayudar a Shawar. Salah acompañaría a su tío. Aquel día comenzó su leyenda.

Shirku no tardó mucho en deponer al enemigo de Shawar, y cuando éste tomó de nuevo e poder, quiso negociar la retirada de los turcos a cambio de dinero. Pero Shirku se negó. Tenía el permiso de Nur al-Din para decidir quedarse y conquistar el califato. Y Shawar, desesperado, se alió entonces con los cruzados, que también esperaban ansiosos una buena oportunidad para entrar con s ejército en Egipto.

El tío de Salah venció al ejército combinado cruzado-fatimí en una dura batalla en la que el propio Salah comandó el ala derecha. Tras ello, marcharon a Alejandría, donde la mayoría sunní les apoyaba (recordemos que los fatimíes eran chiíes) y se dispusieron a resistir un duro asedio. Nur al-Din atacó entonces desde el norte a los estados cruzados, y éstos tuvieron que abandonar Egipto. Finalmente, Nur al-Din firmó una paz con los cristianos que incluía la marcha de Egipto de Shirku y Salah. Shirku se sintió muy decepcionado, pues había estado a punto de lograr su objetivo.

Shirku intentó de nuevo conquistar Egipto cuatro años más tarde, y de nuevo las negociaciones de Nur al-Din con cruzados y con Shawar le impidieron quedarse. Sin embargo, la oportunidad definitiva llegó en 1168, cuando los cruzados, traicionando el pacto que tenían con Shawar, atacaron Egipto. Esto fue el fin del visir, ya que su alianza con los cristianos nunca había sido bien vista por la población. Esta vez, el propio califa tuvo que tomar las riendas. Al-Adid decidió pedir ayuda a Nur al-Din una vez más para expulsar a los cristianos y captuar a Shawar. En aquella ocasión consiguieron al fin hacer retroceder a los cruzados tras un combate indeciso y la posterior negociación. Shirku entregó en persona a Shawar al califa, que le condenó a muerte. En su lugar, nombró a Shirku visir del califato. Salah, mientras, atraía cada vez más miradas. Al año siguiente murió Shirku, y el propio al-Adid señaló a Salah al-Din como su sucesor. Así fue como un suní que debía lealtad al sultán turco de Siria se convirtió en visir del califato chií.

Pues bien, la elección de Salah no fue carente de controversia. Nur al-Din, tal vez consciente de que el sobrino era todavía más capaz que su tío, temió que adquiriera tanto poder. Presentó a un candidato más “controlable”, pero al-Adid se mostró inflexible. Salah al-Din se había ganado su confianza. La gente lo adoraba, y ante su nueva situación, el kurdo se comportó con dignidad, dejando todos los vicios, y tratando de corresponder al honor que le habían hecho.

Aquellos años fueron muy difíciles. Por un lado, en Egipto, las élites fatimíes estaban en contra suya por ser suní. Debía obediencia al mismo tiempo a dos señores, cada uno de diferente rama del Islam. Sufrió algunos atentados contra su vida, pero salió siempre ileso. Es de suponer que dormiría poco. Sufrió una terrible revuelta protagonizada por los soldados negros de los ejércitos fatimíes. Entonces, aprovechó para, una vez sofocarla, reformar el ejército califal, de modo que éste dejó de depender de los sudaneses y los mercenarios magrebíes para estar formado por tropas kurdas y turcas, absolutamente leales a él.

En ese momento comenzó una serie de exitosos ataques a plazas cristianas, que aumentaron su prestigio como líder islámico. Nur al-Din comenzó a temerse entonces que no podría controlar a su hijo indefinidamente. Después de todo, los estados cristianos separaban Siria de Egipto. Trató de reforzar su lealtad presionándole para que le asistiera en un asedio contra los Hospitalarios, con la amenaza de matar a su padre, pero Salah se retiró pronto. Nur al-Din le forzó entonces a desintegrar el califato fatimí como muestra de “sumisión” al califato abásida. Salah le dio largas, aduciendo que prefería esperar a que al-Adid muriera de forma natural. Esto ocurrió en 1171, y tras su muerte, Salah se convirtió en sultán de Egipto (nótese que “sultán” era un título que no tenía connotaciones religiosas, al contrario que “califa”), proclamando el sunismo como culto oficial de Egipto.

En teoría, Salah al-Din seguía siendo vasallo de Nur al-Din, pero en realidad, pronto se manejó de manera independiente. Comenzó a ampliar sus fronteras hacia Libia y llos dominios africanos de los almohades. También atacó y tomó parte de Yemen. Y continuamente se estuvo preparando para una posible invasión de Nur al-Din. Después de todo, sirios y cruzados le temían en aquel momento. Nada une más que un enemigo común. Y la verdad es que tal campaña se fraguó en 1174, pero el azar quiso que Nur al-Din falleciera antes de empezar. Su sucesor tenía sólo 11 años. Salah al-Din comprendió lo que debía hacer: reunió a sus tropas y se lanzó contra Siria.

Los defensores de la dinastía zénguida reunieron a sus tropas, y Salah se enfrentó a ellos en la batalla de Hama. Los derrotó contundentemente, y ya no tuvo más oposición. Con el “beneplácito” del califa-títere de Bagdad, Salah al-Din se convirtió en sultán de Siria y Egipto. Su reino rodeaba completamente a los estados cruzados. Su fama de hombre piadoso e invencible general le precedía. No tardarían entonces en empezar a temerle.

En los años siguientes se dedicó a reforzar sus dominios en Siria, en eliminar a los gobernadores y príncipes que aún se le oponían, y a extender su poder hacia los principados de Armenia y Kurdistán. A quien vencía, le obligaba a unirse a él en la “Guerra Santa” que parecía estar preparando. Incluso inició en 1175 una campaña contra la misteriosa secta de los Hashashin, pero la abandonó. Algunos cuentan que tomó la decisión tras despertar una mañana y encontrar una daga envenenada clavada en su cama con una nota de advertencia, sin que hubiera huellas el polvo de tiza con el que rodeó su cama, ni ningún guardia viera nada durante la noche.

Entre 1175 y 1180, Salah al-Din lanzó los primeros ataques a los estados cristianos: razzias, ataques por sorpresa. En 1179 ganó la primera batalla importante contra ellos, la del vado de Jacob. Pero finalmente volvió a establecer una tregua con ellos, pues sabía que no podía lanzar la guerra total que tenía en mente mientras no se asegurara el control de ciertas plazas en Mesopotamia, que le permitirán rodear completamente a los estados cruzados, al tiempo que mantener alejados a otros emires turcos que, desde Mosul o desde el sultanato de Rum, comenzaban a mirarle con desconfianza. De modo que en 1181 comenzó la conquista de dichas plazas, con enorme éxito. Tuvo noticias mientras de que los cruzados, en su ausencia, se dedicaban a saquear aldeas. Sin prisas, Salah se mantuvo fiel a su plan. Cuando ya sólo le quedaba Mosul por tomar, los turcos pidieron apoyo al califa de Bagdad para que convenciera a Salah al-Din de que levantara el asedio. Salah, ante el califa, les acusó de no luchar contra los cristianos, y de impedir que otros lucharan contra ellos. Le prometió que destruiría los reinos cristianos si los gobernantes zéngidas de Mosul no interferían. Finalmente, no la tomó, pero al menos se aseguró su neutralidad.

Por aquel entonces, Reinaldo de Chatillon, caballero franco, no cesaba de asaltar las caravanas sirias, violando la tregua con Salah. Se dice que en una de las asaltadas viajaba su propia hermana, aunque esto parece no ser del todo cierto. Se sabe que dirigió una flota corsaria que hundió un barco lleno de peregrinos con destino a La Meca. El caso es que Guido de Lusignan, rey de Jerusalén, sabía que Saladino no esperaría mucho más antes de lanzarse contra ellos. De modo que comenzó a reunir todo su ejército. Y en efecto, la respuesta de Salah al-Din se produjo en 1187. Atrajo a los cristianos, al mando de Guido, a una interminable marcha, evitando que usaran los pozos disponibles. . Medio muertos de sed, les plantó cara en la batalla de Hattim. En ella, provocó que los caballeros cristianos cargasen en el centro, y él dio instrucciones para que sus tropas se abrieran y les dejaran pasar. De este modo, los caballeros quedaron aislados del resto del ejército. Luego, un incendio provocado en las laderas del Hattim aisló a la infantería, mientras los arqueros montados turcos daban buena cuenta de los caballeros. Allí fue destruido el ejército cristiano. Sólo unos pocos caballeros lograron llegar a Jerusalén. Allí se dirigió Salah, y puso sitio a la capital de la Cristiandad en Tierra Santa. Allí, Balian de Ibelin, que había pedido permiso a Salah para entrar en Jerusalén y sacar a su familia, le pidió de nuevo permiso para romper su promesa y quedarse a defender la ciudad. Salah le liberó de su palabra. No obstante, a su debido tiempo, Balian capituló para evitar una masacre. Rindió la ciudad con condiciones el 2 de octubre de 1187. No hubo venganzas ni nada parecido a los desmanes que los cristianos cometieron cuando tomaron Jerusalén en la Primera Cruzada. Entró a orar en la mezquita de Al-Aqsa.

Así desapareció, ante el estupor de las cortes europeas, el reino de Jerusalén. Salah al-Din se convirtió en el más poderoso defensor del Islam, el que había devuelto la ciudad santa a los musulmanes.


LA TERCERA CRUZADA.

La conmoción que provocó la caída de Jerusalén provocó que en 1191 se lanzara una nueva cruzada con la intención de recuperarla. Esta cruzada amparó dos expediciones distintas: la de Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio, y la de Ricardo Corazón de León, rey de Inglaterra; Felipe Augusto, rey de Francia y Leopoldo, duque de Austria. El emperador fue por tierra, pero se ahogó cruzando un río, y su ejército dio media vuelta en Anatolia.

La segunda, en cambio, llegó por mar. Desembarcaron y pusieron sitio a San Juan de Acre. Se cuenta que Ricardo pidió a cada uno de sus soldados una piedra de la muralla. Para sorpresa de todos, tomaron la ciudad antes de que Salah al-Din tuviera tiempo para socorrerla. Después de su éxito, los otros líderes discutierono con Ricardo, y le abandonaron, dando media vuelta, de modo que se quedó solo. Ricardo avanzó y tomó Jaffa. Ejecutó a los que habían resistido sus asedios, para desprestigio de Salah al-Din, pues se dijo que éste retrasaba el pago del rescate una y otra vez. Además, con la ayuda de los caballeros Templarios y Hospitalarios, le venció en la batalla de Arsuff, terminando con el aura de invencibilidad que tenía Salah al-Din.

Ricardo incluso marchó hacia Jerusalén con su ejército, y venció al sultán en otra batalla, pero supo que con las fuerzas de que disponía, no podría mantener el asedio.

Para colmo, llegaron noticias de su país. Su hermano Juan Sin Tierra pretendía usurpar el trono, por lo que Ricardo se vio obligado a negociar con Salah. De modo que reconoció que Jerusalén seguía siendo musulmana, pero conseguía a cambio el paso franco a los peregrinos cristianos que quisieran ir a la ciudad. En 1192, Ricardo abandonó Tierra Santa, y fue capturado por Leopoldo de Austria, que lo retendría un año (tiempo en el que transcurre la historia de Robin Hood en el floclore inglés).

Salah al-Din murió al año siguiente. Sus descendientes gobernaron los territorios que habían conquistado, dando lugar a la dinastía ayyubí. Finalmente, el sultanato ayyubí fue depuesto por los mamelucos.

Salah al-Din será siempre recordado como un hombre justo y piadoso. Aparece incluso en la Divina Comedia, en el limbo, con otros Justos paganos, de donde no podía ascender al Cielo sólo por ser musulmán. A pesar de su religión, se convertiría en un ejemplo de caballero medieval por su moral, su piedad y su valor. También, fue sin duda uno de los mejores estrategas de su era. Reverenciado entre sus enemigos, incluso recibió un sarcófago de mármol desde el Sacro Imperio para que fuera enterrado en él.


SALADINO EN DBA.

La lista de los ejércitos de Salah al-Din es la IV/20, Ayyubid Egiptian. Esta lista refleja los ejércitos de Egipto desde que fue reformado por él tras la revuelta de los Zanj, o esclavos negros del sudán. Su ejército se basa en seis peanas de Cv, una de ellas general, que representan, a partes iguales, a mamelucos (tipo ghilmen, arqueros acorazados) y a la caballería kurda (lanceros acorazados). Después hay dos peanas de LH, que representan arqueros turcomanos a caballo; una peana opcional entre 3Ax (infantería kurda), 3Wb (ghazis o guerreros fanáticos religiosos) u Hd (mutawia, paisanos que luchaban por el botín y por la fe; dos peanas de Bw o Ps, que representan arqueros sudaneses, y una peana opcional de Ps (naffatum, o lanzabombas de mano) o LH (tropas beduinas).

