Saludos. Esta semana, aprovechando un magnífico artículo de nuestro colega Blooze, haremos mención a una ampliación de DBA hecha por aficionados y que permite ponerse al frente de ejércitos desde el siglo XVI hasta el XIX.
Recordemos que DBA abarca un periodo de 4500 años de historia militar, desde el 3000 a.d.C. Hasta el 1500, momento en el cual las armas de fuego comienzan a utilizarse de forma tan extensiva que alteran para siempre las tácticas tradicionales. DBX parte de los mecanismos, tamaños de ejército y de tablero y abstracciones de DBA, pero permite representar, de manera simplificada, las batallas en este periodo.
El mismo juego plantea su base de partida. Se considera que hasta el siglo XIX, los ejércitos, aunque usando armas de fuego, forman a sus soldados en cuadro o columna, que carecen prácticamente de decisión individual, y que el alcance efectivo de las armas de fuego sigue siendo pequeño, debido a su funcionamiento y las densas nubes de humo que se generan al disparar. Por lo tanto, las reglas son válidas hasta la introducción masiva de los rifles (es decir, mosquetes con cañón estriado), municionados con cerrojo o cargador, que no desprenden humo, y que permiten la incorporación al combate de tropas en formación abierta y con iniciativa individual., capaces de mantener una alta tasa de disparo.
DBX mantiene todos los tipos de tropa existentes en DBA, y, además, añade otros nuevos relacionados con el uso de armas de fuego: jinetes con pistolas o herreruelos (Pi); Dragoons (tropas que se mueven a caballo pero disparan a pie); Arcabuceros, que disparan armas de fuego sin bayonetas; Mosqueteros (que disparan armas de fuego con bayonetas y están preparados para cargar), Jäger, hostigadores tipo Ps con armas de fuego; artillería “exótica”, como los cuchillos-cohete de los hindúes y, finalmente, cañones.
Por supuesto, las reglas añaden los efectos de todas estas tropas ylas existentes frente a los nuevos tipos de enemigo, así como su distancia de movimiento, etc. De nuevo, y haciendo más hincapié en el asunto, los autores recomiendan no luchar batallas anacrónicas. Si en DBA no es algo excesivamente problemático, en DBX sí, ya que la evolución de las armas y las tácticas evolucionó mucho más rápido desde el siglo XVI, y los efectos que tienen sobre las tropas del juego sí afectan mucho al desarrollo de la partida.
Por último, los autores elaboraron casi ciento cincuenta listas de ejército, con una enorme variedad: desde tercios españoles hasta la Guerra de Secesión estadounidense. Podemos encontrar curiosidades como la Guerra de los Treinta Años, ejércitos napoleónicos, ejércitos mogoles de La India y los invasores británicos, las guerras entre Inglaterra y Francia en el Nuevo Mundo y un largo etcétera.
Por último, os dejo un link donde podréis encontrar más información y las reglas.
http://ermtony.pbwiki.com/DBA%20Extension%201500-1900AD.2007-11-27-07-55-06
DBX: Más allá de DBA.
martes, 7 de abril de 2009
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Etiquetas: dbx
Crisis de la República Romana I: La Guerra de los Aliados
miércoles, 1 de abril de 2009
Esta semana nuestro compañero Xoso inicia una serie de artículos sobre el colapso de la República romana.Demasiados césares.
Octavio Augusto, justificando la ejecución de Cesarión (hijo de Cleopatra y Julio César).
Este artículo pretende ser el primero de una serie dedicada a ese periodo tumultuoso, frenético y (desde mi punto de vista) apasionante que constituye la Crisis de la República en Roma durante el siglo I a.C. Tomando como punto de partida los excelentes artículos de Caliban sobre Cayo Mario (que finalizaban aproximadamente en torno al 100 a.C., tras la victoria en Vercellae sobre los cimbrios), intentaré trazar un completo y ameno relato que cubrirá entre el citado año 100 a.C. y el 30 a.C., fecha del triunfo definitivo de Octavio sobre Marco Antonio y Cleopatra que supuso el fin de las guerras civiles y el ascenso de Augusto a imperator.
Para una mejor comprensión de lo que vendrá a continuación, recomiendo gratamente la lectura de los ya mencionados artículos de Caliban: Las nuevas legiones y la campaña de Numidia, La amenaza perfecta y El mundo para el vencedor. Las campañas de Cayo Mario, y especialmente las reformas militares y sociales acometidas tanto por él mismo como por los tribunos de la plebe a él allegados, condicionaron e influyeron notablemente en los sucesos y acontecimientos posteriores que transformarían la antigua República romana en el Imperio de Octavio Augusto.
Causas generales de la crisis.Los historiadores antiguos cuyas obras han llegado hasta nosotros (Livio, Salustio, Plutarco... etc) ofrecían ya diversas perspectivas y opiniones sobre las múltiples causas que habían desencadenado la caída de la República. De todas formas, y a grandes rasgos, puede extraerse una serie de argumentos bastante comunes a todos ellos. La mayoría son elementos que aparecen y cobran notable fuerza durante el s. II a.C.
- La falta de un ‘gran enemigo’ externo (tras la destrucción definitiva de Cartago) había ocasionado la relajación de la entera sociedad romana, provocando la aparición de continuas disputas internas tanto entre estamentos sociales como figuras políticas enfrentadas.
- La excesiva afluencia de riquezas a Roma, producto especialmente de las grandes victorias y conquistas en Asia. Estos tesoros, obviamente, se habían distribuido de forma muy irregular, siendo los más beneficiados determinados sectores de las clases altes.
- El progresivo y creciente acaparamiento del poder político por destacadas figuras militares. “Éxito militar” y “auge político” habían estado ligados durante toda la historia de Roma, pero a partir de Mario (y especialmente Sila) la situación se volverá excesiva. El punto de ‘no retorno’ suele situarse con el establecimiento del llamado Primer Triunvirato entre Pompeyo, César y Craso.
- El conflicto social eterno entre la nobilitas y la plebe. El prestigio de la nobleza se había devaluado enormemente tras los numerosos fracasos e incompetencias de la guerra en África contra Yugurta, y sin embargo la nobilitas seguía ocupando la mayoría de cargos públicos importantes, además de mostrarse enormemente reticente a los cambios sociales que favorecían a la plebe.
Reformas de Saturnino.Situémonos ahora en el año 100. Mario ha emergido victorioso, una vez más, contra el enemigo externo que amenazaba Roma e Italia entera (en este caso, cimbrios y teutones). A su regreso a Roma, aprovecha su enorme popularidad para presentarse exitosamente a su sexto consulado. Como buen popularis (recordemos que la clase política romana durante los últimos siglos de la República se dividía en optimates y popularis), Mario se apoya en tribunos de la plebe afines para impulsar determinadas reformas.
El Tribunado de la Plebe era una magistratura surgida ya en los comienzos de la República que servía como ‘contrapunto plebeyo’ al Consulado inicialmente copado por los patricios, si bien el marcado carácter plebeyo y patricio de uno y otro cargo se había ido diluyendo con el paso del tiempo (en tanto que los plebeyos habían terminado accediendo al consulado e incluso algunos patricios habían abandonado su gens original para volverse plebeyos y poder presentarse al tribunado de la plebe). En el año 100, es elegido tribuno (entre otros) L. Apuleyo Saturnino, individuo con ganas de dar guerra. Su primera iniciativa, que fracasa, es una nueva ley frumentaria con la que pretendía rebajar notablemente el precio del trigo. Contraataca después con una ley agraria para repartir lotes de tierra itálica entre los veteranos de Mario y fundar algunas colonias fuera de Italia, que sí fructifica pese a las fuertes protestas de parte del senado. Una ley posterior se inmiscuirá incluso en asuntos del gobierno de las provincias asiáticas, asunto hasta entonces competencia exclusiva del senado.
Al año siguiente, las crecientes tensiones entre parte de la oligarquía y los partidarios de Saturnino terminaron conduciendo a violentos tumultos en la propia Roma. El senado aprovechó la ocasión para ‘repescar’ el senatus consultum ultimum, la medida extraordinaria empleada para deshacerse de Cayo Graco años atrás. Es entonces cuándo se produce la traición de Mario hacia sus antiguos aliados popularis. Sin nuevas guerras a la vista que hiciesen indispensables sus dotes militares, Mario no dudó a la hora de ganarse el favor de la oligarquía armando a algunas de sus tropas y persiguiendo y cercando a Saturnino y sus partidarios en el Capitolio. Saturnino decidió rendirse ante la promesa de que se le perdonaría la vida; promesa que no se cumplió pues una multitud anónima lo linchó hasta matarlo pocas horas después, sin que Mario hiciese nada por evitarlo.
La Guerra de los Aliados.Las relaciones entre Roma y buena parte de sus aliados itálicos habían comenzado a deteriorarse ya durante la segunda mitad del siglo II, especialmente con las reformas agrarias gracanas que redistribuían buena parte del ager publicus romano, una medida que sin duda perjudicaba a las oligarquías de diversas ciudades amigas o sometidas a Roma. La situación continúa empeorando tras el año 100, en especial por la actitud arrogante e intransigente de Roma ante las crecientes demandas de sus aliados, cuyas tropas habían cooperado fielmente en la expansión del dominio romano pero se veían privadas de los privilegios y recompensas que recibían los soldados estrictamente ‘romanos’. Otro aliciente notable era el rencor latente entre algunas poblaciones por las represalias (a menudo excesivas) que Roma había aplicado contra los ‘traidores’ tras la II Guerra Púnica, así como los notables abusos que los magistrados romanos solían cometer cuándo visitaban poblaciones aliadas.
El detonante definitivo del conflicto debemos buscarlo, no obstante, en una nueva disputa interna romana. Las leyes reformistas de un nuevo tribuno de la plebe, Marco Livio Druso, habían ofrecido a los aliados la posibilidad de obtener la ciudadanía romana a cambio de aceptar nuevas redistribuciones del famoso ager publicus. No se trataba de una medida revolucionaria en tanto que iniciativas de corte similar ya se habían impulsado durante la época de los Graco, pero el rechazo contundente mostrado por el senado romano (que abolió las leyes de Druso) sí resultó determinante de cara al inminente conflicto armado. El propio Druso terminó siendo asesinado en su casa en extrañas circunstancias.