Las Cruzadas III: Las órdenes militares

viernes, 19 de marzo de 2010

Saludos. En este artículo conoceremos algo de la historia de las principales órdenes militares que florecieron durante las Cruzadas. Hablaremos, por tanto, de la Orden del Temple, de los Hospitalarios y de la Orden Teutónica. El legado de estos monjes guerreros es inmenso y sumamente evocador. Mucho se ha escrito y fabulado sobre ellos en los últimos años, con más o menos acierto. Nos centraremos, sin embargo, en los datos históricos reales, que ya, de por sí, son lo suficientemente interesantes, sin añadir ninguna temática conspirativa.


LA ORDEN DEL TEMPLE

Bien, estamos de nuevo en el recién fundado Reino de Jerusalén. Godofredo de Bouillon, acaba de morir, y su hermando Balduino I se convierte, ahora sí, en rey. En ese momento, Balduino no tiene muchos recursos, y duras penas intenta controlar el territorio.

Sin embargo, la noticia de la conquista de la ciudad había llegado a Europa, y miles de peregrinos se dirigieron a Tierra Santa. El viaje aún era peligroso, sobre todo en el último jalón: el camino desde el puerto de Jaffa hasta la ciudad santa. Pues bien, en aquel momento, 1115, un piadoso caballero llamado Hugo de Payens, y su colega, Godofredo de Saint-Adhemar, conciben la idea de crear una orden religiosa que escolte a los peregrinos en este trayecto. Fueron a ver al Rey de Jerusalén, y a éste le pareció una excelente idea. Después de todo, el grueso de los cruzados había tomado el camino de regreso a Europa, y sólo unos pocos se quedaron para formar las fuerzas militares del reino. Como acababa de mover su palacio a la Torre de David, dejando las instalaciones de la mezquita de Al-aqsa, cede este espacio a la recién formada orden. La mezquita de Al-aqsa estaba (y está) donde antes estuvo el Templo de Salomón. De ahí tomó el nombre la orden: los Pobres Caballeros de Cristo y Templo de Salomón. Y tan pobres. La primera “promoción” estaba formada por nueve caballeros en total, y su séquito. No más de cuarenta personas. Podemos imaginar por tanto a aquellos nueve nobles caballeros, patrullando el polvoriento y peligroso camino desde Jaffa, protegiendo a los grupos de peregrinos a riesgo de sus propias vidas.

Bien, el patriarca de Jerusalén había autorizado la creación de la orden otorgándole una regla inicial de setenta y cinco artículos. Balduino escribió a los reyes y nobles de Europa solicitando contribuciones para la nueva orden. Hugo volvió también a Europa a apoyar la campaña. Y así, mediante donaciones y regales, la orden adquirió rápidamente un gran patrimonio, y comenzó a implantarse por toda Europa para gestionar los señoríos y encomiendas que recibían, explotándolos y administrándolos sabiamente, y enviando un flujo continuo de excedentes y beneficios al cuartel general.

Así fue cómo se enriqueció la Orden del Temple. No tuvo nada que ver con misterios ni conspiraciones. Fue, en mi opinión, el fruto del espíritu de los tiempos: esa atmósfera especial y cambiante que hace prosperar ideas que en otro momento hubieran sido desechadas. Si nos imaginamos en aquella época de fervor cristiano, y nos viene un noble caballero a pedir contribuciones para una orden que protege a los peregrinos, lo más seguro es que nuestra respuesta fuera: “¡Claro que sí!”.

Entre 1128 y 1145, la Orden recibió su regla definitiva, así como numerosos priviliegios por parte del Papa: sólo respondían ante él, quedan libres de la jurisdicción de los obispos. Podían tener sus propias fortalezas, capellanes y ejércitos. De modo que, aplicados en los negocios, y disfrutando de una vida sencilla y sin lujos, los Templarios comenzaron a ganar mucho dinero, incluso con labores de banca. Y todo ese dinero se enviaba a Tierra Santa, para proseguir las campañas, mantener las guarniciones, y seguir cumpliendo con su tarea principal: la escolta de peregrinos.


LA ORDEN DE LOS HOSPITALARIOS.

Aunque la orden templaria es más conocida, el hecho es que la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén es un poco más antigua. Se fundó en 1084, antes siquiera de que fuera proclamada la Primera Cruzada. Su origen lo tuvo en un comerciante amalfitano que solició al califa Husyafer permiso para construir un hospital para peregrinos. Recordemos que antes de la llegada de los Seljuk y de que los fatimíes controlaran Palestina, el califato abásida era quien gobernaba aquellas tierras, y las diferentes religiones y peregrinos eran permitidos. Por lo tanto, el hospital se construyó junto a la Iglesia del Santo Sepulcro, y fue consagrado a San Juan.

En sus primeros años, la orden estuvo centrada en su función hospitalaria, curando a los peregrinos que hasta aquellas lejanas tierras llegaban. Entonces llegaron los fatimíes, los turcos y la Primera Cruzada. En aquellos años turbulentos, la orden vio el nacimiento de los Templarios, pero siguió siendo hospitalaria, hasta el gobierno de su segundo Gran Maestre, Raimond du Puy, en 1127. En ese momento, con las dificultades que tenía Balduino para encontrar tropas, la orden cristaliza como una organización militar al estilo de los Templarios.

En 1142, reciben permiso para instalarse en una antigua fortificación musulmana cerca de Trípoli. Allí, los Hospitalarios construirían una de los más hermosos castillos jamás concebidos: Krak de los Caballeros, una fortaleza de una belleza verdaderamente onírica.


LOS CABALLEROS TEUTONES

Para hablar de esta orden necesitaremos adelantarnos algo en el tiempo. Los Caballeros Teutones nacieron al calor de la tercera cruzada, la de Ricardo Corazón de León, de la que ya hablaremos en próximos artículos. Se fundó en San Juan de Acre, en 1190, después de que el bravo Saha-Laddin, o Saladino hubiera conquistado Jerusalén. Sus comienzos estuvieron dedicados, al igual que sus semejantes, al cuidado caritativo de los peregrinos, pero en 1192 se reformó para darle carácter militar. En 1198, el Papa la reconoció oficialmente.


LAS ÓRDENES MILITARES Y LOS ESTADOS CRUZADOS

Bueno, como ya hemos comentado anteriormente, ya desde los comienzos del reino de Jerusalén, sus reyes tuvieron un serio problema a la hora de defender los territorios conquistados. En efecto, una vez se apagó el ímpetu de la Primera Cruzada, la mayor parte de los caballeros y soldados decidió regresar a Europa. Y aunque el flujo de voluntarios y peregrino era constante, la población europea residente en los estados cruzados nunca tuvo mucha estabilidad.

Los que se asentaron, se establecieron como una clase social separada del resto, que heredó los privilegios de los que disfrutaban los gobernantes musulmanes. Aunque en Jerusalén fueron expulsados, en el resto de tierras siguieron viviendo de acuerdo al régimen de propiedad previo.

Además, con la nueva generación nacida en Tierra Santa, pronto dejaron de verse como occidentales extranjeros. Esta clase europea se orientalizó rápidamente, tanto cultural como lingüísticamente.

Como consecuencia, cuando el estado cruzado necesitaba reunir un ejército, éste resultaba muy pequeño en número de nobles laicos que acudieran con su séquito. Y es en este contexto donde las órdenes religiosas adquirieron un papel protagonista en la formación de ejércitos cristianos. Porque Templarios y Hospitalarios disfrutaban de una estructura plenamente militar en Tierra Santa, por más que en Europa predominara su faceta más monacal. Por lo tanto, las tropas que aportaron fueron indispensable para los reyes de Jerusalén, condes de Edesa y príncipes de Antioquía.

Los destacamentos organizados por las órdenes a menudo se ponían al servicio del general al mismo tiempo desde dos órdenes distintas. Os podéis imaginar que Hospitalarios y Templarios se miraban con frecuencia de reojo con cierta desconfianza. En ocasiones, esto afectó negativamente al desarrollo de las batallas.

En cuanto a la organización de las tropas, los Templarios fueron los creadores del modelo, copiado posteriormente por las demás órdenes. El núcleo de sus tropas estaba formado, por supuesto, por los caballeros. Los beneficios de los negocios en Europa se invirtieron en un excelente equipo y entrenamiento militar. Por lo tanto, formaban escuadrones de caballería pesada especializados en la carga.

Pero obviamente, en Oriente Medio pronto se dieron cuenta de que necesitaban modificar las tácticas frente a los ligeros ejércitos de los turcos seljuk. Por lo tanto, los Grandes Maestres organizaron también cuerpos de infantería auxiliar. Básicamente estaban formados por lanceros a pie, llamados “sargentos”, y un gran número de ballesteros a pie y arqueros a caballo turcopolos. Los turcopolos eran tropas locales, tanto turcos cristianizados como sirios o armenios, equipados como caballería auxiliar, que luchaban como arqueros a caballo o como segunda línea de carga, más veloces que los caballeros, para poder dar alcance a los rápidos enemigos turcos. Los turcopolos eran mercenarios, y dentro de la orden, respondían ante un caballero llamado Turcopolier, el jefe de los mercenarios, que se encargaba de contratarlos y dirigirlos en batalla.

A pesar de los grandes esfuerzos económicos de las órdenes, estos ejércitos de élite en realidad no eran muy numerosos. Se sabe que los templarios llegaron a mantener seiscientos caballeros, algo más del doble de sargentos y alrededor de dos mil mercenarios. Obviamente, no eran suficientes para mantener una estrategia ofensiva en Tierra Santa. Por ello, después de su aparición como fuerzas militares efectivas, la estrategia de los líderes cristianos fue defensiva, basándose en líneas de fortificaciones que protegían las rutas de invasión de los turcos seljuk o de los fatimíes y, posteriormente ayubíes, de Egipto. Por ello, el siglo XII es la era de los castillos de Templarios y Hospitalarios: Krak de los Caballeros, Montfort, etc.


LAS ÓRDENES MILITARES EN COMBATE

En el siglo XII, el modo europeo de combate estaba basado casi exclusivamente en los carga de caballeros más o menos descontrolada. Pero cuando tuvieron que presentar batalla antes los ágiles turcos, aprendieron con dolor que aquel tipo de guerra no era la más adecuada. Los turcos evadían y hostigaban con sus arqueros a caballo, y sólo atacaban cuando buena parte de los caballeros ya habían mordido el polvo, habían sido separados del resto de ejército gracias a sus incontroladas cargas y estaban agotados e indefensos.

Con la experiencia, las órdenes militares fueron las que perfeccionaron las estrategias, adaptando a Oriente el modo de combate de los caballeros. Y así, aunque éstos eran la fuerza principal, definieron mejor el papel de la infantería de apoyo, y sobre todo, la caballería auxiliar.

Para empezar, se dieron cuenta de que debían lanzar las cargas muy controladas, en lugar de lanzarse a lo primero que veían, como se había hecho antes. Los caballeros templarios hacían muchos ejercicios en formación para mantener la cohesión, y basaron su comportamiento en el campo de batalla en la disciplina. En todo momento estaban organizados por escuadrones, y cada uno seguía a un gran estandarte de batalla llamado “Beau Seant”. En el polvoriento y confuso combate, los caballeros seguían ciegamente al estandarte. Era un objeto sagrado para los caballeros, y tras él se lanzaban a la carga o bien se detenían o cambiaban la dirección del galope. Si un escuadrón perdía su “Beau Seant”, tenían órdenes de unirse a otro, el más cercano, aunque perteneciera a otra orden, con tal de no quedar sin nadie que les dirigiera. Obviamente, el portaestandarte debía ser un oficial veterano, con la suficiente sangre fría para tomar importantes decisiones durante la batalla.

Por otro lado, la función de la infantería, los ballesteros y, sobre todo, los turcopolos, consistía en estorbar las maniobras de envoltura que solían hacer los enemigos. Los lanceros podían proteger la retaguardia, los ballesteros ahuyentar a la caballería ligera enemiga, y los turcopolos, acosarla hasta hacerla retroceder.