La Guerra de los Aliados, también denominada Guerra Itálica o Guerra Social (de socii = aliados, no confundir con la connotación moderna de la palabra ‘social’), supuso no sólo el primer enfrentamiento armado en Italia desde Aníbal, sino también la primera guerra civil que Roma habría de padecer durante su historia. Los pueblos sublevados pertenecían a ámbitos y territorios bastante distintos: sabelios y picentinos al norte, samnitas y lucanos al sur, e incluso algunas ciudades oscas (Pompeya) y una latina (Venusia). Etruscos y Umbrios, no obstante (y también la mayoría de los latinos), se mantuvieron al lado de Roma.
Para asegurarse de no repetir el fracaso de la rebelión de Fregellae (125 a.C.), los sublevados se prepararon a conciencia. Nada más conocerse la muerte de Druso realizaron un intercambio de rehenes entre las diversas ciudades para asegurarse de que todos se unirían a la revuelta una vez se iniciasen las hostilidades. La organización interna consistió en establecer una confederación con capital en Corfinium, constituyendo además un senado de unos 500 miembros, la elección de dos cónsules y dos pretores (a imitación del modelo romano) e incluso la acuñación de moneda propia para pagar a sus soldados (con inscripciones que mostraban al toro itálico corneando a la loba romana). El objetivo inicial de los confederados era obtener la ciudadanía romana (además de otras reclamaciones) mediante las armas, en vistas del fracaso de las iniciativas de negociación de los tribunos de la plebe en Roma. Sin embargo, a medida que la guerra fue avanzando y recrudeciéndose, parece muy posible que los sectores más radicales entre los sublevados (como los samnitas) llegasen a aspirar a una completa independencia de Roma.Oficialmente la guerra duró unos tres años (desde finales del 91 hasta el 89 a.C.) si bien todo hace pensar que en algunas regiones se alargó durante más tiempo. El estallido abierto de las hostilidades se desencadenó después de que el senado romano, habiendo notado las crecientes tensiones entre sus aliados, enviase delegaciones a diversos puntos de Italia para intentar calmar los ánimos. En Asculum, sin embargo, sus habitantes interpretaron esto como una amenaza y, tal vez creyéndose descubiertos, pasaron a cuchillo a la delegación e iniciaron además una brutal persecución contra todo lo ‘romano’ presente en su ciudad.
El inicio de la guerra marchó bastante bien para los rebeldes, que capturaron el enclave romano de Aesernia y ocuparon casi todo el sur de Campania. En este orden de acontecimientos, los dos cónsules romanos del 90 a.C. cayeron en sendas emboscadas y fueron muertos a principios de año. Mario, ejerciendo como legado consular, consiguió rechazar las incursiones de los marsios, lo que permitió a Cneo Pompeyo Estrabón (cónsul al año siguiente) abrirse camino hacia Asculum y sitiar la ciudad. Pese a el éxito de este contraataque, Roma se vio obligada a conceder su ciudadanía a todos los aliados que no se habían sumado a la revuelta, probablemente por temor a que etruscos y umbrios terminasen uniéndose a la confederación.
En todo caso, la medida resultó eficaz y Roma pudo tomar ya la iniciativa al comenzar el año 89 a.C. Relegado Mario de su cargo sin que hayan trascendido los motivos, el protagonismo recayó de nuevo sobre Pompeyo Estrabón (padre del famoso Pompeyo del primer triunvirato) y una joven y emergente figura que ya había servido a las órdenes de Mario contra Yugurta y los germanos: Lucio Cornelio Sila. Los romanos tomaron importantes enclaves rebeldes tras feroces combates (incluida la capital, Corfinium) y los sublevados intentaron pedir ayuda a Mitrídates del Ponto para que interviniese en Italia, sin éxito.
En todo caso, el resultado de la Guerra de los Aliados fue sin duda una paradoja de lo más interesante, en la cual el vencedor (Roma) se vio obligado a ceder a las reclamaciones de los vencidos, llegando a otorgar la ciudadanía de forma masiva a los sublevados a cambio de que estos rindiesen sus armas. La extensión de la ciudadanía romana por Italia impulsó una importante y progresiva homogeneización cultural y de costumbres, convirtiendo prácticamente toda Italia en una gran unidad social y política. Se mantuvieron, no obstante, algunos focos de tenaz resistencia contra Roma, especialmente entre las poblaciones samnitas, final y brutalmente sometidas por Sila varios años después.
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La conquista árabe y el califato Omeya (622-750)
domingo, 15 de marzo de 2009
Saludos. Esta semana trataremos la aparición del Islam y la consecuente y fulgurante expansión árabe por Oriente Medio y el Mediterráneo. Para ello, empezaremos por analizar quiénes eran los árabes antes de la llegada de Muhammad.
La península arábiga estaba habitada por numerosas tribus semitas, que carecían de una organización superior. Sin embargo, el continuo tráfico de caravanas que transportaban materias preciosas desde el extremo sur de la península arábiga (como el incienso) tráfico mencionado ya por historiadores clásicos como Herodoto o Diodoro, había permitido la expansión el árabe como lenguaje comercial allá por el siglo VI, arabizándose el curso bajo del Eúfrates y buena parte de Siria. De hecho, ya los bizantinos habían pactado con tribus árabes ( tanujíes, salihíes y gasaníes) para que, como “federados”, defendieran la frontera sur del imperio. También el imperio sasánidas contaban con tropas árabes aliadas, aunque éstas también operaban por su cuenta cuando les interesaba.
Ocasionalmente, algunos líderes tribales árabes conseguían federar algunas otras tribus e intentaban dominar a otras tribus. Esto implica que ya en el siglo VI existía cierta inquietud por formar entidades políticas superiores al de “tribu”, aunque no habían tenido éxito. Por otro lado, el comercio había atraído a población judía y cristiana (los pueblos del “Libro”) a territorios árabes, por lo que los árabes preislámicos, básicamente politeístas, entraron en contacto así con conceptos religiosos monoteístas, así como con sistemas éticos diferentes a los conceptos asumidos por cada tribu, que respondían a una concepción más “universal” de los pueblos.En este “caldo” preislámico sobresalía la ciudad de La Meca, que desde el siglo V había ganado gran preminencia bajo el gobierno de los qurasaisíes. La Meca era un centro caravanero, escala casi obligada de la ruta del inicienso. Se decía también que los quraisíes eran descendientes directos de Isma'il (Ismael, hijo de Abraham, el de la Biblia. Recordemos que los árabes eran semitas), y se erigieron como protectores de la Kaaba, el centro de adoración de los ídolos politeístas preislámicos, que era el centro de La Meca. Las guerras entre Bizancio e Irán favorecieron que la ruta de esta ciudad, alejada de las zonas en conflicto, ganara cada vez más importancia, simultánemante con su prestigio como centro religioso.
En La Meca creció el joven Muhammad. No se sabe mucho de su infancia, pero sí se sabe que viajaba por negocios con su tío a Siria con cierta frecuencia. A los veinticinco años se casó con una rica viuda llamada Jadiya. Muhammad se puso al frente de sus asuntos con mucho éxito, y pronto comenzó a tener fama de honesto. Durante estos años, Muhammad se sometía a largos periodos de retiro y meditación. Durante estos periodos, según el Corán, Muhammad comenzaría a recibir sus visiones sagradas y la Revelación.Muhammad comenzó a propagar su nueva religión monoteísta, el islam, entre los más cercanos a él. En realidad no tuvo oposición hasta que, teniendo ya algunos seguidores, denunció públicamente el culto de los ídolos paganos. Obviamente, la peregrinación a La Meca para la adoración de estos ídolos era una importante fuente de ingresos para los quraisíes, y comenzaron a ver con cierta inquietud las actividades de Muhammad. Por ello, le acusaron y hubo numerosas intrigas contra él, aunque contó con la protección del clan Bani Hashim. Sin embargo, como no podía proteger a sus discípulos, les recomendó que se marcharan a Abisinia.
Mientras, el clan Bani Hashim fue expulsado de la ciudad, y Muhammad se quedó sin apoyos. Sin embargo, durante la época de las peregrinaciones a la Meca, entró en contacto con gente de la ciudad de Medina. Convirtió a seis de ellos. Al año siguiente, convirtió a otros doce. Al tercer año, Muhammad y sus seguidores, consiguiendo evitar a los quraisíes, abandonó La Meca en dirección a Medina. Esto, que sería conocido como la Hégira, ocurrió en el 622, y es el inicio del calendario islámico. De este modo comenzó a formarse el primer estado musulmán.
A su llegada a Medina, Muhammad da forma a su política: los seguidores del Islam estarían unidos por la fe, y este vínculo sería más importante que el tribal. Esto no era una novedad entre cristianos y judíos, pero sí entre los árabes. Aunque el vínculo tribal seguiría existiendo para determinadas funciones sociales, quedaría relegado a un segundo plano. Este sencillo concepto es fundamental para entender lo que ocurriría en los años siguientes. Además, se tenderían lazos de amistad a los restantes pueblos del Libro: judíos y cristianos. La yihad, o Guerra Santa es contra los cultos preislámicos árabes.
Desde Medina, donde el Islam se propagó rápidamente, Muhammad organizó la guerra contra los quraisíes. Pactó con otras tribus su alianza o su neutralidad, y comenzó la guerra. La estrategia era sencilla: atacar a las caravanas que iban a La Meca para destruir el prestigio de los quraisíes, que estaban a cargo de la seguridad de la misma. La guerra duró ocho largos y sangrientos años, en los que Muhammad incluso contó con la ayuda de mercenarios judíos, que le fallaron en alguna ocasión (hecho por el que el Corán recomienda no aliarse con este pueblo). Hubo batallas, asedios, treguas... Finalmente, en el año 630, después de los quraisíes rompieran la tregua y Muhammad saliera de Medina con un gran ejército en apoyo de sus aliados juza'a. Los quraisíes ya no pudieron eludir la derrota, de modo que se convirtieron. La tribu árabe más prestigiosa abrazó el Islam, y así la nueva religión se expandiría rápidamente. Dos importantes tribus beduínas (árabes nómadas del desierto) se rebelaron, pero también terminaron rindiéndose. La voz se extendió, y a lo largo del 630, diferentes delegaciones tribales se presentaron ante Muhammad, aceptando el Islam.Muhammad murió en el año 632, tras su último peregrinaje a La Meca. En ese momento comienza el periodo de los Sucesores (es decir, Califas) “Ortodoxos”: Abú Bakr, Omar I, Otman y Alí, primo y yerno del Profeta. En estos primeros años, la sucesión no estaba establecida de padres a hijos, y los califas fueron elegidos de entre los allegados a Muhammad dentro de la tribu quraisí. Tras sofocar algunas rebeliones internas que siguieron a la muerte del Profeta, fueron los años (632-661) de la fulgurante expansión árabe por las tierras de bizantinos y persas sasánidas. Los ejércitos de guerreros fieles se batieron con una fiereza alimentada por su fe que les hizo ganar increíbles victorias allí donde parecía que iban a ser derrotados. Sus líderes (tanto los califas en persona como otros grandes caudillos tribales como Jalid ibn Al-Walid) los guiaron con audacia, valor y confianza absoluta en la victoria. Muhammad había concebido un sistema político que aspiraba a la universalidad, en el que reinara la palabra de Dios. Otros sistemas eran admitidos mientras no entraran en conflicto con los principios del Islam. De dicha concepción surgió el impulso inicial de la conquista. Además, pudieron aprovechar un momento crítico: Constantinopla todavía se recueperaba del gran asedio del 626 y su posterior contraataque a los sasánidas, y éstos hacían frente a sus guerras contra los bizantinos, que había llegado a agotar sus ejércitos. Los que les quedaban estaban concentrados al norte, a lo largo de la frontera común. Ninguno de los dos esperaba un ataque tan feroz y repentino desde Arabia.
La conquista comenzó por Irak, la provincia sasánida más rica, y que limitaba con Arabia. Jalid conquistó Hira y las zonas al oeste del Eúfrates, y luego siguió hacia el norte, hacia tierras controladas por los bizantinos. Cuando estalló la guerra en la Siria bizantina, Jalid logró algo que se juzgó como milagroso: transfirió cientos de soldados árabes desde el frente persa hasta Siria cruzando el desierto. Llevó camellos a los que fue matando para dar sus reservas de agua a los caballos y su sangre a los soldados.
El segundo Califa, Omar, admitió en el ejército a antiguos tribus disidentes, consiguiendo de golpe un gran número de guerreros. Apartó a Jalid de Irak, sustituyéndolo por Ubayda, que fue derrotado por los sasánidas en Yisr, y luego por Abi Waqqas, que organizó mejor sus tropas y se enfrento al gran ejército sasánida de Rostán (sí, como el héroe del "Shanameh"). La batalla duró tres días, pero por fin los sasánidas fueron derrotados, y los árabes siguieron hacia Ctesifonte, que cayó rápidamente. Las restantes fuerzas persas se retiraron a los montes Zagros, y se enfrentaron en una última y desesperada batalla con los árabes en Nihawand, en el 641. Fueron derrotados y expulsados de Irak definitivamente.
Mientras, Siria, tierra que el Profeta conocía bien, también fue uno de los objetivos principales de los árabes. Abu Bakr sólo tuvo éxitos parciales, y sería el segundo Califa, Omar, el que vencería definitivamente a los bizantinos en la batalla de Yarmuk (con la ayuda, a su pesar, de su odiado Jalid, por entonces degradado a ser sólo jefe de la caballería). Después, sin resistencia, los árabes se dirigieron a Palestina. Entre el 636 y el 640 cayeron Damasco, Jerusalén y Cesárea. La caída de Jerusalén tendría una larguísima lista de consecuencias, algunas de las cuales se extienden hasta nuestros días.Tras la caída de Siria, Omar se dirigió a Egipto. Allí, el general Amr derrotó a los bizantinos en Ayn Shams y en Babilonia de Egipto. En el 642, la provincia estaba totalmente ocupada. Mientras, los ejércitos situados en Irak avanzaban hacia el norte de Mesopotamia, provincia actualmente conocida como Jazira. Esta región era fundamental para el comercio. Harran, Edessa y Nisibis cayeron también en el 642. Entonces, siguieron hacia el norte, hacia Armenia, pero este territorio les costaría diez larguísimos años de duros y costosos combates.
Mientras se avanzaba por Armenia, el sucesor de Omar, Otmán, comenzó la persecución de los últimos sasánidas en la meseta iraní. Sin embargo, esta región fue más difícil. La población tenía un gran sentido de la identidad nacional. No estaban acostumbrados a la presencia árabe, como en los lugares previamente conquistados, y no deseaban ser gobernados por ellos. Para los árabes, la meseta iraní era un territorio nuevo y hostil. No obstante, en el 649, la meseta cayó, pero hasta el 654 no controlarían completamente el noreste, la región llamada Khurasán.
En el año 656, tras dos años de gobierno poco beligerante por parte del último Califa Ortodoxo, Alí, comenzó una guerra civil entre clanes de la tribu qurasaní. Uno de estos clanes, los Ummayad (Omeyas), que había aportados grandísimos generales a la expansión, como Muawiyya, no estaba de acuerdo con esta política. Muawiyya ya era un veterano militar y no estaba dispuesto a detener la expansión, de modo que se rebeló y consiguió, tras la muerte de Alí en el 661, establecer la primera línea dinástica hereditaria de los musulmanes. Esta dinastía gobernaría 90 años, pero la muerte de Alí abrió la caja de los truenos. Si un Sucesor directo del Profeta podía ser reemplazado “legítimamente”, entonces, ya no tenía sentido la norma consuetudinaria de que los Califas debían ser únicamente quraisíes. Esto fue el argumento que ocasionó el nacimiento de la secta jariyí, extremadamente radical en lo que a la interpretación del Corán se refiere. Por otro lado, surgió otra corriente de pensamiento entre algunos clanes que opinaba que debía ser un descendiente de Alí el que gobernara como Califa, ya que era el último de los sucesores ortodoxos. Éstos serían conocidos como chiítas. Sus ideas irían calando poco a poco durante el gobierno de los Ummayad, y al fuerza de estos chiíes sería utilizada para derrotarlos por la revuelta abbasí, pero esto lo contaremos en otro artículo.
La expansión árabe había sido tan rápida que los califas no tenían herramientas para gobernar tantos territorios. Tuvieron que improvisar muchas leyes, y en esta época se establecieron las costumbres del trato de prisioneros, relación con los conquistados, relación con los conversos, sistemas de fiscalidad. Por ello, las enormes riquezas que habían sido de repente puestas a disposición de las tribus árabes también provocó que muchas, ya en el periodo Omeya, intentaran acotar parcelas de poder. Por lo tanto, los Ummayad también tuvieron que hacer frente a estas cuestiones internas. Una de sus respuestas más interesantes fue renunciar a la base tribal para la organización de los ejércitos, y la estructuración de los mismos en cuerpos más profesionales. Así fue cómo tomó forma el ejército árabe clásico. Tuvieron mucho éxito y así continuó la expansión, tras controlar todos los problemas internos.Las conquistas las inició el mismo Muawiyya. En el 663 invadió Anatolia, y en el 668, asedió Constantinopla, aunque tuvo que retirarse. Mientras, se envió al general Uqbá ibn Nafí a que tomara todo el norte de África. Aquí tuvieron muchos problemas, porque los bereberes se aliaban indistintamente con bizantinos y árabes. Cuando finalmente se sometieron a éstos, los árabes controlaron por fin toda la costa africana del Mediterráneo. Musa ibn Nusayr consolidó el dominio árabe del Magreb, y Tariq ibn Ziyad, su lugarteniente, ocupó Tánger, Ceuta (con la ayuda del propio gobernador Don Julián) y cruzó el Estrecho. En realidad, el año anterior, Tarif ya había explorado la zona (dando nombre a Tarifa). Tariq dio nombre a la enorme roca que veo mientras desayuno en mi cocina todos los días: Gib-al-Tariq, el monte (¿o la roca?) de Tariq. Gibraltar. Los musulmanes llegaron a la tierra que conocían como Al-Ándalus en el 710. Poco después derrotaron al rey Rodrigo en la batalla de Guadalete. En el 721, las tierras controladas por los árabes llegaban hasta más allá de los Pirineos, pero en el 732 fueron derrotados por Carlos Martel, estableciéndose así la frontera con los francos.
Mientras, en el Lejano Oriente, los Ummayad conquistaron Transoxiana y el Turkestán, así como tierras alrededor del Mar Caspio.
Sin embargo, entre el 740 y el 750 se produjeron numerosas revueltas en las fronteras: los bereberes abrazaron el jariyismo, mientras en Oriente, los gobernadores locales de Fergana y Kush se rebelaron contra los musulmanes. El descontento creció. En ese momento surgiría una nueva dinastía, la abbasí, que conseguiría englobar a todos los descontentos con los gobernantes, que depondría al los Ummayad, pero eso lo contaremos en otro artículo.
Un aspecto muy interesante de las conquistas árabes es cómo tuvieron que establecer numerosas costumbres en cuanto a la relación con los conquistados, como hemos mencionado antes. Durante la época de los Califas Ortodoxos, dado que los árabes eran tolerantes con las religiones de los no árabes, éstos sólo sufrieron la imposición de impuestos. Sin embargo, los musulmanes no estaban obligados a pagarlos, por lo que se produjo un enorme número de conversiones por doquier. Estas conversiones no encontraron oposición, ya que del Islam aspiraba a ello precisamente. Sin embargo, los árabes formaban una aristocracia que, socialmente, tenía ventajas sobre los nuevos musulmanes. Pero eran éstos lo que tenían experiencia y conocimientos para gobernar y hacer funcionar a un estado tan ingente, ya que los árabes eran ajenos a este nuevo tipo de estado. Por lo tanto, los nuevos musulmanes debían convertirse en clientes de las tribus árabes para ejercer sus profesiones y disfrutar de ciertos privilegios.