En la doctrina de las órdenes militares, los caballeros tenían prohibido dar cuartel o pedirlo. Si se rendían, sabían que la órden no movería un dedo por rescatarles. Los turcos lo sabían, y solían torturar a los pocos que capturaban vivos, y luego decapitarles. Una poderosa guarnición templaria de ochenta caballeros fue decapitada en una ocasión en la que fuer tomado un puesto de defensa, a pesar de que se les había prometido salvar la vida a cambio de la apostasía.


LAS ÓRDENES DESPUÉS DE LAS CRUZADAS.

Las diferentes órdenes sufrieron una suerte dispar, sobre las que se han forjado muchas leyendas. Aunque veremos con más detalle la historia después de la Primera Cruzada, os adelantaré que en 1187, Saha-Laddin, o Saladino, derrotó aplastantemente a los ejércitos cristiando en la batalla de Hattim. Nobles, caballeros templarios y hospitalarios perecieron allí. Meses después, tomó la ciudad de Jerusalén, y pronto cayeron otras ciudades como Acre, Jaffa, etc. Esto provocó en Europa la proclama de la Tercera Cruzada, en la que participó Ricardo Corazón de León. Bien, cuando éste llegó a Tierra Santa, tomó la ciudad de Acre, y puso sitio a Jerusalén. Sin embargo, las noticias de Inglaterra (su hermano Juan “Sin Tierra”, el malo de “Robin Hood”) le obligó a firmar la paz con Saladino. Por lo tanto, Jerusalén siguió en manos musulmanas, aunque el tratado permitía a los peregrinos llegar a la Ciudad Santa.

Lo que Saladino no estaba dispuesto a tolerar era la presencia de las órdenes militares. Éstas se retiraron a Acre primero, y cuando ésta cayó, a Chipre. Los Templarios y Hospitalarios siguieron lanzando ataques e intentando conseguir una nueva cabeza de playa en Palestina, pero entonces, los apoyos europeos comenzaron a flaquear. De repente, los reyes y el Papa ya no estaban tan interesados en Oriente Próximo. Los mercaderes italianos tenían establecidas ya sus rutas hacia Oriente, por lo que no estaban dispuestos tampoco a apoyar más guerras. De hecho, ellos fueron los que dirigieron la Cuarta Cruzada contra ¡Bizancio!, en lugar de Jerusalén.

Pero aquella nueva política no era fácil de asimilar por las órdenes. Su misma esencia se basaba en la guerra contra el infiel. No podían aceptar aquella situación. Sobre todo los templarios.

Éstos siguieron luchando cuando ya nadie más quería atacar, gastando en ello todos los beneficios de sus posesiones. Habían seguido prestando dinero, y el más endeudado con ellos era el rey Felipe IV de Francia, que, a su vez, tenía al Papa bajo su completo dominio. Por ello, basándose en acusaciones falsas lanzadas por un renegado templario, consiguió que fueran detenidos y procesados con acusaciones más que disparatadas. La detención masiva se realizó el viernes 13 de octubre de 1307. El proceso se alargaría aún unos años más, hasta la disolución definitiva en 1312. El Papa apoyó al rey francés, y así fue como desaparecieron los Templarios, su patrimonio se repartió entre los reyes de los países donde tenían propiedades, la Iglesia, y otra orden rival: los Hospitalarios.

Los Hospitalarios, una vez rendidos en Tierra Santa, volvieron a su labor original de atención a los peregrinos en los hospitales de la orden. En 1310, se intaló en Rodas. Desde ese momento, la orden pasó a ser conocida como los Caballeros de Rodas. Desde allí siguieron ejerciendo labores de “piratería” con su potente flota contra los turcos, hasta que en 1522, Solimán el Magnífico tomó la isla, y éstos huyeron a Malta. Después de 1530, sufrieron otro gran asalto otomano, del que sólo fueron salvados por la respuesta del Imperio Español, que se lanzó al rescate.

Desde entonces, la orden ha seguido existiendo, llamándose ahora la Orden de Malta, dedicada a las labores humanitarias. Un ex-forero que muchos de nosotros conocemos nos puede contar que estuvo presente en una cena de entrada en la orden de un nuevo miembro.

Los Caballeros Teutones fueron los primeros en abandonar la causa de Tierra Santa. En 1291, tras la última conquista de Acre por los musulmanes, se retiraron a Transilvania, de donde fueron expulsados de nuevo por Andrés II de Hungría. Entonces se asentaron definitivamente en Prusia, donde se les otorgó un estado propio, y comenzaron las Cruzada Bálticas, contra el reino de Polonia, el ducado de Lituania y otros pueblos bálticos no cristianizados. Después de la derrota de Tanneberg, en 1410, entraron en decadencia, que culminó en 1525, con la conversión al Protestantismo del Gran Maestre Teutón. Sus tierras fueron secularizadas para formar el Gran Ducado de Prusia, y la orden siguió existiendo hasta hoy, asociada a la casa de Habsburgo hasta la Primera Guerra Mundial, y por libre posteriormente, dedicada a labores humanitarias.


ÓRDENES MILITARES EN DBA

Para el periodo de las Cruzadas, la lista a usar es la IV/17, Cruzados Tardíos. Esta lista puede hacerse tanto para representar el ejército de una sola orden, o bien, un conjunto de caballeros seculares, Templarios, Teutones y Hospitalarios. Consiste en tres peanas de Kn, una de ellos general. Éstos son los caballeros. Luego hay una peana opcional de Cv (turcopolos) o Kn (más caballeros. Luego hay cinco peanas de sargentos (lanceros a pie, Sp). Por último, tres peanas de ballesteros, tanto seculares (3 Cb) como de alguna orden (4Cb), y una peana de arqueros Bw, que son arqueros mercenarios sirios o turcos.

Los fabricantes más conocidos para este periodo son Legio Heroica, Essex, Old Glory y Minifigs, aunque hay muchos más.


Las Cruzadas II: Los estados cruzados y el Reino de Jerusalén.

miércoles, 20 de enero de 2010

Saludos. En el pasado artículo dejamos a los protagonistas de la Primera Cruzada reuniéndose victoriosos tras la batalla de Dorilea. Pues bien, proseguiremos la historia desde ahí.
Los ejércitos cruzados, tras inflingir la primera derrota a los turcos, prosiguieron su camino hacia Siria y Palestina atravesando Asia Menor hacia el sur. Aquél fue un largo y cálido verano para Bohemundo, Godofredo, Balduino, Raimundo y sus respectivas huestes. A la escasez de agua y comida, que fue minando las fuerzas y los ejércitos, cobrándose numerosas almas en su avance, los cruzados sumaron también su tácita rivalidad por ser el verdadero líder de la expedición. Ni siquiera sabían a ciencia cierta si tendrían éxito, o si al menos podrían llegar a Siria, y ya estaban conspirando para el reparto de un botín todavía inexistente. Y todavía quedaba el feo asunto de la promesa que se vieron obligados a hacer al emperador Alejo Conmeno de restablecer las tierras conquistadas al imperio romano oriental. Todo aquello apestaba enormemente.
Por el camino, los cruzados todavía tuvieron tiempo de tomar algunas pequeñas ciudades, que sólo mantuvieron unos años, e incluso lucharon otra batalla contra los turcos, que también les fue bien. De hecho, sólo el combate les iba bien, pues todo lo demás eran hambre, sed, saqueos, robos, violaciones y todos los males que portan la guerra y sus tareas, y las luchas internas.
¿Y los turcos? Pues nada. Mientras los cruzados avanzaban hacia el sur, el sultanato de Rum adoptó la táctica de “a enemigo que huye, puente de plata”. Los cruzados iban hacia Siria, que pertenecía a otro reino seljuk, resultante de la división del gran imperio turco Seljuk. Por lo tanto, el sultanato de Rum no presentó una resistencia organizada a la marcha de los cristianos hacia el sur.
Dado que los generales cristianos eran conscientes de que carecían de poder individualmente para imponerse sobre los demás, los más previsores comenzaron a mirar hacia otro lado, buscando botín, tierras y fortuna más fáciles de conquistar. De ese modo, Balduino, el hermano de Godofredo, fue el primer en poner tierra de por medio, y deseando suerte a los demás, se separó de la expedición una vez cruzaron las puertas cilicias, el mismo sitio por que ya pasaron Jenofonte y Alejandro Magno, siglos antes.

BALDUINO Y EL CONDADO DE EDESA.
Balduino se dirigió hacia el este, hacia Armenia. Bien, en aquel momento, era una provincia turca, con capital en Edesa. El gobernador de la provincia se llamaba Teodoro de Edesa, había sido mantenido por los turcos en su lugar, y era cristiano ortodoxo griego. Puede que os sorprenda, pero Armenia fue uno de los primeros territorios verdaderamente cristianos de la Historia, y ya tenían su propia iglesia ortodoxa armenia, y no les gustaban un pelo los ortodoxos griegos. El tal Teodoro debió ser un tipo de cuidado, porque tan pronto como los turcos le permitieron mantener su puesto en 1094, se rebeló y trató de hacer de su ciudad un estado independiente. Aisló a la guarnición turca del interior mientras soportaba el asedio exterior. Y, aunque éstos lograron irrumpir en la ciudad, Teodoro se las apañó para expulsarlos de nuevo, de modo que la guarnición interior tuvo que capitular, y así, el ortodoxo griego fue reconocido como Señor de Edesa a regañadientes por sus habitantes.
Pues bien, los turcos no tardaron en volver a la carga, Teodoro de Edesa tuvo noticias del ejército cruzado que se dirigía a Antioquía. Les envió un mensaje pidiendo ayuda, y, como ya hemos dicho, Balduino decidió acudir en su ayuda, pues siendo normando, y por lo tanto, vikingo, se olió el negocio rápidamente. Y para hacer una entrada triunfal, conquistó la fortaleza de Turbessel, el lugar desde el que se gobernaba la provincia al otro lado del Eúfrates.
Balduino interpretó el papel de su vida, y causó una profunda impresión en Teodoro. El viejo ortodoxo griego no tenía descendencia, y el normando, ejerciendo todo el encanto que pudo, convenció a Teodoro para que lo convirtiera en su heredero, y así la ciudad no cayera en manos turcas fácilmente si “por desgracia” le pasaba algo. ¿Adivináis qué pasó? Pues que no mucho después de le adoptara como heredero a Balduino, “casualmente”, una oscura conspiración cristiana ortodoxa armenia consigue tener éxito, y Teodoro es asesinado, lo que convierte a Balduino directamente en Señor de la Ciudad. De modo que, adoptando el título de Conde de Edesa, Balduino es el primero en crear un estado cruzado en tierra de infieles, en el año 1098.

ANTIOQUÍA Y JERUSALÉN.
Mientras Balduino marchaba a Armenia, el resto de los cruzados siguió su camino. Su primer objetivo era conquistar Antioquía, la riquísima y enorme ciudad fundada por los reyes de la casa de los Seleúcias. A finales del 1097 llegan a Antioquía y establecen el sitio. Pero la ciudad era tan grande que el ejército cruzado, bastante menguado por las penurias, no podía rodearla completamente. Antioquía podía seguir recibiendo ayuda del exterior. Nada hacía pensar que la ciudad fuera a caer. Pero resultó que no había tal ayuda que pudiera llegar a tiempo.
La ciudad estaba gobernada por el turco Yaghi-Siyan. Recordemos que Siria estaba dividida en pequeñas ciudades estados independientes, casi todas gobernadas por dinastías turcas, aunque algunas seguían en poder de dinastías beduinas. Pero no había un poder centralizado que organizara una expedición de rescate del tamaño necesario. Cada ciudad mantenía su propio ejército, y ninguna estaba dispuesto a enviar muchas fuerzas a socorrer a otra ciudad, pues esto podría debilitarlas frente a sus vecinas. La estrategia de Yaghi-Siyan consistió en pedir ayuda ciudades como Alepo y Mosul, mientras con sus propias fuerzas dificultaba las operaciones de abastecimiento de los cruzados.
Sin embargo, la situación para los cristianos tampoco era muy favorable. Sin apenas sustento, acosados en sus movimientos por los turcos, el asedio se mantuvo a duras penas. A costa de mucho sufrimiento y sacrificio, los cruzados consiguieron rechazar todas las expediciones de socorro que se acercaron desde el exterior, pero no tenían fuerzas para tomar la ciudad por sí mismos. Además, Raimundo y Bohemundo enconaron su enemistad personal, pues ambos ansiaban conquistar Antioquía para sí mismos, y no para devolverla a los bizantinos. La ciudad sería un fabuloso trofeo para el que la tomara.
Finalmente, tras ocho meses de asedio, en los primeros días junio de 1098, Bohemundo consiguió contactar con alguien dispuesto a entregar la ciudad por traición. Se trataba de un armenio, guardia personal de Yaghi-Siyan. La maniobra salió bien, y los cruzados se colaron en el interior de la ciudad. La guarnición del gobernador se replegó al interior de la ciudadela, dispuestos a resistir. Y fue justo a tiempo, porque en ese momento, una coalición de tropas de Kherboga, el gobernador de Mosul, y un ejército enviado por los fatimíes, se dirigía a Antioquía para resolver la situación.
De modo que los cruzado se vieron asediando la ciudadela de Antioquía mientras turcos y fatimíes les asediaban desde el exterior de la ciudad. La desesperación de los hombres iba en aumento conforme su situación empeoraba. Sólo un milagro podría salvarles. Y parece que eso fue lo que ocurrió.
“¡La Lanza de Longinus!”, proclamo un monje de la expedición cuando mostró su hallazgo en la ciudad a los generales. “¡Aquí está la Lanza Sagrada!”. El rumor se corrió por todo el ejército. Habían encontrado la Lanza Sagrada, y eso era una señal inequívoca del Cielo. Vencerían a los infieles. De modo que, sacando fuerzas de flaqueza, el ejército cruzado salió al combate dispuesto a todo. Y vencieron.