La ocupación de los territorios por parte de los árabes tuvo lugar en forma de ciudades fortificadas, cercanas siempre a ciudades existentes importantes. Lo que en primer lugar en campamentos, atrajo a mucha población recién convertida. Sobre todo campesinos, que abandonaron sus campos y se fueron a las ciudades. Como esto redujo la recaudación de impuestos, por lo que los Ummayad crearon leyes para expulsar a estas gentes de vuelta a los campos. Necesitaban dinero para mantener los ejércitos profesionales, para las infraestructuras de riegos, etc. Sin embargo, sus rivales políticos consiguieron que se extendiera el rumor de que los Ummayad estaban cerrando las puertas del Islam a nuevos fieles, y esto contradecía los principios del Profeta. Esto, sin que se dieran cuenta, fue el principio de su fin.Los ejércitos que en DBA representan época de la expansión son:
III/25.- Conquista árabe. Esta lista presenta dos variantes.
a) Se trata de los ejércitos iniciales del Profeta. Sorprendentemente, son ejércitos de infantería casi en su totalidad. En esta época, los árabes no disponían de mucha caballería (sólo los caudillos tribales), mientras que el grueso de la tribu combatía a pie. Estos guerreros eran tan fieros y luchaban de un modo tan fanático que en DBA, se representan como Wb. Por lo tanto, esta lista tiene una peana de Cv como general (caudillos, armados con lanza), que también pueden ser Wb. Luego, dos peanas de LH, que representa a los ágiles lanceros beduinos. El resto don 7 peanas de Wb, los feroces guerreros árabes, y las últimas dos peanas, de arqueros árabes, ya sean en forma de Bw o Ps.
b) En esta variante ya se representa el primer acceso de los árabes a caballos suficientes para organizar una caballería efectiva. El general es Cv, sin opción, y luego hay cuatro peanas más de Cv. Acompañan una peana de Lh beduína y luego, 4 Wb de guerreros tribales y dos arqueros, con opciòn de representarlos Bw o Ps.
III/31 Árabe Ummayad (u Omeya)
Este ejército ya presenta las reformas de los Omeyas para eliminar la organización tribal de los ejércitos. Los Omeyas aumentaron tácticamente la importancia de la caballería, mientras que la infantería adoptó un rol más defensivo, combinando densas formaciones con lanzas apoyadas por arcos. Obviamente, estas tácticas estaban dirigidas a anular la caballería enemiga.
Por lo tanto, el general y tres peanas más son Cv (lanceros árabes). Luego hay una peana de LH, que son lanceros beduinos. A continuación, una peana de tropas recién incorporadas: 4Ax, que representa a los montañeses Dailami, que eran guardia personal de los mandatarios sasánidas, ya vencidos, o bien, LH, que representa a arqueros a caballo de la provincia de Khurasán. Luego hay tres peanas de 4Bw (recordad que 4Bw representa a arqueros “regulares”) o Ps, y tres peanas de Sp, que representa a las lanzas defensivas árabes. Nótese que pueden organizarse de la siguiente manera: 2 peanas de 4Bw y tres Sp apoyadas por una peana de Ps en su retaguardia (1Ps puede dar apoyo trasero hasta a tres peanas de Sp).
Hay muchas marcas para miniaturas árabes: Essex, Old Glory, Miniature Figurines, etc.
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La dinastía carolingia
martes, 3 de marzo de 2009
Saludos. Esta semana hablaremos de otro de los poderes principales en Europa durante la Baja Edad Media. Se trata del reino franco, que bajo el gobierno de la dinastía carolingia llegó a ocupar casi toda Europa occidental. De hecho, no cabe duda de que la configuración política de nuestro querido continente comenzó a fraguarse como tal bajo el gobierno de su principal gobernante: Carlomagno. Bien, cojamos ahora algo de perspectiva.
Recordemos que desde la caída de Roma, e incluso antes, las tribus germanas se habían infiltrado en los territorios del imperio atravesando las fronteras del Rin, moviéndose hacia el oeste. Estas tribus controlaban estas antiguas provincias imperiales, pero como numéricamente eran inferiores a las poblaciones galorromanas, no podían aplicar sus leyes directamente. De modo que ellos vivían en un estrato distinto, con sus leyes ancestrales aplicadas a su vida privada, pero gobernanban a los demás aplicando la tradición legislativa romana. La tribu de los francos ocupaba el norte de la Galia, y sus primeros reyes pertenecieron a la dinastía merovingia (de Meroveo, su primer gran rey). Los francos tenían de vecinos a muchos otros reinos: visigodos al sur, lombardos en Italia a partir del siglo VI, etc. Por otro lado, los bizantinos, bajo el mando de Justiniano, intentaba recuperar las orillas del Mediterráneo para su imperio. Aunque la mayoría de los reinos germanos se habían convertido al cristianismo, no había ningún poder en Europa que unificara el poder político de estos reinos.
Los reyes merovingios gobernaban apoyados en un gran número de nobles, de modo que salvo que fueran extremadamente competentes, carecían de poder real sin el apoyo de este grupo social, que se había repartido el territorio en grandes latifundios. De hecho, una de las figuras más poderosas de estos años era el mayordomo de palacio (o senescal). Una de las familias ligadas ligadas a este puesto sería conocida como la dinastía carolingia.Pero falta un ingrediente aún en esta historia para comprender todo lo que pasó: la Iglesia Católica. Desde la conversión de Constantino, los puestos de gobierno civil habían sido ocupados por miembros de la Iglesia, hasta la desaparición del impero romano de Occidente. Pues bien, cuando Roma cayó, la Iglesia estaba tan ligada a estos puestos que se convirtió en la única autoridad que los antiguos romanos podían reconocer. Sin embargo, eran muy débiles todavía. El Obispo de Roma gobernaba sobre las ruinas de esta ciudad, y las diferentes diócesis controlaban pequeños territorios. Además, la Iglesia conservaba los conocimientos y los impartía en sus monasterios a sus miembros ya que estaban destinados a gobernar territorios, por lo que estas personas debían poseer cierta cultura. Pero el imperio bizantino presionaba desde Oriente, y cuando se hizo con gran parte de Italia, trató de controlar la iglesia occidental. Entonces, cuando empezaron el movimiento iconoclasta en Oriente, las diferencias con Occidente se hicieron insostenibles. El Obispo de Roma estaba atrapado entre bizantinos (religiosamente) y lombardos (militarmente).
Bueno, sigamos con los francos. Los senescales habían intentado en vano varios golpes de estado para deponer a los reyes merovingios, pero el resto de los nobles, a los que les interesaba que hubiera un rey débil, se opusieron siempre. Pipino II, otro senescal de la familia, fue más sutil, y veladamente, consiguió reestructurar algunas administraciones, colocando sucesores en varios distritos, y consiguiendo poder para intervenir directamente con el ejército en las regiones más alejadas.
En el siglo VIII, los musulmanes barren a los visigodos y cruzan los Pirineos. El rey franco de la época era otra marioneta (se les conocía a él a sus antecesores como “Los reyes vagos”). Por lo tanto, fue su senescal quién tomó las riendas del ejército: Carlos, hijo bastardo de Pipino II, que venció a los musulmanes en Poitiers en el 732. Después de esta victoria, sería apodado Carlos, el “Martillo”, es decir, Carlos Martel. También aprovechó este astuto senescal para, ya que bajaba al sur de Francia, aumentar su influencia en la región. Además, Martel repartió grandes propiedades entre los que le apoyaban.
En el 739, ante la presión lombarda, el Obispo de Roma pidió ayuda a Martel, pero éste no quería enemistarse con los lombardos, con los que ya tenía un pacto. El idilio Iglesia/reyes francos todavía no había llegado.
Poco después, Thierry IV, monarca merovingio puesto por Carlos, falleció. Carlos Martel decide dar entonces un discreto y sutil golpe de Estado, y lo deja todo dispuesto para repartir el reino, que ya llegaba hasta la actual Alemania, para sus dos hijos: Pipino y Carlomán. Carlos Martel murió en el 741, y sus hijos se hicieron con el poder, pero los nobles se rebelaron, y tuvieron que ceder, poniendo a otro rey títere en el trono. Mientras, dirigieron el ejército a Aquitania, que seguía siendo independiente, Baviera y territorios en la “Alamania” de entonces. Pipino y Carlomán eran muy religiosos, y contaron siempre con el apoyo de los obispos y priores de su territorio, lo que en los años siguientes sería extraordinariamente importante, porque no podemos olvidar que, si bien los nobles eran los dueños del territorio, la Iglesia era un enlace con el pueblo y, además, mantenía el prestigio y legado del antiguo imperio romano. Pipino y Carlomán favorecieron a la Iglesia, persiguieron las antiguas supersticiones y apoyaron la conversión de los paganos germanos que seguía habiendo en Alamania, Frisia y otros territorios más al este de sus posesiones.Carlomán se retiró finalmente a un monasterio, y entonces Pipino puso en marcha su astuto plan: convertirse por fin en el rey de los francos. Para ello se alió con la iglesia franca y con la romana, sometiendo la primera a la segunda. A cambio, la iglesia romana debía ungirle como rey, de tal manera que Pipino ostentaría tanto el poder político como el respaldo popular del pueblo, promovido por el apoyo de la iglesia. El pacto era beneficioso para ambos, porque el obispo de Roma estaba a punto de caer ante los lombardos. De modo que, desde el púlpito, la Iglesia hizo campaña a favor del establecimiento de Pipino como monarca. Cuando se hizo con el trono, los nobles ya no tenían poder para oponerse: Dios estaba con el Rey. En esta época, el Obispo de Roma le reclamó su parte del trato, visitándole en la Galia. Se produjo una de los mayores montajes de la Historia: Pipino recibió de manos del Papa un documento (“La donación de Constantino”) en el que supuestamente, Constantino el Grande, al mover la capital a Constantinopla, delegaba el poder imperial en el Papa. De modo que éste lo legaba a Pipino. La maniobra fue genial, porque de esta manera, el rey franco se convirtió, en el receptor del poder de los emperadores romanos. Ungido de nuevo por la Iglesia, existía por fin en Europa un poder real que servía de referencia a todos. Éste es el origen de la “Dignidad Imperial”, que en los siglos siguientes, iría pasando de un rey a otro (y que llegó también a nuestro Carlos I). Así, el rey trabajó también en la unificación de ritos, de modo que la iglesia franca adoptó paulatinamente el rito romano.