Kherboga no pudo resisitir la salida de los cruzados. Para su sorpresa, los fatimíes, en el último momento, pensaron que si desaparecían los cruzados, los turcos se harían demasiado fuertes, y se retiraron de la batalla. Los turcos no pudieron recuperarse de la sorpresa, y los cruzados les derrotaron aplastantemente.
Eran apenas la mitad de los que habían partido de Europa cuando conquistaron Antioquía. Rápidamente, Bohemundo se proclamó gobernador. Y tras la retirada del ejército bizantino que les había apoyado, Bohemundo vio la oportunidad para romper la promesa hecha al emperador Alejo. Acusó a sus tropas de deserción, y proclamó que, por lo tanto, estaba liberado de dicha promesa. Y así nació el segundo estado cruzado, el Princiado de Antioquía, gobernado por Bohemundo de Tarento, para disgusto de Raimundo de Tolosa.
En ese momento, la expedición pareció estancarse. Hubo una epidemia que se cebó en las tropas, y se llevó por delante a Le Puy, el líder espiritual de los cruzados. Siguieron pasando necesidades y penurias, y otros nobles, como Hugo de Vermandois, decidieron abandonar la cruzada al entender cuáles eran las verdaderas intenciones de los líderes normandos.
Fueron las mismas tropas las que se mostraron reacias a seguir sin hacer nada. Protestaron ante sus jefes, porque su misión era reconquistar Jerusalén. Exigieron la reanudación de la expedición, y Bohemundo y Godofredo se pusieron al frente de sus tropas una vez más.
Sin comida ni agua suficiente, los poco más de diez mil supervivientes siguieron hacia el sur. Sólo la fe les daba fuerzas. Bueno, la fe, y las ciudades sirias y palestinas que, viendo que los cruzados únicamente deseaban el control de algunas ciudades para formar pequeños estados, vieron en los cristianos el contrapeso ideal al poder seljuk, que luchaba por organizar un reino turco en Siria. Así fueron avanzando y tomando posición tras posición. La situación era tan desesperada que hay testimonios de actos de canibalismo tras la conquista de algunas fortalezas.

Así, al fin, llegaron a Jerusalén, que en 1098 estaba en poder de los fatimíes. De nuevo, eran demasiado pocos para establecer un asedio efectivo, de modo que optaron por la vía rápida: asaltos repetidos contra las murallas. Los fanáticos cristianos subían enfervorecidos a las murallas con ganchos y escalas, felices de poder entrar en Jerusalén, o morir en el intento y llegar la paraíso. Pero cada nuevo asalto era rechazado. Pero la fe obró lo que el poder de las armas no pudo. Guiados por un monje, en el mes de Julio, comenzó a correr el rumor de que desde el Cielo se les había comunicado que en nueve días la ciudad caería.
Casualmente, había partido desde Génova una expedición privada al mando de Guillermo Embriaco. Se habían dirigido inicialmente a Ascalón, pero la lucha con los fatimíes les había obligado a dirigirse al interior, y pasaron cerca de Jerusalén. Los genoveses habían desmontado sus barcos, y tenían materiales suficientes para hacer torres de asedio. De modo que, ante la sorpresa de los fatimíes, en pocos días tenían dos torres de asedio, cargadas de violentos y desesperados cruzados, enfervorizados hasta el fanatismo, acercándose a las almenas. Y contra esto no pudieron resistir más tiempo. Jerusalén fue tomada al asalto, y entonces se desataron los infiernos.
Los cruzados desataron una matanza en el interior como nunca se había visto. Hombres, ancianos, mujeres y niños, musulmanes, judíos o cristianos, todos sin distinción fueron masacrados cuando la ciudad se rindió. “Dios distinguirá a los suyos”- parecieron pensar los líderes cruzados. De nada sirvieron los esfuerzos de Tancredo, hermano de Godofredo, de frenar la matanza de los musulmanes refugiados en el Templo de Jerusalén, o los de Raimundo de Tolosa. Los soldados cruzados sacaron lo pero de ellos. Después de miles de kilómetros y meses de penurias, dieron rienda suelta a sus ansias de venganza.
De la matanza de Jerusalén se diría que los cristianos caminaban por las calles y la sangre les llegaba a los tobillos. Así nació el Reino de Jerusalén, el último estado cruzado: sobre un mar de sangre de sus habitantes.
Godofredo se erigió como primer gobernante de la ciudad, pero rechazó el título de Rey. En su “infinita piedad”, renunció a lucir corona de oro “donde el Señor había llevado una de espinas”. Pero sólo tuvo unos días de paz. Dos semanas después tuvo que sacar a su ejército y luchar contra los fatimíes, que si bien estaban dispuestos a renunciar a Siria, no querían hacer lo mismo en Palestina. La batalla de Ascalón fue una gran victoria cruzada. Tal vez la reliquia de la “Vera Cruz” tuviera algo que ver.
Dos años después, Godofredo murió, y su hermano Balduino se convirtió en el primer Rey de Jerusalén. Éste sería el tercer estado cruzado.

Mientras, la noticia de la toma de Jerusalén llegó rápidamente a Europa, donde ya habían regresado los primeros cruzados que habían abandonado la expedición. Ante la vergüenza, organizaron rápidamente una segunda expedición en 1101, pero fueron derrotados por los turcos, aunque los supervivientes llegaron a los estados cruzados, y sirvieron para aumentar su poder bélico. Tampoco se hicieron esperar los mercaderes europeos, que por fin tenían abiertos los puertos de Siria. También sacarían éstos gran tajada, pues era el momento de cobrarse la ayuda prestada con sus barcos.
Y así acabó la Primera Cruzada, la única que realmente tuvo éxito. Los estados cruzados, y en especial, el Reino de Jerusalén, pronto se convirtieron en el destino de muchos peregrinos y soldados en busca de fortuna. También fue el lugar donde, al poco de convertirse en reino, nacieron las órdenes militares del Temple y los Hospitalarios, cuyo potencial bélico sería de mucha utilidad en los años siguientes. Pero dejaremos eso para los siguientes artículos.

EJÉRCITOS PARA DBA
IV/7.- Cruzados temprano. Éste es el ejército de la primera cruzada. Se compone de una peana de caballeros como general, y luego tres peanas de Kn o Bd, a gusto del general. Éstos son los nobles, a caballo o desmontados. Luego hay cinco peanas de lanzas, que representan a los plebeyos enrolados en la misión, bajo el mando de sus respectivos nobles. Por último, hay opciones para una peana de Ps o Bw, que representa arqueros hostigadores o en formación; Ps o Cb, que representan ballesteros hostigadores o en formación, y Ps o Wb. Los Ps con más arqueros o ballesteros hostigadores, y la Wb representa una horda de fanáticos religiosos. Puede elegir Ag4 ó Ag 1, según el año. Dado que es un ejército rodillo, la Ag1 es una opción muy interesante, ya que con mucho terreno difícil no es difícil hacer le la puñeta. El terreno abierto le viene muy bien, y puede contar con muchos arqueros para protegerse de montados más rápidos que los Kn en dicho tipo de terreno.

III/73.- Turcos seljuk. De esta lista, nos es válida la opción b. Se trata del típico ejército de las estepas. Una o dos peanas de Cv, siendo una de ellas el general, y luego hasta 10 peanas de LH. Sólo tres de ellas pueden cambiarse: una por la segunda Cv, otra por Ax, Ps o Bw, que representa a la infantería de los turcos: guerreros equipados a la ligera o arqueros.

El califato abásida

domingo, 5 de julio de 2009

Saludos. Esta semana comenzaremos nuestro retorno hacia Occidente desde las estepas de Asia Central. Concretamente, conoceremos a los gobernantes abásidas, que dirigieron las riendas del imperio islámico desde que destronaran a los Omeyas en el 749, hasta la fragmentación del califato en un complejo mosaico de dinastías locales.
Bien, recordemos algunas cosas. La conquista árabe había llegado desde los Pirineos hasta las fronteras de La India. La dinastía Omeya o Ummayad había arrebatado el poder a los Califas Ortodoxos, que habían sido parientes y colaboradores del propio Mahoma. Alí, el cuñado del Profeta, había sido obligado por lo tanto a renunciar al califato. Esto provocó que otras dinastías comenzaran a plantearse que si los Omeyas podían gobernar en lugar de los descendientes del Profeta, ellos también podrían. También provocó corrientes que giraron alrededor de Alí, y cuando éste murió, el descontento aumentó mucho entre ellos.
Por otro lado, en los nuevos territorios, el dominio Omeya se había traducido en la implantación de numerosas ciudades “cuartel” para sus ejércitos. Como los musulmanes estaban exentos de impuestos, muchos campesinos dejaron sus tierras y emigraron a estas ciudades, por lo que las recaudaciones se reducían, y los Omeyas comenzaron a poner trabas a estas conversiones.
También, las clases locales que habían sido apartadas del poder, sólo podían prosperar convirtiéndose en “mawali” o “clientes” de las tribus árabes. Sin embargo, muchos eran personas extraordinariamente capaces y con mayor tradición política y de gobierno, como los nobles persas. Aunque los árabes les consultaban sin cesar, ellos permanecían siempre apartados del poder.

Todos estos factores fueron creando un clima de oposición generalizada a los Omeyas. Y fue en la lejana frontera oriental, en Jurasán (Khurasán, una provincia de la antigua Persia), donde un misterioso personaje llamado Abú Muslim, atrayendo sabiamente a todos los elementos descontentos con los califas gobernantes, proclama la “da'wa”, la revuelta religiosa que derrocaría los Omeyas, en el 745. Pero, ¿quién era Abú Muslim? La respuesta a esta pregunta nos revelará sin duda uno de los más complejas, astutas y exitosas conspiraciones de la Historia.
En el año 741, Abu Muslim no era más que un “mawali” arruinado. Encarcelado, cubierto de harapos y mugre en una sucia prisión de Palestina, entró en contacto sin embargo por un noble árabe de una prestigiosa familia. Éste, que llevaba algún tiempo barruntando sus planes, descubrió que este oscuro personaje poseía algunas virtudes que podrían serle muy útiles: Abú era extraordiariamente carismático. Este noble árabe se llamaba Ibrahim, era imán y pertenecía a la familia de los abásidas.