Pipino III, que así se llamó cuando se convirtió en rey, bajó a luchar con los lombardos, derrotándolos completamente. Se sometieron a los francos, y Pipino entregó al Papa grandes territorios arrebatados a éstos, que se convertirían en los Estados Pontificios, y que existieron hasta el siglo XIX. También, entre otras campañas, derrotó y aplastó definitivamente a los aquitanos y consiguió la rendición de los vascos.Por otro lado, Pipino también realizó grandes cambios en su reino. Estableció el monopolio de acuñación de moneda para el rey, y sustituyó poco a poco a los funcionarios con miembros de la Iglesia, quienes eran más fiables que los nobles laicos para aquel nuevo tipo de monarquía. Su gran sentido de la diplomacia le permitió conseguir acuerdos tanto con reyes musulmanes como con los bizantinos. Murió en la cima de su prestigio en el año 768, y aunque no podía preverlo en su totalidad, había comenzado una cadena de acontecimientos que darían lugar a la Europa actual.
A su muerte, como todos los reyes germánicos, su reino se dividió entre sus hijos, Carlos y Carlomán. Y mientras se afianzaban en sus reinos, su madre, Beta de Laón, pactaba en su nombre con lombardos y bávaros. Pero algo ocurrió. Carlomán murió tres años después, y así Carlos, que sería conocido como Carlomagno, se hizo con la totalidad del reino de su padre. Y comenzó la conquista…
Durante su reinado, Carlomagno añadió a su reino más de un millón de kilómetros cuadrados. Sus campañas tuvieron diferentes motivaciones, pero, sobre todo, hay que tener en cuenta que Carlomagno era, entre muchas cosas, un hombre de acción, y consiguió trasladar este espíritu a su pueblo. El nombre de los francos estaría ligado para siempre a la guerra. Además, le permitía mantener bajo control a sus nobles, y repartir grandes riquezas entre sus seguidores y la Iglesia, con la que continuó la política de “interés común” inaugurada por su padre.En primer lugar, desde el 772, tuvo que hacer frente a los sajones, pero no se limitó a estar a la defensiva, sino que invadió los inmensos bosques de Germania. La guerra allí duraría treinta años, pero terminaría con los sajones convertidos al cristianismo y derrotados. Poco después, un dirigente musulmán le pidió ayuda, y Carlomagno cruzó los Pirineos, poniendo sitio a Zaragoza en el 778, aunque no consiguió tomar la ciudad, y para colmo, en el camino de regreso, los vascos aniquilaron la retaguardia de su ejército en Roncesvalles. Aquél fue un año muy difícil, porque tras este desastre, algunos lombardos interpretaron que era el momento de rebelarse, y comenzaron a acosar a los territorios pontificios que Pipino les había arrebatado. Y los musulmanes volvieron a cruzar los Pirineos. Pero Carlomagno supo recuperarse y poner a todos de nuevo en su sitio. Así, tras pacificar totalmente a los lombardos, estabilizar las fronteras y fijar la frontera con los musulmanes, en el 796, comenzó a considerar seriamente el convertirse en el primer Emperador de Occidente después de trescientos años de la caída de Roma. Ya existía la base suficiente, ya que Pipino había sido depositario de “La donación de Constantino”. Hacía falta sólo un gesto más para que su heredero pudiera ser nombrado Emperador. A la Iglesia también le interesaba, puesto que así tendría en Occidente una figura imperial equivalente al Emperador de Oriente. La Iglesia Romana podría cobijarse así bajo este nuevo poder unitario, que podría proporcionar estabilidad suficiente a su inmenso reino para que esta religión se expandiera y prosperara. De hecho, esperaban que la figura del Emperador fuera indisolublemente unida a la defensa de la religión cristiana occidental. Por ello, cuando en el 800, Carlomagno fue coronado Emperador, recibió la corona de manos del Papa. El pacto entre la dinastía carolingia y la Iglesia Romana parecía ratificado para siempre. En adelante, sus sucesores deberían a Roma a ser nombrados Emperadores.
Sin embargo, Carlomagno no se contentó con ello. No quería estar sometido al poder de los pontífices. Fue él mismo el que nombró Emperador a su hijo Leudovico en el 813. Esta fue la semilla de los conflictos entre las monarquías europeas y la Iglesa durante los siguientes siglos.
Antes de morir, en el 814, le dio tiempo a vencer a los ávaros definitivamente, controlar a los eslavos en Bohemia y en la frontera del Elba; detener a los daneses y establecer la frontera (Danemark, es decir, Dinamarca) con ellos, y conquistar Barcelona, que convirtió en el centro de su nueva Marca Hispánica.
Según las leyes tradicionales de los reyes germánicos, sus reinos se dividían entre sus hijos (esto dio lugar a numerosas tradiciones literarias, como podemos leer por ejemplo, en “El rey Lear”). El imperio de Carlomagno no fue una excepción. Sus tres hijos Leudovico, Lotario y Carlos, se lo dividieron. Sin embargo, sólo uno de ellos podía ser Emperador, mientras que los otros serían “sólo” reyes. Entre ellos hubo muchas disputas, y esto era algo que preocupaba a la Iglesia, contraria a la dispersión del poder. En las décadas siguientes, los herederos de Carlomagno se batirían duramente, pero las primeras invasiones escandinavas les obligaron a organizarse y compartir el Imperio, fijando una serie de fronteras en la División de Verdún: Sajonia, Austrasia y Alemania para Luis el Germánico; Neustria, Aquitania, Gascuña, Septimania y la Marca Hispánica para Carlos el Calvo, y entre ambos reinos, el lombardo, los Estados Pontificios, Provenza, y otros territorios centrales para Lotario. Estas fronteras se mantendrían durante siglos, y posteriormente, las nuevas subdivisiones de estos reinos darían lugar a estados medievales como Lorena, Provenza, Borgoña e Italia.De aquellos años, sería Carlos el Calvo el más exitoso, y en el 875 recibió la corona imperial de manos del Papa. Pero su hermano Luis, los ataques vikingos y las rebeliones oportunistas de sus nobles le impidieron mantener su poder. Por último, se buscó a un nuevo emperador cuando murió éste: Carlos el Gordo, pero fue demasiado débil: los vikingos asediaron París en el 885 y no pudo hacer frente a las invasiones musulmanas en Sicilia. Sus nobles lo derrocaron en el 888. Desde ese momento, serían los nobles los que en cada reino eligieran en adelante a sus reyes como “primero entre iguales”. La Iglesia, también desde ese momento, medraría para tratar de evitar la atomización de los reinos cristianos europeos. La corona de Emperador iría de rey en rey, buscando un nuevo defensor de la Fe con poder suficiente para unir a todos los cristianos bajo su mando.
LOS EJÉRCITOS CAROLINGIOS
Durante este periodo, los ejércitos francos sufrieron una gran transformación. Si bien durante el periodo merovingio los ejércitos eran básicamente de infantería, los monarcas carolingios entendieron pronto que era la caballería el arma del futuro.
La base del ejército la proporcionaban los nobles y sus levas. Los nobles formaban la caballería, equipada con escudo y lanzas, básicamente. Los francos fueron adoptando tácticas e ideas de los lombardos y bizantinos. Desde el 800, a estos caballeros se les exigía una amplia panoplia, y su conducta en el campo de batalla incluía cada vez más cargas directas contra el enemigo, sobre todo si también era montado.
En las batallas a campo abierto, la infantería, formada por siervos de los nobles, tenía un papel defensivo frente a la caballería enemiga, aunque soportaron el peso de los combates en los bosques y pantanos de Sajonia. Allí aprendieron a luchar embarcados, practicando numerosas operaciones anfibias.
Otra de las claves de las victoriosas campañas de Carlomagno era la concentración de las tropas al principio de cada primavera. Carlomagno construyó caminos y puentes para moverse rápidamente por su reino.
Carlos el Calvo ordenó que todo el que pudiera aportar un caballo, lo llevara a la guerra, de manera que los francos fueron abandonando paulatinamente la guerra a pie.
La lista de DBA que cubre estos ejércitos es la III/28, Francos Carolingios. Medio ejército está compuesto por Kn, los “caballarii” francos, mal equipados antes del siglo IX y con panoplia creciente desde ese momento. Muchos portaban arcos, pero no los usaban en la lucha a caballo. Por el contrario, tenían lanza, espada corta y larga y escudos.
Luego hay cuatro peanas de lanzas defensivas para cubrir huecos frente a la caballería enemiga. Por último, encontramos una peana de Ps, que representa a los batidores asociados a los nobles, y otra opcional, que puede ser Ps, que representa a ballesteros, Lh, que puede representar caballería ligera vasca, equipados con jabalinas, o Hd, que representa a las levas obligatorias realizadas por los nobles.
Que yo conozca, Essex y Minifigs tienen gama de carolingios, pero seguro que muchas otras también. Es un periodo evocador, y que inspiró los grandes cantares de gesta, como “La canción de Roland”.
Nota: Las miniaturas en 15mm que se muestran pertenecen a la colección de Marco Boetti -DBA Italia-, y son modelos Essex y Donnington.
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Etiquetas: carlomagno, historia
Cleómenes I, rey de Esparta.
jueves, 19 de febrero de 2009
Esta semana, nuestro colega Xoso se marca un interesantísimo artículo sobre uno de los reyes de Esparta más famosos.La tragedia, ese género teatral originado en Atenas a partir de las ceremonias en honor a Dionisio, estructuraba casi siempre sus obras en base a una clara enseñanza moral: la hybris (“arrogancia” o “ambición desmesurada”) de los hombres es castigada por la némesis de los dioses, ya bien cebándose directamente en el ‘infractor’ o bien por medio de sus seres queridos.
Siguiendo este esquema, la vida de Cleomenes I de Esparta podría definirse como una gran tragedia. Del linaje de los agíadas (una de las dinastías reales de Lacedemonia, junto a los euripóntidas), Cleomenes era hijo del rey Anaxándridas II y su segunda esposa. Pese a esta última característica, hizo valer su condición de primogénito para imponerse en el trono a la muerte de su padre, situándose por delante de sus hermanastros Dorieo, Leónidas y Cleombroto, hijos de la primera esposa de Anaxándridas.
Primeros años en el trono.El contexto sociopolítico en el que se sitúa Cleomenes al acceder al trono (más o menos en torno al 520 a.C.) era sin duda bastante agitado. Esparta, tras el fracaso de sus intentonas de imponerse a todos sus vecinos en el siglo anterior, había formado ya una Liga del Peloponeso donde se integraban casi todas las ciudades de la península, con la notable y lógica excepción de Argos, archirrival eterna de los lacedemonios. Internamente, la polis espartana había sufrido una ‘petrificación’ tanto social como política tras las reformas tradicionalistas del éforo Quilón a mediados del siglo VI.
Mientras tanto, Atenas llevaba desde la época arcaica sumida en una constante serie de conflictos internos entre las distintas clases sociales. Esta situación se mantuvo pese a las sucesivas reformas de Dracón y Solón (que a la larga resultaron inefectivas) y sólo se llegó a una cierta estabilidad tras la imposición de la tiranía por parte de Pisístrato. A su muerte, sus hijos Hipias e Hiparco mantienen el poder con el beneplácito de la aristocracia local, pero su pedigrí exterior se debilita ante el avance de los Persas en Asia Menor (derribando tiranías aliadas de Pisístrato) y la consolidación del poder espartano en el Peloponeso.
De vuelta a Cleomenes, el rey lacedemonio comienza a desarrollar una política externa bastante activa y agresiva. Se vale de su hermanastro Dorieo para lanzar expediciones e incursiones militares incluso fuera del Peloponeso, probablemente con la doble intención de extender la influencia espartana y al mismo tiempo tratar de librarse de un posible rival político enviándolo al frente. Efectivamente, tras un fallido intento de fundar una colonia espartana en el norte de África, Dorieo terminará muriendo en una campaña en Sicilia.
Estas iniciativas de Cleomenes le valieron cierta desconfianza por parte de sus propios conciudadanos. La mentalidad general espartana, muy reticente -a veces incluso paranoica- a abandonar el Peloponeso por el miedo ante una posible nueva rebelión hilota, no veía con buenos ojos la actitud ‘internacionalista’ de su rey.
Guerra contra Atenas.En torno al año 510 a.C., Cleomenes acepta intervenir en los conflictos internos de Atenas a petición del linaje de los Alcmeónidas, exiliados de la ciudad debido a su enfrentamiento con el pisistrátida Hipias. Los Alcmeónidas (a cuya familia pertenece el posterior Pericles) llegaron a sobornar al Oráculo de Delfos para que sus profecías se mostrasen favorables a una intervención militar espartana.
Hipias, debilitado por la muerte de su hermano Hiparco unos años antes, tuvo que atrincherarse en la Acrópolis, y finalmente se vio obligado a rendirse. Depuesta la tiranía de los pisistrátidas, comienza una nueva lucha de poder entre Clístenes el Alcmeónida e Iságoras. Este último, de corte bastante pro-espartano, solicita la ayuda de los lacedemonios para hacerse con el control de Atenas, petición a la que Cleomenes accede encantado. Los Alcmeónidas son expulsados de nuevo y se llega a suprimir la boulé (órgano ciudadano establecido por Clístenes).
Estas medidas provocan un descontento generalizado entre los atenienses, que se alzan en armas y expulsan a Cleomenes y su guarnición espartana, propiciando el regreso triunfal de Clístenes, que por fin se verá en disposición de aplicar sus conocidas reformas.
Cleomenes, reticente a admitir la derrota, comienza a prepararse al año siguiente para atacar Atenas otra vez, pero sus aliados corintios se niegan a seguir inmiscuyéndose en los asuntos internos de otra polis, además de mostrarse recelosos de las crecientes ambiciones del rey espartano.
Cleomenes se topa también con la desconfianza de Demarato, el otro monarca lacedemonio, que también desaprobaba su conducta. Ambos discuten y finalmente alcanzan un acuerdo: a partir de entonces, sólo un rey espartano dirigirá al ejército, mientras que el otro permanecerá en Esparta. En virtud a esto, Demarato regresa a casa y se sitúa en un segundo plano político, dedicándose a sus pasatiempos favoritos (como las carreras de carros). Finalmente, con Cleomenes al frente y sin la ayuda de Corinto, la expedición lacedemonia fracasa miserablemente.
La revuelta jonia y el incidente de EginaEn 499 a.C., Cleomenes rechaza la petición de Aristágoras, tirano de Mileto, de apoyar la revuelta de las ciudades jonias de Asia Menor. Por este motivo, Esparta no participa en la expedición griega que ataca la satrapía más occidental de Persia, culminando en la toma y saqueo de su capital Sardes. Cleomenes prefiere dedicarse a asuntos más próximos, y en 494 ataca por sorpresa a Argos, asaltando la zona de Sepeia y matando a unos 6000 habitantes en suelo sagrado. Este suceso le granjeará no sólo el odio eterno de Argos, sino también cierto malestar en el seno de la propia Liga del Peloponeso.
Tras el fracaso de la revuelta jonia de Asia Menor, emisarios persas recorren las polis griegas solicitando la simbólica entrega de tierra y agua como acto de sumisión (las crónicas griegas de la época lo describen como medizar, en referencia a ‘ponerse al servicio de los medas’). La conocida reacción de Cleomenes es arrojar a los mensajeros a un pozo.
Pero el rey lacedemonio se ve obligado a modificar su política exterior. Ante una guerra inminente contra el Imperio Persa, Cleomenes se interesa ahora por ganarse la amistad de Atenas. Los atenienses mantenían disputas con la polis de Egina (situada en la isla de Eubea, que había medizado sin oponer resistencia), por lo que Cleomenes desembarca en Eubea en 491 con intención de tomar la ciudad.
La población de Egina, no obstante, se niega a rendirse ante el agíada, instigados probablemente por las intrigas de Demarato, que se había aburrido de sus juegos y trataba de recuperar un papel predominante dentro de Esparta. En una hábil maniobra, Cleomenes soborna al Oráculo de Delfos para que este anuncie que Demarato es un hijo ilegítimo, desencadenando su expulsión de Esparta. Desesperado, Demarato se refugia en la corte persa, y posteriormente actuará como principal guía y consejero de Jerjes durante la invasión de Grecia.
Volviendo a Egina, Cleomenes y el nuevo rey Leotíquides (que había participado en la confabulación contra Demarato) toman la ciudad y capturan a los cabecillas pro-persas más relevantes.
Últimos añosEste éxito resulta efímero, pues pronto es descubierto el soborno a la pitia de Delfos. Cleomenes es entonces desterrado, cosa que no acepta de buen grado, y rápidamente comienza a reunir partidarios de otras polis para ayudarle en un posible ataque a Esparta. Temiendo esto, y probablemente viéndose carentes de un liderazgo sólido, los espartiatas finalmente permiten el regreso de Cleomenes.
Sin embargo, atendiendo al relato de Heródoto, el hombre que regresa a Lacedemonia no está ya en sus cabales. Cleomenes se dedica a recorrer la polis de forma lunática, azotando y golpeando con un bastón a todo el que se cruza en su camino. Sus conciudadanos no tardan mucho en encerrarlo en una celda, llegando a encadenarlo. La locura de Cleomenes alcanza tal extremo que consigue engañar (o amenazar) a un guardián hilota para que le preste su espada, con la que más tarde se automutila hasta ocasionarse la muerte.
Resulta imposible saber si el encarcelamiento y muerte de Cleomenes realmente ocurrieron de esta forma. Tal vez sus hermanastros Leónidas y Cleombroto sencillamente le tendieron una trampa, capturándolo nada más regresar y ejecutándolo poco después. La hipótesis de su locura tampoco es descabellada teniendo en cuenta el carácter excesivo (a veces colérico y paranoico) que había mostrado durante casi toda su vida.
De una forma u otra, Cleomenes I de Esparta murió aproximadamente en 489 a.C. Su hija Gorgo (que posiblemente había ejercido cierta influencia sobre algunas de sus decisiones) fue desposada por Leónidas I, que se ciñó también la corona del linaje agíada. Y sobre este último, a estas alturas, poco resta ya por contar.
Cleomenes I en DBA.
El ejército espartano comandado con Cleomenes tanto en sus ataques contra Atenas como en sus conflictos del Peloponeso puede representarse con la lista 52b del I libro.
La lista es una 'monoplaquetada' en toda regla, con 11 elementos de lanzas (Sp) obligatorios, siendo uno de ellos el general (muy adecuado para representar a Cleomenes). Simbolizan el ejército griego por antonomasia de finales del periodo arcaico, en este caso una gran falange hoplítica integrada principalmente por los homoioi espartanos y algunos periecos. El elemento restante puede ser o bien otra plaqueta de 1x4Sp o bien 1x7Hd, los primeros siendo hoplitas periecos y los segundos una turba de hilotas con escasas nociones tácticas.
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Eslavos y avaros: enemigos del Imperio.
viernes, 6 de febrero de 2009
Saludos. Ah, ya echaba esto de escribir de menos. Sigo embarcado en una incierta aventura literaria cuya meta sigo sin vislumbrar y que me ha llevado bastante tiempo, pero ya estamos de vuelta, desgranando, en la medida de mis posibilidades, los hechos antiguos.
Retomando el periodo de mi último artículo sobre el imperio bizantino, hoy hablaremos de de uno de sus enemigos más feroces: la confederación que los pueblos eslavos y avaros formaron desde el siglo VI, y que se mantendría con más o menos fuerza hasta el siglo IX. Pero vayamos por partes.