Lo primero que hay que entender es que los abásidas eran una familia árabe, también procedente de La Meca, y que durante la expansión árabe, había recibido territorios en Palestina, en una pequeña ciudad llamada Humayna. Aspiraban a derrocar a los Omeyas.
Ibrahim, sabiamente, sabía que podía basar la legitimidad de su revuelta en ser descendiente de cuarta generación de Abbas ibn Abn Al-Mutalib, que fue tío del propio Mahoma. Es decir, Ibrahim sabía que cumplía con el primer “requerimiento” que se exigiría a unos nuevos califas: ser parientes del Profeta, a diferencia de los Omeyas.
Ibrahim arregló la liberación de Abu Muslim, y le instruyó en su plan. Debía el “mawali” marchar a la provincia más alejada del nuevo imperio, a Jurasán, en la antigua Persia, donde había emigrado un gran número de familias árabes, donde había muchas tropas vigilando las fronteras contra los turcos y otros pueblos esteparios, y donde muchos nobles persas se veían apartados del poder. Allí, Abú debía proclamar un mensaje religioso: los Omeyas no eran descendientes del Profeta, y atentaban contra los principios del Islam dificultando las conversiones. Por lo tanto, los buenos árabes debían rebelarse contra ellos y elevar a un auténtico descendiente del Profeta en el poder. Sin embargo, Ibrahim ordenó a Abú que bajo ningún concepto revelara el nombre del nuevo aspirante a califa. Ésta era la clave del plan. Abú debía provocar la rebelión en la frontera del imperio y avanzar contra los Omeyas marchando hacia el oeste, mientras Ibrahim y su familia aguardaba acontecimientos en Palestina.
Una antigua profecía había predicho que del Este vendría un ejército victorioso portando banderas negras, para mayor gloria del Profeta. Abú adoptó estas banderas negras para los ejércitos que consiguió reunir con los árabes de Jurasán, y los guió a la batalla. En aquel momento, el califa Omeya era Marwan II, y la oposición a su familia se había extendido por todo el imperio, por lo que su situación era extremadamente caótica. Aprovechando esta debilidad, Abú Muslim asaltó y tomó la ciudad de Merv en el 748. Y mientras el resto del imperio se desintegraba, al año siguiente, sus tropas entraron en Kufa.

Mientras, Marwan había sido informado de que la más peligrosa revuelta, la de Abú, podría haber sido instigada por el cercano imán Ibrahim. Los guardias de confianza de Marwan, en el intento de capturar a Ibrahim, le mataron, justo a cuando Abú Muslim acababa de entrar en Kufa. Con el plan abásida descubierto, ya no había marcha atrás. Un nuevo líder tomó las riendas de los abásidas, y envía un mensaje a Abú Muslim para que le proclamara Califa desde Kufa. El candidato secreto iba a ser por fin revelado. El mensaje lo firmaba el que sería el primer califa abásida: Abdullah ibn Muhammad al-Saffah. Era el año 750, y al-Saffah, al frente de su propio ejército, poco después, derrocó a Marwan, que se vio atrapado entre las fuerzas de Abú y las del propio Al-Saffah.
Sin embargo, el nuevo califa no satisfizo a todos los que habían participado en la rebelión, de modo que al-Saffah tuvo que negociar para mantener la lealtad de antiguos jefes militares árabes. Sin embargo, el nuevo califa murió repentinamente en el 754, y la cuestión sucesoria destapó la todavía inestable posición abásida. La “da'wa” se dividió alrededor de dos aspirantes principales: Abú Ya'ffar, conocido como al-Mansur, y su tío Abd-Allah.
Y fue entonces cuando el poder de Abú Muslim y sus ejércitos jurasaníes hizo que la balanza se inclinase rápidamente en favor de Al-Mansur, que en ese mismo año se proclamó califa. Sin saberlo, Abú Muslim había firmado su propia sentencia de muerte. Al-Mansur, incluso favorecido por él, se asustó al comprobar la enorme influencia de Abú, y vio claro que si éste alguna vez se le ponía en contra, no podría hacer le frente. Por lo tanto, Abú Muslim murió por orden del mismo califa al que había ayudado a llevar al poder. Así terminó su asombrosa historia.

Con Al-Mansur comenzó en realidad el califato abásida, y también, la era del auténtico esplendor islámico. Reformó el gobierno, estableciendo los nuevos cargos, reorganizando la profesionalización del ejército. Además, Al-Mansur fundó una ciudad para los sueños: Madinat al-Salaam, la “Ciudad de la Paz”, más conocida como Bagdad. En efecto, si los Omeyas gobernaron desde Damasco, Al-Mansur gobernó desde Bagdad. Además, cuidó mucho la cuestión sucesoria, que trató de mantener dentro de su familia. Así, cuando murió en el 775, fue su propio hijo, Al-Mahdi quien se erigió como nuevo califa.
Al-Mahdi inauguró un proceso de estabilización y prosperidad económica sin precedentes. Mientras en Europa estaba sumida en una era de oscuridad de ignorancia, Bagdad se fue convirtiendo en la ciudad más esplendorosa del mundo. Y además, Al-Mahdi se puso al frente de una nueva “yihad” que llevó a sus ejércitos a La India, la Transoxiana y Anatolia, donde se enfrentaron con enorme fiereza con los ejércitos del imperio bizantino.
En el año 786 fue sucedido por Al-Rasid. Fue éste un gobernante exitoso y enormemente conocido, con una personalidad compleja y contradictoria. Mientras sus detractores le acusaban de desentenderse de los asuntos de sus súbditos, Al-Rasid se centró en continuar la violenta guerra contra los bizantinos. Su nueva “yihad” avanzó por Anatolia imparable, y llegó a las afueras de Constantinopla, pero allí fue finalmente rechazado. Centró entonces su interés en los puertos del Mediterráneo, el Mar Rojo y el océano Índico. Asignó tropas y flotas, y los comerciantes árabes llevaron sus naves y mercancías a costas tan lejanas como África, Sri Lanka o incluso más allá. Estos audaces comercianes serían inmortalizados en la figura de Simbad el Marino en los cuentos de “Las mil y una noches”.
Mientras, la vida urbana, gracias a las mayores aportaciones que pudieron hacer los “mawali”, prosperó, y se alcanzó un progreso tecnológico y cultural sin parangón en su época.
La agricultura mejoró extraordinariamente, y se abrieron hospitales públicos para enfermos y leprosos. El califato de Al-Rasid fue la Edad de Oro del Islam, y el eco de su grandeza llegó hasta la lejana Europa: un día llegaron a Bagdad unos extraños emisarios, que se presentaron como embajadores del rey Carlomagno. La diplomacia funcionó. Incluso se dice que Al-Rasid regaló a Carlomagno un elefante asiático.

Toda Edad de Oro llega a su fin, y la sucesión de Al-Rasid causó ésta. Había nombrado sucesores a sus tres hijos: Al-Amin, Al-Mamún y Al-Qasim. Cuando Al-Rasid murió, sus hijos no tardaron en provocar una guerra civil. Fue Al-Mamún, desde su gobierno de Jurasán, y apoyado por los Tahirids, quien finalmente se impuso a sus hermanos en el 813, después de asediar Bagdad durante catorce meses, y tras tomarla sólo tras una cruenta lucha calle por calle. Por ello, los Tahirids serían recompensados con el gobierno hereditario e independiente (pero leal al califa de Bagdad) del territorio de Khurasán, estableciéndose así la primera dinastía jurasaní de una serie muy interesante, que estudiaremos en futuros artículos. Sin embargo, la guerra civil provocó la independencia de facto de los territorios norteafricanos. Tras este conflicto, el imperio se había reducido, aunque siguió siendo muy poderoso.
Al-Mamun murió en el 833 en una campaña contra los bizantinos, y fue sucedido por al-Mutasim. Este califa tomaría una decisión que, con el tiempo, cambiaría para siempre la historia del Islam. Merece la pena detenerse en este aspecto.
Hasta Al-Rasid, los ejércitos abásidas habían sido los mismos que los de los Omeyas. Sin embargo, en la primera reforma de Al-Rasid, se había creado un ejército en Jurasán en el que se había incluido un gran número de tropas persas a caballo, nobles que mantenían la tradición bélica directamente heredada de los sasánidas, y que se basaban en un mayor uso de los arqueros acorazados a caballo, en lugar de los lanceros acorazados a caballo árabes. Pero estas tropas seguían siendo básicamente musulmanas. Sin embargo, Al-Mutasim comenzó a enrolar tropas esclavas turcas en los ejércitos, que también usaban táctica más parecidas a las jorasaníes, pero con una mayor fiereza si cabe. Estos esclavos turcos comenzaron a formar el núcleo de los ejércitos, y sus propios generales esclavos fueron estableciendo linajes que permanecieron al servicio del califa. Estos turcos serían conocidos como “ghilmen” o “Mamluks”, y en su época se convirtieron en el epítome del arquero acorazado a caballo.
Con estas fantásticas y feroces tropas en los ejércitos, Al-Mutasim puso fin a numerosas revueltas que desestabilizaron su gobierno, y mantuvo la guerra en todas sus fronteras. Además, el creciente poder del factor turco provocó que el centro de poder califal pasara de Bagdad a Samarra, más cerca de las estepas. Sin embargo, la nueva capital se limitó a ser la sede del ejército, pues Bagdad siguió sin rival en cuanto a esplendor y cultura.

Al-Wathiq fue nombrado califa en el 843, y otorgó grandes parcelas de poder a generales turcos. Desde ese momento, la infiltración de los “esclavos” turcos cambió el equilibrio de poder en la corte abásida. No pasó mucho tiempo antes de que algunos comenzaran a preguntarse quién servía a quién.
Como este califa no nombró sucesor, Al-Mutawakkil llegó al poder apoyado por los turcos, pero luego, cuando se sintieron decepcionados por su actitud hacia ellos, lo mataron en el 861 y le ofrecieron el poder a su hijo Al-Muntasir, que se mostró mucho más “maleable” para sus intereses. Este momento marca el fin del poder unificado de los abásidas. Los generales y líderes militares del ejército, sobre todo los turcos, y también los más tradicionales que se oponían a ellos, comenzaron una serie de movimientos que terminaron con la aparición de numerosas dinastías islámicas regionales, que fueron independizándose del poder central del califa, y así, el estado unificado desapareció. Aparecieron así, entre otras dinastías, los safáridas primero y luego los gloriosos samánidas en Jurasán (descendientes de los persas) ; los gaznávidas (turcos) en las estepas; los fatimíes (árabes) en el Magreb, los tuluníes en Egipto, los Hamdánidas (beduínos) en Yazira (Irak), dinastías Dailami (iranias) en Irán, etc. Hablaremos de algunas de ellas en próximos artículos.

Los siguientes califas abásidas también tuvieron que enfrentarse a graves conflictos en las áreas que todavía gobernaban. La revuelta de esclanos negros zanj comenzó en 869 en las zonas pantanosas del Eúfrates, donde eran llevados a trabajar, y no pudo ser controlada hasta el 883.
Los cármatas se revelaron en la zona del Golfo Pérsico, y con la ayuda de muchas tribus beduías, allá por el 900, guiados por Abu Said. Se enfrentaron a los ejércitos califales con gran derramamiento de sangre. Saquearon caravanas y ciudades, desestabilizando el poder abásida hasta el límite. En 929 atacaron incluso La Meca y se apoderaron de la Piedra Negra. Sin embargo, el movimiento comenzó a debilitarse en el 945.
Para entonces, los califas abásidas estaban totalmente agotados. De modo que fue una dinastía, procedente de las regiones montañosas del norte de Irán, los dailami Búyidas, que hacía poco que habían sido islamizados, pero cuya feroz infantería mercenaria formaba parte de los ejércitos árabes desde los Omeyas, entre los feroces Dailami, quien ocupó Bagdad. Los búyidas mantuvieron el califato con valor representativo, pues el poder lo detentaron ellos desde entonces, y hasta que fueron derrotados por los turcos Seljuk cien años más tarde. Protagonizarían el denominado “intermedio iranio”, en el que el poder recayó en pueblos persas, después del gobierno de los árabes y antes del de los turcos que estaba por llegar.

Durante el califato abásida, como ya hemos dicho, la vida urbana y la cultura prosperó enormemente, y ello fue sin duda debido al nuevo clima creado por los abásidas. Aunque los árabes siguieron gobernando y mantuvieron su cultura y su diferenciación racial, los “mawali” puedieron participar de forma más directa, y pudieron aspirar también a puestos de poder. Esto permitió que persas, egipcios, sirios y muchos otros, con una rica tradición cultural, se pusieran al frente de numerosos negocios y puestos de gestión. También los Dhimmis, los no musulmanes, aportaban sus conocimientos de artesanía y comercio, y pagaban impuestos especiales a las arcas del califa.
Las pudientes clases gobernantes consumían todo tipo de bienes de lujo. Los artesanos y comerciantes creaban y transportaban preciosas mercancías a todos los lugares del imperio. Aparecieron los mercados como emplazamientos físicos permanentes, como en Bagdad.
Por lo tanto, la menor importancia que se dio a la pertenencia de cada individuo a su raza, en favor de una mayor hermandad universal de los musulmanes, provocó fusiones e influencias verdaderamente esplendorosas, que han dejado en la Historia una imagen imborrable, y un riquísimo legado como las narraciones asombrosas de “Las mil y una noches”, recopilado en el siglo IX, donde a través de sus cuentos, podemos atisbar retazos de aquella Edad de Oro.