Bien, lo primero es aclarar quiénes eran los eslavos. Podemos decir que las tribus eslavas eran un pueblo indoeuropeo que habitaba la costa del mar Báltico y las llanuras de lo que ahora es Ucrania. Ya eran conocidos como vénetos por los romanos en el siglo II a.d.C. Posiblemente estuvieran lejanamente emparentados con los germanos, pero, a diferencia de éstos, no siguieron hacia el oeste, sino que se asentaron en las llanuras. Por supuesto, este territorio era compartido por por pueblos indoiranios: escitas, sármatas... Los eslavos, cuyo modo de vida no era nómada y no dependía de los caballos, vieron pasar a distintos pueblos, y con frecuencia se mezclaron (la tribu de los antos, por ejemplo, procedía de una mezcla de pueblos iranios y eslavos). La irrupción de los hunos destruyó muchos asentamientos eslavos, aunque no destruyó su cultura por completo. Por el contrario, tras la caída del imperio romano de Occidente, con todo el este europeo organizado en los reinos tribales germanos de gépidos, lombardos y turingios, se produjo la primera irrupción en el imperio bizantino de estos pueblos. Esto ocurrió tras la derrota de los turingios a manos de los merovingios (francos), que dejó una amplia franja de terreno sin dueño. Es entonces cuando se produce la división entre los eslavos. Una rama se quedará en el centro de Europa, y dará origen a los pueblos checos, polacos, etc. Otra avanzaría hacia el este, y formaría gran parte del pueblo ruso. Sin embargo, la rama que estudiaremos en este artículo, marchó hacia el sur, hacia los Balcanes. Así, alrededor del 520, bajo el reinado de Justiniano, las tribus eslavas irrumpieron violentamente desde el otro lado del Danubio. A duras penas, fueron repelidos mientras Justiniano vivió, pero a un alto precio: las provincias balcánicas fueron empobreciéndose al convertirse en un campo de batalla año tras año.
Justiniano murió en el 565, y entonces llegaron, a lomo de sus monturas, los segundos protagonistas de esta historia: los avaros. Éstos eran un pueblo túrquico que, empujados por el imperio que los turcos orientales estaban formando en las estepas centroasiáticas, recogieron sus tiendas y pusieron tierra de por medio. Enviaron una embajada a Bizancio. Rodeando el Mar Negro, llegaron a Europa del Este, y dividieron así en dos la extensión de los pueblos eslavos. Al norte quedaron los eslavos del este y centroeuropeos, y al sur, los que habían marchado hacia Bizancio.
Cuando los ávaros llegaron a las tierras de los eslavos, los primeros se dedicaron a subyugar a aquellas tribus lo antes posible. En este sentido, los avaros tenían ventaja. Eran un pueblo nómada. Su vida iba ligada a la de sus monturas, y eran excelentes jinetes. Se empleaban a fondo en las tareas bélicas, y eran eficaces tanto en el uso del arco turco desde sus monturas como en la acometida con lanza en carga. Introdujeron el estribo en Europa, que conocían de los turcos orientales.
En primer lugar, los avaros se aliaron y luego lucharon con y contra las tribus germanas del este de Europa: gépidos, hérulos, lombardos. Los derrotaron a todos. También se aliaron con los restos de las tribus de Atila: los búlgaros, u Onogur. Los lombardos fueron empujados hacia el sur por la misma época en la que los avaros contactaban por primera vez con los bizantinos. La marcha de los lombardos abrió el territorio de la Panonia romana a los avaros, que así tomaron contacto con las tierras ocupadas por los eslavos.
Los guerreros eslavos, aunque feroces, carecían de capacidad militar para aquel tipo de combate. Sus guerreros eran mayoritariamente infantería, y no poseían ningún entrenamiento regular. Pronto, los territorios de las tribus eslavas quedaron subyugados al kanato avaro. Y decimos kanato porque si bien los avaros organizaron un estado real, éste no era más que una confederación de tribus lideradas por caudillos y unidos por lazos de lealtad a la figura unipersonal del gran Khan. Por lo tanto, mientras los eslavos trabajaban la tierra y ocupaban el territorio, sus amos avaros iban y venían a su antojo, reclamando tributos, invernaban en sus hogares y exigían atenciones y alimento, y por supuesto, esposas e hijas de los eslavos para hacerles compañía en las frías noches de Paionia. Eran tiempos duros, y no todos pudieron aguantarlo. Ante la presión inicial de los avaros, algunas tribus eslavas huyeron hacia Grecia, y solicitaron ser acogidos en el imperio bizantino, incorporándose al ejército como “foederati”. Otras tribus, como la de los serbios, optó por huir a los Cárpatos. Pero aun así, los avaros mantuvieron a numerosos eslavos bajo su control.
Inicialmente, y debido a las victorias avaras contra los germanos orientales y el grueso de los eslavos, el imperio bizantino vio en ellos una herramienta para controlarlos y, sobre todo, para causar dificultades al gran reino germano de Occidente: los francos. Tratar con ellos no era difícil, ya que el kanato funcionaba bien como estado. Para Bizancio, era muy distinto intentar pactar con los múltiples jefes tribales eslavos. Con los avaros, el número de interlocutores era muy reducido.
Pero pronto los avaros comenzaron a prestar más atención a lo que relataban los eslavos de los propios bizantinos: sus riquezas, su vasto imperio, las rutas de invasión más directas. De este modo, los potenciales aliados bizantinos se convirtieron en una preocupación aun mayor. Porque el kanato organizó enormes ejércitos, que ya contaban con la feroz infantería eslava y la extremadamente capaz caballería avara. Las guerras e invasiones se produjeron durante cincuenta años hasta que el kanato alcancó la cima de su poder en el año 626. En ese año, tal y como dijimos en el artículo sobre el imperio bizantino, la audacia de los avaros los llevó a movilizar casi cien mil efectivos y a llevarlos victoria tras victoria hasta las murallas de Constantinopla después de pactar con los persas sasánidas y unir esfuerzos para atacar en todas direcciones a los bizantinos. A la capital la sometieron a un impresionante asedio, en plan “Minas Tirith”, con enormes máquinas de asedio por tierra, y el acoso de las numerosas embarcaciones eslavas, llamadas “monoxylos” (es decir, hechas de un sólo tronco de árbol) por el mar. Sin embargo, los bizantinos consiguieron desbaratar el asedio, y los avaros sufrieron unas pérdidas tan importantes que una vez regresaron a su territorio, los eslavos situados más al norte de sus dominos, que durante años habían sufrido su férrea dominación, pudieron dar rienda suelta a su resentimiento y se rebelaron contra el kanato, estableciendo una confederación de tribus lo suficientemente fuerte como para presentar resistencia.
Aparece entonces una de las figuras históricas más sorprendentes y, en mi opinión, desconocidas de la época. Sucedió así: un grupo de comerciantes merovingios llegó a la frontera norte del kanato, donde se habían levantado los eslavos, justo cuando la rebelión dio comienzo, y mientras aguardaban ya levantados en armas el retorno de los antiguos amos avaros. Los comerciantes estaban dirigidos por un tal Samo, que, dándose cuenta de lo que se estaba gestando, ofreció sus servicios como soldado a los líderes tribales. En las primeras batallas, Samo se hizo valer de tal manera que las tribus lo eligieron como caudillo, y así nació el primer reino eslavo, que sería conocido como “El reino de Samo”, al sur del río Elba, en lo que ahora es parte de la República Checa, Austria y Eslovaquia.
Por lo tanto, la situación política desde ese momento quedó de esta manera: el kanato avaro dejó de presionar hacia Bizancio, y se concentraron en derrotar a los rebeldes de Samo, y a mantener las fronteras con los francos merovingios. Al norte de su territorio, el reino de Samo trataba de consolidarse a toda prisa, estableciendo su capital en Wogatisburgo. Mientras, Dagoberto, el rey merovingio de los francos, al recibir las noticias de los éxitos militares de Samo, trató de exigir su lealtad para obtener así control de dichas tierras. Pero Samo y sus eslavos, que habían rechazado ya a los avaros, rechazaron la propuesta del merovingio. Así, en el año 631, Dagoberto reunió un ejército e invadió el reino de Samo. Pero los valerosos eslavos vencieron en una desesperada batalla que duró tres días, y expulsaron para siempre a los francos de su territorio. Tras esta victoria, Samo consiguió que más tribus eslavas se unieron bajo su mando, y se convirtió en una fuerza política y militar importantísima en la región.
Con los siglos, las incursiones de Samo en Turingia y otras regiones permitieron que el componente eslavo de la región se estabilizara, mezclándose con elementos germanos: así, en tiempos futuros, habría importantes elementos eslavos en pueblos como los bramderburgundios, pomeranos, mecklemburgundio o el propio pueblo austriaco. (Por cierto, no viene a cuento, pero “Samo” era el nombre que Basquiat usaba en sus primeros grafitis, antes de conocer a Andy Warhol. Pero esa sí que es otra historia...).
Pero, ¿qué pasaba mientras con los avaros? Para empezar, dejaron de ejercer una presión tan asfixiante sobre Bizancio. Siguieron sus hostilidades en las fronteras con ellos y contra los eslavos, tanto de su territorio como los de Samo. Pero se debilitaban rápidamente, y cada vez debían sofocar más revueltas internas. Su sistema de gobierno opresor no podía sostenerse ante su debilidad. Además, desde el este comenzaron a llegar nuevos pueblos esteparios túrquicos (como los pechegenos), y los búlgaros, con los que se habían aliado hacía tiempo, también les fueron ganando terreno, en parte tras negociaciones con Bizancio. Mientras, a mediados del siglo VIII, Carlomagno tomó el mando del reino franco, y comenzó sus exitosas campañas (hablaremos de esta importante figura más adelante). Por lo tanto, los francos fueron ganando terreno hasta que derrotaron a los avaros definitivamente en el 795 de nuestra era.
Muchas batallas se lucharían desde entonces entre los eslavos y los francos en las marcas orientales del imperio carolingio, pero hablaremos de ellos más adelante.
Tenemos un muy fiel testimonio de los usos guerreros de eslavos y avaros en el “Strategikon”, del emperador Mauricio. En esta obra se analizan uno a uno los diferentes enemigos del imperio bizantino. Sobre los eslavos, el emperador escribió que vivían en poblados cerca de los ríos, protegidos por bosques. Que cuando iban a la guerra, se equipaban mayoritariamente con jabalinas y grandes escudos oblongos. Muchos portaban pequeñas hachas como arma secundaria, y la masa de guerreros era seguida por pequeños grupos de arqueros, que usaban arcos cortos y flechas menudas y envenenadas. Sólo los nobles disponían de caballería, equipándose entonces con arco en lugar de lanzas. Sin embargo, Mauricio no los describe como guerreros ansiosos por cargar contra el enemigo. Por el contrario, en campo abierto, los eslavos se dedicaban a amagar distintos ataques, hostigando con arcos y jabalinas, intentando un asalto serio a la línea enemiga sólo en caso de que éstos se desordenaran. Eran muy vulnerables a la disciplinada caballería bizantina, aunque si los combates se producían en el interior de los bosques, los eslavos eran invencibles. También, desde las costas del Adriático, los eslavos se convirtieron en peligrosísimos piratas.
Aparentemente, los eslavos no estaban a la altura de los ejeŕcitos bizantinos, pero su elevado número hacía que sus invasiones fueran muy difíciles de parar por los imperiales. Sin embargo, cuando los avaros llegaron, complementaron peligrosamente los ejércitos invasores. El “Strategikon” describe a los avaros como un pueblo cuya única preocupación era la guerra. Eran expertos jinetes y allí donde iban llevaban su campamento móvil: manadas de caballos y tiendas tipo “yurta”. Estaban equipados con lanza y arco, siendo hábiles con ambas armas. Como todos los pueblos túrquicos, los avaros eran hábiles herreros. Muchos disponían de hermosas armaduras de láminas de metal unidas a ropas de cuero, y los nobles también protegían igual a sus caballos. En la batalla, Mauricio describe que usaban un sofisticado sistema de tres mandos independientes, uno de los cuales solía dedicarse a rodear al enemigo fuera de su vista. A pesar de saber usar la lanza para cargar y de disponer de estribos, los avaros preferían ganar la batalla a distancia con sus arqueros montados, reservando para el último momento la carga, y sólo para un enemigo considerablemente debilitado. Debido a su movilidad, era difícil trabar batalla con ellos hasta que no quisieran, y para entonces, probablemente ya hubieran dispuesto tropas a la retaguardia del enemigo. Además, no dudaron en enrolar tropas de los pueblos que dominaban: infantería eslava y algunos jinetes búlgaros, que por la época sí estaban especializados en las cargas de caballería.
Las listas para representar los ejércitos descritos en este artículo son:
III-1) Eslavos tempranos.
Esta lista presenta tres opciones. La opción a) representaría a los eslavos del norte, los “venetos” descrito por los romanos. La b) representa a lo que podría ser el reino de Samo después de la desaparición de los avaros. La c) es la de los eslavos del sur, tema de este artículo. Consta de un general de Cv, los nobles eslavos, o bien Ax, nobles a pie. Luego hay nueve peanas de Ax, que representa a los valerosos guerreros tribales, y dos peanas de Ps, que representan a los arqueros montaraces con flechas envenenadas.
III-13) Avaros
Esta lista tiene dos opciones. La a) representa al pueblo avaro a su llegada a Europa, y también a los ejércitos avaros después de ser derrotados en Constantinopla y perder el control de la mayor parte de las tribus eslavas. Por lo tanto, esta lista sólo tiene elementos montados. El general y nueve peanas más con Cv, representando así la capacidad de los avaros de luchar a distancia o cuerpo a cuerpo. Por último, hay dos peanas opcionales: 2Cv, que representarían más jinetes avaros, o bien 2LH, que representarían a los ágiles lanceros búlgaros, aliados durante algún tiempo.
La opción b) representa a la confederación ávaro-eslava. Hay cinco peanas de Cv, incluido el general, que representan a los avaros. Luego hay dos LH, que representan a los lanceros búlgaros, y luego, Ax y Ps, que representan a los eslavos.
Essex y Minifigs tienen gamas para estos ejércitos, pero seguro que hay más por ahí.
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Etiquetas: avaros, eslavos, historia, imperio bizantino
Informe de batalla: Partos vs Imperio Romano Medio
lunes, 29 de diciembre de 2008
Saludos. Esta vez, y para despedir el 2008, os dejo la primera partida que jugamos en la nueva tienda del hobby en La Línea: "El caballero ebúrneo", donde esperamos jugar en el futuro muchas muchas batallas.
Bien, los contendientes fuimos mi colega el "Capitán" con su magníficamente pintado ejército romano de Corvus Belli (lástima que no veáis bien las paenulae) y mis partos de Chariot. Ambos fuimos a medias asistidos y vilipendiados por el audaz Santi, retoño del Capitán, que aparece en las fotos.
He aquí el despliegue:
Mi ejército aparece en primer plano. Yo salí defensor, y al igual que Surena, decidí luchar en terreno estepario. Coloqué el terreno difícil en las esquinas, con objeto de mantener alejado del centro romano a los auxilias, y sobre todo, a sus temidos arqueros. El Capitán escogió precisamente aquel extremo del campo, lo que me hizo sospechar que plantaría la batalla a la defensiva.
Puse psilois en mi flanco izquierdo y ligeras en el derecho. Mi centro consistía en más ligeras y las tres peanas de catafractos. El Capitán ocupó los terrenos de sus flancos con las auxilias y arqueros, y el centro con los legionarios y los equites. Entoces, vi que su Bw quedó frente a mis ligeras del flanco, por lo que las cambié de posición por los psilois del otro flanco, quedando el despliegue como véis en la foto. Una vez terminados los preliminares, nos lanzamos al ataque.
Mi plan era lanzar mis catafractos contra sus equites (Cv), a ser posible en línea con mis ligeras, para que éstas distrajeran a los legionarios. Obviamente, tenía que proteger el flanco derecho de los catafractos, y allí destiné dos ligeras y dos psilois, que se enfrentarían a dos LH romanas que se habían adelantado en el flanco izquierdo del Capitán.De momento, todo iba bien. El centro romano se adelantó, dejando atrás a los auxilia de su flanco derecho. Esto me convenía. Yo superaba su frente con mis LH, y para igualarme, tendría que sacar a sus Ax de su flanco derecho a terreno fácil. Si no lo hacía, podría envolver el flanco de los legionarios. Si lo hacía, podía cambiar el peso de mi ataque hacia los Ax, entreteniendo a los legionarios con una o dos de mis LH. Pero no todo eran buenas noticias: para mi desgracia, su Bw comenzó a avanzar en su flanco izquierdo para cubrir el flanco de sus Cv y las LH adelantadas. No obstante, yo creí tener ambos flancos estabilizados, y avancé sin miedo por el centro.
Llegaron entonces los primeros combates. En mi flanco derecho, me las apañé
para que el Bw sólo pudiera disparar al Ps, mientras organizaba una defensa más consistente en su posición. En el centro, mis catafractos chocaron con fuerza contra la caballería romana, y comenzaron a empujar y empujar. Mientras, las demás LH y el general parto mantenían estrechamente vigilados a los legionarios. En mi flanco izquierdo, contacté con el legionario del extremo, pero hizo huir a mi LH.Los combates prosiguieron. En el centro, mis catafractos seguían empujando a las Cv, separándolas por fin de los legionarios. Mientras, mis LH y el general parto luchaban con éstos. En mi flanco izquierdo, los Ax se veían tentados, pero la falta de Pips del Capitán los mantuvo en terreno difícil. Tenía el flanco de los legionarios para mí. Pero los problemas los tuve en mi flanco derecho. El Capitán había enviado al Ax que faltaba, y consiguió dejarme a una LH solapada por ambos lados. Ésa fue la primera que murió.
Mi flanco derecho estaba tocado, y parecía cuestión de tiempo que cayera. Apreté los dientes y seguí combatiendo en el centro. El general parto mató al simple a una peana de Bd, persiguió y ésto dejó a una Cv romana solapada por ambos lados. Por fin, también cayó ante otro catafracto. El general romano estaba sólo frente a dos peanas de catafractos, y mi general, en un flanco de los legionarios. De repente, los días felices habían vuelto.
Pero de nuevo se torcieron las cosas. En mi centro, una LH empató con los legionarios, y en el siguiente turno me cerraron la puerta y murió. Otra salió huyendo. Y en mi flanco derecho, mi segunda LH murió ¡Mi flanco dependía de dos Ps! En aquel momento, el resultado era 3 bajas contra dos, a favor del romano.
Aquí ya no pude hacer más fotos, pero desde la anterior puedo describir en final de la batalla:
Seguí empujando inofensivamente al general romano, al que no conseguía doblar. Mi general cargó a un legionario por el flanco, matándolo al simple. Ya estábamos 3 a 3. Entonces, reorganicé mi flanco derecho formando una línea de psilois, para así poder resistir algún turno más y mientras, conseguir mi última baja con mi general o mis otros dos catafractos. Pero al alejar a los Ps de mi flanco, el Bw quedó fuera de toda zona de control. Se dio entonces la vuelta y, aprovechando que el empuje del catafracto en combate había dejado atrás, sin dar solape, al otro catafracto, aprovechó para dispararle por la retaguardia, haciéndole retroceder y matándolo en el acto. 4 a 3 a favor del Capitán, para alegría de Santi.
Conclusión: una partida dura e igualada. Replegar a los Ps para hacer una línea me costó la partida, pero me pareció mejor opción que dejar a un Ps solo delante de un Bw y con dos LH a distancia para flanquearme y envolverme. Si mi catafracto hubiera sobrevivido al turno de disparo, posiblemente hubiera hecho una baja empujando a su general contra el campamento (¡un solo retroceso más!) o contra otro legionaro usando a mi general.
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