LOS ABÁSIDAS PARA DBA
La lista para DBA de los abásidas es la III/37, Abbasid Arab. La lista presenta dos variantes cronológicas debidas precisamente a lo que se ha comentado antes:
La opción “a” llega hasta el 835, es decir, justo antes de la inclusión masiva de los “ghilmen” turcos. Por lo tanto, se compone de las tropas árabes que ya vimos en la lista de los Omeyas, aunque hay algunas variaciones. El general y tres peanas más con Cv, que representan a los lanceros árabes.Yo recomendaría que una de estas peanas se sustituyera por caballería acorazada con arco de Jurasán, al estilo persa, si se pretende hacer el ejército de Al-Mamún. Luego hay tres peanas de 3Bw o 2Ps, que representan arqueros árabes. Luego hay tres peanas de Sp, que representan a los lancero árabes que desarrollaron los Omeyas, con un papel más defensivo para contener a la caballería enemiga. Estos lanceros solían estar apoyados por arqueros hostigadores, y por ello los arqueros pueden ir tanto solos (como Bw) como hostigadores (Ps), pudiendo prestar apoyo trasero a las lanzas. Luego hay una peana opcional entre Wb (creyentes musulmanes voluntarios y fanáticos) o LH (caballería ligera beduina o jurasaní), y una última peana opcinal entre 4Ax (feroces montañeses dailami) o LH (de nuevo beduina o jurasaní).
La opción “b” representa a los ejércitos ya conformados a partir de enormes contingentes de ghilmen (en singular, ghulam). El general es caballería, que representa a lanceros árabes o bien nobles jorasaníes, al modo persa. Luego hay tres peanas de caballería, que son los ghilmen: arqueros acorazados a caballo al modo turco. Luego, tres peanas de 3 Bw (arqueros árabes) (en la lista del manual hay un error tipográfico pone 3x6Bw, cuando debe poner 3x3Bw). Luego, dos peanas opcionales algo complejas: 2x3Bw, arqueros árabes, o bien, una peana de lanzas defensivas árabes o esclavos negros (4Sp) y una peana de arqueros árabes o negros, que puede ser 3Bw o bien 2Ps, según se prefiera. Es decir, los abásidas usan muchas menos lanzas que los Omeyas, en favor de mayor número de arqueros, cuya efectividad contra caballería es mayor, pues son verdaderamente letales contra montados.
Luego hay una peana de LH, que puede ser caballería ligera jorasaní o turca tribal (arqueros a caballo sin armadura). Otra peana es opcional entre 3Wb (fanáticos voluntarios árabes) o Cv (lanceros árabes tradicionales, en minoría tras la llegada de los turcos al ejército). La última peana también es opcional entre 4Ax (montañeses dailami) y LH, que (arqueros a caballo jorasaníes o turcos, o beduinos).

Que yo sepa, estas gamas están completas en Minifigs, Essex y Old Glory 15's. Las de Old Glory son especialmente vistosas.

Gökturks: El nacimiento del poder turco

miércoles, 3 de junio de 2009

Saludos. En esta ocasión hablaremos de la última potencia (sin contar a China, que dejaremos para más adelante) que nos hace falta para entender la historia de Europa y Asia durante la Alta Edad Media: los turcos. Los pueblos turcos suponen un enorme grupo demográfico por toda Asia, y, hoy estudiaremos sus orígenes. Descubriremos, no sin cierta sopresa por muchos (entre los que me incluyo cuando leí sobre el tema), que la actual Turquía queda muy lejos de su lugar de origen.

Bien, antes de entrar en materia, debemos contextualizar. Estamos a finales del siglo V de nuestra era. Roma está a punto de ser definitivamente conquistada por los germanos. Bizancio, en cambio, mantiene parte de su esplendor, y, aunque sumergida en una feroz resistencia contra los germanos y eslavos. Los persas sasánidas gobiernan Oriente, y al este de ellos, los heftalíes (recordemos, una rama de los hunos) gobierna las tierras del valle del Indo y parte de Afganistán. Los Xiongu, que habían gobernado la parte occidental de China, y que muchos autores identifican con los hunos, habían sido expulsados hacia el oeste por otro pueblo estepario, los ruanruan. Bien, éstos, que según algunos autores podían ser identificados con los mongoles.

Hasta el advenimiento de los ruanruan, se supone que los turcos eran grupos de tribus centroasiáticas que habían sido derrotadas una y otra vez por los Xiongu. Bien, según cuentan los anales chinos, cuando los ruanruan consiguieron establecer su poder, recién comenzado el siglo V, un grupo de quinientas familias turcas les pidieron tierras a cambio de vasallaje. Los ruanruan les concedieron un hermoso territorio en las nubosas y pacíficas laderas de las montañas Altai. Pero aquella cesión no fue a cambio de nada. Los turcos ya poseían ciertos conocimientos técnicos de los que los ruanruan carecían: la metalurgia del acero más exquisita y avanzada de la región. Los ruanruan les pidieron que fabricaran utensilios y armas para ellos. Es en aquellas laderas donde se forjó el espíritu del imperio turco, y aquel fue el hogar del clan que ostentaría la “línea de sangre real”, el “Ashina” turco, es decir, el linaje al que dirían pertenecer los líderes que reclamaran el khanato en los siguientes años.

Así, durante más de un siglo, sus gentes se trabajaron y perfeccionaron sus técnicas. Su fama aumentó, y comenzaron a recibir visitas de las tribus iranias de las estepas: sármatas, saka, sogdianos. Los comerciantes de esta región llegaban con frecuencia. Y los turcos, a través el intercambio, comenzaron a adquirir caballos de estos pueblos esteparios, y aprendieron a moverse y luchar sobre ellos. También los chinos de la dinastía Wei, a través de sus comerciantes, llegaron a los montes Altai, y ofrecieron a los turcos, a cambio de sus productos, la mercancía que se convertiría en el eje de la política de los pueblos asiáticos hasta la Revolución Industrial: la seda. Rápidamente se dieron cuenta de que el comercio de dicho producto era una fuente inagotable de poder y riquezas. Pidieron permiso en el 545 a los ruanruan para comprar seda en China,

Cabe suponer que los turcos comenzaron a quedarse sus mejores productos. Cotas de malla, armaduras hechas de cientos de placas articuladas, estribos… Prosperaban, y no tardaron en darse cuenta de que estaban ganando fuerza. Ya fuera para probarse a sí mismos, o para ganar más prestigio e influencia ante sus gobernantes ruanruan, el Ashina reunió a las demás tribus turcas e iniciaron una guerra contra las hostiles tribus tiele. Los líderes turcos, una vez derrotaron a los tiele, se presentaron ante los ruanruan con la intención de ser aceptados en el núcleo de poder del imperio. Pero éstos, tal vez temiendo que sus “esclavos herreros” se estaban volviendo demasiado poderosos, los humillaron y expulsaron de malos modos. Así comenzó la guerra entre los turcos y los ruanruan. Éstos, inmersos en convulsas guerras internas, no fueron capaces de hacerles frente, y fueron rápidamente derrotados en el año 552. En ese momento, el imperio sobre las estepas desde Korea hasta Irán pasó a sus manos, y fue conocido como el imperio Gökturk, que parece significar “turcos celestiales”. Otra de las consecuencias de la ascensión de los Gökturk fue el desplazamiento de algunos grupos de ruanruan hacia el oeste, cruzando las llanuras, hasta llegar hasta las estepas al norte del Mar Negro, donde se les empezó a conocer como Ávaros.


Debemos analizar ahora las relaciones de los turcos con los pueblos situados al oeste de su imperio, y estudiar el eje de la política turca. Porque, no nos equivoquemos, a pesar de un breve interludio de poder chino en su imperio, los turcos crearon un imperio que funcionaba bastante bien a nivel de estado. Como ya hemos dicho, la política de los khanes giraba entorno al comercio de la seda. Por lo tanto, controlar la mayor parte de la Ruta de la Seda era indispensable. De modo que desde finales del siglo VI, los turcos cruzaron los territorios de Sogdiana y la Transoxiana y se adentraron en el impero de los heftalíes. Los sasánidas también tenían interés en eliminar a los heftalíes, y pactaron con los turcos. Así, los heftalíes fueron vencidos. Sin embargo, los sasánidas reclamaban el poder en estos territorios, y las tribus turcas no podían establecer guarniciones permanentes, porque su organización tribal implicaba que para lograr algo así, toda la tribu debía desplazarse hasta allí. Por lo tanto, los turcos mantuvieron algunos reyes vasallos heftalíes. Pero éstos querían recuperar su independencia, y los tres poderes de la región (turcos, príncipes heftalíes e iraníes) siguieron luchando durante muchos años. Sobre todo entre el 581 y el 596. Aun así, con todas las dificultades, los turcos, a través de los comerciantes sogdianos que ya estaban bajo su poder, pudieron llegar a los puertos occidentales de La India con su seda.

Una prueba de que el khanato de las estepas funcionaba a nivel de estado es que la respuesta que dieron los khanes desde el corazón de las estepas de Asia fue aprovechas las nuevas guerras entre Persia y Bizancio, y lanzar un poderoso ataque a más de cinco mil kilómetros de distancia, por el norte de Persia en dirección a Crimea, para conquistar así esta región y tener un acceso a los puertos septentrionales del Mar Negro, desde donde podrían llevar su seda directamente a Bizancio.


El imperio de los Turcos Celestiales se organizó en dos centros administrativos inicialmente, (aunque luego pasaron a ocho). Estos dos centros se convirtieron en las capitales de los turcos orientales y los occidentales (el bosque de Ottukan y la Montaña Blanca, respectivamente). Sin embargo, esta estructura demostró cierta inestabilidad. En el año 581, ambas cortes rompieron relaciones. El khan occidental, Tardu, proclamó su intención de tomar Ottukan, y comenzó una feroz guerra civil. Los turcos orientales pidieron ayuda a los chinos de la dinastía Sui, que les apoyaron, y así comenzaron a dar la vuelta a la guerra. Tardu no se amilanó, no obstante, y en el año 600 puso sitio de la capital Sui. Sin embargo, el astuto emperador chino inició una campaña diplomática secreta, y consiguió que las tribus Uygur y otras, que luchaban para Tardu y , le traicionaran. Después de perder así una gran fuerza, Tardu fue definitivamente derrotado en el 603. China aumentó su influencia sobre los turcos orientales, y, por lo tanto, sobre las rutas caravaneras de las estepas.

Fueron los turcos orientales los que conservaron el nombre de Gökturks. Permanecieron en la órbita política de la dinastía Sui hasta que ésta entró en decadencia frente a la dinastía Tang. Los turcos orientales irrumpieron en el país, pero el emperador Tang pactó con las tribus Tiele, y el khan turco fue capturado en el 630. De este modo, el imperio turco oriental fue dominado totalmente por el emperador chino, que lo dividió en diferentes protectorados.

Los turcos occidentales siguieron ejerciendo su imperio de manera independiente durante las siguientes décadas. Pronto apareció un poderoso motivo de tensión con los sasánidas. Dominaban la ruta terrestre de la seda hasta las fronteras de Irán, pero los sasánidas dominaban todas las rutas hasta el Mar Negro. Por lo tanto, sólo podían vender su seda a los sasánidas. Sin embargo, deseaban poder llegar hasta Bizancio, donde el beneficio de su venta pasaría íntegramente a sus manos. En otras palabras, no estaban dispuestos a que los iranios se quedaran con el pellizco más gordo. Por ello, se aliaron con los bizantinos y comenzaron la Tercera Guerra perso-turca, que les llevó a reconquistar todas las tierras al norte del río Oxus en el 630. Antes, ene l 627, con la ayuda del emperador Herakleios y la tribu de los kházaros, habían invadido Armenia (de nuevo buscando una ruta directa hacia los bizantinos), anque de allí fueron rechazados al cabo de tres años.

En el 634 ascendió al poder Ishbara-Qhan, un gran líder que modernizó extraordinariamente la organización de su imperio. Sin embargo, en lo siguientes veinte años, el poder Gökturk se debilitó, y así fueron perdiendo en control de otros súbditos como los búlgaros y los kházaros.

Mientras, desde el este, el emperador Taizong Tang avanzó hacia Occidente. En el 659 derrotaron definitivamente al khanato occidental.

Pero fue el khanato oriental de los turcos el que recuperó el poder. En el 681 se rebelaron de nuevo, y aunque los Tang se defendieron y alejaron a los turcos de China, no pudieron evitar que éstos se expandieran de nuevo hacia el oeste. En el 705 llegaron de nuevo a Samarkanda, en Sogdiana. Pero, en aquella ocasión, no estaban allí los persas, sino los ejércitos de los victoriosos Omeyas, que ya habían conquistado Persia. Turcos y árabes chocaron por primera vez. Éstos últimos fueron los vencedores, pero aquel encuentro cambiaría la Historia para siempre. Porque, como veremos en el próximo artículo, la dinastía abásida, que sustituyó a los Omeyas, comenzó a islamizar e introducir a los esclavos-soldado turcos, procedentes de las ya desorganizadas tribus que vagaban al otro lado del Oxus. Estos guerreros turcos pasarían a la posteridad como Ghilmen o Mamluks, y sus generales-esclavos terminarían por rebelarse contra sus amos, creando una serie de exitosas dinastías islámicas turcas: los fieros gaznávidas y sus temibles elefantes; los Seljuk, azote del imperio bizantino; los mamelucos, que terminaron gobernando en Egipto, y por último, los otomanos. Pero eso es otra historia.

El final del Segundo Imperio Gökturk se selló en el 744, cuando los Uygur promovieron una revuelta en el centro de las estepas, y, seguidos por otras tribus de la confederación turca, tomaron el poder. De esta manera, las estepas dejarían de ser un imperio organizado hasta la llegada de Gengis Khan, aunque las tribus turcas vagarían por ellas durante años.

Sin embargo, otros pueblos turcos seguirían hacia el oeste y fundarían sus propios khanatos, como los kházaros y los pechenegos, de los que hablaremos en otros artículos. Y no podemos obviar que cuando el poder Gökturk desapareció, los propios turcos de todas las tribus, no solo del Ashina, se habían asentado en las ciudades y oasis de su imperio, y muchos de ellos se hicieron sedentarios, formándose como excelentes artesanos, y también aprendieron artes y ciencia. La base étnica de la población de países como Uzbekistán, Afganistán, Irán, Pakistán o La India se vio para siempre determinada por este periodo.


En este momento hablaremos de la estepa. Merece la pena conocer un poco más el mundo que se desarrollaba que aquellos horizontes infinitos y desconocidos. A nuestros desacostumbrados e inexpertos ojos, si apareciéramos de repente en cualquier punto de aquellas tierras, seguramente nos parecería un lugar plano y vacío. Pero no era así ni para los turcos ni para los ruanruan, xiongu, tocarios, saka, sármatas, alanos y todos los pueblos hijos de las llanuras. Pues en aquél aparentemente monótono paisaje, había caminos invisibles que conectaban multitud de oasis y ciudades estado, extendidas a lo largo de las cuencas de los principales ríos (como la cuenca del Tarim, o el Oxus, que desembocaba en el Mar de Aral). Los nombres de tales ciudades se convirtieron en legendarios: Samarkanda, Bujara, Kokand de Ferghana, Jotán… Al norte de Bactria se encontraba la región de Sogdiana, cuya población, organizada alrededor de multitud de pequeños y prósperos oasis, viajaba y comerciaba de un lado a otro de la estepa, desde China hasta el Mar Negro, y desde las costas del Báltico hasta los puertos occidentales de La India. Los sogdianos, cuyo idioma indoeuropeo era lengua franca por toda la estepa, fueron importantes consejeros de los khanes turcos, y se beneficiaron enormemente de su imperio, pues proporcionaron seguridad para los mercaderes a lo largo de todo el camino. Chorasmia, otra región al norte de Sogdiana, siguió un camino parecido.

Los turcos y otros pueblos esteparios producían pieles y caballos. Los habitantes de los oasis y ciudades estado de las estepas construían sistemas de regadío y producían cultivos vegetales, ansiados por los nómadas para enriquecer su dieta. La seda viajaba desde China hasta el Báltico, Mar Negro y La India. Desde el Báltico llegaban miel y ámbar, y desde La India, especias. Las caravanas conseguían pingües beneficios, y parte de ellos se quedaban en las ciudades situadas en nodos estratégicos de los caminos. Las distancias eran enormes, y muchos los peligros. Por eso los turcos hicieron un gran esfuerzo por mantener la seguridad a lo largo de sus dominios.


LOS PRIMEROS EJÉRCITOS TURCOS EN DBA

Como pueblo estepario, los turcos continuaron con la tradición de guerra basada en la caballería armada con arco. Sin embago, su pericia en la fabricación de herramientas, armaduras, armas y arreos les dio cierta ventaja. Comenzaron a usar los estribos, lo que permitía aumentar la estabilidad del jinete y, por lo tanto, introducir más tensión en los arcos. Éstos eran compuestos, del tipo común de las estepas, pero no era asimétrico, como el de los hunos, sino más parecido al arco tradicional parto. No obstante, la estabilidad del jinete y una mejor construcción hacía del arco turco (todavía lo es) un arma apabullante. Además de la caballería ligera, los nobles llevaban hermosas armaduras lamelares y cotas de malla. De hecho, los turcos se convirtieron en el paradigma del arquero acorazado a caballo, y tanto en sus ejércitos como al servicio del Islam en los regimientos de Ghilmen y Mamluks, cambiaron para siempre la guerra en Asia. Poseían además hermosas espadas, muy bien adaptadas a la lucha a caballo. Según algunas fuentes, los jinetes acorazados a veces hacían uso de lanza para cargar, pero no era lo más frecuente, aunque en los ejércitos abásidas si cargaban en ocasiones empuñando pesadas mazas.

En DBA, el imperio Gökturk y sus sucesores Uygurs están representados en la lista III/11, Turcos centroasiáticos. La opción “a” representa a los Uygurs. La que nos interesa el la “b”, aunque ambas son muy parecidas. Contiene tres peanas de Cv, una de las cuales es el general, que representan a los nobles turcos. El resto de la lista es de LH, la caballería tribal, equipada con arco y espada, aunque hay tres peanas opcionales: puede cambiarse una LH por un Ps, que representa arqueros hostigadores procedentes de las ciudades y oasis, y hasta dos LH pueden cambiarse por Hd, que representan a siervos o pueblos sedentarios de la estepa sometidos y llevados al combate a rastras.

Essex y Old Glory tienen gamas de turcos (normalmente bajo el nombre de “Asian horse armies” o “central asian nomadic armies”, o cosas así.

La conquista árabe y el califato Omeya (622-750)

domingo, 15 de marzo de 2009

Saludos. Esta semana trataremos la aparición del Islam y la consecuente y fulgurante expansión árabe por Oriente Medio y el Mediterráneo. Para ello, empezaremos por analizar quiénes eran los árabes antes de la llegada de Muhammad.
La península arábiga estaba habitada por numerosas tribus semitas, que carecían de una organización superior. Sin embargo, el continuo tráfico de caravanas que transportaban materias preciosas desde el extremo sur de la península arábiga (como el incienso) tráfico mencionado ya por historiadores clásicos como Herodoto o Diodoro, había permitido la expansión el árabe como lenguaje comercial allá por el siglo VI, arabizándose el curso bajo del Eúfrates y buena parte de Siria. De hecho, ya los bizantinos habían pactado con tribus árabes ( tanujíes, salihíes y gasaníes) para que, como “federados”, defendieran la frontera sur del imperio. También el imperio sasánidas contaban con tropas árabes aliadas, aunque éstas también operaban por su cuenta cuando les interesaba.
Ocasionalmente, algunos líderes tribales árabes conseguían federar algunas otras tribus e intentaban dominar a otras tribus. Esto implica que ya en el siglo VI existía cierta inquietud por formar entidades políticas superiores al de “tribu”, aunque no habían tenido éxito. Por otro lado, el comercio había atraído a población judía y cristiana (los pueblos del “Libro”) a territorios árabes, por lo que los árabes preislámicos, básicamente politeístas, entraron en contacto así con conceptos religiosos monoteístas, así como con sistemas éticos diferentes a los conceptos asumidos por cada tribu, que respondían a una concepción más “universal” de los pueblos.

En este “caldo” preislámico sobresalía la ciudad de La Meca, que desde el siglo V había ganado gran preminencia bajo el gobierno de los qurasaisíes. La Meca era un centro caravanero, escala casi obligada de la ruta del inicienso. Se decía también que los quraisíes eran descendientes directos de Isma'il (Ismael, hijo de Abraham, el de la Biblia. Recordemos que los árabes eran semitas), y se erigieron como protectores de la Kaaba, el centro de adoración de los ídolos politeístas preislámicos, que era el centro de La Meca. Las guerras entre Bizancio e Irán favorecieron que la ruta de esta ciudad, alejada de las zonas en conflicto, ganara cada vez más importancia, simultánemante con su prestigio como centro religioso.
En La Meca creció el joven Muhammad. No se sabe mucho de su infancia, pero sí se sabe que viajaba por negocios con su tío a Siria con cierta frecuencia. A los veinticinco años se casó con una rica viuda llamada Jadiya. Muhammad se puso al frente de sus asuntos con mucho éxito, y pronto comenzó a tener fama de honesto. Durante estos años, Muhammad se sometía a largos periodos de retiro y meditación. Durante estos periodos, según el Corán, Muhammad comenzaría a recibir sus visiones sagradas y la Revelación.

Muhammad comenzó a propagar su nueva religión monoteísta, el islam, entre los más cercanos a él. En realidad no tuvo oposición hasta que, teniendo ya algunos seguidores, denunció públicamente el culto de los ídolos paganos. Obviamente, la peregrinación a La Meca para la adoración de estos ídolos era una importante fuente de ingresos para los quraisíes, y comenzaron a ver con cierta inquietud las actividades de Muhammad. Por ello, le acusaron y hubo numerosas intrigas contra él, aunque contó con la protección del clan Bani Hashim. Sin embargo, como no podía proteger a sus discípulos, les recomendó que se marcharan a Abisinia.
Mientras, el clan Bani Hashim fue expulsado de la ciudad, y Muhammad se quedó sin apoyos. Sin embargo, durante la época de las peregrinaciones a la Meca, entró en contacto con gente de la ciudad de Medina. Convirtió a seis de ellos. Al año siguiente, convirtió a otros doce. Al tercer año, Muhammad y sus seguidores, consiguiendo evitar a los quraisíes, abandonó La Meca en dirección a Medina. Esto, que sería conocido como la Hégira, ocurrió en el 622, y es el inicio del calendario islámico. De este modo comenzó a formarse el primer estado musulmán.
A su llegada a Medina, Muhammad da forma a su política: los seguidores del Islam estarían unidos por la fe, y este vínculo sería más importante que el tribal. Esto no era una novedad entre cristianos y judíos, pero sí entre los árabes. Aunque el vínculo tribal seguiría existiendo para determinadas funciones sociales, quedaría relegado a un segundo plano. Este sencillo concepto es fundamental para entender lo que ocurriría en los años siguientes. Además, se tenderían lazos de amistad a los restantes pueblos del Libro: judíos y cristianos. La yihad, o Guerra Santa es contra los cultos preislámicos árabes.
Desde Medina, donde el Islam se propagó rápidamente, Muhammad organizó la guerra contra los quraisíes. Pactó con otras tribus su alianza o su neutralidad, y comenzó la guerra. La estrategia era sencilla: atacar a las caravanas que iban a La Meca para destruir el prestigio de los quraisíes, que estaban a cargo de la seguridad de la misma. La guerra duró ocho largos y sangrientos años, en los que Muhammad incluso contó con la ayuda de mercenarios judíos, que le fallaron en alguna ocasión (hecho por el que el Corán recomienda no aliarse con este pueblo). Hubo batallas, asedios, treguas... Finalmente, en el año 630, después de los quraisíes rompieran la tregua y Muhammad saliera de Medina con un gran ejército en apoyo de sus aliados juza'a. Los quraisíes ya no pudieron eludir la derrota, de modo que se convirtieron. La tribu árabe más prestigiosa abrazó el Islam, y así la nueva religión se expandiría rápidamente. Dos importantes tribus beduínas (árabes nómadas del desierto) se rebelaron, pero también terminaron rindiéndose. La voz se extendió, y a lo largo del 630, diferentes delegaciones tribales se presentaron ante Muhammad, aceptando el Islam.

Muhammad murió en el año 632, tras su último peregrinaje a La Meca. En ese momento comienza el periodo de los Sucesores (es decir, Califas) “Ortodoxos”: Abú Bakr, Omar I, Otman y Alí, primo y yerno del Profeta. En estos primeros años, la sucesión no estaba establecida de padres a hijos, y los califas fueron elegidos de entre los allegados a Muhammad dentro de la tribu quraisí. Tras sofocar algunas rebeliones internas que siguieron a la muerte del Profeta, fueron los años (632-661) de la fulgurante expansión árabe por las tierras de bizantinos y persas sasánidas. Los ejércitos de guerreros fieles se batieron con una fiereza alimentada por su fe que les hizo ganar increíbles victorias allí donde parecía que iban a ser derrotados. Sus líderes (tanto los califas en persona como otros grandes caudillos tribales como Jalid ibn Al-Walid) los guiaron con audacia, valor y confianza absoluta en la victoria. Muhammad había concebido un sistema político que aspiraba a la universalidad, en el que reinara la palabra de Dios. Otros sistemas eran admitidos mientras no entraran en conflicto con los principios del Islam. De dicha concepción surgió el impulso inicial de la conquista. Además, pudieron aprovechar un momento crítico: Constantinopla todavía se recueperaba del gran asedio del 626 y su posterior contraataque a los sasánidas, y éstos hacían frente a sus guerras contra los bizantinos, que había llegado a agotar sus ejércitos. Los que les quedaban estaban concentrados al norte, a lo largo de la frontera común. Ninguno de los dos esperaba un ataque tan feroz y repentino desde Arabia.


La conquista comenzó por Irak, la provincia sasánida más rica, y que limitaba con Arabia. Jalid conquistó Hira y las zonas al oeste del Eúfrates, y luego siguió hacia el norte, hacia tierras controladas por los bizantinos. Cuando estalló la guerra en la Siria bizantina, Jalid logró algo que se juzgó como milagroso: transfirió cientos de soldados árabes desde el frente persa hasta Siria cruzando el desierto. Llevó camellos a los que fue matando para dar sus reservas de agua a los caballos y su sangre a los soldados.
El segundo Califa, Omar, admitió en el ejército a antiguos tribus disidentes, consiguiendo de golpe un gran número de guerreros. Apartó a Jalid de Irak, sustituyéndolo por Ubayda, que fue derrotado por los sasánidas en Yisr, y luego por Abi Waqqas, que organizó mejor sus tropas y se enfrento al gran ejército sasánida de Rostán (sí, como el héroe del "Shanameh"). La batalla duró tres días, pero por fin los sasánidas fueron derrotados, y los árabes siguieron hacia Ctesifonte, que cayó rápidamente. Las restantes fuerzas persas se retiraron a los montes Zagros, y se enfrentaron en una última y desesperada batalla con los árabes en Nihawand, en el 641. Fueron derrotados y expulsados de Irak definitivamente.
Mientras, Siria, tierra que el Profeta conocía bien, también fue uno de los objetivos principales de los árabes. Abu Bakr sólo tuvo éxitos parciales, y sería el segundo Califa, Omar, el que vencería definitivamente a los bizantinos en la batalla de Yarmuk (con la ayuda, a su pesar, de su odiado Jalid, por entonces degradado a ser sólo jefe de la caballería). Después, sin resistencia, los árabes se dirigieron a Palestina. Entre el 636 y el 640 cayeron Damasco, Jerusalén y Cesárea. La caída de Jerusalén tendría una larguísima lista de consecuencias, algunas de las cuales se extienden hasta nuestros días.

Tras la caída de Siria, Omar se dirigió a Egipto. Allí, el general Amr derrotó a los bizantinos en Ayn Shams y en Babilonia de Egipto. En el 642, la provincia estaba totalmente ocupada. Mientras, los ejércitos situados en Irak avanzaban hacia el norte de Mesopotamia, provincia actualmente conocida como Jazira. Esta región era fundamental para el comercio. Harran, Edessa y Nisibis cayeron también en el 642. Entonces, siguieron hacia el norte, hacia Armenia, pero este territorio les costaría diez larguísimos años de duros y costosos combates.
Mientras se avanzaba por Armenia, el sucesor de Omar, Otmán, comenzó la persecución de los últimos sasánidas en la meseta iraní. Sin embargo, esta región fue más difícil. La población tenía un gran sentido de la identidad nacional. No estaban acostumbrados a la presencia árabe, como en los lugares previamente conquistados, y no deseaban ser gobernados por ellos. Para los árabes, la meseta iraní era un territorio nuevo y hostil. No obstante, en el 649, la meseta cayó, pero hasta el 654 no controlarían completamente el noreste, la región llamada Khurasán.
En el año 656, tras dos años de gobierno poco beligerante por parte del último Califa Ortodoxo, Alí, comenzó una guerra civil entre clanes de la tribu qurasaní. Uno de estos clanes, los Ummayad (Omeyas), que había aportados grandísimos generales a la expansión, como Muawiyya, no estaba de acuerdo con esta política. Muawiyya ya era un veterano militar y no estaba dispuesto a detener la expansión, de modo que se rebeló y consiguió, tras la muerte de Alí en el 661, establecer la primera línea dinástica hereditaria de los musulmanes. Esta dinastía gobernaría 90 años, pero la muerte de Alí abrió la caja de los truenos. Si un Sucesor directo del Profeta podía ser reemplazado “legítimamente”, entonces, ya no tenía sentido la norma consuetudinaria de que los Califas debían ser únicamente quraisíes. Esto fue el argumento que ocasionó el nacimiento de la secta jariyí, extremadamente radical en lo que a la interpretación del Corán se refiere. Por otro lado, surgió otra corriente de pensamiento entre algunos clanes que opinaba que debía ser un descendiente de Alí el que gobernara como Califa, ya que era el último de los sucesores ortodoxos. Éstos serían conocidos como chiítas. Sus ideas irían calando poco a poco durante el gobierno de los Ummayad, y al fuerza de estos chiíes sería utilizada para derrotarlos por la revuelta abbasí, pero esto lo contaremos en otro artículo.
La expansión árabe había sido tan rápida que los califas no tenían herramientas para gobernar tantos territorios. Tuvieron que improvisar muchas leyes, y en esta época se establecieron las costumbres del trato de prisioneros, relación con los conquistados, relación con los conversos, sistemas de fiscalidad. Por ello, las enormes riquezas que habían sido de repente puestas a disposición de las tribus árabes también provocó que muchas, ya en el periodo Omeya, intentaran acotar parcelas de poder. Por lo tanto, los Ummayad también tuvieron que hacer frente a estas cuestiones internas. Una de sus respuestas más interesantes fue renunciar a la base tribal para la organización de los ejércitos, y la estructuración de los mismos en cuerpos más profesionales. Así fue cómo tomó forma el ejército árabe clásico. Tuvieron mucho éxito y así continuó la expansión, tras controlar todos los problemas internos.

Las conquistas las inició el mismo Muawiyya. En el 663 invadió Anatolia, y en el 668, asedió Constantinopla, aunque tuvo que retirarse. Mientras, se envió al general Uqbá ibn Nafí a que tomara todo el norte de África. Aquí tuvieron muchos problemas, porque los bereberes se aliaban indistintamente con bizantinos y árabes. Cuando finalmente se sometieron a éstos, los árabes controlaron por fin toda la costa africana del Mediterráneo. Musa ibn Nusayr consolidó el dominio árabe del Magreb, y Tariq ibn Ziyad, su lugarteniente, ocupó Tánger, Ceuta (con la ayuda del propio gobernador Don Julián) y cruzó el Estrecho. En realidad, el año anterior, Tarif ya había explorado la zona (dando nombre a Tarifa). Tariq dio nombre a la enorme roca que veo mientras desayuno en mi cocina todos los días: Gib-al-Tariq, el monte (¿o la roca?) de Tariq. Gibraltar. Los musulmanes llegaron a la tierra que conocían como Al-Ándalus en el 710. Poco después derrotaron al rey Rodrigo en la batalla de Guadalete. En el 721, las tierras controladas por los árabes llegaban hasta más allá de los Pirineos, pero en el 732 fueron derrotados por Carlos Martel, estableciéndose así la frontera con los francos.
Mientras, en el Lejano Oriente, los Ummayad conquistaron Transoxiana y el Turkestán, así como tierras alrededor del Mar Caspio.
Sin embargo, entre el 740 y el 750 se produjeron numerosas revueltas en las fronteras: los bereberes abrazaron el jariyismo, mientras en Oriente, los gobernadores locales de Fergana y Kush se rebelaron contra los musulmanes. El descontento creció. En ese momento surgiría una nueva dinastía, la abbasí, que conseguiría englobar a todos los descontentos con los gobernantes, que depondría al los Ummayad, pero eso lo contaremos en otro artículo.

Un aspecto muy interesante de las conquistas árabes es cómo tuvieron que establecer numerosas costumbres en cuanto a la relación con los conquistados, como hemos mencionado antes. Durante la época de los Califas Ortodoxos, dado que los árabes eran tolerantes con las religiones de los no árabes, éstos sólo sufrieron la imposición de impuestos. Sin embargo, los musulmanes no estaban obligados a pagarlos, por lo que se produjo un enorme número de conversiones por doquier. Estas conversiones no encontraron oposición, ya que del Islam aspiraba a ello precisamente. Sin embargo, los árabes formaban una aristocracia que, socialmente, tenía ventajas sobre los nuevos musulmanes. Pero eran éstos lo que tenían experiencia y conocimientos para gobernar y hacer funcionar a un estado tan ingente, ya que los árabes eran ajenos a este nuevo tipo de estado. Por lo tanto, los nuevos musulmanes debían convertirse en clientes de las tribus árabes para ejercer sus profesiones y disfrutar de ciertos privilegios.
La ocupación de los territorios por parte de los árabes tuvo lugar en forma de ciudades fortificadas, cercanas siempre a ciudades existentes importantes. Lo que en primer lugar en campamentos, atrajo a mucha población recién convertida. Sobre todo campesinos, que abandonaron sus campos y se fueron a las ciudades. Como esto redujo la recaudación de impuestos, por lo que los Ummayad crearon leyes para expulsar a estas gentes de vuelta a los campos. Necesitaban dinero para mantener los ejércitos profesionales, para las infraestructuras de riegos, etc. Sin embargo, sus rivales políticos consiguieron que se extendiera el rumor de que los Ummayad estaban cerrando las puertas del Islam a nuevos fieles, y esto contradecía los principios del Profeta. Esto, sin que se dieran cuenta, fue el principio de su fin.

Los ejércitos que en DBA representan época de la expansión son:
III/25.- Conquista árabe. Esta lista presenta dos variantes.
a) Se trata de los ejércitos iniciales del Profeta. Sorprendentemente, son ejércitos de infantería casi en su totalidad. En esta época, los árabes no disponían de mucha caballería (sólo los caudillos tribales), mientras que el grueso de la tribu combatía a pie. Estos guerreros eran tan fieros y luchaban de un modo tan fanático que en DBA, se representan como Wb. Por lo tanto, esta lista tiene una peana de Cv como general (caudillos, armados con lanza), que también pueden ser Wb. Luego, dos peanas de LH, que representa a los ágiles lanceros beduinos. El resto don 7 peanas de Wb, los feroces guerreros árabes, y las últimas dos peanas, de arqueros árabes, ya sean en forma de Bw o Ps.
b) En esta variante ya se representa el primer acceso de los árabes a caballos suficientes para organizar una caballería efectiva. El general es Cv, sin opción, y luego hay cuatro peanas más de Cv. Acompañan una peana de Lh beduína y luego, 4 Wb de guerreros tribales y dos arqueros, con opciòn de representarlos Bw o Ps.

III/31 Árabe Ummayad (u Omeya)
Este ejército ya presenta las reformas de los Omeyas para eliminar la organización tribal de los ejércitos. Los Omeyas aumentaron tácticamente la importancia de la caballería, mientras que la infantería adoptó un rol más defensivo, combinando densas formaciones con lanzas apoyadas por arcos. Obviamente, estas tácticas estaban dirigidas a anular la caballería enemiga.
Por lo tanto, el general y tres peanas más son Cv (lanceros árabes). Luego hay una peana de LH, que son lanceros beduinos. A continuación, una peana de tropas recién incorporadas: 4Ax, que representa a los montañeses Dailami, que eran guardia personal de los mandatarios sasánidas, ya vencidos, o bien, LH, que representa a arqueros a caballo de la provincia de Khurasán. Luego hay tres peanas de 4Bw (recordad que 4Bw representa a arqueros “regulares”) o Ps, y tres peanas de Sp, que representa a las lanzas defensivas árabes. Nótese que pueden organizarse de la siguiente manera: 2 peanas de 4Bw y tres Sp apoyadas por una peana de Ps en su retaguardia (1Ps puede dar apoyo trasero hasta a tres peanas de Sp).

Hay muchas marcas para miniaturas árabes: Essex, Old Glory, Miniature Figurines, etc.